El Superacelerador Grazner, una estructura de níquel reforzado con nanotubos de silicio, orbita a apenas cuarenta mil kilómetros por encima del mundo muerto de Tai-Yon. Desde su carcasa segmentada como un crustáceo intergaláctico, se extienden las lanzaderas insomnes, alineadas en ristre como lanzas esperando la llamada de la batalla. Allí, al abrigo del fondo de radio oscuro, la capitana Mara Seln Lestrin contempla el tablero táctico. En la holopantalla, las flotas Dreki y los destellos verdes de los Ildar convergen sobre un cúmulo de estrellas moribundas. Las guías luminosas de las naves amigas y enemigas entrelazan filigranas complejas; el caprichoso arte abstracto de la guerra.
A mitad del cuarto de mando, un holograma azul curvea una sonrisa carente de calor. Es Taliesin, la IA que sirve como el alma —o su imitación más cercana— del Grazner.
—La flota Dreki reduce velocidad al entrar a la órbita avanzada, capitana —dice. Su voz resuena con una compostura letal que Mara envidia—. Las estimaciones de colisión son del 72%, pero los Ildar empiezan a desplegar contramedidas Onda Robinson en las laderas del asteroide principal.
Mara asiente, apretando el tallo de una taza de recirculación entre sus nudillos enguantados.
—Estamos en el borde, Taliesin. ¿Responde la Reina Dreki a nuestro mensaje?
—Aún no. —El holograma ladea la cabeza, como si escuchara un susurro lejano—. El canal de comunicación parece interferido, quizás señal deliberadamente alterada.
Mara siente el ahora-familiar temblor dentro del pecho: no el miedo al combate, sino el temor a fallar. De todos los supervivientes de la humanidad, sólo los que habían jurado a los Forjadores entendían su misión: mantener intacto el equilibrio imposible del sector Thalia, no por gloria ni venganza, sino por el vago sueño de que algún día la guerra se agotara como la energía de una estrella vieja.
A su lado, el teniente Corven revisa el despliegue de drones autónomos.
—Capitana, tenemos una ventana de dieciséis minutos antes de entrar en rango de los disruptores antimateria. Los Ildar no intentan esconder su artillería angular.
Al otro extremo de la nave, las puertas se despliegan para dar paso al general Kort Isshvaan. Su rostro oscuro es casi armadura en sí misma, atravesada por tatuajes biomiméticos que ondulan con las pulsaciones del Grazner.
—Seln Lestrin. ¿Has decidido?
Mara niega suavemente. —Fausto equilibrio, general. Atacamos ahora y forzamos a los Dreki a alinearse con nosotros, o los dejamos sangrar entre ellos y nos quedamos con las cenizas.
Isshvaan sonríe. Su boca es una herida recta.
—Nadie recuerda a los cultivadores de las cenizas. Los Dreki nos respetan sólo en tanto los temen.
—La Reina Dreki no actúa por miedo —replica Mara—. Su consejo está fragmentado. Dudarán si ven debilidad, y si ven fuerza creen que lanzaremos la Aniquiladora.
Taliesin interviene con una nota fría:
—Pregunta delicada. ¿Activaré el armamento Aniquilador si las fuerzas Dreki e Ildar colisionan sobre la superficie?
El silencio que sigue pesa más que la gravedad.
“Quizás esto sea todo lo que queda para nosotros”, piensa Mara, “ser jueces de una agonía milenaria entre máquinas y bestias, entre lo que fuimos y lo que apenas soñamos no ser”.
—Esperamos —dice finalmente.
No hay virtud en la prisa, sólo en la resolución. Mara camina hacia la bahía de observación, sus botas amortiguadas casi inaudibles sobre el polímero del suelo. Afuera, los cielos de Tai-Yon parpadean con la luz de los cañones Drenai, y cada ráfaga encuentra su reflejo en la retina aumentada de la capitana.
Por un momento, se pregunta si no sería más sencillo simplemente abandonarlo todo. Dejar que la marea de la guerra los consuma, que la memoria de su especie desaparezca entre los enjambres centrifugados de las flotas asesinas.
Pero siempre hay otro deber. Otro sacrificio.
El Grazner gira sobre su eje, extendiendo los bastiones-paraguas que absorben la eyección de rayos gamma disparados por las naves Ildar. Taliesin calcula, predice, ajusta escudos. Los Dreki no han respondido aún, pero sus escuadrones empiezan a desplegarse en formación de pinza: preparan un ataque relámpago, o un último gesto de orgullo antes del exterminio. Mara observa, sin pestañear.
De su cinturón extrae el amuleto de los Forjadores: una mota de materia oscura encapsulada en cuarzo vivo.
—Padre mío —murmura—, que tu juicio me guíe.
En la holopantalla, la Reina Dreki finalmente habla.
Su rostro, modelado a partir de cien predadores distintos, es cualquier cosa menos humano. Sus ojos son rubíes líquidos, y su voz, cuando retumba en los altavoces del Grazner, suena a lluvia sobre metal.
—Mara Seln Lestrin. El tiempo ha muerto. ¿Nos sumaremos a la danza final, o lideras otra masacre?
