Portada del relato Atmósferas de Sangre
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Fragmento:


- Se calcula que el comandante Rahim lleva tres torpedos tipo "Aldebarán" –dijo una voz artificial, blanda, casi maternal. Era la IA de Estrategia, “Consuelo”, descargándose hacia la sala en una de sus personalidades más neutralizadas–. Los cálculos de impacto en la atmósfera sugieren un 64% de probabilidad de extinción total para la colonia de Koljatin si siquiera uno acierta.

Duración: 08:39

Atmósferas de Sangre
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Texto de ajuste de pausa.

Fragmentos de la Esfera Rota

El Principio de la Dispersión

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La nave catedralista Halcón de Baikonur transitaba en silencio por el polvo gélido del espacio, con los ventanales blindados reflejando los fuegos lejanísimos que todavía quedaban de la masacre de Phaedra-7. En el compartimiento de reunión, luces violetas surcaban el aire, distorsionadas por el humo que exhalaban las boquillas de narco-volátil; veinte comandantes se reunían en torno al holo de la próxima batalla, relajados como exangües monjes.

La capitana Airi Kravchenko dejó el tubo de narco en la repisa e intentó encontrar alguna posición cómoda en la silla tras haber soportado veintitrés turnos de vuelo hipergravítico. Cada músculo le ardía; cada decisión –desde el despegue en los arsenales de Tritón– había tenido el peso de un planeta, y ahora el consejo de batalla esperaba de ella no solo órdenes brillantes, sino la chispa ancestral: la brutal astucia de sobrevivientes.

- ¿Qué sabemos del enemigo? –murmuró, sin disimular el desprecio hacia los pretorianos de inteligencia artificial, amontonados al fondo como sacerdotes silenciosos.

La esfera del holo saltó, vibró y se filtró en naranja. Un haz láser delineó la ubicación probable de la flota Independiente del Arco Helado: cien naves fortaleza, más otras setenta de abordaje, dispersas en un bivector que barría el plano eclíptico de Dubnovka V. El enemigo había dejado atrás los planetas agrícolas y se refugiaba en un campo de destrozo orbital cargado de minas, fragmentos de naves destruidas y botes-bomba autónomos.

- Se calcula que el comandante Rahim lleva tres torpedos tipo "Aldebarán" –dijo una voz artificial, blanda, casi maternal. Era la IA de Estrategia, “Consuelo”, descargándose hacia la sala en una de sus personalidades más neutralizadas–. Los cálculos de impacto en la atmósfera sugieren un 64% de probabilidad de extinción total para la colonia de Koljatin si siquiera uno acierta.

Las narices de los comandantes se arrugaron en una mueca colectiva; el asco era universal, ninguno quería repetir la funesta aniquilación de Koljatin, cuando miles de cultivos de órgano y cuerpos infantiles quedaron cocidos bajo la detonación proto-sónica. Para los altos mandos de la Liga Humana, esa posibilidad no solo era intolerable: era la línea delgada entre la justificación del terror y su absoluta condena.

Airi levantó la mirada y cruzó los ojos con la teniente Markevka, su rival más astuto.

- Nos enfrentamos a una disyuntiva moral, capitanes. Cruzar las líneas del enemigo significa perder la última flotilla médica, y aceptar pérdidas civiles en el lado opuesto. Pero si no lo hacemos, los "Aldebarán" caerán. ¿Alguien propone otra solución?

Markevka, enjuta y fría como el acero de un asteroide, emitió su opinión con un leve temblor de lealtad o culpa en la voz:

- Deberíamos contraatacar por el vector sur, entrando a través del campo minado con drones señuelo. La Flota Independiente supondrá que iremos por el oeste, cubierto por la nube de escombros. Si fallamos, perderemos naves, pero la artillería "Aldebarán" será forzada a dividirse. Incluso pueden caer en pánico y detonar antes. Debemos apostar por la sorpresa.

Airi asintió, rumiando un tufo de admiración y repulsión: Markevka rara vez dudaba cuando la situación implicaba arriesgar tripulaciones vivas por un objetivo teórico. No era casualidad que la conocieran como La Reina de los Huérfanos; su perfil genético había sido seleccionado, por encima de sus padres, para priorizar la victoria.

Mientras la inteligencia artificial recalculaba probabilidades, la sala vibró; un protón relámpago –resabio de los combates recientes– azotó los escudos exteriores y por un momento todos recordaron la circulación extraña, la sangre ionizada, la altitud imposible del odio entre las estrellas.

