Portada del relato Neón y Humo en la Niebla
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Fragmento:


Haruki llevaba el paquete incrustado en una cavidad de la espalda. Era pequeño, liviano, pero posiblemente mortal: un canteado chip de memoria negra, protegido por clústeres computacionales vivos, embalado con armaduras de ADN sintético. El contenido era desconocido, pero la oferta de pago era la mayor recibida en seis meses. Solo una ruta: desde los suburbios de la ciudad vieja hasta los ventrículos centrales del distrito dorado, por la arteria más vigilada del continente.

Duración: 08:42

Neón y Humo en la Niebla
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Texto de ajuste de pausa.

La lluvia martilleaba los parches de neón de la calle Lavanda, pulverizando el reflejo de las luces en millones de cristales líquidos que recubrían la acera y se mezclaban con el humo dulzón que exhalaban los respiradores de los conductores del mercado negro. A esa hora, ya pasada la medianoche, la ciudad era toda una panoplia de susurros fluorescentes, vibraciones electrónicas y amenazas. Haruki siempre encontraba belleza en el caos, pero ahora mismo solo sentía la presión de los drones de vigilancia rasgando la atmósfera con sus haces azules. Su piel, bajo la gabardina translúcida, hervía con descargas de adrenalina sintética.

Se apretujó contra la puerta de un almacén abandonado, buscando sombra bajo un letrero parpadeante que prometía “Paraíso Virtual”, aunque el local estaba tan muerto como los sueños de la mayoría de sus clientes. Ajustó la mascarilla de filtros nanotecnológicos y echó un vistazo al HUD que le proyectaba la retina implantada: tiempo hasta la entrega, doce minutos; proximidad de amenazas biocodificadas, baja; pulso, ansiosamente alto. Maldita fuera la red.

La ciudad era un juego de superposiciones: la capa física, que olía a ozono y a química de limpieza industrial; la capa digital, llena de rutas cifradas, señales espectrales y pantallas invisibles; y la psíquica, la incesante presión de supervivencia en el sistema más cruelmente justo jamás diseñado por una IA desbordada.

Haruki llevaba el paquete incrustado en una cavidad de la espalda. Era pequeño, liviano, pero posiblemente mortal: un canteado chip de memoria negra, protegido por clústeres computacionales vivos, embalado con armaduras de ADN sintético. El contenido era desconocido, pero la oferta de pago era la mayor recibida en seis meses. Solo una ruta: desde los suburbios de la ciudad vieja hasta los ventrículos centrales del distrito dorado, por la arteria más vigilada del continente.

Los mensajes del contratista eran lacónicos y se autodestruían tras leerse. No nombres, no contexto, solo instrucciones. "CONFIDENCIAL. PRECISIÓN ABSOLUTA. CONSECUENCIAS LETALES SI FALLAS." ¿Consecuencias para él, para el chip o para ambos? Para Haruki ya no había diferencia.

Pisó el charco más cercano y sintió cómo el agua refrigeraba la planta de sus botas. El terreno cuarteado le recordaba la última vez que había fallado: una memoria escurridiza, sangre empapando cables, un grito cancelado por el rugido de un dron de asalto. Desde entonces, dormía con un ojo abierto y la mitad de su conciencia conectada a una alarma sentimental.

Giró la esquina cuando el rugido de un acelerador de drones le congeló la sangre. Un taxi volador descenso en picada para dejar a su pasajero: una silueta recortada, con la chaqueta reluciente de oro líquido y el pelo tan azul como la estática digital. Era Mara, la única persona que Haruki podría considerar una aliada. O quizás solo una ex que nunca terminó de ser enemiga.

—¿Sabes a dónde vas, Haru? —susurró Mara, la voz una vibración cálida en la oreja de su implante translator.

—A casa, si tengo suerte —respondió él, tragando la ansiedad como si fuera alcohol barato.

Los ojos de Mara titilaban con la luz de datos circulando por sus pupilas. —Tienes compañía. Los ejércitos privados ya rastrean el ping de tu paquete. ¿Querías hacerlo por cuenta propia o te interesa sobrevivir esta noche?

Haruki sonrió, o al menos intentó la mueca apropiada. No confiaba en Mara, pero sus probabilidades de llegar intacto a la entrega se duplicaban con ella cerca. Activó el scrambler de datos que les protegía de los troyanos municipales y juntos se internaron en los laberintos de la ciudad. Techos resbaladizos, pasadizos llenos de trituradores de basura, cámaras de inyección de drogas rápidas y las grietas profundas donde los sin-rostro se reunían para trocar recuerdos codificados.

Saltaron una verja de plasma roto y aterrizaron en una arteria secundaria. Los rastreadores estaban tras ellos: pequeños puntos rojos que bailaban en la interfaz proyectada en sus ojos, siempre al acecho, siempre dispuestos a desatar la violencia automatizada. Mara era la más rápida, subía rejas y esquivaba escáneres con una gracia animal, sólo frenando para empujar a Haruki cuando vacilaba.

