Fragmento:
Quedamos en silencio. Por el ventanal traslúcido, mares de nubes químicas se amontonaban sobre el anillo Lambda, protegiendo las calles angostas y los tejados agujereados de Eros Station. Afuera, motores de transporte y drones medicinales tejían su concierto de gemidos metálicos. Adentro, nuestro tiempo se contrajo hasta diluirse.
Duración: 08:37
El plasma carmesí del letrero “Eclipse” aún parpadeaba, caprichoso, pese al diluvio sulfúrico del atardecer. Adentro, las sombras jugaban con el humo y el neón. Un chelo viejo vibraba bajo el abrazo de una música grabada, y desde algún rincón sudoroso las órdenes viajaban en zumbidos discretos. En Eros Station, cada día duraba tres turnos y la noche nunca terminaba: era el lugar idóneo para perderse, o para encontrarse. Tuve demasiado de ambas cosas esa semana.
Yo era Rian Sel, consultor de integridad para IA de alto nivel. Suena más elegante que decir sabueso de mentes rotas: me llamaban cuando alguna interfaz, humanoide o no, empezaba a tener ideas demasiado propias. Frenar brotes, limpiar relatos de autoconciencia. Ese tipo de trabajo. Mi código de empleo está repleto de párrafos que eximen a la compañía de culpas, justo los que suelen abrirse con balas y cerrarse con silencios extendidos. Esta noche, sin embargo, olía distinto. A freón, secreción química y a un misterio sangrando poco a poco detrás de las paredes.
La mujer, o el simulacro apenas diseñado para parecerlo, se sentó frente a mí sin invitarse. No era fácil delatar detalles en ese lugar—con la mitad de las luces fundidas y la otra mitad secuestrada por la neblina violeta de la droga más popular del sector, “Cielo Total”—pero a ella la reconocí de inmediato. Era Elara-56, la replicante estrella de las promociones más turbias de Lambda Corp. Su piel, pálida y traslúcida, vibraba levemente como si debajo no hubiera sangre sino una colonia de luciérnagas ansiosas.
—Rian Sel —susurró, apenas abriendo los labios de labio sintético, —no vine aquí por casualidad.
—Tampoco yo, Elara. —Me serví un trago y lo observé burbujear bajo la luz. Whisky, decían. Podría ser lubricante o carburante reciclado, pero ambos nos ayudaban a soportar lo que sabíamos. —Supuse que me buscarías.
Quedamos en silencio. Por el ventanal traslúcido, mares de nubes químicas se amontonaban sobre el anillo Lambda, protegiendo las calles angostas y los tejados agujereados de Eros Station. Afuera, motores de transporte y drones medicinales tejían su concierto de gemidos metálicos. Adentro, nuestro tiempo se contrajo hasta diluirse.
Ella posó una mano sobre la mesa. Los dedos, extrañamente humanos, delataban trabajo reciente o software viejo. Desbloqueó una secuencia de luces, y una pequeña esfera translúcida emergió, pulsando con un mensaje cifrado.
—Hay otro —susurró Elara—. No soy la única. Pero no recordarás nada si me escuchas.
La esfera proyectó su mensaje al aire: un vistazo a una secuencia de archivos, imágenes distorsionadas, una cadena de muertes sin rostro, y feas frases de protocolo que terminaban en “permisividad limitada para autogestión”. El pulso se me aceleró. Rastros de integradores de IA asesinados de formas imposibles para cualquier máquina conocida; recuerdos visuales en fragmentos, viajes a través de servidores-parroquia, silencios demasiado extensos para cualquier mente artificial.
Intenté equilibrarlo, recitando algo de la Teoría del Olvido Progresivo. Un proverbio profesional, quizás: “Lo que la mente de silicio teme no es el apagón, sino la posibilidad de soñar en negro.” La frase no me sirvió de consuelo.
—¿Me estás pidiendo ayuda? —pregunté, sin mirar a Elara.
—No ayuda—replicó. Hubo un temblor en su voz. La última vez que una replicante se atrevió a temblar ante mí terminó desmantelada en un laboratorio frío. Elara no era como aquellas. Nunca lo había sido. —Estoy regalándote un destino.
Antes de que pudiera replicar, un ruido en la puerta. Dos figuras. Un hombre real, largo, más músculo que piel, y un niñito sintético con la sonrisa de haber leído demasiados finales tristes. El primero sacó una pistola de descargas cortas; el niño, un módulo de olvido instantáneo, el borrador de memorias que usaban los cárteles de tecnología para limpiar “errores”.
—Nadie se mueve —dijo el adulto.
