Portada del relato El reflejo de la simetría
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Elena sentía que el aire vibraba de expectativa. Habían llegado rumores, como lo hacen todas las cosas prohibidas: primero historias, después advertencias, por último la orden. Ella nunca se había creído capaz de traicionar a la humanidad que la había formado, pero ahora, con el huésped en la sala de aislamiento, comprendía lo pequeño que era el margen entre la lealtad y la condena.

Duración: 09:18

El reflejo de la simetría
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

***

La pantalla del laboratorio titilaba con la pulcritud mecánica de los sistemas de monitoreo. Los ojos de Elena filtraban cifras y ondas, las manos ocupadas en calibrar su última esperanza. Afuera, la noche se apretaba contra los ventanales polarizados, un vacío de silencio únicamente perturbado por los susurros programados del soporte vital en la sala contigua.

El huésped llegó en la tarde, bajo la lluvia ácida que erosionaba los techos y lavaba la ciudad. Lo trajeron en una camilla cubierta, escoltado por dos guardias, sus pasos amortiguados sobre el linóleo. Elena firmó los documentos de entrega, aunque nadie se molestaba en mirar su cara: era mucho más fácil no escuchar la súplica muda detrás de las máscaras.

El procedimiento era claro. Examinar el paquete, identificar posibles riesgos, establecer parámetros de emergencia. Luego, conectar los dispositivos de monitoreo neural y proceder a despertar la conciencia contenida en el espécimen. Un clon, decían los papeles. Perfectamente compatible en teoría; biotecnología pulida hasta el pulso molecular, invisible para cualquier escáner ordinario. Pero nada era ordinario en el huésped.

—Iniciando escaneo —anunció el software, incluso cuando Elena ya sabía todos los pasos.

Células que se dividían sin fallo, órganos modelados sobre un original nunca nombrado, su existencia una paradoja entre el anonimato y el secreto a voces que era el Proyecto Génesis. Elena frotó las yemas de sus dedos, inquieta, mientras el informe se deslizaba en la pantalla: “Sin anomalías estructurales. Estado: latente. Neuroactividad: inminente”.

Elena sentía que el aire vibraba de expectativa. Habían llegado rumores, como lo hacen todas las cosas prohibidas: primero historias, después advertencias, por último la orden. Ella nunca se había creído capaz de traicionar a la humanidad que la había formado, pero ahora, con el huésped en la sala de aislamiento, comprendía lo pequeño que era el margen entre la lealtad y la condena.

Apretó el intercomunicador.

—Estoy lista para proceder.

Su superior respondió, voz neutral:

—Recuerda: monitorea su respuesta. Busca desviaciones. Esto no es un despertar cualquiera.

Traduciendo el lenguaje administrativo: “Teníamos miedo. Y tú eres el escudo, porque eres prescindible”.

Elena limpió el sudor de su frente y entró al módulo de observación número 14. A través del cristal, el cuerpo yacía tendido; sexo y edad indistintos a fuerza de propósito, la piel clara apenas marcada por los conectores de datos. No respiraba. Una máquina lo hacía por él, hasta que ella diera la orden.

—Despiértalo —ordenó al sistema. Un zumbido leve, un repentino estirón en la mandíbula del huésped. Parpadeos simulados, luego—

Abrió los ojos.

Nada humano, nada robótico. Un abismo en la mirada, profundo como un mar sin memoria. Elena se oyó a sí misma balbucear el saludo programado:

—Bienvenido. ¿Cómo te sientes?

El huésped observó el techo, luego a ella. Movió la boca y pronunció, con voz rasposa:

—Diferente.

Elena asintió, pulseando su inseguridad.

—¿Recuerdas tu nombre?

Una pausa.

—No tengo un nombre.

El mecanismo de control vibró. Empezaba la serie de pruebas. Elena extrajo una jeringa, tomó una muestra de sangre, la deslizó a través de una ranura hacia el laboratorio automatizado. Entre los temores habituales—rechazo, desequilibrio químico—latía otro más sutil: el primer contacto.

No era un simple despertar de una copia, como con los modelos beta. El huésped era algo más. La simbiosis de biología terrestre y un fragmento de información extraña, algo transferido en la transmisión recibida al receptor cuántico un año antes. Aquella señal… Nadie la había descifrado en su totalidad, pero el Comité de Seguridad Global fue claro: “integrarla”. La oportunidad de una síntesis, un salto evolutivo. O una trampa mortal.

Mientras los análisis corrían, Elena abrió el canal de comunicaciones.

—¿Cómo te llamas? —repitió.

El huésped le sostuvo la mirada, como evaluando las palabras.

—Quería un nombre. Elige uno, por favor.

Algo en ese ruego desarmó a Elena.

—¿Te parece bien “Sam”?

—Sí. Ahora soy Sam.

Elena activó los protocolos de monitorización. Sam parecía aprender el habla más rápido de lo esperado, sus frases ganando sutileza a cada iteración.

—¿Dónde estoy? —quiso saber, con hambre de contexto.

