La lluvia era suave, pero pegajosa, un sudor aceitoso flotando en el viento mientras la ciudad giraba y sus engranajes crujían bajo el peso de otro día interminable. Mara llenó su pipa de tabaco negro, encendiendo la llama con una chispa de generador, y miró hacia el bulevar: camiones blindados gruñían, desplazando grandes remolques repletos de latas, carbón y cuerpos. Las farolas azuladas, todo reluciente acero, proyectaban sombras altísimas sobre el empedrado recién engrasado. Si la paz era sólo un acuerdo entre monstruos, aquí en Palivoris todos lo aceptaban con resignada eficiencia.
Cuando Helio Mason entró en el bistrot, trajo consigo dos cosas: la peste agria de la gasolina vieja y un rumor de sangre todavía caliente. Mara lo supo al instante; no se podía sobrevir una vida entre chatarreros y espías si no adivinabas quién era capaz de matarte. La autenticidad de Helio estaba en la rigidez de su uniforme, en la manera que la holgura de su abrigo ocultaba una herida reciente. Sólo detuvo su paso ante Mara: "Necesito un favor." Era casi una letanía, las palabras de los hombres acorralados.
"Ya tienes demasiadas deudas conmigo," espetó ella, sin soltar el mango de su bastón metálico.
"No es para mí." Helio se inclinó, dejando entrever la placa de la Milicia Electrónica, el remolino azul en el metal. "Es para el núcleo de la ciudad. Está por estallar."
Mara, aún escéptica, se incorporó. Un núcleo era la fuente energética de Palivoris, el músculo latente que alimentaba los sistemas de defensa y mantenimiento. Si estallaba, el corazón de la ciudad moría y, en la periferia, los carroñeros celebrarían el festín que siempre habían aguardado.
La progresiva descomposición de Palivoris se sentía, incluso sin la amenaza de Helio. En la mañana, los niños rodaban tambores oxidados para acortar las filas de pan. Por la tarde, merodeaban los mecánicos desesperados, buscando en las alcantarillas piezas recuperables del gran generador central. Cada noche, la sirena ululaba, pero era sólo un eco que nadie temía ya, salvo por el recuerdo de antiguas purgas.
Pero esta vez, semanas de rivalidad entre los gremios de la Remoción—los desguazadores—y el Consorcio del Carbón, una nobleza rancia y carbonizada, escalaron más allá de la corrupción común. Alguien había saboteado el núcleo.
Helio dejó caer un esquemático lacerado sobre la mesa mugrienta. El dibujo era sencillo: un entramado de tuberías copiando el sistema sanguíneo humano, con un punto negro palpitante en el centro. "Es el nodo S-53. Es el punto débil. Si la presión sube dos unidades más… colapsará."
Mara recordó la última vez que había visto un núcleo estallar. El cielo se tornó granate, repleto de tornillos ardiendo en cascada. 37 muertos y un centenar desparecidos, tragados por el vapor radioactivo y la metralla. "¿Quién?", preguntó simplemente.
Helio tragó saliva. "Nada está claro. El Consorcio del Carbón culpa a los chatarreros. Los chatarreros a los forjadores. Y los forjadores dicen que los ingenieros de la central misma diseñaron el fallo, para justificar otra purga."
Por eso Mara se había exiliado de los gremios, sobreviviendo entre rumores. Ninguno de ellos se creía menos maquiavélico que sus rivales. Había sido madre, ingeniera, soldado, instrumento de venganza; ahora, sólo bistrot y subsistencia.
Aquel conflicto, sin embargo, era diferente. Cualquiera podía ver que no habría ganadores. Reinaría el caos, un juego de suma cero donde la carne de los indefensos lubricaría las ruedas del poder durante un año más.
"¿Qué necesitas de mí?", preguntó Mara, su voz apenas un resuello entre el siseo del gas.
"Tu pase para entrar en la Dársena S-53. La guardia no me permitirá pasar solo. Y tu juicio. No confío en mis ojos esta vez, Mara. Nada es lo que parece."
El precio de ayudar a Helio podía ser una traición a todos o a nadie. Pero Mara no era una idealista. Si debía elegir entre la aniquilación y la miseria perpetua, elegiría la segunda y negociaría después.
***
Al caer la tarde, ambos descendieron por los corredores de la ciudad baja. Bajo las válvulas de presión, el aire era denso y amarillo, saturado de hollín y vapor. Los carceleros de la Dársena, ataviados con armaduras y rosetas de neón, los dejaron pasar al comprobar la credencial hermética de Mara—un rectángulo de cobre con su nombre grabado a fuego.
