Fragmento:
Hailey se preguntaba, como tantas veces antes, si los rostros que había impreso hoy sentirían esta misma angustia pululando en el pecho, flotando apenas bajo la piel. Pero en Theocorp, las preguntas filosóficas se consideraban sabotaje blando, y más de uno de sus colegas había terminado con la memoria palpitando todavía en el interfaz de emergencia, su conciencia archivada en algún disco sellado.
Duración: 08:05
Cuando el tercer ciclo de turno terminó, Hailey no se levantó de la mesa de interfaz. Aunque sus párpados le pesaban como plomo y el zumbido persistente del escáner neural amenazaba con partirle la cabeza, siguió observando cómo morían líneas de código en el monitor, desplomándose ante la lógica fría como si fuesen las células en una placa de Petri. Abajo, en los laboratorios húmedos y limpios, los cuerpos de los clones crecerían en sus lechos nutricionales, dependientes, perfectos.
Hailey se preguntaba, como tantas veces antes, si los rostros que había impreso hoy sentirían esta misma angustia pululando en el pecho, flotando apenas bajo la piel. Pero en Theocorp, las preguntas filosóficas se consideraban sabotaje blando, y más de uno de sus colegas había terminado con la memoria palpitando todavía en el interfaz de emergencia, su conciencia archivada en algún disco sellado.
Hacía calor, pero el techo de composite térmico canalizaba el aire frío que refluía desde el cuarto de refrigeración de reservorios. Mientras otros técnicos comentaban el último partido transmitido en sus visores o coqueteaban con la mínima energía que exudaban tras casi dieciséis horas, Hailey solo podía analizar una y otra vez el mismo archivo de identidad.
Era el expediente de Mark, designación C14-098/T. Su enésimo clon aprobado. Catorce regeneraciones a partir de un modelo base que, según los textos, había sido su propio hermano idéntico. El primero—el auténtico Mark—había muerto ya hacía cinco años. Ahora, entre los pasillos de Theocorp, servía a los intereses de la megacorporación que regía tanto las necesidades vitales como las identidades mismas de hombres y mujeres en Aurora IX.
Un clon no podía requerir más que lo que se le daba. Protección, función, consigna de existencia. Hailey también era una clon, pero la diferencia radicaba en que ella tenía en sus manos modificar el código fundacional de las nuevas remesas. Catorce Marcks, cada uno ligeramente distinto. ¿Lo sabía la Mark actual? ¿Se imaginaba, aunque fuera por un fragmento de segundo, que era el residuo, la sombra pálida de algo inacabado?
En la sala de descanso, la gente apenas murmuraba, ojos clavados en las uñas, visores y tazas que olían a químicos recalentados. Escuchó que alguien pronunciaba su nombre suavemente. Se giró despacio. Era Lena, con esa cautela que los técnicos solían usar para no activar paranoias ajenas.
—¿Vienes al protocolo de las siete? —le preguntó Lena—. Están pidiendo a alguien de Genética para la revisión.
—¿Y si paso después?
Lena la observó con esa media sonrisa de quien adivina secretos y se limita a dar un paso atrás. —Si necesitas hablar… Estoy en el módulo norte —dijo, y desapareció con ligereza.
Hailey se quedó quieta. Nadie preguntó más.
Al volver a la consola, una nueva notificación titilaba con urgencia. “Actualización de segmento cognitivo: Mark C14-098/T. Requiere autorización para transferencia de rutina.” El protocolo, formalmente, permitía a los técnicos acceder a fragmentos de sensaciones y recuerdos implantados en los clones durante una inspección de rutina. Era parte del procedimiento, pero no dejaba de sentirse invasivo. Más aún, cuando sabía que su propio segmento había sido inspeccionado hace apenas tres años.
Sintió el temblor en el pulso. Sin duda, tarde o temprano, le tocaría a ella. El sistema pedía validación biométrica; la realizó con la frialdad del hábito, preguntándose si, mientras lo hacía, el Mark de turno estaría soñando con la infancia que no había tenido, o si la intensidad de la angustia inexplicable en sus noches era un simple error en el código.
