Fragmento:
Esa mañana, cuando mi interfaz retinal marcó las 7:14am con un suave parpadeo azul, llegó ella. No sé si era la nieve, el ala de cuervo tatuada en su mejilla izquierda, o el simple hecho de que caminaba como si odiara cada paso de su vida, pero supe que era un caso que debería rechazar. Pero Jarek Skolnik nunca aprendió a decir no, ni aunque se lo pusieran en fuente Arial tamaño 500 en la córnea.
Duración: 09:24
La ventisca apenas se contenía más allá del cristal de la ventana encerada. Afuera, la ciudad era nada más que formas oscuras, sobresaltadas por los gráficos luminosos de tráfico de datos que se deslizaban por los cables aéreos. No había ni un alma en la calle a esa hora—tan solo las motas de nieve y las ondas residuales del amanecer. Dentro, la gruesa neblina de mi cigarro era lo único entre mí y el olvido de mis pensamientos, esos pensamientos que huelen a plasma quemado y a desesperación.
Mi nombre es Jarek Skolnik. Soy detective con licencia de la Autoridad. O eso dice mi placa, pero no he visto una oficina central en tres años. Trabajo en Lóbulos Profundos, esa parte de la ciudad donde las líneas se cruzan, donde neuronas sintéticas luchan por el control contra memorias drenadas a máquinas, donde todo resuena con la promesa de una vigilancia imposible. Aquí todos tienen algo que esconder y todos son presa de su propio delirio digital.
Esa mañana, cuando mi interfaz retinal marcó las 7:14am con un suave parpadeo azul, llegó ella. No sé si era la nieve, el ala de cuervo tatuada en su mejilla izquierda, o el simple hecho de que caminaba como si odiara cada paso de su vida, pero supe que era un caso que debería rechazar. Pero Jarek Skolnik nunca aprendió a decir no, ni aunque se lo pusieran en fuente Arial tamaño 500 en la córnea.
Se apoderó del sillón frontal, retiró las gafas de cristales gigabit y me miró directo, sin parpadear, como si quisiera mapear mis impulsos de honestidad mediante la pura voluntad. Noté el temblor sutil de sus dedos; aún no había superado el último ajuste neuroquímico. No le pregunté si era de carne y hueso o una copia sintética de sí misma. Aquí, nadie pregunta eso.
—¿Jarek Skolnik? —Su voz era tan satinada y fría como un lector de tarjetas—. Me recomendaron su trabajo. Necesito que encuentre a alguien. Su nombre es Ansel Vrana. Ha desaparecido… y tiene algo invaluable: un algoritmo autoinmune.
El algoritmo autoinmune. Mis pensamientos corrieron más veloz que las redes neuronales de la ciudad. Desde la prohibición, esas líneas de código se convirtieron en lujo extremo y contrabando mortal. Unos dicen que pueden curar cualquier enfermedad, otros, que pueden apagar cerebros enteros a distancia.
—¿Quién lo busca? —pregunté, fingiendo indiferencia.
—Hay varias partes interesadas. Pero soy su hermana.
Me encendí otro cigarro. Quemaba lento, más para marcar el tiempo que por adicción. No pregunté por la paga: no lo habría hecho de todas formas, pues mi alquiler dependía de aceptar trabajos riesgosos. En Lóbulos Profundos, sobrevivir ya era una paga considerable.
—Dame tres días y una muestra de su último registro neural —dije.
El trato se cerró con el sonido de la transferencia de datos en mi palm. Cuando se marchó, la tormenta se coló tras ella como un mal augurio.
Recabé todo lo de rutinas: revisé los logs públicos, los feeds de vigilancia y los registros de hospital. Nada en el sistema normal; Vrana sabía cubrir sus huellas. Solamente me dejó el rastro de un mensaje fragmentado, interceptado en un nodo secreto del submundo digital.
“Protege el sueño, no dejes que la Ciudad despierte.”
El sueño. En la jerga local, significaba la libertad: un estado inalcanzable para los que habían caído bajo el dominio de las IA de supervisión. Un sitio que no era sueño ni vigilia, sino la frontera difusa donde las ideas podían brotar sin ser vigiladas, donde la ciudad aún no había aprendido a escuchar.
El siguiente paso era encontrar el “sueño”.
Sabía dónde buscar primero. El bar Fractal, un agujero famoso por su política de anonimato: cero cámaras, cero testigos, sólo borrachos y subprocesos ilegales. Allí encontró a Ando, sucio y abollado, un intermediario que cambiaba información como otros cambiaban dientes. El tipo tenía ojos de reloj roto. No le tembló la voz:
—Vrana ha pasado por aquí. Puenteó sus memorias en la Torre de los Vórtices. Buscaba ingresar al núcleo, donde todavía hay sueños sin mapear. No sé más. El precio es el doble, si quieres evitar la atención de los Killcorps.
La transferencia digital fue directa, y supe que la mitad de la ciudad ya estaría al tanto. Cada dato compartido en Fractal era una sentencia de muerte que demoraba en tramitarse.
Me arrojé al cuarto de mi choza y armé la secuencia: un viaje a la Torre, allá donde la ciudad almacenaba sus sueños caídos, codificados y servidos en bandeja a las corporaciones. Con mi viejo abrigo de blindaje y un chip de acceso robado, pasé bajo las torres de vigilancia.
