Portada del relato Ecos en la Neurorred
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Fragmento:


Él no quería responder, pero la nanoinyección lo obligó a articular lo que jamás había susurrado:

Duración: 08:31

Ecos en la Neurorred
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Texto de ajuste de pausa.

La estación de Yushima, un nudo enmarañado de vías magnéticas y pasarelas aéreas, respiraba un crepúsculo líquido de neón. A cada latido del flujo de energía, los terminales chisporroteaban mensajes cifrados y los implantes oculares de la multitud captaban anuncios que imploraban atención, sexo, milagros quirúrgicos. Todo tan real, tan inmediato, tan excesivo y a la vez ajeno, como un orgasmo forzado en laboratorios de placer.

Aidan replegó el cuello del abrigo antifibrilación y comprobó el zumbido persistente de su lóbulo sensorial izquierdo: estaba de nuevo en la red, traspasando la frontera donde el dolor físico y el digital se confundían en un mismo arrullo ácido. Había cumplido treinta y ocho años cibernéticos esa madrugada. Era la edad crítica para quienes como él habían vendido su identidad genética a una corporación; la muerte molecular aguardaba en cada contrato de leasing.

La lluvia calórica empapaba la estructura de los viejos cables suspendidos, inyectando a la atmósfera ese aroma metálico que solo en las noches de Yushima era puro, genuino, tangible. Desde algún rincón, una improbable nena de ojos de tungsteno le sonrió: ¿compañía por un microcrédito, un fragmento de memoria reconstruida o, tal vez, el sabor absoluto de la aniquilación? Nada que pudiera pagar y todavía desear.

Cruzó la plaza principal sorteando vendedores de órganos express y peluquerías genéticas que ofrecían pelo con transmisión wifi, navegando entre humanos y posthumanos indistinguibles en el antifaz eléctrico de las sombras líquidas. En la base de una estatua-biocódigo de Mishima, identificó la marca: una escarapela hexagonal, tres líneas negras cruzando un nano-chip. La insignia del grupo Fragment-9. Ellos y solo ellos podían sacar a alguien de la esclavitud de identidad programable.

La última vez que vio a Arabella, apenas era una silueta codificada proyectada en una sala privada de El Sótano Lúcido. Tenía entonces el cabello azul eléctrico y una risa que lamía la piel como corriente alterna. Le prometió acceso a la raíz de la Neurorred, pero el precio era siempre el mismo: “Un recuerdo imposible, Aidan. Solo uno”. Era la contraseña para perderse en los palacios de información prohibida, la puerta al Edén perdido de los autómatas conscientes.

Cinco niveles más abajo, tras husmear entre clusters de basura sintética y pantallas reventadas de porno sensorial, se detuvo ante una compuerta presurizada con un parche de identificación biomimética. El diseccionador óptico escaneó su córnea, validó la tóxina latente y le permitió el acceso; la paranoia era el evangelio del submundo. Al fondo, Arabella lo esperaba, recostada sobre un diván caótico de membranas neuronales y cables de datos flexibles.

—Pensé que ya no volverías, —dijo ella, cruzando las piernas. Su voz tenía el timbre asimétrico de quien ha mutado sus cuerdas vocales más de una vez para evitar rastreos de voz.

—Si pudiera recordar la última vez que me mentiste, sabría si estoy a salvo ahora, —replicó Aidan, encendiendo un cigarro oxigenado.

Arabella sonrió, pura complacencia calculada.

—La Neurorred no olvida, Aidan. Y yo, tampoco, —susurró, acercándose lo justo para liberar una ráfaga de feromonas codificadas en su aliento.

Él sintió el viejo impulso de huir pero los monitores cardíacos insertos en su sistema límbico ya estaban replicando el protocolo de sumisión. Era el precio que pagaba por cada mejora, cada capricho de dopamina electrónica, por vivir un año más en la periferia de la realidad.

—¿Por qué necesitas la raíz, Aidan?, —preguntó Arabella, manipulando subrepticiamente un implante detrás de su oreja.

Él no quería responder, pero la nanoinyección lo obligó a articular lo que jamás había susurrado:

—Quiero que mi recuerdo de Kara sea real. Quiero saber si existió alguna vez fuera de los sueños programados y los simulacros de amor.

Arabella asintió con un dejo de ternura burda; ese era el drama universal de los seres de plástico y vísceras: discernir la auténtica pasión del código pregrabado.

—Sígueme, —ordenó, abriendo un lago de luz verdosa en el piso que los tragó a ambos en un descenso sensorial aturdidor.

