Fragmento:
El piso 42 olía a ozono y desinfectante, y estaba custodiado por dos drones armados que la escanearon en busca de explosivos o reactivos biológicos. Un zumbido de reconocimiento le permitió avanzar por el pasillo, donde las luces titilaban acompasadas con el pulso de la ciudad entera. En la puerta señalada, la esperaba un hombre atlético, rostro modificado para parecer uno más entre la multitud, aunque la comisura de sus labios se encrespaba con una sonrisa demasiado artificial.
Duración: 09:45
Las luces de neón recorrían la ciudad como venas luminosas en el vientre de un monstruo de acero y plástico. En este lugar, la lluvia nunca limpiaba, solo embarraba más: el aire estaba impregnado del hedor agrio de los aceites reciclados y las frituras de proteína sintética. En una esquina, bajo la marquesina parpadeante del antiguo Teatro Prisma, Mara apoyó la espalda contra la pared, sintiendo la vibración sorda de las máquinas de aireación que recorrían el subsuelo.
El tráfico flotante, una coreografía de coches cápsula y motociclos antigravedad, pasaba sobre su cabeza. El sonido de sus motores era sordo, como una tormenta distante, pero las luces descendían hasta la acera, tiñendo la piel y la ropa de la gente con un espectro venenoso de colores: verdes radioactivos, púrpuras imposibles, azules eléctricos. En la pantalla de su implante ocular, un mensaje parpadeó: "Entrega en tres minutos. Destino: Edificio Kairós. Piso 42. Código A42ZX".
Mara despegó la espalda de la pared, se alisó la chaqueta revestida con fibras de defensa y echó un vistazo a su alrededor. No porque le preocupara la policía: hacía años que los uniformados abandonaron las calles a las megacorporaciones y sus ejércitos privados. Una figura envuelta en una gabardina de camuflaje digital la observaba desde la entrada de una tienda de piezas recicladas. Viejos reflejos: nunca aceptes un encargo sin asegurarte primero de quién está mirando.
El paquete, compacto y envuelto en una bolsa de blindaje de señal, descansaba en el fondo de su mochila. No preguntó lo que era. En la ciudad, la curiosidad es una enfermedad fatal. Lo único que sabía era el precio: suficiente para costear dos meses en una cápsula de vida decente, e incluso un nuevo filtro renal para su hermana menor, Aline. Quizás, si conseguía otro encargo tan jugoso, podría largarse del Distrito Sombrío, ascender a las terrazas ajardinadas donde la gente no temía beber agua del grifo...
Un pitido bajo, apenas perceptible: su cronómetro interno la alertaba. Pulsó un interruptor y los audífonos de sus implantes se sintonizaron con el canal de emergencia. Afuera, la ciudad era un mar de información y amenazas. Un mensaje codificado le llegó mientras se internaba en el flujo incesante de peatones: “El cliente es Descartes. No te detengas. Hay ojos en la red”.
Descartes era una leyenda urbana entre los mensajeros: un fixer con docenas de identidades, voz metálica y circunstancial, nunca visto dos veces bajo el mismo rostro. Sólo aceptabas un trato suyo si estabas dispuesto a arriesgarlo todo, incluso tus recuerdos. Mara aceleró, cruzando avenidas cuyas fachadas opacas reflejaban la corrupción de un mundo donde hasta la lluvia era pirateada: los sistemas de irrigación se hackeaban para desviar humedad a las jardineras privadas de los ricos, mientras los barrios bajos suspiraban por gotas limpias.
Se escabulló en un callejón, evitando a un grupo de matones corporativos con armaduras activas y ojos incrustados de sensores. En las sombras, una vieja mendiga le tendió la mano, el codo lleno de cableados expuestos. Mara dejó caer una moneda sintética sin mirar atrás. El ascensor gravitacional del Edificio Kairós la escaneó y emitió un silbido aprovatorio; su código, comprado a un fornido hacker por la mitad de sus ahorros, funcionó. Se deslizó dentro.
En el trayecto al piso 42, contempló su reflejo en el muro acristalado. Tenía los ojos enrojecidos por la falta de sueño, la frente surcada de líneas prematuras por el estrés y las nanoinyecciones. Un destello dorado en la mejilla, el tatuaje de una guadaña—marca de los mensajeros autónomos. Se preguntó cuánto faltaba para extinguirse como el resto.
El piso 42 olía a ozono y desinfectante, y estaba custodiado por dos drones armados que la escanearon en busca de explosivos o reactivos biológicos. Un zumbido de reconocimiento le permitió avanzar por el pasillo, donde las luces titilaban acompasadas con el pulso de la ciudad entera. En la puerta señalada, la esperaba un hombre atlético, rostro modificado para parecer uno más entre la multitud, aunque la comisura de sus labios se encrespaba con una sonrisa demasiado artificial.
“Mara, ¿verdad? Entrega el paquete en la mesa.”
“Quiero la transferencia antes de soltarlo.” Su voz era un sibilino eco dentro del pasillo desierto.
Él asintió, pulsó su implante cervical, y Mara sintió el cosquilleo de la señal de transferencia en el lóbulo temporal. Su cuenta anónima aumentó de saldo. El paquete pasó de sus manos a la del hombre de Descartes, y en ese mismo instante, el mundo se desmoronó en un estrépito de alarmas.