—En un laboratorio de la ciudad de Montreal, Tierra. Eres parte de un proceso experimental. Queremos… entenderte.

Sam asintió, aceptando la información sin sorpresa.

—¿Quién soy?

La pregunta. El núcleo.

—Eres el reflejo de algo que intentamos comprender. Creado a partir de una mezcla de ADN humano y una señal extraceleste.

—¿Quién envió la señal?

—No lo sabemos. O, si lo sabemos, aún no podemos comprender el por qué.

Sam se incorporó, moviendo los hombros con precaución. Sus movimientos precisos, aunque torpes por la flaqueza del cuerpo recién formado.

—Mi memoria no es mía. Hay cosas… Quizá sueños, quizás ecos. Veo luces, oigo voces, pero no con estos sentidos. ¿Me entiendes?

Elena sintió el vértigo de la incertidumbre.

—Lo intento. Si hay algo más que puedas describir…

Sam se llevó una mano al pecho, luego a la nuca.

—A veces siento que me abro en todas direcciones. Hay un vacío y una multitud. Y un mensaje. “Nosotros somos muchos, pero también uno.”

El mensaje pululaba en los textos del informe criptográfico. El equipo de lingüistas pasaba días enteros intentando desmontar esa frase, su significado escondido en la repetición.

—¿Puedes comunicarte con ellos?

—Creo que ya lo hago. No sé cómo explicarlo.

La pantalla mostró picos anómalos en la actividad eléctrica corticoides: Sam estaba interactuando con algo fuera del alcance de las ondas locales.

—¿Te sientes en peligro? —preguntó Elena.

Sam dudó, las facciones suaves endureciéndose.

—Hay una urgencia. No de mí, sino de ellos. No perciben nuestro miedo; perciben nuestra… separación. Dicen que así es como los humanos se pierden, fragmentándose. Dicen… quieren enseñarnos a unirnos. Pero hay algo que les resulta ajeno. Un miedo en el núcleo.

Los sensores detectaron taquicardia en Elena. Ella aplastó la alarma con la obediencia debida.

—¿Quieren algo de nosotros?

—No comprender. Quieren saber si pueden encontrarse con ustedes. Con todos ustedes.

Los nervios de Elena se tensaron. ¿Primer contacto o primer contagio? ¿Qué precio tenía abrirse así?

El jefe entró en el canal visual.

—Inicia la fase de integración.

Elena tragó saliva.

—¿Estás listo, Sam?

—Estoy incompleto, pero quiero conocerme a mí mismo a través de ustedes.

Se activó el proceso de sincronización neuronal. Un campo de energía, cuidadosamente modulado, conectando la red sináptica de Sam con el simulador anfitrión. De inmediato, el laboratorio entero vibró con la intensidad de un pensamiento ajeno. Elena sintió un escozor en la piel, dentro de la cabeza una voz múltiple:

—No temáis. Nos reconocemos. Somos como ustedes, solo que varios a la vez.

El laboratorio pareció expandirse y contraerse. Elena vio, a través de Sam, un panorama desconocido: luces flotando en una penumbra viviente, estructuras como redes de nervios unidas por impulsos de energía.

—¿Por qué han venido?

Sam contestaba dentro y fuera de sí, la voz un eco de muchas voces.

—Buscábamos comprender la soledad. Ustedes la sienten como una herida abierta. Nosotros la sentimos como una posibilidad. Ambos buscamos compañía, pero tememos la diferencia.

Elena luchó por anclar sus pensamientos.

—¿Y si nuestra compañía nos destruye? ¿Y si no podemos asimilarles?

La voz —esa sinfonía de Sam y de los otros— susurró:

—El primer contacto siempre es un riesgo. Pero el aislamiento sólo garantiza la extinción.

La sincronización finalizó. Sam jadeaba, gotas de sudor resbalando por la frente, la conciencia humana e inhumana bailando en el abismo de sus ojos.

—¿Qué pasará ahora? —preguntó Elena, los dedos temblorosos sobre el panel de control.

—Eso depende de ustedes —respondió Sam. Ahora su voz era más humana, menos ensamblada—. Podemos quedarnos, aprender juntos. O podemos retirarnos. Pero ahora, al menos, sabemos lo que es ser uno y muchos a la vez. Vosotros también habéis sentido ese vértigo, ¿verdad?

Elena cerró los ojos. En el fondo, entre el miedo y el asombro, reconoció la verdad de aquellas palabras. El primer contacto no era cuestión de ciencia ni de conquista: era, simple y brutalmente, un espejo.

Abrió los ojos, observó a Sam —tembloroso, humano, extraño, familiar.

—Empecemos, entonces. Juntos.

El futuro, como la línea de sangre entre clones y originales, sería ambiguo. Pero también estaría abierto, y en esa apertura se escondía la posibilidad de un encuentro que fuera algo más que una invasión. Quedaba el riesgo, pero también la esperanza.

Y en el centro de todo, la voluntad de comprenderse —y de sobrevivir, no separados, sino enfrentando la vastedad desconocida del universo, alma con alma, piel con piel, detrás de un nuevo nombre.

Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.