Entonces la emboscada: dos biobots se materializaron de las sombras, pulidos como espejos de carne sintética, con los ojos llenos de algoritmos predadores. El primero se abalanzó hacia Mara, pero ella ya tenía en la mano una aguja de campos EM y atravesó el núcleo del biobot justo bajo la mandíbula, haciendo chisporrotear su columna vertebral. El segundo fue más listo. Luchó con Haruki en el suelo, puños de metal líquido chocando contra huesos reforzados. El paquete en la espalda de Haruki emitió un pitido chillón: telemetría de daños. Un mal golpe y el chip explota, liberando algún virus informacional, tan letal para las inteligencias artificiales como para las personas vivas.

Con un alarido, Haruki logró invertir posiciones y le arrancó la cabeza al biobot con un cable de energía. El pecho le quemaba, pero siguió corriendo, guiado por el miedo y por la voz de Mara en su oído.

Llegaron a la boca de un ascensor vertical, oculto tras una persiana de metal oxidado. Subieron tres pisos en diez segundos. El aire se volvió limpio, filtrado, teñido de ozono y luminosidad estéril. El distrito dorado era otro mundo: avenidas sin baches, jardines de musgo genético, hologramas publicitarios que prometían una felicidad completamente parametrizada. La meta estaba cerca, pero el peligro crecía a cada latido.

—No me vas a decir lo que lleva tu paquete, ¿verdad? —murmuró Mara mientras se secaba la sangre del codo.

—No sabría qué decirte ni siquiera si lo supiera —respondió él amargamente.

—No eres bueno mintiendo —dijo ella, y ambos rieron, un sonido débil, cortado por el eco de los drones revoloteando tras ellos.

En la entrada del edificio destino, les bloqueó el acceso una mujer sin edad, la piel tan perfectísima que parecía renderizada en un software de diseño, los ojos traslucidos, como perlas sumergidas en alcohol. Era la intermediaria.

—Bienvenido, Haruki. Entrega el chip —su voz era múltiple, como si en su garganta vibraran varias frecuencias a la vez.

Haruki nunca había sufrido una orden tan directa. Era un comando que resonó en sus implantes neurológicos. Su mano se movió sola, extraía el chip de su carne en un gesto antinatural, y lo extendía ante ella. Mara intercedió, empujándolo hacia atrás, parando el movimiento.

—¿Y mi pago? —gruñó Mara, sin perder tiempo en formalidades.

La mujer asintió. —El pago siempre llega. Pero ustedes ya lo saben: lo importante no es el dinero, sino la información. El equilibrio de la ciudad. Cada memoria negra registrada aquí es una balanza de poder. ¿Querías una vida cómoda fuera de la red, con tus recuerdos intactos, Haruki? Este es el precio.

La sentencia era tan clara como los términos del contrato: recibe el pago, entrega el chip y luego olvida. Cada memoria de la noche —las carreras, la violencia, la compañía de Mara— se esfumaría bajo la reescritura neural que anestesiaba a los mensajeros para siempre.

Haruki dudó un segundo, apenas un parpadeo. Miró a Mara; sus ojos decían todo lo que nunca se permitiría pronunciar. Dejó caer el chip en la mano de la intermediaria como quien deja ir una parte de su propio cuerpo.

El silencio cayó, espeso como aceite. La mujer sonrió con satisfación artificial, y el drone que orbitaba sobre ellos soltó un disparo seco, invisible. Sintió el ardor en el lóbulo temporal, la amenaza de la supresión de la memoria. Pero algo falló. Mara pegó a Haruki contra la pared, usando su propio cuerpo como escudo.

—¡Corre! —susurró en un hilo de voz.

Él no lo dudó. Ambos huyeron del vestíbulo mientras los sistemas de supresión de la memoria colapsaban frente al anti-programa que Mara había desarrollado: un cortafuegos neuronal capaz de retener al menos un resquicio, un destello, un nombre o tal vez solo el sabor del deseo de vivir.

Cuando al fin se detuvieron, exhaustos, debajo de un andamio polvoriento donde los sensores no llegaban, Haruki sollozó, con la certeza de que la mayor parte de lo vivido esa noche se borraría. Tal vez olvidarían el uno al otro. Tal vez no quedaría ni siquiera una sensación.

Pero en un bolsillo secreto, Mara deslizó un fragmento de grabación: una pista huérfana, una dirección, una posibilidad de —quizá, solo quizá— recordar algo más que la ciudad devorando almas en su perpetuo neón y humo.

La ciudad, mientras tanto, seguía brillando. Más despiadada, más viva, más implacable que nunca.

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