El acceso a la raíz era un privilegio limitado a hackers de élite y algoritmos parias que danzaban en las entrañas ilegales del ciberespacio. Aidan sintió la violenta fusión de su conciencia con la arquitectura binaria; miles de corrientes eléctricas cosquilleaban en sus terminaciones sinápticas como lenguas digitálicas. El mundo real se deshizo. Ahora era datos, pura vibración infatigable y desbocada.

En un espacio inmediato y absoluto, Arabella materializó una réplica del apartamento que Aidan asociaba a Kara. La imitación era casi perfecta: las plantas androides en las ventanas, el comedero automático del gato clónico, los cadáveres olvidados de series de televisión pulverizadas por el paso del tiempo. Era su hogar, pero con cada segundo crecía un resplandor carmesí alrededor de los objetos, una señal de corrupción, de interferencia.

—¿Estás seguro que quieres ver esto?, —preguntó Arabella, tornándose translúcida y multiplicándose en varias dimensiones.

Quizá ya no era una mujer, sino una interfaz gráfica personalizada, una sombra de deseo calculado. Pero la curiosidad era más fuerte que el miedo.

Aidan avanzó hacia la única puerta abierta. Al cruzarla, la vio: Kara, pequeña y etérea, sentada en el borde de la cama, programando una nota de voz. Sus movimientos eran peculiares, demasiado humanos para ser solo líneas de código, pero demasiado precisos para no levantar la sospecha de un anhelo manufacturado.

—¿Me recuerdas, Aidan?, —preguntó la forma de Kara, utilizando una voz tan suave que parecía un glitch auditivo más que un sonido real.

Aidan sintió la implosión de sus amortiguadores morales. Se acercó hasta el punto exacto donde sabría si la piel de Kara tenía el calor de una persona amada o la frialdad de un autómata.

Pero en ese momento la escena se congeló. Desde todos los puntos visuales, líneas rojas cruzaron el espacio, cerrando la habitación en una celda de datos encriptados.

La voz de Arabella, ahora multiplicada y distorsionada, gritó desde todas partes:

—¡Tienes un visitante, Aidan! ¡Alguien ha rastreado tu acceso!

El apartamento se transformó de inmediato en un pasillo de fuego abstracto. Los rastreadores de la Corporación ya habían penetrado la Neurorred y diseminaban procesos interferentes, gusanos de desmemoria que devoraban recuerdos y nociones de identidad. Un enjambre de parásitos de código se abalanzó sobre él. Recordó la palabra clave (un dolor casual de infancia, un regusto de leche en el paladar) y sacó de su implante cerebral una daga de luz.

Luchó en lo abstracto, y el sudor en su frente delató la transferencia de daño a su cuerpo biológico.

Arabella le gritó:

—¡Rápido! Si pierdes esta lucha, no solo perderás el acceso: perderás tu recuerdo de Kara y todo lo que fuiste.

Aidan apuñaló a la criatura principal, un gusano de software que tenía el rostro pixelado de todos sus amantes muertos. Un estallido de códigos deshizo la prisión de recuerdos y, por un instante, el rostro de Kara flotó ante él. Tal vez, por primera vez, el rostro era verdaderamente humano: imperfecto, con pequeños gestos automáticos e involuntarios, la sombra indeleble del cansancio real.

Sintió que el mundo se deshacía otra vez, que la Neurorred escupía a su visitante no autorizado.

Despertó en El Sótano Lúcido, jadeando, empapado de sudor químico, una gota ácida en la lengua. Arabella lo observaba desde una nueva máscara facial de silicona biodegradable.

—Aidan… lo lograste. El recuerdo es tuyo, auténtico. Nadie puede quitártelo. Pero las corporaciones sabrán que ahora eres único, y eso te convierte en peligroso, en una anomalía.

Aidan tocó su cabeza, esperando encontrar la familiar ausencia, el vacío. Pero allí, entre los estratos de olvido impuesto, una brizna de verdad ardía con la incandescencia de lo irreemplazable.

Afuera, la tormenta de datos arremetía contra Yushima, tiñendo de verde y violeta cada esquina. La ciudad esperaba con sus fauces de neón ensangrentado, pero Aidan ya no era un simple fragmento prescindible de la red. Había recuperado su singularidad a un precio brutal.

Caminó hacia la salida, con la certeza de que ahora, aunque lo encontraran y borraran, ese recuerdo persistiría más allá de toda memoria y toda red, como un virus indomable, un anhelo puro extraviado entre la carne y la máquina.

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