Portada del relato Criaturas del Nexo
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Fragmento:


Dax era su hermano en lo genético, pero su metamorfosis había tomado otro camino. Sus manos, largas y esculpidas, portaban garras retráctiles, sus iris eran un campo prístino de azul lumínico. Como ella, se encontraba fijado entre mundos; a diferencia de ella, había aprendido a amar esa ambigüedad.

Duración: 07:52

Criaturas del Nexo
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Texto de ajuste de pausa.

Aletheia nunca había entendido el hambre hasta que se miró en el reflejo pulido de la cápsula-médica. Lo que veía era tanto humano como algo distinto, una danza de diferencias que comenzaba en sus pupilas verticales, reptilianas, y seguía por su piel de sutiles placas iridiscentes. El mundo exterior, un centro de investigaciones recubierto por el cielo opaco de Lúnasis, era solo un rumor más allá de esos milímetros de cerámica reforzada. Por dentro, cada célula era la promesa de una transformación interminable.

Habían llamado a su generación los “Sintagma”. Nacidos como un último experimento, un cruce de material genético terrestre y genes de la vida endémica del planeta, eran la respuesta desesperada a la extinción. El colapso ecosistémico había dejado a los humanos exánimes, sus cuerpos incapaces de soportar los nanovirus del aire púrpura. Pero la vida local, siniestramente adaptativa, prosperaba sin esfuerzo. Así se había incubado el proyecto: crear híbridos humanos que sobrevivieran, pero que caminaran en la frontera inestable entre el origen y lo desconocido.

—¿Sientes el llamado, Aletheia? —La voz de Dax resonó desde el intercom—. Los sensores biológicos indican que la fase de migración está activa.

Dax era su hermano en lo genético, pero su metamorfosis había tomado otro camino. Sus manos, largas y esculpidas, portaban garras retráctiles, sus iris eran un campo prístino de azul lumínico. Como ella, se encontraba fijado entre mundos; a diferencia de ella, había aprendido a amar esa ambigüedad.

—Es una incomodidad, no un llamado —respondió Aletheia—. No deseo cambiar otra vez.

Unos segundos de silencio; luego la compuerta se deslizó y Dax entró en la cámara. Olía a hierbas amargas y algo indefinible. El instinto ancestral de Aletheia reconoció el aroma del polen planetario cubriendo su piel.

—Tienes miedo, —dijo él—. La migración no es dolorosa, no en la magnitud en que la recuerdas. Sólo… inevitable.

Aletheia sonrió con toda la incertidumbre posible. Recordaba las fases previas: cuando las membranas se desplegaron bajo sus brazos, cuando su sangre se volvió eléctrica y la necesitó más hierro. Había sentido el placer del cambio, pero también la pérdida —cada transformación era una muerte pequeña de su identidad anterior.

—No me asusta el cambio. Es el olvido lo que temo —susurró—. ¿Quién seré cuando esto termine?

Dax se sentó a su lado, sus movimientos suaves, felinos. Miró a Aletheia con la gravedad de los que entienden la futilidad de resistirse al curso de las estrellas.

—Tal vez ambos deberíamos olvidar. Recuerda lo que nos contaban: las viejas especies terrestres morían aferradas a su pasado. Los híbridos… aprendemos a soltar.

Aletheia envió una orden mental y la cápsula se deslizó abierta. El aire de Lúnasis, siempre denso por la fotosíntesis planetaria, le llenó los pulmones con su carga embriagadora. Sus receptores cutáneos vibraron por el estimulante químico que inundaba la atmósfera al atardecer. Tomó la mano de Dax y salieron juntos al patio-huésped, donde las enredaderas bioluminiscentes jalaban suavemente de las paredes de cerocristal.

—Míralos —murmuró Dax, señalando los otros híbridos. Aletheia contempló la escena: cuerpos de todas las combinaciones posibles, algunos aún portando rasgos humanos evidentes, otros casi fantásticos. Unos con alas membranosas, otros adaptados para nadar, muchos andróginos por completo, sus voces profundas e incertidumbre sexual fluida.

