Portada del relato Las Esposas del Nueve
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Fragmento:


Abrió la mano y mostró la llave. Era de oro, apenas más larga que un dedo: la contraseña física del Ancestro, la máquina bajo su casa, capaz de volcar la conciencia en carne nueva. El artefacto costoso, robado no solo al tiempo sino también a la naturaleza.

Duración: 09:41

Las Esposas del Nueve
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Texto de ajuste de pausa.

El espejo, como siempre, la engañaba. Celia observó su reflejo, repasando el contorno de sus mejillas, la curvatura de sus cejas, las líneas que empezaban a nacer. Había algo desplazado, disonante, en su rostro, como si los músculos que lo alojaban no respondieran a sus pensamientos sino a un recuerdo ajeno.

—¿Sabes cuántas veces me has mirado así? —la voz de Marion sonó desde la mesa, tras ella.

Celia se giró despacio. Marion, sentada con la elegancia estudiada de una cortesana del siglo pasado, la miraba sobre el borde de una copa de vino, la sonrisa partiendo su rostro en dos.

—No sé de qué hablas —murmuró Celia, sabiendo que la mentira era inútil. Marion la había visto nacer, una y otra vez.

En aquel piso, una suerte de invernadero-funeraria, ambas se encontraban cada mes, repasando el guion no escrito de su existencia. Afuera, la ciudad de las nieblas cebaba el asfalto con limosinas y furgones policiales; dentro, dos mujeres jugaban a Dios.

Celia tomó asiento, frente a su hermana, su eco, su otro yo. El vino tintineó en la copa. El laboratorio temblaba con la vibración lejana de la maquinaria del sótano.

—¿Has pensado en lo que te dije? —preguntó Marion, con voz baja. Aquella pregunta jamás cambiaba, ni el ritual que la acompañaba.

—Lo he hecho cien veces —respondió Celia—, pero la respuesta sigue siendo la misma: no.

Marion se inclinó hacia adelante. Sus manos blancas —gemelas a las de Celia, salvo por una cicatriz desdibujada en el dorso— temblaban apenas. Había en sus ojos un destello infantil y un odio antiguo.

—Tengo derecho —dijo Marion, dejando la copa sobre el mantel de lino blanco—. Estoy completa, más aún que tú. Ya es hora de que me dejes salir.

Celia la miró unos segundos. Desde el primer día, la tensión entre ambas había crecido como una raíz bajo la carne. Lo que había comenzado como una búsqueda por la vida eterna —el proyecto de su padre, su verdadero crimen— ahora era otra cosa. No inmortalidad, sino competencia, exclusión.

Abrió la mano y mostró la llave. Era de oro, apenas más larga que un dedo: la contraseña física del Ancestro, la máquina bajo su casa, capaz de volcar la conciencia en carne nueva. El artefacto costoso, robado no solo al tiempo sino también a la naturaleza.

—¿Estás segura de lo que pides? —susurró Celia—. Si te dejo salir, todo cambiará. Nadie ahí fuera perdonará la existencia de dos originales. Solo una puede volver.

Marion asintió, los labios apretados.

—Por eso sólo una regresará —susurró—, y no serás tú. Ya lo sabes.

El silencio cayó entre ellas, denso como la seda falsa. En el laboratorio próximo, los generadores exhalaban —en su sueño eléctrico— una vibración constante; el zumbido del progreso, la música de la arrogancia.

Celia llevó la llave al bolsillo. Marion la observaba, como un tigre observa la presa.

Afuera, la noche era una sumatoria de siluetas y formas indecisas: la ciudad de las nieblas, hogar de secretos y cadáveres líquidos. Aquí dentro, el aire tenía el sabor a ozono, a manos húmedas por el parto de la ciencia. Las dos mujeres, idénticas y carnales, eran la cima —y la condena— de un linaje que había osado desafiar a su creador.

Celia repitió lo que siempre repetía:

—Tú no eres yo. Eres una copia. Nada más.

—Dilo más fuerte, tal vez logres creértelo —susurró Marion, con sonrisa ácida—. Tenemos los mismos recuerdos, las mismas heridas, incluso la misma debilidad por el color escarlata. Llevo tu vida en la sangre y tú, la mía.

Las palabras colapsaban, una sobre la otra. Celia sintió un arrebato de mareo: la sensación que tenía desde la primera vez que el Ancestro la había “reparado”.

Marion se levantó con suavidad. Su sombra bailó sobre la pared, extendiéndose en el reflejo dulzón de las lámparas halógenas.

—¿Quieres hacer esto como siempre? —preguntó, en voz vibrante—. Un duelo. Un único vencedor.

Las reglas eran casi sagradas. El combate no era físico, sino mental: un intercambio de recuerdos, preguntas, verdades. El laboratorio, con sus columnas blancas y tubos resplandecientes, sería otra vez su coliseo.

Celia aceptó, moviendo la cabeza. Extraía de su memoria la letanía: ¿en qué fecha murió la madre, la real? ¿Cuál fue el nombre de la niñera que la cuidó en sus fiebres infantiles? ¿De qué color era el vestido que usó en la última fiesta con su padre? Marion respondía sin lagunas, con la velocidad de quien estudia un mapa que conoce al detalle. Celia respondía igual. Ninguna titubeaba.

