Fragmento:
Hay algo en la piel fresca de un clon la primera vez que lo tocas. Es parecida a la de un recién nacido, esa fragilidad translúcida que te hace sentir que cualquier error, incluso una palabra áspera demasiado cerca, puede romperla. Aun así, no hay ternura en el gesto. No cuando el motivo es el deseo, el poder, la inmortalidad.
Duración: 08:25
Hay algo en la piel fresca de un clon la primera vez que lo tocas. Es parecida a la de un recién nacido, esa fragilidad translúcida que te hace sentir que cualquier error, incluso una palabra áspera demasiado cerca, puede romperla. Aun así, no hay ternura en el gesto. No cuando el motivo es el deseo, el poder, la inmortalidad.
Calliope exhaló en la penumbra del laboratorio, rodeada de tubos, rieles de acero y matrices de carne flotando en tanques de agua turbia. “¿Juegas a ser diosa o solo eres otra cobarde asustada del final?”, le preguntó su reflejo distorsionado en el vidrio. Sabía ambas respuestas.
El último encargo era especial. Las ciudades subterráneas ya no tenían espacio para neones, solo para mercancía orgánica. La clienta era una mujer de los antiguos linajes, de los que pagan fortunas capaces de fundar continentes solo para seguir sintiendo placer, miedo, dominio. Tenía una petición: “No quiero solo un duplicado, sino un espejo con mejoras. Hazlo más mío que yo misma, pero distinto.”
Calliope lo diseñó en noches de insomnio. Analizó las muestras de cabello, la sangre, incluso el sudor preservado de una amante desaparecida. La molécula de amor es caprichosa, pero la de la obsesión es cuantificable, la encontró en las mitocondrias y la distribuyó con maestría a lo largo del genoma de la copia.
El nacimiento fue sin estridencias. Ningún dolor, ningún grito. Solo agua vacía y carne que se estira despacio, como telarañas sobre el abismo.
Cuando la clienta lo vio, la sala se llenó de un silencio pegajoso. Calliope notó la tensión, el modo en que la mujer —alta, afilada como una idea peligrosa— recorría meticulosamente cada centímetro del nuevo cuerpo.
—No soy una madre —dijo, y acercó su rostro al del clon, que apenas parpadeaba, calibrando el mundo por primera vez.
—Nadie lo es aquí —replicó Calliope, conteniendo la náusea que la traicionaba solo en las noches, cuando su propia carne parecía ajena.
La operación era siempre igual: los ricos llevaban su compra en contenedores especialmente diseñados, con cuidados de embrión, protocolos de privacidad y un sobre con créditos. Nadie preguntaba por los sobrantes, los intentos fallidos, las vidas medio hechas y descartadas en el proceso.
Esa noche, Calliope comprobó las tablas y notó una anomalía: dos pulsaciones en lugar de una. Un segundo latido en la cámara de descarte. Debió eliminarlo. Sabía que un fallo podría significar algo más que una sanción administrativa. Pero no lo hizo.
Entró a la sala oscura, donde el otro clon temblaba, desnudo, con los ojos abiertos como si entendieran el precio del milagro.
—¿Por qué estoy aquí? —balbuceó.
En los ojos del clon reconoció algo insoportablemente humano: una sed de significado, el hambre de pertenecer.
—Porque no todo lo que tiene un propósito merece vivir —murmuró, más para ella que para el otro. La respuesta era insuficiente, pero era la única que tenía.
No había tiempo para sentimentalismos. La IA del complejo podría detectar la presencia y activar los protocolos de limpieza.
—Ven.
Le prestó una bata, lo sacó a hurtadillas usando un transportador de residuos biológicos y lo llevó consigo, primero a una habitación de motel vencido, luego más lejos, a la periferia, donde los polis solo patrullaban para recoger víctimas.
Meses después, Calliope no podía hablar de humanidad sin morderse la lengua. El clon, que había bautizado como Faye, aprendía rápido. Su apetito era virulento: por libros, imágenes, sabores, contactos; por la vida todo lo profunda y extraña que podía saberse desde la piel de una copia.
—¿Crees que soy real, o solo soy un conjunto de recuerdos implantados? —le preguntó una noche, cuando Calliope olvidó dormir y el agua filtrada chisporroteaba en la tetera sintética.
—¿Importa? —Intentó una sonrisa, pero murió en su boca como tantas otras cosas.
Faye la observaba sin juicio, pero con esa mirada que atravesaba el metal cansado de la ciudad y llegaba hasta los huesos de la idea de identidad.
