Fragmento:
En la lejanía, las otras naves humanas arrojaban antirresonadores, bombas que cortaban la vibración de los escudos enemigos. Algunos proyectiles eran interceptados y, en silencio, encendían micro-soles, cortinas de muerte pura, donde alguna vez hubo compresión de materia.
Duración: 08:17
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Las luces moradas del puente titilaban como una constelación moribunda, alimentando más la ansiedad que cualquier estímulo útil. El capitán Ysamek Byrd observaba los parámetros fluctuantes en los monitores curvos y sólo distinguía, tras veinte años de servicio entre las estrellas, que había llegado el final. Este sería su último salto de rumbo, a través de una guerra que consumía galaxias enteras como cigarrillos.
Davan, el piloto de armadura parcial y ceño hundido, murmuraba un catálogo de blasfemias, una por cada malfunción; pero cuando la alarma principal se encendió—un aullido animal—, todos se callaron. El escáner lateral mostró, flotando como un tumor, una nave cíclope de los Kreniads: bóveda de hueso y acero, más antigua que los propios humanos, tan preñada de aniquilación que parecía respirar en el vacío.
Estaban en el Eje Kranios, una zona disputada. Sólo quince naves humanas quedaban espectrando las nebulosas púrpuras y devoradas por ventiscas de radiación, organizadas en la formación “abanico”, fundada dos siglos atrás por un estratega cuya tumba ni siquiera existía ya. El Gran Consejo de la Federación había ordenado resistir hasta el último latido. Ysamek, que había visto el exterminio de tres colonias enteras, entendía que un “latido” podría durar lo que un microsegundo o lo que una agonía geológica.
La nave humana, la Insumisa, era vieja. Tan vieja que algunos portillos estaban recubiertos de sellos tribales del tiempo en que la nave había sido contrabandeada por clanes piratas. Bajó la cabeza al ver los emblemas desgastados: ni siquiera recordaba el idioma, pero los símbolos de resistencia y odio aún calaban.
“Capitán, calculo colisión inminente dentro de tres minutos, a menos que maniobremos un milisegundo antes del alcance del rayo trenzado,” anunció el ingeniero, Meriel Dazra, una mujer recia cuyo rostro entero parecía una cicatriz.
“Y los otros?” preguntó Ysamek. Nadie respondió, pero sabían la verdad. Soportarían hasta que las defensas se licuasen por la radiación kreniad. Morrían poco a poco: primero el orgullo, luego el sentido, al último el cuerpo.
En la sala de mando los tripulantes armaban los módulos de interrupción cuántica, municiones que desmoronaban la memoria de los átomos, destruyendo hasta el concepto de existencia. Davan murmuraba, “Que no nos recuerden, ni nosotros mismos,” a modo de plegaria. Era la religión de los que sabían la derrota inevitable: sólo el olvido podía redimir.
El primer ataque kreniad fue un espasmo de energía azul. El casco de la Insumisa chisporroteó, fragmentos de la sección delta se volatizaron dejando expuestos cables arcaicos. Se oyó el grito de los sensores: «Otro impacto y será el fin del eje».
En la lejanía, las otras naves humanas arrojaban antirresonadores, bombas que cortaban la vibración de los escudos enemigos. Algunos proyectiles eran interceptados y, en silencio, encendían micro-soles, cortinas de muerte pura, donde alguna vez hubo compresión de materia.
El capitán sabía que pronto serían abordados. Y así fue. Los skjalds Kreniad, bestias en exoesqueletos translúcidos con mandíbulas de obsidiana, se materializaron en las compuertas del puente como sombras saliendo del vientre mismo del espacio-temporal. Eran horrores. Y, sin embargo, la tripulación estaba preparada. Se abrieron compuertas, emergieron cañones de plasma. Las paredes de la Insumisa estaban tan acostumbradas a la sangre como al aceite hidráulico.
El combate fue inmediato: un arte primitivo y bruto que amputaba cualquier idea de nobleza. Meriel se arrodilló tras un panel desprendido, disparando a lo que podía identificar como cabeza; Davan desapareció tras un proyectil enemigo, partiendo su cuerpo en dos. El capitán vio su sombra multiplicarse en el suelo por el destello de una bomba de antimemoria.