El primer fallo vino de Celia. Al preguntársele por el nombre del amante al que había desterrado de sus sueños —un error, una debilidad, una noche de heridas abiertas—, su mente vaciló.

—No recuerdo—, susurró.

Marion sonrió, mostrando los dientes.

—Claro que recuerdas —dijo—. Lo has enterrado en la memoria porque era un error, pero lo has soñado cada noche. Alan, con su cicatriz en la mejilla. ¿Ves? Ahora lo tienes.

Las reglas dictaban que una sola vacilación otorgaba el mando a la otra. La clave, la llave, debía ser entregada. Celia la sostuvo unos segundos, sintiendo su peso. El metal estaba frío, vivo, como si palpitara. La arrojó, resignada. Marion la atrapó, con la agilidad de una cazadora.

—Ahora es mi turno —dijo, satisfecha.

En la mitología familiar, el Ancestro era el juez final. Las hermanas —original y copia, copia y original— descendieron juntas al sótano, musicales y elegantes en sus vestidos de laboratorio, pisando con cuidado las losas resbaladizas. Bajo la luz cortante de las lámparas, se reflejaban como dos ángeles caídos, condenados a competirse.

La máquina descansaba tras una puerta reforzada. Marion usó la llave; Celia, resignada, se sentó en el banco de observación, abrazando sus rodillas.

El proceso era breve, unos minutos de transferencia. El Ancestro, una consola de pantallas y tubos, zumbaba, chisporroteando con vida imposible. Marion se acostó en la mesa, sujetando los electrodos; la máquina leyó su cerebro, su ADN, los recovecos de sus más íntimos recuerdos.

Celia la observó, recordando la primera vez que su padre la había traído aquí. “No temas, Celia. No es más que un traslado, un seguro. Te guardaré para siempre.” La promesa resonó en la sala como un eco antiguo.

El proceso terminó. Marion, con la sonrisa de los vencedores, se levantó. Su identidad nueva vibraba en sus venas como veneno dulce; era una Celia mejorada, más íntegra.

—Es hora de que te vayas —susurró a la Celia original. La puerta lateral se abrió con un jadeo neumático.

La regla más antigua de la familia era la siguiente: sólo puede salir una versión. Por eso existían los muelles, bajo la ciudad: largas galerías oscuras donde las copias rezagadas eran abandonadas para siempre, en la penumbra.

Con dignidad, Celia se marchó. Caminó sola por las escaleras, bajó a los túneles. Allí, entre vapores y cables, encontró a otras; versiones anteriores, olvidadas, arrugadas por la inactividad. La saludaron con sonrisas gastadas; le ofrecieron un lecho tibio y la compañía de quienes sabían demasiado.

Arriba, la nueva Marion-Celia subió al despacho, tomó el abrigo rojo y cruzó la puerta de la calle. Una niebla densa cubría la ciudad. Caminó con cuidado, respirando el aire húmedo, sabiendo que nadie jamás notaría el reemplazo. Era perfecta. Más resistente. Sin peso de recuerdos inútiles.

Sin embargo, ya fuera por crueldad o por programación, sentía un vértigo gradual, un bostezo de incertidumbre. ¿Era Celia la original? ¿Solo una copia afortunada, con la ventaja del momento? ¿Cuánto de ella misma, cuánto de su hermana?

A las dos noches, mientras dormía en la cama grande —la herencia del padre—, los recuerdos de Marion acudieron a medianoche: la sensación de estar atrapada, la conciencia de no haber sido nunca más que un doble. La llave dorada, en la mesilla, relucía al compás de la luna.

En sueños, Marion-Celia se vio a sí misma descendiendo por los túneles. Iba al encuentro de sus hermanas. Abría la puerta y, en el lecho húmedo, encontraba a Celia que le tendía la mano.

“Somos demasiadas”, susurraban las voces apagadas. “Debemos decidir.”

Al despertar, la nueva Celia supo que el ciclo no podía romperse. Su primer impulso fue destruir la máquina, acabar con el linaje. Pero en el fondo, sabía que ese era, también, el miedo ancestral de la carne: desaparecer, no dejar testigo.

Esa noche, bajo la luz azul del escritorio, escribió una carta. “A ti, la que vendrá después de mí.” Enumeró los fallos, los huecos en su memoria, el amor por Alan, la fascinación por el escarlata, el odio repentino hacia sí misma. Terminó con una advertencia: “Habrá un día en que descubrirás que no fuiste tú la primera. Ese día sabrás que la libertad no está en el reemplazo, sino en el olvido. Si tienes el coraje, destrúyelo todo.”

Cerró la carta y la guardó en el compartimento oculto del Ancestro. Después apagó la luz, con el pulso apenas tembloroso. Tarde o temprano, otra Celia, otra Marion, otra cualquiera escarbaría en los escombros de la memoria y la encontraría. Era, quizás, el único legado inmortal de su estirpe: la promesa, nunca cumplida, de un final.

Quizás, pensó, eso bastaría.

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