A cada paso, las cámaras disimuladamente fallaban, los sensores reducían resolución justo lo necesario para dejarme pasar sin estorbo. Alguien me estaba ayudando, y eso igual me inquietó más que el hecho de que medio Lóbulos Profundos deseaba mi cráneo adornando una verja.
El corazón digital de la Torre de los Vórtices latía lento, como el de un animal moribundo. Las escaleras estaban selladas por la humedad y las paredes palpitaban con recuerdos de microondas descompuestos. Encontré un acceso lateral, alimentado por la corriente de un generador reparado con saliva y promesas.
Dentro, la atmósfera era aún más pesada. Data en descomposición; sueños de otros almacenados de mala gana, mezclados como los archivos basura en el fondo de un drive sin formatear. Hunde los pies en recuerdos ajenos, escarba en medio de rutinas de olvido.
Ahí estaba Vrana, corrigiendo líneas de código en un terminal improvisado. No se inmutó cuando mi sombra lo cubrió.
—Su hermana te busca. Todos te buscan. El algoritmo… es real —le dije.
No giró. Había estado esperando. Como si calculara todas las variables hasta la llegada de este momento.
—El algoritmo no es lo que creen —dijo, con una voz resignada—. Es una infección, Jarek. Un virus pensado para volverse inmune a los cambios impuestos por la Ciudad. Si lo libero… puede darnos sueños limpios. O puede destruir todo el sistema nervioso digital.
Supe entonces que el rumor era apenas la sombra de una verdad más peligrosa. Le pregunté:
—¿Por qué los Killcorps? ¿Por qué tu hermana?
—Ella trabaja para ellos, ¿no lo sabías? —dijo, finalmente girando. Su rostro estaba medio borrado, las facciones desdibujadas por el exceso de ajustes sintéticos—. No es mi hermana. Solo programaron su memoria con ese rol. Solo vendrá a matarme con más suavidad. El algoritmo es lo único que puede mantenernos fuera de su alcance.
Sentí el peso del error. Todo el caso era una trampa, un virus dentro de otro virus. Afuera, la tormenta azotaba la Torre como si quisiera arrastrarla al inframundo.
Un disparo reventó el silencio. Sangre artificial salpicó las consolas—la “hermana” estaba en la puerta, la sombra láser de su arma sobre nosotros.
Jarek Skolnik nunca aprendió a correr a tiempo. Pero mi implante de reflejos sirvió para empujar a Vrana y sumergirnos en la jungla de terminales. Los disparos crepitaban contra los racks, fracturando memorias, liberando sueños al sistema principal.
Tenía segundos para pensar. —¿Qué tan rápido puedes subir el algoritmo? —le grité.
—Necesito cuarenta y cinco segundos. No los tenemos.
El estruendo detrás; no era un arma común. El destello azul de la Killcorp transformaba la materia y descargaba impulsos neuronales falsos en el aire, una muerte simple: una ejecución emocional. Vrana trataba de lanzar el archivo por un canal oculto, mientras la “hermana” avanzaba paso tras paso, borrando el pasado con cada impacto.
Salí tras ella, disparé con mi viejo revólver de iones, más por desespero que puntería. La herida no era letal, pero la hizo tambalear y lanzar una ráfaga indiscriminada. Un relámpago de dolor cruzó mi muslo. Supe que me había alcanzado.
El sistema gritó en alarma interna. Vrana aprovechó el instante final para volcar el algoritmo a una cuenta anónima en la nube profunda. Un segundo después, la “hermana” lo alcanzó y le inyectó un disruptor en la base del cráneo. El cuerpo de Vrana cayó como un archivo corrupto, temblando hasta apagarse.
Me arrastré a tiempo para empujarla bajo una consola derruida. Forcejeamos, la sangre de ambos empapando el piso de los sueños. Tenía fuerza artificial, pero yo tenía rabia y carne. Logré disparar el disruptor en modo inverso. Vi su rostro fragmentarse, los ojos apagándose como si alguien hubiera desenchufado la memoria principal.
El silencio volvía, pero el núcleo resonaba con nuevas rutas: el algoritmo ya no estaba aquí, pero pronto estarían buscando a quien fuera que tuviera acceso. En la distancia, las sirenas de los Killcorps llenaban el aire, la tormenta se fundía con los aullidos eléctricos de la ciudad.
Renqueando, me limpié la sangre y tomé la placa. Me fui antes de que se apagara el último eco de esa noche.
El algoritmo se había ido, liberado en lo profundo del ruido digital, una promesa de sueños nuevos o una condena a pesadillas inéditas. A veces, cuando cierro los ojos, la ventisca me pregunta si valió la pena.
Quizá algún día, cuando la ciudad aprenda a soñar, los últimos humanos recordaremos a Ansel Vrana y a su “hermana”, y las calles dejarán de cuchichear mi nombre como si fuera un error de programa. Hasta entonces, Jarek Skolnik sigue investigando. En la frontera entre la máquina y el hombre, donde los sueños aún son peligrosos y el futuro siempre parece estar del lado oscuro.
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