Ysamek mismo apenas sentía su brazo artificial o el temblor en sus piernas de carne. Podía perder todo menos la conciencia de que cada disparo, cada explosión presenciada, era un retazo más del extenso tapiz de la guerra, el único legado de su especie.
En un parpadeo, la sala fue tomada: los skjalds kreniads rodearon los controles, perforando defensas humanas y extrayendo órganos con una eficiencia que sólo entienden los alienígenas que crían para guerrear. El ingeniero gritó hasta destrozarse la garganta. Uno de ellos—enorme, con garras de ónice—recogió la insignia caída del capitán y la arrojó lejos.
“Ustedes pelean bien para carne efímera”, dijo una voz traducida por las nanomáquinas del aire. Era la reina de abordaje, con fauces llenas de dientes como dagas. “Pero ya no es su guerra.”
El capitán escupió sangre endurecida de la esquina de su boca y rió, débilmente. “¿Qué guerra es, entonces? Si yo lucho, y ustedes matan, ¿no es ésta nuestra guerra hasta el último de nosotros?”
La kreaniad inclinó la cabeza, como midiendo la última voluntad humana antes del colapso. Sus ojos, múltiples y brillantes, reflejaban la constelación morada que se desintegraba afuera. “La guerra es hambre. Su memoria engorda a mis hijos en la niebla entre galaxias. Su resistencia es un rito antiguo. Morirán. Nosotros recordaremos.”
La respuesta flotó entre las partículas de aire: “No quiero ser recordado por bocas que me devoran”.
Un disparo más estalló, esta vez proveniente de un compartimiento lateral; la ingeniera, con un último cartucho de antimemoria. Todo se fundió en blanco —el color de la nada total— y, por un instante, la muerte fue olvido puro.
…
Lo que siguió fue extraño, incluso en el prisma obsesivo del combate espacial. Ysamek abrió los ojos—o pensó que los abría. El tiempo había dejado de fluir linealmente: toda su vida, todas las vidas de los tripulantes, pasaban frente a él como una corriente psíquica. Veía, sin sentir, la infancia entre ruinas en Venus, el reclutamiento en los astilleros gélidos de Aquila, los juramentos nunca cumplidos.
Se encontraba en el No-Lugar, un resquicio entre la existencia y el recuerdo, donde la antimemoria y los dioses muertos hospedaban a las conciencias errantes. Un enjambre de sombras se aproximó.
“¿Esto es el juicio?” preguntó, o soñó preguntar.
Las sombras respondieron, pero no con palabras. Le dieron a beber el aprendizaje supremo: que la guerra nunca había sido de humanos contra kreniads, ni de sueños contra olvido, sino de la vida contra su propia imposibilidad. Y que, al final, la muerte era sólo una rendición: la aceptación de que ningún bando podría ganar nada más que su mutua desaparición.
Entre los destellos de antimemoria él vio a la reina, ahora confusa, sitiada por las conciencias humanas que, libres del dolor físico y la carne, la asediaban con recuerdos inmutables: la penuria de vivir, el amor extraviado, la pasión por la ciencia o el arte. Los kreniads, obsesos devoradores de memoria, se encontraban envenenados por unas existencias tan finitas pero tan cargadas de significado.
Ysamek, en una decisión final, arrojó de sí mismo el último recuerdo: el rostro de su hija, nacida en una colonia ya extinguida. Lo entregó a la antimemoria, un sacrificio. La Nada aceptó la ofrenda: un momento de ternura en el infierno del espacio.
La sala de mando, o su recuerdo, se fue descomponiendo. Los kreniads chillaban, incapaces de digerir tanto dolor, tanto anhelo, tanta insignificancia transformada en obstáculo inviolable. Y los humanos, liberados de la carne, dejaron de temer. Se deshicieron, no en derrota, sino en trascendencia.
Allá afuera, las otras naves humanas ya eran polvo dorado. El Eje Kranios, convertido en cementerio de galaxias, era el testigo final. Nadie —ni dioses ni máquinas— podría decir quién ganó.
Quizá la guerra terminó aquí, donde nadie sobrevivió para recordarla. O quizá, en alguna noche de alguna civilización remota, un eco psíquico de la Insumisa y su tripulación siga flotando, como una advertencia o un canto de cuna, en la incesante noche del cosmos.
Y en la oscuridad, donde ni la antimemoria puede llegar, algo —alguien— recuerda por un momento lo que significa resistir.
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