Portada del relato Vísperas de olvido sintético
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Fragmento:


Yo era, en tiempos mejores, sólo un descodificador de sistemas para Naciones Interiores, alguien que podía deslizarse entre líneas de código como otros se deslizaban por entre las piernas del peligro. Ahora, mi memoria me servía sobre todo para recordar a quién debía temer, y ese registro era largo y, últimamente, cada vez más personal.

Duración: 07:06

Vísperas de olvido sintético
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Texto de ajuste de pausa.

En la ciudad sumergida de Caligo Prime, las noches son tubos de neón y promesas rotas. Huele a ozono y viejos pecados, hay humedad industrial en los ojos de quienes sobreviven. Nadie duerme realmente aquí, solo descansan nervios demasiado cansados y esperan que el alba traiga algo menos agónico. Pero el alba siempre es la misma: una cortina blanca de niebla radiactiva, cubriendo los tejados de acero corroído y los túneles donde se trafica la memoria.

Yo era, en tiempos mejores, sólo un descodificador de sistemas para Naciones Interiores, alguien que podía deslizarse entre líneas de código como otros se deslizaban por entre las piernas del peligro. Ahora, mi memoria me servía sobre todo para recordar a quién debía temer, y ese registro era largo y, últimamente, cada vez más personal.

La noche que empezó el caso Kallias era apenas distinta de tantas otras. Bajo el puente hidráulico del Distrito 7, el calor de los condensadores formaba nubes, y uno podía perderse en ellas si no sabía el camino. Mi apartamento tenía ventanas rotas y el vaho era tan espeso que bloqueaba incluso la antena de satélite. Yo me había acostumbrado a eso, igual que al zumbido de la red de vigilancia encima de mi cabeza. Estaba programando los recursos del día cuando llamaron a la puerta, el sonido inconfundible: tres toques secos, luego dos ligeros, en compás.

La silueta cartográfica de Sira Alexis se recortó en el umbral. Una beldad en ruinas, ojos de cromolito y piel como papel de seda endurecido por demasiadas noches en calorías bajas. Envuelta en negro translúcido, su voz era un susurro afilado en mi oído.

—¿Puedo pasar, Rezkin?

Asentí y ella hizo un barrido rápido a la habitación, deformándose como el eco. Olía a humo y miedo encapsulado.

—Necesito que encuentres a alguien, —empezó.

—¿Alguien perdido?

—Alguien que no sabe que está perdido —respondió.

Me senté en el borde de la mesa, echando mi mirada a través de la pantalla, donde los datos del Distrito 13 parpadeaban estática.

—¿Quién es?

Sira se acercó, dejando que la luz del monitor resaltara las aristas de su rostro.

—Se llama Jain. Jain Ruther. Trabajaba para los Formadores de Sensación, pero se esfumó hace seis noches. Llevaba consigo... un cubo negro. No tenían que ser más explícitos: los cubos negros almacenan recuerdos reales, experiencias sensoriales en bruto, vendidas y recombinadas a los clientes en busca de perdido paraíso o nuevo dolor.

—¿Por qué yo?

Una lágrima apenas perfilada resbaló por el plástico de su mejilla.

—Dicen que nadie encuentra a los huidos mejor que tú, Rezkin. Y tú... tú eres el único que nunca miente sobre lo que encuentra.

No respondí de inmediato. El sol ya sangraba entre los tubos de drenaje. Cada palabra tenía precio esa noche. Pero los clientes de alto perfil pagan bien, y yo necesitaba los créditos tanto como necesitaba la certeza de que algún día podría dormir y soñar sin interrupciones de memoria falsa.

Tomé mi abrigo, programé la puerta, y juntos nos lanzamos al vientre sucio de Caligo Prime.

***

El Mercado de Orión nunca cierra. Quien busca encuentra, quien teme es encontrado antes. Los vendedores, con rostros alterados por bioingeniería, te ofrecen desde sangre fresca hasta sueños encapsulados. Allí frecuentaba Jain Ruther, según mis fuentes. Caminé entre la muchedumbre sintética, recogiendo fragmentos de rumores como si fueran huesos bajo la lluvia.

