Portada del relato La ciudad entre motores olvidados
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Fragmento:


Cuando la sirena de Turno de Medianoche aulló bajo la cúpula de Cobre del Distrito Sur, Aina sabía que el día empezarìa complicado. Se había quedado dormida otra vez, soñando con mares imposibles y trenes que alcanzaban el horizonte, mucho más allá de los riscos ennegrecidos por el hollín. Siempre había sabido que la vida en Kharros sería difícil; el aire filtrado por rejillas apenas aguantaba los humos de la fábrica principal y, aunque los respiradores nuevos prometieron ser milagrosos, a las semanas se oxidan igual que todo aquí.

Duración: 08:21

La ciudad entre motores olvidados
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Texto de ajuste de pausa.

Cuando la sirena de Turno de Medianoche aulló bajo la cúpula de Cobre del Distrito Sur, Aina sabía que el día empezarìa complicado. Se había quedado dormida otra vez, soñando con mares imposibles y trenes que alcanzaban el horizonte, mucho más allá de los riscos ennegrecidos por el hollín. Siempre había sabido que la vida en Kharros sería difícil; el aire filtrado por rejillas apenas aguantaba los humos de la fábrica principal y, aunque los respiradores nuevos prometieron ser milagrosos, a las semanas se oxidan igual que todo aquí.

Tiró de los bajos de su chaqueta de cuero, ya rígida por el sudor y el polvo, y subió la escalera metálica hacia el Puente Elevado. La estructura tronaba a cada movimiento, como si toda la ciudad se preparase para estornudar vapor y desmontarse a piezas. Allí, el cielo era una franja violácea a través de la niebla. Desde arriba podía verse el corazón mecánico de la urbe: las columnas de chimeneas, los tubos serpentinos, hornos abriéndose como bocas al rojo, el tintineo de las plataformas donde los obreros –gente como ella– trabajaban hasta quedarse sin fuerzas ni memoria.

Hoy la esperaba Sargo, que había sido reparador de máquinas antes de perder una mano en el incidente del generador. Aina lo encontró junto a la barandilla, siempre vigilando, como si esperase que los motores eternos cesaran alguna vez. El hombre sostenía una petaca con vodka destilado quién sabe con qué filtros, y el rostro, como todos aquí, parecía esculpido por la herrumbre del tiempo.

—Llegas tarde —gruñó Sargo sin mirarla—. La cuadrilla del Este se adelantó y están ajustando los pistones del Núcleo. La Directiva va a dejar a todos los lentos sin ración extra de aceite este mes.

Aina rodó los ojos; la Directiva era una sombra en los pasillos. Nadie la veía jamás, pero sus órdenes llegaban por tubos neumáticos, su voz era la del miedo y el hambre.

—¿Y qué? ¿Nos vamos a morir de hambre porque un motor quiera romperse, Sargo? —replicó ella.

El hombre sonrió de costado, señalando con la petaca el ascensor de carga.

—Hoy no. Hoy puede que al fin tengamos una oportunidad. ¿Has visto los camiones? Los nuevos, traen algo distinto en los tanques.

Eso era nuevo. Había leyendas sobre lo que llegaba de los distritos exteriores: contrabando de componentes, drogas refinadas en laboratorios subterráneos, armas de plasma fallidas de la guerra de hace décadas. Pero los que tenían acceso eran otros. No obreros comunes.

—¿A mí qué me cuentas? No soy de la cuadrilla con acceso, —Gruñó Aina, mirando las manchas de grasa en sus dedos—. Por lo menos dame un trago.

Sargo rió, una carcajada seca que se perdió entre los silbidos de vapor, y le tendió la petaca. Apenas tocó el alcohol, amargo y denso. Cruzar el Núcleo la mareaba de sólo pensarlo, pero si había algo diferente entre los envíos, prefería que el mareo llegase por el vodka.

Cuando la sirena cortó de nuevo el aire, ambos bajaron por la pasarela hacia la fábrica. Hoy tocaba ajustar los tubos caducos en el Silo Oeste. El pasillo era un túnel flanqueado por murales de propaganda, con figuras deformadas por el tiempo: héroes de guerra, ingenieros sonrientes, utopías oxidadas.

El Jefe de Planta, una marioneta rechoncha con voz brutalizada por el tabaco, les indicó qué piezas reemplazar. Su oficina era una pecera de vidrio blindado, desde la que observaba a los obreros como un dios menor. Cuando Aina pasó junto a él, sintió ese viejo escalofrío: la sensación de tener siempre a alguien calculando tus movimientos.

Pero lo que esperaba dentro del Silo era diferente. Puertas reforzadas, guardias con uniformes negros, y el sonido ronco de motores inéditos. Aina y Sargo se miraron apenas: demasiados forasteros para una simple revisión de rutina.

