Fragmento:
Mi nombre es Efraím Greil. Legalmente soy consultor en protección de datos, pero cualquiera en el submundo sabe que el único dato que protejo es mi pellejo. Y ese día llovía, una lluvia de esas que sólo una megápolis extenuada puede fabricar: ácida, sucia, tan cargada de nanotóxicos y polvo de silicio que la gente prefiere soportar la paranoia crónica de sus apartamentos inteligentes antes que arriesgar la piel en los viejos parques.
Duración: 08:35
El parque se llamaba Esperanza. Nadie recordaba el porqué. Alguna vez, tal vez, los arquitectos suecos y los ingenieros automáticos imaginaron niños correteando bajo el resplandor intermitente de la cúpula climatizada, risas rozando las mesetas de musgo eléctrico y luz solar simulada, aunque en la actualidad no fuera más que refugio de desclasados y de drones enfermos, azotados por los parpadeos de una ciudad que nunca aprendía de sí misma.
Yo estaba allí porque una voz artificial con resabios de un acento francés me contrató para encontrar algo perdido. Y en las cosas perdidas se encuentra siempre un buen pago. Me recuesto en la banca de concreto, la pistola disruptiva rozando el costado de mi gabardina, el infotransmisor incrustado en mis cervicales vibrando con ansiedad.
Mi nombre es Efraím Greil. Legalmente soy consultor en protección de datos, pero cualquiera en el submundo sabe que el único dato que protejo es mi pellejo. Y ese día llovía, una lluvia de esas que sólo una megápolis extenuada puede fabricar: ácida, sucia, tan cargada de nanotóxicos y polvo de silicio que la gente prefiere soportar la paranoia crónica de sus apartamentos inteligentes antes que arriesgar la piel en los viejos parques.
Me encontraron dos, como suele suceder: la primera llevaba el modo camaleón a medias, bajo un halo que la hacía ver desdibujada, como si alguien la reeditara a tiempo real. Pelo corto, implantes visibles, mirada de carnicera. La segunda era un zángano. Humano, pero solo en lo mínimo indispensable; el resto era síntesis barata y actitud microprogramada para intimidar. —Greil —ronroneó la mujer, y salió un tono que me recordó el silbido de las armas listas en la frontera de Hadal.
—Vengan a lo importante. ¿Qué quieren en Esperanza?
—La llave. Y la verdad, Efraím, prefiero no repetirlo.
“La llave”. Así le decían a un milagro digital: un vector oscuro capaz de romper cualquier cifrado cuántico, según los rumores. En una ciudad saturada de protocolos de privacidad y de voluntades cautivas en redes, una llave así era el poder mismo, la posibilidad de ver y deformar realidades a voluntad.
—Mi tarifa sube cuando me amenazan —respondí. Nodé a la derecha: el zángano levantó ligeramente el brazo, mostrando una ametralladora de impulsos camuflada como termómetro digital. Su sonrisa era una cicatriz programada.
—No hay a dónde ir si no aceptas. La llave está aquí y sólo tú puedes filtrarla sin morir en el intento —susurró la mujer.
A lo lejos, rodaba una pelota de plasma: algún niño había sobrevivido al invierno de las devoluciones digitales de sus padres. El mundo era una ironía pesada.
—Tienen mi atención. ¿Dónde la encontraron?
—Un cadáver. “Volkerman”, decía su pasaporte, aunque nadie creía que fuera su verdadero nombre. Bajo la cúpula de la Calle Fósil, apenas lo suficiente para pasar desapercibida su muerte, pero mucho para hacer ruido en las redes.
La Calle Fósil: guarida de hackers, cazarrecompensas y realidades aumentadas que se triplicaban con cada mirada. Fui tras la mujer. Caminaba como si tuviera todo planeado, pero sus rutas eran demasiado irregulares: temía a la vigilancia, pero más a ser alcanzada por alguien indistinto, alguien mayor que todos nosotros.
—¿Tienen el cuerpo?
—Lo suficiente de él —respondió el zángano, lanzando un paquete envuelto en film denso a mi pecho.
El bulto pesaba lo justo para no ser un simple recuerdo. Lo abrí: en la frente del difunto, insertada en la epidermis muerta, lucía una célula de memoria biomecánica, sellada por un anillo de nanofibras. Un seguro para que, si extraías sin el código adecuado, toda la información se volviera niebla.
—Quieren que la descifre sin activar la trampa.
Asintieron en silencio. El peligro ya no era opcional.
Bajamos por un acceso secundario. El olor a ozono era casi tan fuerte como el del miedo; el miedo sabe a futuro dudoso, a hilo suelto en una realidad que podría deshilacharse en cualquier momento. La mesa improvisada me recibió con la luz tenue de los anuncios falsificados de un burdel, y sobre ella, los restos del mensaje.