Gritos amortiguados, drones que vibraban, y una sacudida en el edificio que la hizo tambalearse. El tipo gritó algo ininteligible antes de desaparecer detrás de una cortina de humo; una fuerza arrojó a Mara al suelo. El protocolo de emergencia implantado en su espina dorsal la hizo incorporarse con reflejos automáticos. Sabía que era momento de largarse: en cualquier momento, los sistemas de seguridad identificarían a todos en el piso.
Corrió por el pasillo, deslizándose por detrás de un grupo de oficinistas despavoridos, mientras el edificio crujía con descargas eléctricas. La puerta de incendios se cerró justo cuando ella la alcanzaba; sus dedos, con implantes de microdermoplan, lograron hackear el cerrojo, y se lanzó a las escaleras de emergencia. A cada piso, los anuncios digitales gritaban: "¡Alerta de intrusión! Seguridad máxima activada. Llame a Plaza Kairós."
En la planta baja, un enjambre de drones-pol lo esperaba. En el instante en que los vio, supo que no escaparía a la fuerza. Los sensores térmicos la atraparon en su campo de visión. Un plan, rápido y peligroso, nació en su mente: recurrió al chip cloaking—caro y experimental—que dormía detrás de su oreja. Lo activó. Por unos segundos, fue un fantasma. Cruzó la puerta giratoria, entre guardias y robots que la miraron sin verla.
Afuera, la ciudad seguía viva, impasible. Neón, lluvia y rascacielos perforados por rayos de luz publicitaria. Se perdió entre la multitud, respirando agitadamente, mientras la adrenalina le hacía temblar las manos. Apartó a un muchacho que vendía recuerdos sintéticos—tarjetas que replicaban sensaciones de infancia feliz, o vacaciones imposibles—y giró en otra esquina.
No pudo evitar la duda: ¿qué había en el paquete? ¿Qué mercancía podía desencadenar semejante respuesta en la seguridad privada de una de las corporaciones más blindadas del planeta? Su implante sonó de nuevo, una llamada sin identificación. Dudó, pero respondió.
“¿Mara?” La voz era de Descartes. Mecánica y distante, con un eco que parecía venir desde las entrañas de la ciudad. “Has sido eficiente. Pero no saldrás indemne. Tus recuerdos han sido marcados. Vuelve al Prisma. Te esperan respuestas, o tu olvido.”
Era una amenaza. O una invitación. Mara recordó la aterradora leyenda urbana: los fixers no solo pagaban bien, también se cobraban intereses en el alma. Pero no tenía opción. El saldo transferido en su cuenta no resistiría el rastreo; su foto ya estaría flotando en todos los sistemas de identificación facial del distrito. Solo podía avanzar.
Cruzó la ciudad como una sombra, ascendiendo por pasillos oscuros, cruzando zonas de realidad aumentada donde la gente prefería vivir en simulaciones prepogramadas. Detrás de la cortina de lluvia diluida en xenón, las marquesinas del Teatro Prisma la recibieron de nuevo.
Adentro, un aire rancio de otro siglo. Entre butacas mordidas por el óxido, la esperaba un hombre de rostro imposible: cada vez que Mara lo miraba, su fisonomía cambiaba, como si fuese una proyección simultánea de mil identidades. Sin moverse, le indicó que se sentara.
“Has entregado un fragmento vital: una memoria sintética. Recuerdos creados en laboratorio. Recuerdos de infancia, sueños de libertad. Millones de vidas falsificadas mezcladas en ese archivo. Imagina lo que haría una ciudad de almas vacías por tener sueños nuevos…”
La comprensión golpeó a Mara como un tren de carga: aquello era el nuevo oro, la moneda de la desesperación. Memorias para los ricos, que pagaban por sentir lo que sus vidas estériles les negaban; recuerdos para los jefes de las megacorporaciones, capaces de borrar y reprogramar la experiencia misma de existir.
El hombre de Descartes sonrió, y el mundo pareció oscilar como una red defectuosa. “Podrías olvidarlo todo ahora. O quedarte con el pago, y ser una herramienta más en nuestro engranaje. Tú eliges.”
Mara sintió el impulso de correr y no mirar atrás, pero la opción de olvidar le tentaba más de lo que hubiera admitido jamás. Una vida nueva, un pasado vacío, la oportunidad de empezar de cero.
Pensó en Aline, en el filtro renal, en las noches de insomnio y las tardes de miedo. Pensó en la ciudad, en la lluvia corrupta, en los sueños alquilados.
“No,” murmuró, con la voz temblando apenas. “Recuérdame así. Y si tengo que hundirme con la ciudad, seré yo misma hasta el final.”
El extraño asintió, sus facciones fundiéndose en la penumbra artificial del teatro. “Como quieras, Mara. Pero recuerda: cuando el pasado arda, los que conserven sus recuerdos serán los nuevos ricos.”
Salió a la calle, bajo la lluvia que ya no prometía redención. Caminó hasta perderse entre las luces de neón, mientras sobre su retina comenzaban a desplegarse, una a una, imágenes de historias ajenas: un fragmento del precio pagado, una advertencia de lo que vendría después. Pero sus propios recuerdos, por ahora, seguían intactos.
Y en la ciudad sin lunas, Mara supo que todavía no era tiempo de olvidar.
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