—No toques nada que no sea tubo —susurró Sargo.

Pero Aina era incapaz de resistir la curiosidad. Mientras extraía una tuerca enquistada, vio a dos de los forasteros empujar un cilindro metálico largo, conectado a tubos de cobre y extrañas válvulas como tentáculos. El brillo azul bajo los respiradores de los forasteros no era común: un resplandor interno, como si ellos también fueran máquinas.

En ese instante, un estallido sacudió el Silo. Alarmas rojas, vapor escapando por todas partes. El Jefe de Planta gritó órdenes pero nadie escuchaba; sólo importaba no ser arrasado por una ráfaga de vapor. Sargo tiró de Aina y ambos rodaron tras unas cajas.

Entre las fugas de vapor, vieron cómo los forasteros se movían en silencio, sin miedo, ajustando el cilindro mientras todos corrían por sus vidas. Entonces uno levantó la vista: bajo la máscara, un ojo mecánico les escrutó. Y Aina lo supo. No eran simples humanos de otro sector, sino algo más.

—¿Viste eso? —susurró Aina—. Son biomecánicos. La Directiva tiene a los suyos ahora…

Sargo asintió, la mandíbula tensa.

—Mira lo que están montando. No es un motor: es un convertidor.

Ella lo comprendió al instante. La Directiva quería cambiar el núcleo de la energía. Eso podía significar apagón, mutaciones, o peor: un salto tecnológico tan drástico que los obreros serían aún más prescindibles. El riesgo de no saber repararlo, de quedarse obsoletos de una noche a otra.

Aina se apartó, merodeando entre cajas, intentando ver los esquemas. Era pura locura, pero si comprendía las conexiones, tal vez podrían sabotearlo. Atreverse a enfrentarse a una ciudad con hambre de energía y que jamás preguntaba a qué precio se conseguía.

Una vez empezó el conteo regresivo –los forasteros hablaban entre sí en una lengua de chisporroteos– ya era tarde para huir. Sargo cerró el puño alrededor de una barra metálica.

—Listos para correr —dijo—, o para joderles lo bastante como para que lo piensen dos veces.

Aina no lo dudó. A la señal de Sargo, ambos se arrojaron sobre las válvulas principales. Saltaron vapor, chispas y gritos. El convertidor vibró. Los biomecánicos intentaron contenerlos, pero Sargo era rápido, aún con una sola mano, y Aina metió el destornillador en el lugar exacto. Claro que había más guardias, claro que estaban en desventaja, pero algo, en el caos, funcionó: el núcleo rugió, pero el ciclo de conversión se desvió. No sería una explosión nuclear, pero tampoco la transición ordenada que esperaba la Directiva.

Al poco, las cuadrillas de obreros se sumaban a la confusión. En Kharros todo podía acabar en revuelta si los motores humeaban, y por primera vez las caras en la neblina tenían algo nuevo: rabia, más allá del acostumbrado cansancio.

En el estrépito, vieron caer al primer guardia biomecánico. Detrás, otro se quitó la máscara y le suplicó a Sargo en voz humana, desesperado. No todos eran monstruos por elección.

—¡Hay que sacarlos de aquí! —gritó Aina, tirando del brazo de Sargo, sorteando tubos ardiendo y repuestos rodantes.

Fueron horas, tal vez minutos, de lucha y escapes, de pasillos que parecían cerrarse sobre sí mismos. Cuando llegaron al techo, la noche ya escupía contaminantes y llamas. De allí vieron a lo lejos las columnas de humo, las luces de la ciudad encendiéndose y apagándose, como si un corazón errático latiese bajo la costra de la industria.

—¿Quién manejará todo esto ahora? —preguntó Sargo, respirando con dificultad.

Aina miró sus manos, ennegrecidas, y al fin, sonrió. Una sonrisa salvaje, de esas que solo se conceden los que han sobrevivido a lo peor.

—Alguien que no tema romper el ciclo —dijo—. O alguien tan loco como para intentarlo de nuevo mañana.

Cuando bajaron a la ciudad, comprobando los destrozos, supieron que nada volvería a ser igual. El convertidor biomecánico estaba saboteado, la Directiva herida pero no destruida, y el rumor de la revuelta latía en cada pasillo.

Aina supo entonces que los motores podían dormir una noche, si era para soñar con algo distinto. Con el tiempo, la gente de Kharros aprendería a bailar entre la herrumbre y el caos, a no temer a los hombres con ojos mecánicos, ni a las ciudades que no dejaban salir el sol.

Pero esa noche, mientras caminaba hacia su barracón con la promesa de vodka y peligro, Aina rió para sus adentros. Porque en ciudades como la suya, solo los que se atrevían a soñar en medio del hollín, podían inventar un futuro distinto.

Bajo la luz sucia de los motores olvidados, empezó a imaginarlo.

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