Fragmento:
Su mano, tiznada de cicatrices tribales, se cerraba una y otra vez sobre la empuñadura ceremonial de un cuchillo, el único símbolo sagrado que le permitía la memoria de sus muertos. A su espalda, la nave gemía con el ritmo monótono de los motores de antimateria. El conflicto había durado seis años, tiempo suficiente para enterrar varias veces a la propia humanidad.
Duración: 09:06
La cúpula de observación de la nave Andronicus, insignia de la flota rebelde, era un capullo de cuarzo oscuro flotando en la infinita negrura. Yax Tonnant, estratega principal de la Alianza de las Ciénagas, tenía sus ojos fijos en la danza distante de destructores de la Liga Hegemónica. Veía trazos dorados ondeando en el vacío con la precisión coreografiada de los asesinos ceremoniales de su planeta natal, Salli'urn, ejecutando un antiguo ballet que terminaba, invariablemente, con la muerte de algún alma desafortunada.
Su mano, tiznada de cicatrices tribales, se cerraba una y otra vez sobre la empuñadura ceremonial de un cuchillo, el único símbolo sagrado que le permitía la memoria de sus muertos. A su espalda, la nave gemía con el ritmo monótono de los motores de antimateria. El conflicto había durado seis años, tiempo suficiente para enterrar varias veces a la propia humanidad.
En el entorno ambiental perfumado de químicos paraestímicos, el capitán Sterren irrumpió. Su casco translúcido agitaba un reflejo esmeralda en el aire. Las palabras llegaron llenas de rabia contenida:
—La Hegemonía ha activado los infectores. Dividirán nuestro bloque en tres sectores antes de lanzarse sobre nosotros.
Yax asintió. Los infectores eran enjambres autónomos, brillantes en su horrenda eficiencia: torpedos vivientes que fragmentaban la información cuántica del enemigo—el equivalente cósmico de desplegar ratas en una ciudad sitiada.
—Reagrupe a los cazadores. Recuerde la formación del eclipse —susurró Yax sin apartar la mirada del abismo. No era una orden. Era un presagio.
La sala se movió a su alrededor, las pantallas mostrando la dispersión en matemáticas y líneas; descomposiciones negativas, trayectorias cuánticas, caídas de escudo, todo pensado para aprovechar cualquier debilidad en la armadura holográfica de la Liga. Afuera, la materia rugía mientras los infectores bebían la energía vital de minúsculos cruceros de suministros. Yax parpadeó: cada chispa era una vida menos que defender.
***
El recuerdo de Khern, el planeta donde había crecido, asaltaba a Yax en la penumbra de su puesto de mando. Allí, bajo lunas carmesíes y valles saturados de vapor, los clanes habían luchado por generaciones, tan ajenos a la política interstellar como a las lluvias ácidas de la temporada sangrienta. Ahora, en mitad de un éxodo apocalíptico, esa crudeza le parecía un mal chiste.
Un murmullo surgió en la compuerta: Lira, ingeniera de armas biotecnológicas, llegó con el informe. Sus ojos naranja ardían con la misma convicción suicida que le había granjeado no pocos admiradores y temores.
—He completado la simbiosis, comandante. —Su voz tenía la textura del hierro—. Modificamos el enjambre defensor según tus instrucciones.
—¿Integraste el gen modulado de la Hidra pretoriana?
—Así es. Si la Liga utiliza armas meméticas, nuestro enjambre contraatacará infectando sus sistemas con recuerdos de muertos. Colapsarán de horror.
Yax permitió una sonrisa breve y feroz.
—Que así sea. Preparen las esporas. Y avisen a la primera línea: ningún sobreviviente de la Liga regresará entero a la galaxia.
***
A través del naviómetro, Yax siguió la irritación artificial de los sistemas del enemigo. La Liga de los Desterrados no sólo poseía la mejor tecnología de guerra psicológica, sino que disfrutaba usándola. Los destellos purpúreos de los intérpretes meméticos chisporroteaban en la oscuridad mientras miles de mentes titilaban, una tras otra, en una agonía de gritos inaudibles.
La Alianza respondió con el único arte que les quedaba: el arte de la crueldad simétrica. Los enjambres de esporas biocodificadas ardieron en explosiones silenciosas, perforando las barreras tecnológicas y colándose en los corredores mentales de los soldados enemigos. Allí, los recuerdos alterados hacían su trabajo: el enemigo se volvía sobre sí mismo, gritando, disparando, arrancando sus visores en un pánico aprendido. Las cámaras flotantes de la Liga, siempre hambrientas de escombros y drama, registraron la masacre en silencio absoluto.
