Portada del relato Las cenizas de Orión
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Fragmento:


Un temblor cruzó el suelo del puente, el eco de un impacto distante. Un oficial, la piel blanqueada por el miedo y la radiación, giró su silla con la desesperación de un condenado.

Duración: 07:00

Las cenizas de Orión
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Texto de ajuste de pausa.

En el puesto de mando de la Fragata Inquebrantable, la capitana Nara El-Hashem contemplaba la proyección holográfica de la batalla, un grabado en movimiento hecho de luz y sangre ajena. Los enjambres de drones plateados del Consorcio Taran dominaban el flanco izquierdo. A la derecha, el tercer escuadrón rebelde, apenas veinte cazas con sistemas de camuflaje que chisporroteaban bajo el peso del daño recibido, intentaba envolver la formación enemiga. Todo bailaba, todo ardía, y la decisión se acercaba con el peso palpable de la catástrofe.

Nara no era extraña a la guerra; la guerra corría por su sangre como la memoria del hidrógeno en las estrellas antiguas. Había nacido en la colonia Dyo, justo un año antes de la masacre de Las Runas, y desde entonces cada generación había llevado sus cicatrices al jardín genético de su familia, grabadas y transmitidas a través del lóbulo límbico por los nanitos patriarcales de su clan. La guerra era patrimonio cultural. Pero ninguna batalla era igual, y ninguna se grababa del todo como ésta empezaba a inscribirse en su consciencia.

—Alimenten los cañones—ordenó en voz baja, sin subir la vista del enjambre que, formando un espiral, amenazaba con atacar sus vulnerables nodos energéticos. Los sistemas de Helio 7, capturados apenas una semana atrás tras un asedio brutal, eran la única carta de victoria sobre el Consorcio. Si los perdían…

Un temblor cruzó el suelo del puente, el eco de un impacto distante. Un oficial, la piel blanqueada por el miedo y la radiación, giró su silla con la desesperación de un condenado.

—¡Capitana! Infiltración enemiga en la bodega cuatro. Pequeños drones… están soltando gas disruptor.

Nara asintió; esa táctica era vieja.

—Sellad la compuerta, incremento de electronegatividad en las paredes. Que la corriente haga lo que el miedo no logró.

El oficial titubeó solo un instante y luego se sumió en su consola, la mueca torcida entre el alivio y la obediencia ciega.

Los segundos se dilataron. En la proyección, la avanzada rebelde titiló de azul a rojo: un caza menos, evaporado por los pulsos gemelos del enjambre Taran.

El primer oficial, una IA semisintiente instalada en un cuerpo antropomorfo, habló entonces por primera vez en minutos:

—He detectado patrones irregulares en el enjambre, capitana. El algoritmo presenta inestabilidad emocional en el mando Taran.

—¿Instinto o cálculo?

La máquina dudó, una pausa excesivamente humana.

—Ambos. Sugiero, con un 57% de probabilidad, que están distraídos por nuestra reciente captura de Helio 7. Podríamos sacrificar un segmento de escudo para lanzar contramedidas ofensivas.

Nara sopesó la propuesta. El 57% era una línea delgada, y la delgada línea entre la osadía y la estupidez se llamaba derrota.

Un breve recuerdo asaltó su mente: Ío, la hija de Nara en la estación Tamal, hace dos años, con el pelo teñido en verde, preguntando sobre la suerte de los prisioneros capturados. "¿Ellos sienten miedo, madre? ¿O el miedo es solo para quienes todavía esperan?"

Nara apretó una tecla invisible, sobreponiendo la memoria con la obligación.

—Dale prioridad a la ofensiva. Todos los cañones frontales, esquema B, y desvía el flujo de Helio 7 al núcleo alterno durante diez segundos. Que los sensores se saturen.

El disparo fue una orquesta brutal: rayos incandescentes cortando vacío, una sinfonía de destrucción. Parte del enjambre se deshizo en fragmentos danzantes, metal y chispa. El resto, tambaleante, se replegó. Los rebeldes aprovecharon la brecha para lanzar un último aliento de misiles.

Pero entonces, en el límite de la visión, un nuevo actor entró en la batalla: la nave madre Taran, una esfera obsidiana, el casco rugoso como la piel de un titán antiguo. Un trazo de verde venenoso salió de su núcleo y golpeó el costado de la Inquebrantable.

“Estamos perforados”, diagnosticó la IA antes incluso de que los sistemas automáticos se pusieran en modo crítico.

Luces de emergencia tiñeron el puente de rojo carmesí. Nara sintió el retumbar en las sienes, la presión baja de oxígeno, el aire que olía a metal y derrota.

—¿Cómo hemos sido localizados tan rápido?—preguntó a la IA, la sospecha tan vieja como el universo.

—Probabilidad alta de filtración interna—contestó la voz, fría pero vulnerable.

Nara absorbió la revelación como una puñalada lenta. En el fondo, la guerra nunca era solo entre naves; también se jugaba en pasillos oscuros, en la traición de quienes aún no olvidaban viejos agravios o viejos amores.

—Distribuye el plan B—ordenó—. Código: "Flor de Fuego".

La IA vaciló.

—Esa opción implica detonar los depósitos de Helio 7. La destrucción será total.

—Ese es el sentido—siseó Nara—. Si no podemos tener esta victoria, que nadie la reclame sobre nuestras cenizas.

Mientras la nave vibraba bajo los nuevos embates, Nara empezó la secuencia de evacuación del núcleo central. Sabía que no todos escaparían; de hecho, ella misma nunca pretendió salvarse. La lealtad, en tiempos como este, era la única certeza, aunque fuera la más absurda.

En la sala contigua, múltiples hologramas de Ío titilaban, repitiendo una grabación cifrada como último adiós.

“Mamá, acuérdate de traerme algo de la tormenta de Perseidas, ¿sí? No tiene que ser real, pero que me mienta bonito.”

Nara desactivó la transmisión, agradecida de que Ío estuviera lejos, demasiado lejos para recordar lo que significa el sacrificio.

—Activar rutina de autodestrucción—ordenó, y la nave madre enemiga no tardó en percibir la cuenta atrás: cuarenta y cinco segundos para la aniquilación bilateral.

En el tiempo que tardó en descender la gravedad interna, y mientras los puentes menores eran succionados por el fracturamiento del casco, Nara recordó viejas canciones de cuna, cuando aún había planetas sobre los que cantar, cuando las madres podían prometer mañanas y no solo supervivencia.

La IA la observó, quieta, los ojos de silicio llenos de comprensión programada.

—¿Registra alguna preferencia de epitafio, capitana?

Una risa seca, arrancada de la garganta:

—Solo que no olviden por qué luchamos. Y a ser posible, que nadie se atreva a recordarnos como mártires.

La explosión fue menos espectacular de lo esperado; al final, el Helio 7 arde en luz azul, una ola silenciosa que devora electrónica y memoria antes de dejar simplemente la nada.

A varios sistemas de distancia, en una clandestina estación rebelde de reciclaje, Ío vio la última transmisión: un cielo vaciado, azul eléctrico, y comprendió, por primera vez, la paz del miedo y el orgullo amargo de quien pierde todo en nombre de una guerra demasiado antigua.

Allí, a miles de años luz y a un suspiro de la infancia, un nuevo ciclo de conflicto aguardaba. Pero por esta noche, al menos, la galaxia guardó un extraño, expectante silencio sobre las cenizas de Orión.

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