Portada del relato Impronta Mortal
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Fragmento:


Hanley sintió una punzada de vértigo. No era la primera vez, ni sería la última. Recordaba con amarga claridad los informes sobre el lote Alfa: sujetos hiperinteligentes, y, sin embargo, presos de una angustia inexplicable, como si un eco lejano de existencia los martillara desde más allá de su secuencia genética.

Duración: 08:10

Impronta Mortal
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Texto de ajuste de pausa.

El persistente zumbido de la maquinaria biogenética envolvía la sala principal, impregnando el aire de un olor dulce y metálico. El doctor Ephraim Hanley recorrió el pasillo con pasos calculados. Miró su reflejo difuso en el cristal blindado que separaba el área de observación del núcleo de experimentación. Tras veinte años liderando el Proyecto Novus, sabía reconocer el principio de un caos cuidadosamente planificado.

En el corazón del laboratorio, los cuerpos reposaban no en silencio sino en espera; perfectas réplicas carentes de historia, aguardando alguna chispa que encendiera su humanidad. Hanley se detuvo frente a la cámara central, donde el último lote de sujetos clonados maduraba a una velocidad artificialmente acelerada. No pudo evitar preguntarse, como lo hacía cada noche, si la biología avanzada había transgredido su propio destino o, peor, si había permitido que el alma se colara por la puerta trasera.

A su lado, la doctora Petra Kaminski consultaba una tableta, deslizándose por las lecturas vitales. Sus ojos eran fríos, de la clase que sólo cultivan los que han visto crecer células humanas sin las inconveniencias de la ética. Hanley la admiraba tanto como la temía. Ella no titubeaba; para Kaminski los clones eran, en primer y último término, herramientas.

—¿Qué dicen las primeras pruebas cognitivas? —preguntó Hanley, fingiendo indiferencia.

Kaminski levantó la vista. Sus labios apenas se curvaron.

—Respondieron correctamente a todas las instrucciones. Pero el sujeto C-12... ha comenzado a formular sus propias preguntas. Sobre sí mismo, sobre lo que está más allá de la cámara. Un pequeño salto, pero... significativo.

Hanley sintió una punzada de vértigo. No era la primera vez, ni sería la última. Recordaba con amarga claridad los informes sobre el lote Alfa: sujetos hiperinteligentes, y, sin embargo, presos de una angustia inexplicable, como si un eco lejano de existencia los martillara desde más allá de su secuencia genética.

—¿Y qué propuso? —inquirió.

—Quería ver su reflejo —contestó Kaminski—. Insistió en hablar con usted. Dijo: *Quiero conversar con mi creador*.

Hanley esbozó una mueca. El lenguaje era cada vez más sofisticado. Habían programado las mentes de los clones para aprender deprisa, pero también para obedecer. Quizá, pensó, la obediencia era el único gen que el laboratorio nunca conseguiría manipular del todo.

Antes de que pudiera responder, un estallido de alarmas rojas llenó la sala. Los botiquines reaccionaron, sellando automáticamente los accesos. Kaminski murmuró una maldición en ruso.

—Fallo en el sector sur —leyó en la pantalla—. Dos unidades han abandonado protocolo.

Hanley se precipitó hacia el monitor. Vio siluetas desplazarse, gestos rápidos y deliberados. Los sujetos D-4 y E-1, reconocibles por la ausencia de marcas quirúrgicas recientes; dos prototipos, ambos diseñados para trabajo en ambientes extremos, pero con diferencias críticas en la capacidad de razonamiento.

Tomaron un atajo hacia el hangar de carga, con una determinación que no pertenecía a los autómatas, sino a los hombres.

—Están improvisando —musitó Hanley—. Esto es imposible.

Kaminski, menos asombrada, ya había activado los procedimientos de contención. Vapor nervioso se acumuló en el borde de sus gafas.

—No son los primeros —dijo—. Entre más humanos los hacemos, más impredecibles se vuelven.

El zumbido había subido de tono, tornándose tirante, casi ansioso. Desde el circuito cerrado, uno de los guardias interceptó a las réplicas. La cámara captó el brillo de una sonrisa extraña en el rostro del clon E-1, una mueca que, en otro contexto, sería conmovedora. Después de un forcejeo breve y brutal, la imagen quedó saturada de rojo.

—Se defienden —dijo Hanley, en un susurro horrorizado—. ¿Pero de qué?

—Tal vez de nosotros, Ephraim.

