Portada del relato El Aceite de los Días Muertos
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Llegó a la Plaza de las Chimeneas al alba. Había allí tres mujeres armadas con llaves inglesas y ojos turbios por el aceite. Vigilaban una pila de piezas mecánicas—tres pares de alas destrozadas, una máscara de gas adornada con plumas, dos guantes forrados de amianto. Derev alzó la mano.

Duración: 08:35

El Aceite de los Días Muertos
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

El hombre llegado de la niebla del Sur cargaba en la espalda una radio a válvulas, oxidada y con la ruina silbando dentro de sus entrañas. Caminaba entre las torres rotas de Zharik, donde las jóvenes escapan por ventanas de hierro y los viejos se cuelgan de postes eléctricos para no oír cómo el mundo muere. Se llamaba Derev, aunque no había nacido con ese nombre. Lo llamaban así desde que vendió el primero de sus recuerdos por un litro de aceite negro, el año de la primera sequía.

El aceite, dijeron, era sangre antigua, sangre de dioses enterrados bajo el asfalto. Pero Derev no creía en dioses—no después de la quiebra de los sindicatos del viento, no después de ver cómo los nobles cortaban cables telefónicos con dientes de oro, no después de quemar, él mismo, su primera refinería sin mapas. El mundo era una bestia detenida entre el humo y la llovizna. Si alguna vez hubo magia, su destello temblaba en el chisporroteo de los motores.

Caminaba con paso regular entre charcos de gasolina y telas de araña urdidas en tubos rotos. A su radio le faltaba la cuerda principal: sólo captaba voces del Este, ecos rotos de canciones que nadie recordaba. Cuando el viento soplaba desde el desierto, la antena silbaba nombres prohibidos: Volókria, Lishva, la reina bastarda y su ejército de autómatas insomnes.

Llegó a la Plaza de las Chimeneas al alba. Había allí tres mujeres armadas con llaves inglesas y ojos turbios por el aceite. Vigilaban una pila de piezas mecánicas—tres pares de alas destrozadas, una máscara de gas adornada con plumas, dos guantes forrados de amianto. Derev alzó la mano.

—Vengo a comprar vuelos —dijo.

—¿Tienes memoria? —preguntó la más anciana, su cabello una maraña de cobre hilado.

Derev asintió y se sentó bajo una campana de bronce. Sacó de su bolsillo una tira de celuloide, una película con imágenes de otra ciudad: un lugar donde la lluvia aún tenía aroma a limón, donde los niños jugaban entre turbinas desconectadas, donde una niña prometía a su padre que jamás cruzaría el puente hacia el Este.

—Es todo lo que me queda —dijo—. Pero por un vuelo seguro, lo entregaré.

La anciana pasó la película bajo el haz moribundo de una lámpara. Las imágenes danzaron: la niña, un tren, un perro de hojalata. Asintió.

—Aceptado.

Unos brazos jóvenes y flacos—apenas más que chasis de carne envueltos en monos sucios—le ceñieron una mochila de metal con arneses de cuero endurecido. El olor del aceite viejo y de la pólvora persiguió a Derev mientras los engranajes encajaban con un chillido, y la máscara de gas bajó sobre su rostro.

—Recuerda —susurró la anciana—: Solo vuela cuando el humo es azul. Los centinelas de la reina ven el humo negro, pero odian el azul. No preguntes por qué. No te detengas.

Los motores de la mochila zumbaban como abejas de plomo. Derev, que no tenía miedo ni siquiera de los esqueletos que mendigaban entre los puentes, subió por la escalera más alta de la plaza y miró hacia el otro lado del río: la sombra inmensa de la fortaleza de Volókria, donde se almacenaban todos los recuerdos sustraídos en los últimos años, guardados en cilindros de celuloide y ámbar.

Apretó el interruptor. El rugido de la explosión lo alzó por encima de la ciudad dormida; las alas, forjadas de chatarra, lo mantuvieron a flote, oscilando en una dirección incierta.

El cielo olía a ozono y vapor, y Derev se sintió, por primera vez en mucho tiempo, ajeno a la sombra de los cañones que giraban, más abajo, desde las torres de Volókria. Planeó sobre un bosque de antenas—torcidas, roídas por la lluvia ácida—y vislumbró, bajo una luna de alquitrán, la silueta de un dirigible anclado al tejado de la fortaleza.

Iba allí en busca de una caja—la Caja del Aceite, decían. Se rumoreaba en las tabernas de las afueras que contenía las primeras gotas de la sangre original, lo bastante puras para restaurar en los motores un retazo de la música perdida. Quienes escuchaban esa música aseguraban ver, por un instante, a sus muertos danzando en los laberintos de vapor.

