Portada del relato El sueño lejano
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Fragmento:


La ventisca lamía el costado del mundo y la ciudad de Bastión hacía décadas que no veía la luz del día. Florian Zarioth, Consejero Supremo, se apoyaba en la barandilla del último gran Mirador, contemplando la blanca inmensidad artificial que cubría las ruinas de la humanidad. Al pie, la fachada refulgente del Pabellón de la Memoria prometía sueño eterno, consuelo, olvido. La criónica, esa herramienta que una vez ofreció esperanza, era ahora una camilla de castigo, pulida hasta que incluso el reflejo del alma dolía.

Duración: 10:41

El sueño lejano
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Texto de ajuste de pausa.

***

La ventisca lamía el costado del mundo y la ciudad de Bastión hacía décadas que no veía la luz del día. Florian Zarioth, Consejero Supremo, se apoyaba en la barandilla del último gran Mirador, contemplando la blanca inmensidad artificial que cubría las ruinas de la humanidad. Al pie, la fachada refulgente del Pabellón de la Memoria prometía sueño eterno, consuelo, olvido. La criónica, esa herramienta que una vez ofreció esperanza, era ahora una camilla de castigo, pulida hasta que incluso el reflejo del alma dolía.

A Zarioth le gustaban las mañanas cortas. Se levantaba cuando aún no había ningún fulgor detrás de las nubes, se calzaba los zapatos de suela blanda y recorría el peristilo forrado de led azules que marcaban su autoridad. Ese día, sin embargo, le costaba conciliar pensamientos. Las noticias lo habían despertado: un “sabotaje”, a pesar de todos los anillos de vigilancia que había instalado. Una cápsula criónica, la 078-Rho, había sido forzada. No habían robado el cuerpo, no: alguien había dejado entrar aire. El ocupante despertó... y gritó hasta que su garganta se hizo tiras.

Eso, en Bastión, era una declaración de guerra. Porque el Pabellón no era solo otro mausoleo blanco en la ciudad gélida; era el edificio donde se archivaban, ¡se almacenaban!, las disidencias y las memorias peligrosas. Las “voces” incómodas de la sociedad, congeladas y apiladas como mercancía fina.

El frío era la ley. Zarioth la había escrito él mismo, años atrás, cuando el Consejo fue sustituido por una sola voluntad: la suya. “El sueño profundo no es castigo, sino prevención. Un servicio social.” Convencer a los que quedaban no había sido difícil; todos temían el regreso de las pestes y las guerras, la anarquía de lo impredecible. “Suspender” a unos cientos cada año parecía un precio bajo para el orden perpetuo.

—¿Has identificado al responsable? —susurró Zarioth al Comandante de Seguridad, un androide sin rostro cuyo lenguaje eran las proyecciones y los registros intactos.

—Las cámaras muestran sombra y distorsión. Inteligencia de máscara. Un trabajo interno, mi señor.

Zarioth frunció los labios. Era igual: encontraría al culpable. Porque en Bastión, el control social era tan ágil y ubicuo como el aire reciclado que respiraban. Pero lo que le preocupaba, en secreto, no era el accidente, sino la creciente agitacion entre los “Despiertos”: la minoría que abogaba por poner fin a la criónica coercitiva. Había panfletos, mensajes en las redes ocultas; rumores de un “Descongelamiento masivo”. Palabras, sí, pero él ya se sabía en el filo de un cuchillo.

La siguiente cita lo enfrentaba a una de esas “despiertas”, una psiquiatra indolente, abiertamente sarcástica, a la que todavía no había decidido suspender del todo por su rareza eficiente. Marlén Valois, menuda y de cabello encrespado, cruzaba brazos y piernas como si fuera amo de su propio tiempo.

—Señor Zarioth —empezó sin ceremonia—, va a aumentar la resistencia. No puede mantener la paz con miedo mucho más tiempo. He escuchado… cosas.

—El miedo es preferible al dolor, doctora —respondió él, estudiando el pulso lento de su cuello—. La criónica mantiene la estabilidad. Nadie muere, sólo espera.

—¿Esperar qué? ¿Seremos todos congelados cuando usted decida? ¿O solo los que sueñan con otro presente?

Zarioth sonrió, aunque en el fondo sentía un pequeño temblor. Jamás admitiría el vértigo ante la posibilidad de perder su trono invisible. Se acercó al ventanal y contempló la pista de aterrizaje donde un nuevo grupo de aspirantes —hombres y mujeres temblorosos, ojos fijos e inexpresivos— marchaban hacia el Pabellón.

—¿Dónde termina el individuo y comienza el bienestar común? Doctora, hágame ese favor: dígame qué haría en mi lugar.

Marlén lo miró largo rato, como si intentara encontrar a un niño perdido en aquella armadura de poder. Finalmente, dijo en voz baja:

—Buscaría compasión. Y tendría miedo de congelar a demasiados. Porque un día, la masa aletargada podría despertar.

***

Aquel mismo anochecer entró Fiachra, jefe de custodios, con paso sigiloso.

—Tenemos tres nombres del círculo interno. Uno, inclusive, de su propio consejo científico.

La traición era vieja enemiga. Zarioth, sin embargo, no pestañeó. Sopesó la información en su cabeza y luego ordenó:

—Procedimiento estándar. Aislamientos previos y monitoreo de actividad cerebral. Si muestran signos de colaboración, suspensión inmediata. Si no, vigilancia aumentada.