Cuanto más leía, más claro se hacía que algo no cuadraba. El Mark actual había mostrado respuestas emocionales ante situaciones sin precedentes en clones de su línea. Memorandum de supervisión: “El sujeto ha demostrado apego indebido hacia otros individuos, así como cuestionamiento de órdenes directas. Recomendar inspección de urgentemente de segmento emocional”. En la bitácora de sesiones, las observaciones estaban llenas de frases como “ímpetu anómalo” o “autonomía improcedente”. Nada bueno, supuso Hailey, para las intenciones de los ingenieros superiores de Theocorp.
Guardó la información con un solo gesto y apartó los ojos. La decisión flotaba ante ella con la persistencia de una enfermedad lenta y sistemática. Si autorizaba la transferencia de rutina, Mark perdería aquellos fragmentos defectuosos de memoria y probabilidad de “autonomía improcedente”, igual que las docenas de colegas antes de él. Si rechazaba, el sistema activaría un protocolo de rastreo, y alguien superior intervendría. Las opciones eran trampas embalsamadas.
A medianoche, Theocorp era una nave madre asfixiante. El “aire de dentro” olía a plástico y desinfectante, y la lluvia fuera convertía los ventanales en superficies opacas. Solo entonces, en ese recorte de oscuridad, decidió lo inconcebible.
Lo había leído, años atrás, en las notas de un bioinformático olvidado: existía la posibilidad de transmitir, clandestinamente, una secuencia de memoria personal dentro del segmento cognitivo de un clon. Un método arcaico, según los estándares, y peligroso. Pero en el archivo de Mark, Hailey encontró la puerta abierta, aún sin saber si era casualidad o un hueco tendido por la suerte.
La noche se volvió cómplice. Hackeó el protocolo de transferencia, encaminó varios comandos en paralelo, y asignó a Mark no recuerdos aleatorios, sino un detalle muy concreto: el olor de las coníferas nevadas en un planeta primigenio; reminiscencia tomada de una vida perdida en su propia infancia, una que no pertenecía a Mark pero sí a ella.
El proceso sólo tardó siete minutos. Cuando terminó, el icono verde de confirmación titiló como la pupila dilatada de una bestia digital satisfecha.
Durante dos días, el Mark clonado evitó intercambios directos, como si la nueva secuencia fuese demasiado pesada bajo el cráneo. Al tercer día, lo encontró en la pasarela entre módulos, contemplando el charco de luz artificial.
—¿Hailey? —le dijo, sujetándose el brazo como quien no se da permiso de hablar demasiado fuerte.
Ella asintió. Mark tenía los ojos hundidos, con ese aire de quien viajó demasiado tiempo sin haber salido nunca. En un susurro, preguntó:
—¿Alguna vez has sentido que hueles algo… familiar? Nadie más lo nota, pero tú sí.
No pudo evitar sonreír levemente. Se sentó junto a él y guardó silencio. Al otro lado del vidrio, las luces de la infraestructura despegaban como naves de juguete a través de la niebla. Ninguno de los dos dijo palabra por largo rato.
Días después, revisando el diagnóstico, Hailey vio lo inevitable: notificación de segmento conflictivo en el Mark actual. Sería reeducado. Probablemente volverían a borrarle la memoria.
Esta vez, Hailey no envió la confirmación. Cerró la consola, se levantó, y tomó el pasillo oscuro que llevaba al módulo norte. Lena estaba ahí, esperando. La miró, en silencio, y Hailey supo que había sido la última vez que observaría el tablero, que transferiría un fragmento de sí misma a otro ser condenado a desaparecer.
En Aurora IX las noches eran largas, y el rumor de los clones latía como un corazón sumergido en el líquido amniótico de la escala industrial. Hailey comprendió, finalmente, que quizá su única rebeldía posible no era evitar el ciclo, sino dotar de una chispa de humanidad, de una mínima y absurda individualidad, a cada eco imperfecto.
A la mañana siguiente, nadie preguntó por ella. Ni por Mark. Clones nuevos despertaron en sus camillas, la fábrica siguió replicando identidades vaciadas, y el código burbujeó como en cualquier otra jornada. Pero en el fondo ajeno de uno de esos cerebros recién encendidos, un recuerdo del aroma de las coníferas persistió, inexplicable e inmortal, desafiando la perfección de la rutina.
Y así, en lo invisible, la segunda semilla germinó.
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