La noche avanzó con la lentitud de un interrogatorio sin respuestas. Por horas, Hanley revisó grabaciones, entrevistas, pruebas. Analizó cada compasión y cada desobediencia en los clones con el rigor de un sacerdote medieval. Pero el interrogante persistía: ¿cuánto del original sobrevive en la copia? Y más perturbador aún: ¿qué parte se escapa en el proceso de reproducción?

En la penumbra de su despacho, se sentó al fin con C-12. El sujeto, de pie, parecía un reflejo más joven y mejorado de sí mismo, lo que a Hanley le pareció a la vez absurdo y profano.

—¿Sabe por qué está aquí? —preguntó.

—Sé que fui hecho —replicó C-12, con voz tranquila—. ¿Por qué? Es otra cuestión.

—¿Y desea saberlo?

—Sí. Eso y mucho más. ¿Por qué soy distinto de los demás? ¿Por qué me siento solo aunque todos seamos iguales?

Hanley cerró los ojos un instante. Podía mentir, ofrecerle una explicación científica, anestésica. Pero algo le impidió hacerlo.

—Porque nos separa lo que no puede clonarse. Recuerdos, deseos, terrores. Ni siquiera un genoma perfecto es suficiente.

—¿Y usted, doctor? ¿Por qué sigue haciéndolo?

La pregunta lo sacudió. Miró sus manos, marcadas por décadas de manipulación genética. ¿Por qué seguir? Por supuesto, había razones oficiales: garantizar el futuro, eliminar la enfermedad, crear trabajadores ideales. Y luego, muy al fondo, esa otra razón: el deseo de desafiar a la muerte, de dejar una impresión indeleble en el tejido del tiempo.

Pero también estaba el miedo de no ser capaz de crear algo realmente nuevo.

—Porque temo que si no lo hago, dejaré de existir —confesó.

C-12 asintió, como si hubiera esperado esa respuesta.

—¿Y cree usted… que yo tengo alma?

El hombre titubeó. Dejó que el silencio llenara la habitación.

—Eso espero —dijo al fin—. Por los dos.

Cuando terminó la sesión, Hanley regresó al laboratorio. Petra le interceptó.

—El director general exige una explicación. Dicen que los clones son demasiado… autónomos. Quieren re-codificar los lotes futuros. El Comité está de acuerdo.

Hanley la miró, la furia latente en sus ojos.

—¿Y tú? ¿Vas a obedecer?

Kaminski encogió los hombros.

—La obediencia también es programable, viejo amigo.

Él supo, en ese momento, que había cruzado un umbral. Aquello ya no era biología. Era teología aplicada. Había creado no trabajadores, sino devoradores de preguntas, buscadores de propósito, criaturas encadenadas al dolor de su propia identidad.

La noche siguiente, el laboratorio ardió en un silencio sólo quebrado por el llanto contenido del hombre que por fin entendía su creación. Mientras contemplaba los rostros quietos de los nuevos sujetos, Hanley comprendió que en cada uno no había sólo un duplicado sino una promesa tácita: algún día, ese otro al que llamamos clon se levantaría más allá de la obediencia. Y cuando eso sucediera, ni los dioses, ni los hombres, ni los creadores sabrían realmente qué hacer con esas criaturas que nacen sin historia, pero aprenden demasiado rápido a buscar su propio destino.

En la penumbra del laboratorio, Hanley destruyó el esquema maestro. La información genética, los datos codificados durante años, todo fue irrecuperable en pocos minutos. Al hacerlo, sintió el vértigo de un Prometeo desencadenado, como si quemara no una estructura de datos, sino la posibilidad misma de que la humanidad pudiera repetir sus errores más complejos e irreparables.

La alarma no tardó en bramar. Kaminski llegó corriendo, los ojos duros.

—¿Qué has hecho?

—Les he dado una oportunidad —respondió Hanley, y por primera vez, se sintió más humano que nunca.

El horizonte iluminado por los monitores y las incubadoras vibraba de expectación. Del otro lado del cristal, los primeros clones despertaban, sus ojos vacíos abriéndose a la luz del mundo. Sus nombres no serían nunca los de sus antecesores. Eran otros: hechos del mismo barro, pero destinados, quizá, a respuestas diferentes.

El doctor Hanley les sonrió, y por un instante, creyó ver en su mirada la chispa de aquello que no puede clonarse, ni preverse, ni siquiera olvidarse: el deseo irrepetible de ser uno mismo.

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