La convivencia en la colonia era pacífica, casi ritual, pero la tensión y las diferencias permanecían bajo la corteza —había quienes querían preservar la apariencia humana a cualquier costo, y otros que abrazaban la mixtura y el transgénero como la auténtica salvación. Aletheia pertenecía a ese último grupo, pero con cada cambio sentía la sutil punzada de nostalgia, el vértigo de la pérdida de su autoimagen.

El río de híbridos se dirigía hacia el bosque; la fase de migración no solo era personal, sino colectiva. La vida planetaria exigía, periódicamente, una simbiosis renovada. Los híbridos sentían el impuso ancestral: adentrarse en la arboleda donde el polen activaba la llamada epigenética al cambio, despertar en sus cuerpos habilidades nuevas, borrando viejos límites de raza y género.

—¿Será este el último cambio? —preguntó Aletheia mientras el grupo se internaba en la penumbra bioluminiscente.

—No hay últimos cambios. Sólo umbrales —contestó Dax.

En el corazón del bosque, una densa maraña de lianas plateadas caía desde las copas. Allí se tendieron, uno a uno, permitiendo que las plantas se unieran a sus sistemas nerviosos, que el virus simbionte reescribiera su biología. El pulso colectivo de cientos de corazones sincronizados vibró en la penumbra.

Aletheia sintió la invasión: la piel erizándose, el cambiante sabor de la sangre en su boca. Un núcleo de placer se expandió, mezclado con oleadas de memoria. Fragmentos de su vida anterior pasaban fugazmente: su primer beso en un campo humano, el funeral de la última mujer terrestre, la noche en que supo que jamás tendría hijos del modo antiguo. Ahora, el cuerpo se encogía y expandía; las mamas retrocedían, los órganos sexuales mutaban, fusionándose en andamiajes internos duales; las costillas se afilaban para protegerle de la gravedad cambiante.

El placer físico era casi insoportable, un orgasmo extendido que borraba el yo, que le hacía idéntico y opuesto a los otros híbridos a su alrededor. Por un instante, Aletheia fue innumerables: cazadora, polinizadora, cópula, padre y madre, animal y humano, joven y anciano.

El pulso cesó.

El alba había llegado —un resplandor pálido colándose entre las copas translúcidas. Aletheia se incorporó, aún con restos de savia en los labios. A su lado, Dax lucía diferente: sin las garras, con los ojos ahora salpicados de destellos dorados; entre sus piernas nada claramente distinguible, un espacio móvil y promisorio. Nuevos nombres bullían en la cabeza de Aletheia, pero ninguno era el de antes.

Regresaron a la colonia. Los sensores apenas registraban los cambios en cada individuo; el sistema aceptaba cualquier novedoso fenotipo. Durante días, se adaptaron al nuevo lenguaje corporal de la colonia: las nuevas formas de saludar, los ritmos de apareamiento, las jerarquías móviles.

Aletheia trabajó en el laboratorio, ahora capaz de percibir frecuencias químicas que antes le eran inasequibles. Dirigía la ingeniería genética de la próxima generación de híbridos. De cuando en cuando, veía en los otros una resistencia sorda; algunos, aferrados a recuerdos de género y especie, balbuceaban sus viejos pronombres, sus mitologías maternas o paternas. Aletheia los miraba con una mezcla de compasión y desapego: pronto vendría el siguiente cambio y todo sería nuevo, otra vez.

Pero una noche, mientras miraba su reflejo, sintió por primera vez un equilibrio: el hambre satisfecho, la identidad fluida como una marea. Ya no había miedo al olvido; había una plenitud jamás conocida por humanos ni por la vida alienígena de aquel mundo. Eran ambos y ninguno, una criatura del nexo, infinitamente mutable.

Y justo entonces, al comprenderse a sí misma como algo más allá del género, más allá de la biología, Aletheia supo que había trascendido el viejo miedo humano: no sólo sobreviviría el híbrido, sino que, en la eterna danza de mutaciones, estaba llamada a inventar significados nuevos cada ciclo.

En la penumbra, donde las esporas continuaban flotando, Aletheia y Dax danzaron como tantas otras criaturas intermedias, testigos del fin de una humanidad irrepetible y del amanecer rabioso y hermoso de la ambigüedad.

Lúnasis no pediría permiso. Los híbridos habían aprendido, por fin, a no buscarlo.

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