La compuerta de emergencia se abrió, vomitando un chorro de agua caliente y aceite que manchó sus botas hasta el tobillo. "Nadie desciende sin aviso," anunció brusco un guardia, "pero si traes a esta, adelante." El respeto—o miedo—a Mara era palpable.
Quietud. Una calma tensa, antinatural en un mundo de engranajes y pistones. El núcleo estaba vivo, un monstruo azulado ribeteado de luz dorada; el nodo S-53 era apenas una excrecencia en la maraña de tubos. Técnica y visceralidad, inseparables ahora.
Mara llegó primero. Detectó la fisura con un golpecito de metal. Al instante, un tictac alarmante comenzó a vibrar en el aire, subiendo en resonancia. "No tenemos más que minutos", sentenció. "Alguien puso una válvula de sobrepresión falsa. Solo puede hacerlo un ingeniero especializado. Sabotaje seguro."
Helio palideció. "¿Quién tiene acceso?"
El momento de la verdad: el conflicto con el que Mara debía lidiar era interno. Sus recuerdos de la fábrica, meses atrás, una discusión acalorada con Telfa—the ingeniera jefe del Consorcio—por los derechos sobre el reparto de energía. “Esto es demasiado costoso”, había dicho Telfa. “Matemos el núcleo, forcemos la negociación.”
Mara comprendió, y el frío de la traición la sacudió. "Sé quién lo hizo", confesó. "Pero mis manos no están limpias. Este acuerdo fue nuestro, Helio. Solo que no debió avanzar tan rápido. Ahora tenemos dos opciones: arreglar esto y mentir... o dejarlo estallar y ver caer a unos cuantos."
Los motores del núcleo zumbaban cada vez más alto, el conflicto en el aire palpable como ozono antes del trueno.
Helio giró la cabeza hacia la silueta de Mara. "¿Tú ayudaste a esto?" Lo preguntaba sin reproche, como si buscara comprensión.
Un chirrido metálico, una grieta más, interrumpió cualquier respuesta reflexiva. Mara contestó pragmática: "Todos los gremios hacen concesiones monstruosas por sobrevivir. Nadie es inocente. Pero no dejaré que Palivoris arda por un error que yo ayudé a incubar."
La redención—si existía—era mecánica; nadie sería perdonado, pero sí, quizás, alguien podría continuar. Se puso a trabajar, retirando la válvula falsa. El trabajo era preciso, ansioso: maniobrar herramientas mientras el núcleo temblaba era fe de ingeniero, dogma aprendido en noches sin dormir.
Helio la asistió, limpiando sudor y grasa de la frente de Mara cuando fue necesario, ciego a todo menos a la posibilidad de que las cosas todavía pudieran ser diferentes. El último tornillo cayó con un sonido terrible, vacío. Reemplazaron la pieza y, por un instante, Palivoris vibró como una bestia resucitada.
Los relojes de la dársena se pusieron a cero. El núcleo se estabilizó. No habría explosión.
Pero nada de eso significaba que el conflicto hubiera terminado. Fuera, los rumores crecerían como hongos venenosos. El Consorcio buscaría culpables. Los chatarreros reclamarían justicia. Los forjadores inventarían nuevas traiciones. La ciudad seguiría oxidándose un año más.
Ya en la superficie, Mara y Helio compartieron el humo de la pipa, con la primero luz del amanecer colándose entre los raíles.
"¿Volverás a la Milicia?", preguntó ella.
"Quizás. Hoy he visto demasiado. Mañana puede que quiera olvidar. Pero tú... ¿cómo vivirás ahora sabiendo lo que has salvado y lo que has condenado?"
Mara pensó en ello. La ciudad no mejoraría. Los niños seguirían jugando con los despojos, mientras el betún y la lluvia lo ensuciaban todo, y los hombres como Helio y mujeres como Mara sobrevivían día tras día, a fuerza de imposibles concesiones.
"Viviremos como siempre," respondió. "Con la esperanza de que la próxima vez, cuando el conflicto vuelva a incubarse entre las sombras y los engranajes, sepamos elegir una opción que pese menos sobre nuestras conciencias."
En Palivoris, la paz era sólo el ruido apagado de la próxima batalla, y cada uno debía decidir, cada noche, de qué lado del silbido estaría al amanecer.
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