Portada del relato Herencia forzada
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Fragmento:


—¿Quiere recuerdos? —le pregunté.

Duración: 08:24

Herencia forzada
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Texto de ajuste de pausa.

Cuando acepté el trabajo en la clínica Cytogenica, sabía perfectamente que no era ni el más ético ni el más legal de los empleos. Pero la ética rara vez paga el alquiler en la Zona Cero, y mucho menos las adicciones que uno va coleccionando después de treinta años de derrota. Así que mentí en la entrevista. Dije que no tenía antecedentes. Dije que estaba limpio de fármacos, que nunca había participado en una manifestación. Dije que creía que la clonación podría salvar vidas. Esa última parte la creí por unos minutos, justo antes de conocer a mi primer cliente.

Había algo absurdo y decadente en el vestíbulo, con su mármol sintético grisáceo, sus orquídeas de plástico y la luz blanca tipo quirófano. En ese lugar nadie sonreía. Los clientes llegaban con gafas de sol oscuras aunque fueran las dos de la madrugada. No querían ser reconocidos. Pagaban en efectivo o con tarjetas sin nombre. Los empleados, como yo, aprendían rápido a no mirar los ojos de los clientes. Casi todos pedían lo mismo: una copia de alguien. A veces un hijo muerto. A veces un cuerpo más joven para un cerebro viejo. A veces… bueno, a veces horrores. Pronto aprendí a distinguir el tipo de cliente por cómo entraban.

La señora Elvira Tolsa vestía como una estrella de cine de los años cincuenta, con una gabardina clara y labios rojos extraviados. Cuando la conduje al despacho de consultas, se quitó los guantes y los pómulos le temblaron de ansiedad. Me miró, por fin, a los ojos. Tenía un encargo peculiar.

—Tengo los tejidos —me dijo, y colocó sobre la mesa una pequeña caja refrigerada—. Necesito un duplicado. Adulto. Exactamente igual.

No pregunté mucho más. Sabía que preguntar siempre costaba caro. Como en todas mis consultas, encendí el terminal y preparé el formulario estándar —la identidad permanecería estrictamente confidencial, esta copia no sería inscrita en ningún registro oficial, la manipulación genética estaría limitada a características fenotípicas idénticas—. El resto era precio y condiciones.

—¿Quiere recuerdos? —le pregunté.

Elvira vaciló, aspiró por la nariz.

—No. Solo el cuerpo. Si quiere saber la historia —dijo tras una pausa amarga—, pregúnteselo a ella cuando despierte.

Nunca entendí realmente a los clientes hasta que presencié el proceso de nacimiento. No es como ver la llegada de un bebé prematuro; los clones adultos emergen pálidos, húmedos aún del líquido, desnudos y con el pelo pegado a la cabeza. Caminan tambaleantes hacia el personal médico, conscientes pero en blanco, vacíos como una hoja sin escribir. Da miedo mirarlos. Apestan a química y a una tristeza que resulta físicamente densa. Como si el universo ya hubiera decidido por ellos que iban a fallar.

Elvira Tolsa vino a recoger a su clon dos semanas después. Pagué a los técnicos para que me dejaran estar presente. Había algo en esa mujer que me desencajaba y que, contra toda precaución, me intrigaba.

La copia salió del laboratorio andando torpemente, envuelta en una bata azul. Era igual que Elvira, pero unos años más joven, más erguida. No medió palabra al ver a su original; se limitó a observarla como si estuviera viendo una fotografía viviente, con esa extraña mezcla de horror y curiosidad que sólo el ser clonado puede experimentar —me cuentan que algunos clones desarrollan recuerdos falsos sólo por la fuerza de la convicción de sus creadores; nadie sabe si es por necesidad biológica, por piedad evolutiva, o por mala praxis—. Elvira pagó y se marchó con su gemela callada. Esa noche soñé con un cuarto lleno de clones que gritaban en silencio y desperté bañado en sudor.

La vida en Cytogenica siguió su curso, tal como iba en ese negocio: clientes anónimos, prácticas ocultas, legalidades difusas. Pero no pude quitarme de la cabeza a Elvira y su copia. Rompí la norma más sagrada: la privacidad del cliente. Usé mis credenciales para rastrear su dirección de entrega y, un lunes lluvioso, la seguí hasta un apartamento de la zona vieja.