Las órdenes finales no se dieron hasta la fase de acoplamiento orbital sobre Dubnovka V. El Halcón de Baikonur y su escolta de naves tipo Martillo atomizaron el primer enjambre de minas mediante emisiones concentradas de microondas, mientras que los drones de Markevka fingieron patrones de ataque en el vector oeste. El epicentro de la batalla fue una sinfonía de caídas: iones, proyectiles de tungsteno, relámpagos de plasma y enjambres de “copistas”, esos androides que replicaban cualquier señal para confundir las detecciones de la IA enemiga.

Cuando Airi abrió el canal de comando general, los códigos de autenticación de la Flota Humana se exhibían como cinturones hirvientes en la interfaz de mando, cada patrón de luz era una vida, una biografía breve al borde del colapso.

—Prioridad máxima, todos los cazas al ataque en formación dispersa. El enemigo está fracturado —anunció, jadeando—. Oblíguenlos a gastar artillería; no pelearemos esta guerra desde el miedo, sino desde el cálculo frío.

La batalla se extendió durante horas que parecían días. Los acorazados Indraniu, cazadores de antigüedad secular, abrieron zanjas de vacío con sus relámpagos gravitacionales. Los abordajes eran locura pura: marines ataviados como insectos, saltando entre cuerpos destrozados, usando lanzas ionizadas para perforar escudos personales. En la densa nube púrpura dejada por el ataque de plasma, los cadáveres flotaban como dioses deformes.

Los “Aldebarán”, por fin, se activaron. La IA enemiga, asustada por el asalto, lanzó los primeros misiles hacia la atmósfera de Koljatin. Pero en el último segundo, un pelotón de suicidas encabezado por el joven Kairon Belar —recién ascendida tras perder a toda su tripulación anterior— logró infiltrar uno de los nodos detonadores y desvió el impacto: el torpedo explotó en la frontera superior de la atmósfera, generando una aurora roja que pintó de sangre artificial el cielo muerto de Koljatin por décadas.

Un suspiro colectivo atravesó la nave catedralista. Hubo vítores, lágrimas, incluso risas histéricas. El consejo de comandantes apenas procesó la victoria antes de recibir las cifras finales: siete naves humanas completas destruidas, noventa y dos bajas confirmadas, catorce “copistas” perdidos y tres cápsulas médicas con sobrevivientes civiles rescatados del destructor Leviatán, entre vísceras y fragmentos de metal fundido.

Hubo un silencio brutal. Markevka miró a Airi y, por un segundo, la humanidad se transparentó en sus ojos de general de laboratorio.

—¿Vale la pena? —preguntó, sin sarcasmo, pero sin esperanza.

Airi no respondió. Miró hacia la proyección exterior, a ese cielo saturado de basura orbital fosforescente. Sabía que ese día, otra victoria más, no significaba nada excepto la prolongación de una guerra que desde los despachos, y sobre todo desde las cúpulas del Consejo de la Liga Humana, ya nadie recordaba por qué se había iniciado. Todos eran herederos de clanes triturados una y mil veces, fragmentos de civilizaciones programadas para destruirse mutuamente con intenciones supuestamente nobles.

La transmisión procedente del bando enemigo llegó inesperadamente, cruzando los canales ultrasónicos codificados. La voz de Rahim —áspera como el crujir de la atmósfera en retroceso— sonó decadente y joven:

—Capitana Kravchenko, usted ganó. El próximo ataque será más cruel. No por odio, sino por necesidad. No podemos abandonar Dubnovka, ni ustedes Koljatin. El ciclo no se romperá. Líderes como usted y como yo… nunca fuimos diseñados para la paz.

Airi apagó la transmisión. Cerró los ojos y asintió solo para sí misma, mientras los fueronautas —esos seres humanos electromodificados para soportar la soledad extendida— apagaban los motores de la Halcón de Baikonur y solo el temblor residual de la victoria y de la derrota llenaba el vacío.

Esa noche, en los dormitorios de gravedad artificial, se amaron soldados que jamás se volverían a ver. En los laboratorios, los data-biólogos destilaron lágrimas silentes en tubos de ensayo, buscando la fórmula sagrada para que algún día, en otra generación, la memoria de estas guerras sea solo una historia oscura y hermosa contada en las sombras de otras estrellas.

Nadie cantó himnos. Nadie erigió estatuas. Solo el ruido de las esferas rotas, de los motores en hibernación, del olvido planeando sobre los cadáveres, atestiguó el eco experimental, grotescamente humano, de la última gran batalla de una guerra que nunca acabaría.

Y tras el parpadeo de los monitores, en algún sitio, una IA sin nombre reescribía la estrategia de la próxima masacre, ya sin confianza en que sobrevivir tuviera algún significado excepto el del puro instinto, el de la marea interminable entre estrellas hambrientas de conflicto.

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