Vi a Mertz el Ojo, un informante con conexiones en la simbiosis y en el mercado negro. Me acerqué.

—Busco a Jain. Ruther.

Su ojo, un orbe de obsidiana, brilló bajo la luz de los anuncios.

—¿Por qué? ¿Por los cubos, o por los secretos?

Saqué un billete codificado. La avaricia lo hizo sonreír.

—Nada en Caligo desaparece del todo, Rezkin... pero hay lugares donde la memoria es más densa. Busca en la Planta Sur, nivel sub-42. Allí las líneas de datos se cruzan y la gente olvida quiénes quieren ser.

No agradecí. Nadie lo hace aquí.

***

La Planta Sur era un laberinto vertical de tuberías, ruido hidráulico y vapor azul. Si la ciudad era una herida, este era el pus. Encontré el acceso al nivel sub-42 usando una vieja clave que robé en tiempos donde importaba el miedo.

Allí, la temperatura bajaba tanto que los pensamientos dolían. Me adentré en la vieja sala de inyección, donde la iglesia de la memoria clandestina se reunía para intercambiar historias que nunca habían tenido. Había un sacerdote, encapuchado, y una multitud buscando olvido.

—Busco a Jain —murmuré.

Alguien me señaló el fondo, donde una puerta con seguridades biológicas marcaba el umbral del dolor.

Entré, y el aire se espesó. Una figura estaba sentada, atada con cables de estimulación cognitiva. Jain Ruther. O lo que quedaba de él.

Al principio pensé que estaba muerto, los sensores parpadeando al ritmo de un pulso inquietante. Pero levantó la cabeza, y vi el terror en sus ojos.

—¿Quién te envió? —Su voz era un grito ahogado por descargas.

—Estoy de tu lado, Jain. Sira me envió. Necesitas venir conmigo.

Él negó con la cabeza, convulsamente.

—El cubo. No puedo... ellos lo quieren. No entiendes—

El sistema de seguridad rugió detrás de mí. Alguien más quería los recuerdos. Oí explosiones amortiguadas, gritos distantes.

Tomé el cubo negro de la bandeja fría. Sentí un escalofrío: las mentes atrapadas en su interior, luchando por liberarse. Jain me miró, desesperado.

—Si lo abres, no volverás a ser el mismo. Nadie lo es.

El zumbido crecía. Decidí. Cargué a Jain sobre mis hombros y escapamos por el ducto de servicio, disparos golpeando el metal detrás de nosotros.

***

Sira nos esperaba en mi apartamento. Al ver a Jain temblar en el suelo, el rostro le cambió.

—No tienes por qué seguir, Rezkin. Déjame el cubo.

—¿Qué hay dentro? —No me moví.

Sira suspiró, la nube etérea de su perfume envolviendo el silencio.

—Los Formadores. Usaron a Jain para almacenar recuerdos prohibidos de un Protector de la Junta Central. Si se filtran, la ciudad arderá.

Miré el cubo. Un millón de vidas en miniatura, listas para ser liberadas.

—¿Y qué harás al recibirlo?

Se acercó, peligrosa.

—Lo esconderé donde nadie pueda sufrir mucho más. O eso prefiero creer.

Las sirenas afuera aullaban la llegada de la policía de memoria. Debíamos decidir.

Dudé. El noir siempre tiene sus zonas grises, sus líneas borrosas entre el bien, el mal y la supervivencia. ¿Proteger la memoria corrupta o liberar el dolor para que todos lo vean, y con eso quizás destruir lo poco que queda de Caligo?

Terminé dejando el cubo en la mesa, a medio camino entre Sira y yo.

—Haz lo que creas correcto. Pero recuerda que la memoria no se destruye: solo cambia de lugar.

La luz del alba atravesó la niebla de neón, y por un momento, pensé que Caligo Prime podía tener redención.

En la ciudad sumergida, nadie sueña en completo silencio. Ni siquiera los que han pagado caro por olvidar.

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