Elvira no vivía sola. Vivía con su marido, o lo que quedaba de él: un hombre de rostro devastado al que la enfermedad había doblegado. Pero también con la copia. La miré a través del cristal sucio de la ventana: la clon seguía pasivamente a la otra mujer de un lado a otro. Abatida, sí, pero también una sombra vigilante, tenaz. Noté una sensación enfermiza de desplazamiento, como si una ecuación no cerrara del todo.

Cuando vi al marido caído en la cama, comprendí la verdad: Elvira no quería un doble de sí misma para reemplazar a nadie, sino para ser reemplazada. Días después, el cadáver de la Elvira original apareció en el canal. Nadie hizo preguntas. La copia tomó su lugar sin que nadie, salvo yo, lo notara. Cytogenica había cumplido, al fin y al cabo.

A partir de ahí la clínica entró en una espiral de pedidos similares. La clientela cambió: ya no eran sólo ricos desesperados por preservar a sus seres amados, sino nuevos tipos de consumidores. Gente que quería doblarse, sustituirse, prolongarse. En esa época, algunos clones ancianos venían a despedirse de sus cuerpos que ya no servían y regresar a sus versiones más jóvenes. Empecé a ver cada vez más a menudo miradas vacías y gestos mecánicos en las consultas; noté que algo esencial, una chispa humana, se perdía con cada copia.

Fui cómplice de eso durante meses, hasta la llegada de mi propio caso imposible: el doctor Allan Rose, reputado cardiocirujano, llegó con una propuesta indecente. No quería un clon joven, ni un duplicado físico. Quería una aseguradora de sustitución absoluta: “Mi esposa no debe notar la diferencia —dijo, las manos sudorosas—.” Me entregó muestras, fotos, videos, hasta una lista de manías: cómo tomaba el café, cómo se ataba los cordones.

—La memoria no es un proceso físico —le expliqué, mientras rebuscaba, de memoria, las objeciones legales—. Lo que podemos transferir es poco más que la carcasa y unos recuerdos básicos si están digitalizados.

—Quiero que sea yo. Exacto. Que ni ella ni yo sepamos la diferencia.

Acepté. No sólo por el dinero: parte de mí ansiaba saber hasta dónde podía llegar con la ciencia —o la impostura—. Rose pagó, el proceso empezó. No dormí bien esas semanas. Usé todas las mejoras ilegales de memoria sintética que podía comprar, hasta que la clon terminó su desarrollo.

La noche de la transferencia, Rose estaba tan aterrorizado que se le caían las lágrimas. El clon —identidad sin estrenar, tembloroso— lo miró de vuelta. Rose pidió estar presente en la primera conversación. El clon y el original se buscaron con las manos, estudiándose como gemelos deformados en un espejo.

—¿Eres yo? —preguntó la copia, todavía con voz quebrada.

—Tienes mis recuerdos —susurró el original—. ¿Pero tienes mi miedo?

Durante minutos, conversaron. A mitad de la charla, no supe distinguir cuál era Rose y cuál su duplicado. Hablaban iguales, hacían las mismas pausas, se reían del mismo modo forzado. A cierto punto, hasta la esposa entró y no notó nada extraño. Me marché antes de que terminara.

Pero ahí me alcanzó la verdad. ¿Qué es lo que hacía de Rose ser Rose? ¿La continuidad de la memoria, la conciencia momentánea, los hábitos nerviosos? ¿Una colección de rutinas tan precisas que incluso una máquina podía imitarlas con exactitud aterradora? ¿O había, tal vez, algo más, un resplandor intraducible que nunca cruzaría el umbral del ADN y de las prótesis neuronales?

No volví a la clínica. Presentí que el siguiente cliente sería yo, o alguien que ya había sido. Al fin y al cabo, todos, tarde o temprano, buscamos una excusa para no desaparecer del todo, aunque sea cambiando de cuerpo, aunque sea alquilando una sombra. Nadie se reproduce idéntico sin pagar el precio: el de la duda permanente, el de la soledad absoluta.

A veces todavía me despierto y me miro las manos, preguntándome si sigo siendo quien recuerdo, o sólo el último eslabón torpe de una larga serie de ecos.

Para la mayoría, la historia acaba ahí. Pero para unos pocos, la duplicación sólo multiplica las preguntas. Quizá ésa sea, realmente, la verdadera maldición de la clonación: no conseguir otro cuerpo, sino quedarse atrapado toda una vida en la sospecha de que el original ya se ha ido hace tiempo.

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