Lo aguardaban centinelas: autómatas con corazones de plomo, soldados armados con rifles alimentados por gas venenoso. Derev aterrizó entre dos ventiladores gigantes y se deslizó por un túnel de mantenimiento, recordando el consejo de la anciana: solo bajo humo azul.

Dentro de la fortaleza reinaba el silencio metálico de la condena. Nadie dormía, nadie hablaba; las máquinas vigilaban y construían eternamente, tejiendo cables, desarmando recuerdos. Por los pasillos reptaban sombras: herramientas vivas, gatos de acero, insectos recubiertos de cobre que transportaban pequeñas esferas de ámbar.

En una sala envuelta en la penumbra, Derev halló a la reina bastarda. Era más joven de lo que había pensado, sus mejillas salpicadas de hollín. En su trono de hierro, la mujer sostenía la Caja del Aceite entre los muslos, rodeada de relojes descabellados que giraban en direcciones opuestas.

—No eres el primero —dijo la reina sin levantar la vista de sus relojes—, ni serás el último. ¿Qué buscas en la sangre de los dioses viejos?

Derev dudó. El olor del aceite era dulzón, casi narcótico. Pensó en todas las ciudades quemadas, en la promesa rota de la niña junto al puente.

—Quiero recordar. Pero con verdad, no con el ruido sucio de la radio o el ciego grito de estas máquinas.

La reina lo miró de frente. Sus ojos eran grises, inhumanos.

—No existe la verdad para quienes alimentan sus motores con mentiras —sentenció—. Pero tráeme una sola gota del alma de cualquier resistencia en esta ciudad, y te daré la Caja del Aceite.

Derev inclinó la cabeza. Sabía dónde buscar las últimas chispas de rebelión: en la mente de los locos que pulen engranajes con saliva, en las gargantas de los juglares ebrios que entonan himnos prohibidos, en los labios de la anciana que le había vendido su vuelo.

Regresó, en silencio, por el mismo túnel. Voló bajo, entre jirones de humo azul (protegido de la visión de los autómatas) hasta la Plaza de las Chimeneas. Las tres mujeres seguían allí; la anciana pulía una palanca con trapo empapado de ron.

—He visto a la reina —dijo Derev—. ¿Tienes, acaso, el alma de la resistencia?

La anciana sonrió, y sus dientes eran pernos oxidados.

—La resistencia está en cada gota de sudor que no se convierte en aceite. ¿Eso quieres? Entonces toma.

Le tendió un vial diminuto. En su interior, algo escarlata brillaba: una gota de sangre indeleble, imposible de corromper.

—Mi primer escozor de rabia —dijo la anciana—. Cuando tenía doce años y rompí el emblema del patrón. Eso fue resistencia.

Derev aceptó el vial, sintiendo su peso arcaico. Regresó una vez más por el cielo azul del crepúsculo, con el humo cubriéndolo como una bendición.

Entró de nuevo en la fortaleza y encontró a la reina en el salón de los relojes.

—Aquí tienes —dijo, tendiendo el vial.

La reina sonrió con melancolía.

—No eres distinto a los otros. Pero eres el primero que me trae una verdad sin luto ni venganza, solo furia sencilla. Eso se queda.

Tomó el vial y, con manos expertas, lo arrojó a la Caja del Aceite. Un chisporroteo eléctrico la recorrió; los relojes se detuvieron. La reina se quitó la máscara de su juventud, y por un parpadeo, Derev vio en ella la mirada de su madre.

—Toda la ciudad recuerda; toda la ciudad olvida. Elige: quédate y reina junto a mí en esta prisión, o vete y lleva el aceite de la resistencia a donde quieras, pero no podrás regresar.

Derev pensó en el puente, en la niña del film, en la anciana y su rabia. Miró la Caja del Aceite, que latía como un corazón de otro siglo. Su radio de válvulas, colgada a la espalda, bamboleó. Una nueva voz la cruzó:

—...el humo azul, el canto, la rabia de los días muertos...

Derev no se volvió para contemplar a la reina. Tomó la Caja bajo el brazo y corrió hacia la ventana más alta. Afuera lo esperaba un dirigible blindado de azul y plata, pilotado por las mismas mujeres de la plaza. Ellas asintieron, serias.

El dirigible surcó el cielo hacia nuevas ciudades, bajo constelaciones de fuego y fulgor, con el rumor del aceite puro latiendo en el interior de la Caja. Allá donde el humo azul flote y la radio sintonice himnos prohibidos, quizás, pensó Derev, renace la magia entre las ruinas.

Mientras tanto, el motor lejos del ocaso nunca deja de girar. Y la ciudad, entre un suspiro de cables y sueños, promete jamás olvidar la furia sencilla de una gota de sangre rebelde.

FIN

Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.