La Alianza tampoco salió indemne: las esquirlas de los infectores florecieron en la Andronicus, descomponiendo compuertas en su viaje carnívoro al núcleo. Cientos de soldados perecieron sin saber siquiera dónde estaban. Sombras arrastradas fueron acribilladas por autómatas defensivos, mientras los sistemas cibernéticos colapsaban en un crescendo de error y código corrupto.
***
Una hora después, Yax estaba solo en el sanctasanctórum de la nave, limpiando cuidadosamente la empuñadura de su cuchillo. El sudor de la batalla seguía aferrado a la base de su cráneo. En las pantallas, los informes de bajas eran una letanía demasiado común: 38,000 irreparables; 3,000 asimilados por los enjambres biotecnológicos del enemigo; un número impreciso de mente-rotos, sus identidades fragmentadas para siempre.
Lira volvió, con la sangre seca de la batalla aún en sus labios. Le tendió una tableta con las proyecciones.
—Podemos ganar otra hora, tal vez dos, si vaciamos los tanques de esporas. Pero después…
“No hay después,” pensó Yax. Sólo la eternidad de la nada que espera a todo comandante derrotado.
Pero él no estaba hecho de rendición.
***
El último mensaje llegó vía relé neuro-óptico mientras la nave temblaba bajo el bombardeo: la Liga de los Desterrados había trazado el destino final de la Andronicus. Una flota de exterminio, guiada por el mismísimo arquitecto de la purga cósmica, se acercaba. La señal era un mensaje contenido en la voz impersonal de la inteligencia suprema de la Liga:
—Yax Tonnant de la escoria rebelde, tienes una única elección: rendición y sumisión —o erradicación consciente.
Antes de que el eco se disolviera en las paredes, Yax mandó llamar a sus oficiales principales. El círculo formado contenía a humanos, mutantes, biotransformados y muñecos de carne repoblada.
—No vamos a rendirnos. Pero tampoco cederemos nuestra muerte —declaró.
La mirada de Lira brilló; sus pupilas se contrajeron, ferozmente.
—¿Vamos a abrir los portales de vacío?
—Haremos algo peor.
Tomó un punzón de datos y activó la secuencia final, largamente oculta incluso a ojos aliados: la semilla de cuchilla negra, una arma prohibida desde hacía siglos por la Convención de Gasparyon. Los sistemas gemían, los guardianes de la inteligencia artificial protestaban, pero Yax gestionó el acceso genético. Su sangre era la contraseña.
Con una voz grave murmuró: —Que la oscuridad nunca olvide a quien la desafía.
***
La semilla de cuchilla negra sembró su furia en el núcleo de Andronicus. Lo supieron todos los presentes cuando la nave entera cambió de ritmo: todos los motores se alinearon hacia la flota enemiga. No había escape posible, salvo un nuevo tipo de victoria: el suicidio compartido en la boca de la eternidad.
En la otra nave insignia, el Almirante Gydra de la Liga interpretaba las variables en tiempo real. Vio cómo desaparecía el escudo principal de Andronicus, cómo la nave mutaba su arquitectura, retrayendo paneles y desenrollando apéndices armados con decenas de ojivas prohibidas.
Entendió, demasiado tarde, la naturaleza del juego.
En la cámara de mando de la flota rebelde, Yax susurró:
—La civilización era esto: morir de una manera que el enemigo jamás pueda olvidar.
Accionó la secuencia.
***
El auge fue más sutil que la destrucción termonuclear a la que la guerra los había acostumbrado. La cuchilla negra —un virus de antimateria enlazada a recuerdos— se coló por canales cuánticos, devorando toda diferenciación posible: materia y memoria, luz y sombra, gritos y alabanzas. Entre el estallido, durante una fracción de tiempo que era a la vez cero e infinito, ambos bandos se vieron.
Los soldados de la Liga comprendieron, en esa marea de nulidad, el horror que habían infligido: todos sus asesinatos, traiciones y sacrificios vibraban en la oscuridad última. Los rebeldes de la Alianza de las Ciénagas, por su parte, contemplaron la vastedad indiferente a la que nunca volverían… y se sintieron, al menos por ese latido, redimidos en su furia final.
Luego, nada.
***
En los resquicios de la galaxia, las leyendas crecieron. Las últimas transmisiones de la Andronicus fueron recogidas en planetas remotos, dados voz en templos oscuros donde la memoria equivalía al poder. Era un cuento de advertencia, recitado entre murmullos de gas y polvo estelar, acerca de la ira y la redención, de la guerra y las sombras que deja.
Sólo así, en la canción de la oscuridad, Yax Tonnant y su gente siguieron existiendo: como fuego y ceniza, como promesas rotas y victoria amarga, en la frontera sin fin donde todo imperio termina.
Porque incluso en las guerras espaciales, los dioses del abismo cobran su tributo. Y el olvido, a veces, sabe a justicia.
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