Saqué mis herramientas: un par de sensores biométricos, un rastreador de pulsos cuánticos modificado con viejo humor marciano, un ordenador portátil ultraliviano con puertos de acceso apenas ilegales. Toqué la célula con mis dedos enguantados y la conecté.
La primera defensa era de artesano. Trazas de código sentimental; alguien amaba los mapas de infancia, y había dispuesto guardianes digitales en forma de recuerdos. El segundo escudo era peor: chispas de dolor y química, puro gas de paranoia modelado para que, si avanzabas muy rápido o muy lento, te quemara la conciencia. El tercero era el abismo.
Saqué un cigarro. Lo encendí. Tuve un recuerdo: la primera vez que me enamoré de una IA, y el primer día que la perdí en la Red. Me atenacé los nervios y salté, filtrando una tras otra cada capa, hasta alcanzar el núcleo y admirar la belleza pura de la llave.
Pero la llave misma era un mensaje.
Reproducía una serie de imágenes: tránsitos secretos, rostros anónimos, el retrato de una ciudad subterránea creciendo bajo la metrópolis visible. Mostraba transacciones de carne y datos, mercados de esclavos sintéticos y orgánicos, y finalmente, un archivo sellado: coordenadas. Una criatura semi-humana, atada y dormida, conectada al ‘neural-net’ centralizado de la urbe.
El zángano tragó saliva, la mujer también. Sus circuitos, y los míos, zumbaron al unísono ante lo que veíamos.
—¿Qué diablos es eso?
—El corazón de la ciudad —dije, con un temblor involuntario.
La criatura era el secreto supremo: una entidad hibridada, capaz de alterar los flujos de información a niveles nucleares, y en consecuencia, manipular a todos los habitantes a voluntad. Pero estaba ahí, dormida, esperando al que tuviera la llave.
La mujer lo entendió. Su máscara emocional se cayó por un segundo. Había miedo, sí, pero también codicia.
—¿Se puede liberar?
—Con lo que tienen aquí, sí. Pero el que lo haga se convertirá en el blanco de todo. Policía. Mafias digitales. Vigilancia estatal. Incluso las IA’s fragmentadas que aún merodean en la DeepCity.
El zángano se giró y apuntó su arma de impulsos de nuevo. La mujer sacó un cuchillo de luz disruptiva, reluciente.
—No dejaré testigos —dijo.
No era la primera vez que alguien decidía prescindir de mí al final del encargo, pero esta vez, la velocidad era todo. Tiré la mesa, la célula de memoria rodó hacia la cloaca más cercana. Mi mano fue más rápida que su visión aumentada: saqué la pistola, descargué un pulso directo al pecho del zángano, que cayó sin un sonido real. Ella saltó hacia mí, el cuchillo de luz rozando mi mejilla, cortando más allá de la carne, hacia pensamientos y recuerdos.
Luces y alarmas. Todo se volvía confusión. Lanzó un segundo tajo, pero esta vez la noche me protegía. Usé mi último ardid: pulsé el disruptor cerebral integrado en mi mano izquierda. Un corto río de electricidad la derribó a mis pies, convulsionando.
Tomé la célula de memoria y corrí, aunque sentía la ciudad abriéndose bajo mis talones. No duraría. Usé el trasmisor cervical para enviar el mensaje a mi única aliada, Elix, una programadora que alguna vez fue humana y ahora habitaba los túneles digitales de la urbe.
—Ubicación: Calle Fósil. Dato: La Bestia Existe. Códigos adjuntos.
Elix no tardó en aparecer, su rostro pixelado en el aire delante de mí, flotando gracias a la proyección háptica.
—¿Sabes lo que has hecho, Efraím?
—He visto el núcleo del infierno de la ciudad —resoplé, recogiendo sangre y sudor bajo la tormenta artificial.
La bestia no era sólo un programa, era un testamento. Era nuestra condena y salvación. Y la llave, ahora, la llevaba oculta en mi pecho, tras una nueva capa de recuerdos y códigos que sólo yo conocía.
Tocaron la alarma principal de la ciudad. Sabía lo que vendría: todos se pondrían a buscarme, y yo tenía en mí, una vez más, el secreto más sucio de Fragor. Una bestia dormida, soñando futuros de esclavitud o libertad, esperando sólo a que uno de nosotros —uno como yo— tuviera el coraje o la locura para usar la llave y despertar al monstruo.
La lluvia no cesaba sobre Esperanza. El parque, por primera vez en años, parecía sonreír bajo el brillo apagado de la cúpula. Me encendí otro cigarro. Aún tenía tiempo para decidir si el último mito de la ciudad sería redención… o venganza.
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