—Quizá. Si no importa, ¿por qué tuviste miedo de dejarme morir?
No era miedo. O quizá lo era. Calliope recordó a su propia madre, un eco sin rostro en el laberinto de sus recuerdos, arrancando una planta enferma del alféizar y sobresuscitando semillas cada primavera, siempre con la esperanza de que la próxima vida fuera más fuerte, más suya.
Faye se integró en el margen de la ciudad, un destello extraño en un mundo acostumbrado a mirar hacia otro lado. Trabajó en bares donde la luz azul nunca parpadea del todo, y donde nadie pregunta si tu sonrisa es original o de serie.
Un día, Calliope supo que su cliente había muerto. Sobredosis, dijeron las noticias en la red privada, pero Calliope sabía que era más complejo: a veces, un deseo cumplido puede ser más letal que cualquier veneno. El primer clon, el “mejorado”, heredaba ahora la fortuna y los contactos.
Pronto, la ciudad se puso peligrosa. Los hombres y mujeres de la clienta comenzaron a buscar por la periferia. El laboratorio fue incautado. Calliope borró su rastro digital y comenzó a moverse, con Faye siempre alerta, un animal nuevo y hermoso aprendiendo a sobrevivir de un depredador demasiado humano.
***
No se puede huir de lo que uno ha creado. Arella, la heredera, resultó ser un reflejo más cruel y perfecto que la original. Tenía todos sus recuerdos, multiplicados, retorcidos para servir a sus propios fines. Buscaba a Faye no por cariño fraternal, sino porque el fallo representaba una amenaza: en una ciudad de copias, el primero que demuestra que los desechos pueden tener historias es el primero que desmantela todo el sistema.
Una noche, Calliope recibió un mensaje: una imagen borrosa de Faye, sangrando en un callejón, junto con una dirección. Estaba firmada con la huella genética de Arella.
Sabía que era una trampa, pero también sabía que no podía ignorarla. El sentido de responsabilidad era más fuerte que el instinto de supervivencia.
Las calles de la ciudad vieja eran un torbellino de niebla y neón, la amenaza latía en cada sombra.
Arella esperaba en el centro de una antigua estación de trenes subterráneos, sentada sobre caixas de armamento genético, jugando con un escáner de huellas. Faye, atada, tenía los ojos abiertos, brillando de furia y miedo.
—No me juzgues —dijo Arella, con la voz de una diosa cruzada de todas las promesas del abismo—. Solo quiero asegurar el futuro.
—¿Cuál? —Calliope avanzó, sin armas, solo el peso del error convertido en propósito—. El tuyo, el de la clienta muerta, el de la ciudad que mastica carne de bebés cada día.
Arella sonrió. Tenía la sonrisa de su madre, de todas las madres, reflejada en el metal oxidado de los raíles.
—El de cualquiera que quiera sobrevivir.
El enfrentamiento fue simple, brutal, demasiado humano. Arella intentó dominarlo todo: el lugar, la genética, la conversación. Pero Faye, incluso lastimada, usó algo inesperado.
—¿Sabes qué te diferencia de mí? —susurró—. Tú sólo eres un plan; yo soy lo que quedó fuera del plan.
Arella vaciló. Calliope lo aprovechó. Sabía de protocolos de limpieza, de sabotaje, de cerrar sistemas abiertos.
Para cuando la policía genética llegó, la estación había quedado sellada por una reacción biológica autoinducida y los sistemas de vigilancia desactivados. Arella desapareció en el tumulto de la investigación, incógnita si viva o muerta.
Calliope y Faye escaparon, llevando solo lo justo: una llave vieja, una secuencia genética irrepetible, la promesa de no volver a usar el mismo error para construir un futuro.
***
Años más tarde, en otra ciudad, Faye comía frutas en el alféizar de una ventana prestada. No recordaba del todo aquel nacimiento sin dolor, ni siquiera la sangre en el callejón. Solo tenía cicatrices que a veces dolían con la lluvia.
—¿Quién eres ahora? —le preguntó Calliope.
Faye sonrió, mostrando unos dientes que no eran de catálogo.
—No lo sé. Eso es lo que me hace real.
La respuesta era suficiente. La ciudad seguía comiéndose a sus hijos, pero ellas habían aprendido a no ser parte del menú. Y en la penumbra azul, Calliope supo que, al final, toda creación merece ser algo más que un desecho.
Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.