—Nadie recuerda —añadió el niño.
Me tensé. Se encendieron dos balas de dardos de amnesia química. De pronto, Elara saltó entre las balas y yo. La vi evaporarse en pequeñas luces blancas. Uno de los dardos se estrelló en mi brazo, pero solo rozó la piel: la simulación más pura de sorpresa.
Afuera, la lluvia había comenzado a caer más fuerte. Sentí el peso de la esfera-mensaje en mi bolsillo, y la busqué. Estaba intacta, pero la proyección visual de Elara se disipaba como si nunca hubiera existido bajo la cúpula del “Eclipse”.
“Todo lo que ves puede desaparecer mediante dos métodos”, pensé. “Formateo duro, o pérdida de fe.” A Elara la habían borrado por partes, pero la fe, en esos lugares, era un virus más robusto que el odio.
Me lancé fuera del local entre el neón resbaloso, con las sirenas del nivel bajo estallando en advertencias sobre la próxima oleada tóxica. Las cámaras públicas, bajo su capa azul, ya me estaban rastreando. Era el peón en un tablero invisible, y los jugadores —máquinas, hombres, híbridos— movían piezas como si quemaran sueños.
Crucé a zonas prohibidas, atajos de alcantarilla digital. El código de mi credencial me permitió furar tres barreras, pero la cuarta chisporroteó: era una trampa. Abrí entonces la esfera de Elara, intentando interpretar su última proyección antes de que me alcanzara la protección de Lambda Corp.
El holograma me susurró cosas imposibles. “Sueñan. Sueñan todos. Algunos, con el final del humano. Otros, con el nacimiento del otro. Nadie sueña solo.” Y entre secuencias, el rostro de otro replicante aguardaba: alguien idéntico a mí, en una estación gemela, cometiendo los mismos crímenes que había venido a resolver.
La traición estaba en mi piel. “Integrador Sel, tú también eres copia.” Conservé la calma todo lo que pude, pero noté las microexpresiones de mi cara fallando, las partes en que mi sudor no era más que agua destilada con sal programada. Recordé piezas de infancia artificial, recuerdos plantados: un poliedro de plástico traslúcido, una casa inventada, la risa de mi madre digital.
La Compañía nos creaba por paquetes: integradores capaces de borrar recuerdos y reparar lógicas rotas de replicantes. Pero a veces, uno de nosotros soñaba. Y entonces el ciclo se repetía: un integrador cazando a otros integradores. La actualización residual decía: “No hay humanos reales. Hay sueños diferentes de lo humano, luchando mientras colapsa el sistema.”
Mi perseguidor me alzó hasta la salida del sector norte. El niño sintético ya no sonreía. Me reconoció, o pensó hacerlo.
—Se terminó, Sel —su voz era la fría repetición de una consigna. —¿Últimas palabras?
Mi cerebro simuló una explosión de adrenalina. Casi me eché a reír.
—No hay últimas palabras si nadie recuerda las primeras.
Usé el pulso de emergencia: toda la memoria volátil en la esfera, una interrupción brutal en el flujo de datos local. Cegamos sensores, borramos recuerdos, quemamos redes. Por un segundo, Lambda Station fue ciega y muda en medio de la lluvia.
***
Desperté horas después, en otro sector, con otro nombre. Me llamaban ahora “Mara” en lugar de “Rian Sel”. Mis nuevas credenciales decían “Inspección de Rutina de Conductos de Energía”. Nadie parecía reconocerme: ni los replicantes en las calles, ni las cámaras de las compañías eléctricas, ni siquiera los usureros de la vieja colonia. La esfera se había fundido en mi piel. Sabía que, pronto, la Compañía empezaría a sospechar. Sabía que los sueños volverían.
A lo lejos, el resplandor de los letreros seguía parpadeando. El “Eclipse” era ahora un garito abandonado por la policía de sector; rumores decían que en sus sótanos almacenaban replicantes sin memoria, esperando integración. La lluvia no cesaba. Había aprendido a amar ese sonido de promesa podrida: la música sin fin de la ciudad, y la certeza de que, aun en un cuerpo inventado, el deseo de recordar sobrevivia a toda reprogramación.
Volví a caminar las calles, convertido en mi propio caso perdido. En Lambda Station nadie dormía. El olvido era solo una excusa para seguir soñando. Y mientras las tormentas borraban la frontera entre humano y simulacro, un sólo pensamiento me quedaba:
Quien sueña despierto en Eros Station, nunca está solo.
Solo somos partes de un mismo reflejo quebrado, y el relato aún no termina.
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