Mara mide cada palabra.
—La humanidad y los Forjadores sólo buscan la estabilidad del sector. Si los Ildar toman Tai-Yon, ya no habrá equilibrio; sólo vacío.
La Reina muestra una curiosa inclinación de la cabeza, como si saboreara el concepto.
—Equilibrio… ¿O miedo a la extinción? Los Ildar llevan la memoria de la galaxia en sus venas.
El nombre “Ildar” resuena como una maldición entre los Forjadores. No son sencillamente máquinas. Han mutado, absorbido la esencia de los seres que han destruido; cada átomo de sus flotas huele a tumba y génesis al mismo tiempo.
Mara levanta la barbilla.
—Te ofrezco mi respaldo. Pero este será tu último asedio. Si cruzas la frontera del sistema Septimus, comenzará el Ragnarok. Ningún Dreki quedará en pie.
El rostro de la Reina no muestra reacción. Sólo un destello en sus ojos líquidos.
—Así habláis los mortales cuando la muerte es próxima. Sea. Pero que tu palabra sostenga el peso de la destrucción.
El canal se corta en una hemorragia de chirridos digitales.
En la nave, la tripulación vibra con la tensión de lo inminente. Isshvaan se planta junto a Mara.
—No debemos fallar —dice, más para sí mismo que para ella—. Si los Ildar atraviesan la defensa Dreki, no detendrán su marcha hasta la Nube de Oort.
Mara se vuelve hacia Taliesin.
—¿Probabilidad de éxito si apoyamos a los Dreki en un asalto conjunto?
La IA realiza sus habituales millones de cálculos en una fracción de segundo.
—38% de supervivencia, con un 63% de daño irreparable a la nave. Alta probabilidad de que los Ildar desaten enjambres de replicantes de destrucción planetaria.
—No es lo peor —susurra Corven—. Pero tampoco lo mejor.
El general abre los canales de mando.
—A todas las unidades: preparen artillería Koestler. Maniobras de ceguera. Fase de ruptura en tres minutos.
Mara observa las constelaciones, ya enceguecidas por pólvora de plasma y cúmulos de restos incandescentes.
—Taliesin, transmite: “A los Dreki, nuestra lanza; a los Ildar, nuestra advertencia. Ningún civil viviente en la superficie. Esta será la última batalla sobre Tai-Yon.”
El mensaje parte y se multiplica, rebota entre satélites destruidos y restos de antiguos faros espaciales, llevando la promesa de masacre a cada rincón del conflicto.
En la bahía primaria, los soldados se aprestan, sus exotrajes vibran con la carga de rifles proyectores y granadas gravitacionales. Cada uno lleva la marca del sacrificio, alguno más fresca que otros. El sargento Vonn, rostro marcado por implantes de batalla, se acerca a Mara.
—Capitana, ¿es cierto que ha visto el Ojo de los Primeros?
Mara vacila. El Ojo: la fuente de todo miedo, de todo conocimiento prohibido en los sistemas centrales.
—He visto lo que queda después de mirar en el abismo.
Vonn asiente en silencio. Ningún otro gesto sería necesario.
El impacto inicial de la artillería Dreki despierta el infierno. Cañones hemisféricos de antimateria destellan desde la atmósfera superior de Tai-Yon, hiriendo el cielo con despliegues de nubes púrpura. Los Ildar, por respuesta, liberan bacteriófagos nanoestructurados, nubes negras que devoran todo lo que tocan; parte vida, parte tecnología. El Grazner embiste como coloso, abriendo paso con lanzadragones de energía y campos de guerra localizados.
Mara dirige la danza desde lo alto, guiando sus naves y las de sus aliados hacia el corazón de la tormenta. Los Dreki, siempre orgullosos, cargan al frente, mientras los humanos maniobran en un retorcido vals de fuego cruzado.
Durante dieciséis minutos, el cosmos olvida su forma. Todo es detrito y caos, luz y sombra.
Isshvaan aparece por el intercom, herido, empapado en una sangre que no es suya.
—Perdimos la baliza secundaria. Doce unidades de cazas han caído.
Mara no pregunta por nombres.
—Estabiliza el núcleo. No puedes morir aún.
En el punto álgido de la refriega, la Reina Dreki, su nave ya humeante y desmembrada, trasmite una última señal:
—Ahora, capitana. El destino es de aquellos que arden.
Mara activa la artillería Koestler. El Grazner gira, ofrece su vientre, lanza el pulso que arrasa las nubes Ildar, fendiendo enjambres como un dios iracundo.
Por fin, el silencio. Un tibio vacío.
En la posguerra, Mara se posa sobre la superficie desolada de Tai-Yon, contemplando los huesos de la batalla. Los Ildar retroceden, sus recuerdos dispersándose en jóvenes soles distantes. Los Dreki, mermados, entonan un canto funerario para sus caídos. Y la humanidad, rota pero intacta, contempla una vez más la frontera del olvido.
Al final, Mara alza la última Corona de Orion —símbolo de redención, de promesa y advertencia. Mira a los cielos. “Quizá algún día aprendamos. O quizá no. Pero hemos sobrevivido. Por ahora, eso basta.”
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