Quedó solo en el despacho, mientras afuera el viento chocaba contra los ventanales reforzados. Descendió una escalera angosta hacia el subnivel; ahí, en la penumbra, aguardaban las cámaras de frío, guardianes silentes. En cada cápsula yacía un “enemigo” social: periodistas, activistas, cualquiera cuya voz hubiese sido demasiado potente para el estatismo del régimen. Entre ellos, figuras emblemáticas como Nami el Cronista —llevaba treinta años sin saber del mundo— y Levent el Músico, a quien nadie parecía recordar, salvo por las melodías prohibidas que aún colaban códices en las terminales olvidadas.

Ese era el corazón latiendo del control: la criónica, pensó Zarioth, era la llave que lo mantenía a salvo. Y sin embargo, incluso allí, algo le retorcía el alma: ¿qué sueñan cuando duermen? ¿Acaso los cadáveres dormidos planeaban —desde su letargo— una insurrección compartida a través de los sueños?

Por costumbre más que por necesidad, pulsó el panel central. El holograma mostró la lista actualizada de “congelados”: 2.189. “Despertarlos es el fin”, pensó; pero también sabía que dejar a todos dormidos era una ilusión de quietud. El verdadero peligro era la memoria colectiva, la historia que, aun congelada, podía cristalizarse y romper con toda la presión acumulada. En algún lugar, fuera de su alcance, quienes quedaran libres recordarían.

En las semanas siguientes, las protestas aumentaron. Los drones sobrevolaban zonas residenciales mientras las patrullas de Gendarmes —mitad robot, mitad humanos envejecidos— dispersaban toda reunión de más de cuatro personas. Se habilitó la “suspensión sumaria”: con una palabra mal dicha, la sospecha bastaba. Los ciudadanos aprendieron a no mirar; las ventanas permanecían empañadas, las miradas evitaban coincidir en los pasillos.

Una noche, un artefacto explosivo sacudió las puertas del Pabellón. Tres guardias murieron en el acto, y el alboroto dejó al descubierto una serie de cápsulas abiertas a la fuerza, en las que nada, ni cuerpo ni alma, residía. Zarioth, sentado en la sala de crisis, se preguntó si todos estaban realmente dormidos, o si algunos se habían fugado, infiltrados de nuevo en aquel invierno sin fondo.

Sospechó entonces de Marlén Valois. Mandó detenerla y traerla a sus aposentos privados; allí la encontró, resignada pero sin miedo, de pie ante su escritorio.

—¿Por qué? —preguntó Zarioth, casi suave—. ¿Por qué ayudar a destruir el orden?

La doctora clavó en él una mirada de feroz compasión.

—Porque mientras usted controla cuerpos, los sueños se le escapan. El verdadero riesgo no es la insurrección, sino los que, tras el sueño, traen otro porvenir. Yo solo abro puertas.

Durante horas hablaron, negociando, tanteándose el alma. Valois propuso liberar a un grupo selecto —a modo de experimento—: sociólogos, escritores y dos líderes comunitarios. Que evaluaran si una sociedad apta para la disidencia podía no tornarse caótica. Zarioth, empujado por la presión popular y su propio terror al vacío, aceptó. Un ensayo, nada más. De todos modos, él podía volver a congelarlos si el experimento fallaba.

El primer mes, la ciudad de Bastión tembló bajo una nueva corriente de palabras. Circulares, debates, reuniones públicas —siempre bajo vigilancia, claro, nada sucedía sin el ojo de hielo del Supremo Consejero—, pero resultó que el caos temido nunca estalló. Algunos antiguos presos reclamaban justicia o indemnización; otros solo caminaban bajo la nieve, boquiabiertos, abrumados por el tiempo perdido.

Una reportera, liberada tras años de letargo, cubrió la historia:

“La memoria es más resistente que el hielo. Aquellos que fueron congelados despiertan con nuevas certezas. Y no olvidan.”

***

Los meses se sucedieron. Zarioth, el monarca del frío, empezó a notar síntomas extraños en sí mismo: olvidos, ausencias, fragmentos de sueños ajenos que no le pertenecían. En su palma, las líneas de la vida parecían duplicarse, como si a través de la carne otros recuerdos trastabillaran en busca de salir al mundo.

Sospechó al fin lo imposible. Consultó en secreto los archivos técnicos. El “proceso de letargo” no era inocuo; las memorias de los suspendidos, mantenidas en una solución catalizadora, podían transferirse. Algunas, durante fugas energéticas breves, se filtraban, entraban en la mente de quienes manipulaban las cámaras con frecuencia. Zarioth era ya no solo él, sino cientos. Sus temores, entonces, se convirtieron en certeza: nunca habría olvido suficiente para apagar todas las voces.

Una mañana, los Gendarmes irrumpieron en el Mirador del Este con armas bajas, pero mirada alta. Fiachra, reticente, anunció que el consejo —presionado por los recién liberados— exigía su suspensión. Zarioth rió, como quien cae en su propia trampa. No opuso resistencia. Se despidió del mundo ennegrecido por la ventisca y bajó, como todos sus monstruos antes que él, los trece escalones al subnivel del frío.

Nadie supo qué soñó. Pero en los meses que siguieron, Bastión fue cambiando. No hubo revolución, ni sangre. Se estableció una nueva regla: la criónica solo para enfermos terminales, y solo con consentimiento. Zarioth, ambiguo villano, durmió junto a los suyos y a sus opositores; la frontera, por fin, quedó difuminada entre víctimas y verdugos.

De tarde en tarde, algún paseante se detenía ante la cámara de Zarioth, con su piel traslúcida y el cabello como escarcha. Algunos decían que aún mandaba en los sueños colectivos, recordando a todos el precio del hielo y el dolor de olvidar.

Y así, en Bastión, el sueño ya no era nunca del todo seguro, ni del todo ajeno. Pero tampoco del todo eterno.

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