Fragmento:
Después de la operación, me arrastré semiviva hasta un cabaré del distrito Toque, con hálito a novocaína y el paladar ceniciento de literatura pirateada. Fui sin rumbo, esperando ser leída, descomponiendo ya, incluso antes de que el doctor me diera el alta, los antiguos órdenes del deseo.
Duración: 06:30
***
Si me preguntan por el punto exacto en que comenzó la deriva, diría que sucedió la primera vez que ajusté la fijadora de voz, afilando el timbre en la maraña de la carne importada. El taller tras el mercado de Esperma, junto a la estación Lejosur, olía a especias rotas y a la húmeda exhalación de plásticos transpirados. Me llamaba Cassia entonces —al menos esa semana— y había pagado trescientos ochenta y cinco fractales por una mejora itálica implantada en la lengua: sería capaz de modular el habla a heptámetros impares, esgrimiendo el género gramatical como si fuera un campo de fuerza, una membrana sobre la que bailar y morir. Me enamoré del ajuste, de la mecánica; de la promesa repetida en los foros subterráneos: «Los nuevos híbridos no solo cambian el cuerpo, cambian la lectura del mundo.»
Después de la operación, me arrastré semiviva hasta un cabaré del distrito Toque, con hálito a novocaína y el paladar ceniciento de literatura pirateada. Fui sin rumbo, esperando ser leída, descomponiendo ya, incluso antes de que el doctor me diera el alta, los antiguos órdenes del deseo.
En el cabaré, las luces hacían del humo una topografía en tonos magenta y azul forense. Subí al escenario a empujar las palabras con el nuevo implemento: mi relato se retorció, multiplicando los pronombres, deshilando los artículos, produciendo génomes de temperaturas alternas, entre la frialdad masculina y la densidad húmeda de matices femeninos. Vi a la clientela batir pestañas, escrutar la gramática como si buscara el vértice donde quebrar la costumbre. Y algunos —los de verdad, los activos— sonrieron, revelando sus implantes: uñas de obsidiana miniaturizadas con filamentos de texto arcaico, labios bordados de epítetos neutros. La ciudad era un caldo. Se podía oler el sexo de las palabras flotando junto al sudor de las máquinas.
No puedo explicar con precisión cuándo dejó de haber sexo sin género, ni género sin programa, ni programas sin simbiosis de carnalidad y código. Todo se mezcló, mecida por la política al borde de la asfixia. Porque unos meses después, la represión del Bloque Viejo volvió a arrasar los clubes y talleres en una ronda de purgas. Los jefes de protocolo alegaban que los Híbridos estaban corrompiendo la integridad del lenguaje, filtrando memes e identidades detrás de cada trazo sintáctico. Prohibieron las mejoras especulativas, pusieron precio a las versiones de Cassia, a todas las variantes de mí.
Yo migré. Tomé el último convoy autónomo al extrarradio, donde los laboratorios privados ya experimentaban con la hibridez total. No solo se modificaba el aspecto externo; se alteraba el compás narrativo interno, la raíz lógica de la existencia. Me hicieron recitar poema tras poema, mientras una matriz neural, del tamaño de un calamar, ondulaba en una pecera de gel psíquico. Me injertaron un chip límbico bifocal: de día, escribía crónicas de amor entre sistemas vivos-no-vivos; de noche, sustituía mis genitales por una esfera reescribible, donde el placer era un fragmento codificado, recalculado cada 24 horas, siempre nuevo y nunca del todo humano.
Todos, todas, todes cerca de mí —según el mood y el cambio de tono fonético— nos convertimos en pliegues. Leíamos, follábamos, creábamos y destruíamos a escala de género y número gramatical. Alguien se autodenominaba «el poema», otra «la bisagra», otrx simplemente vibraba con una aureola disruptiva de aura de tercer tipo. El sexo era a menudo indistinguible de la semántica: un verbo bien alineado, o una meticulosa sección de narrativa encuadernada en cuero de sinapsis artificial.
A veces venían los contrabandistas de órganos, buscando extraer nuestras mejoras, venderlas a nostálgicos del binarismo puro, pero la mayoría de ellos terminaba seducida y desintegrada, atrapada por el florido juego de nuestra polisemia encarnada. Miles de veces leí que el fin de la historia llegaba cuando la gramática dejaba de tener sentido, pero yo creía que el sentido se encontraba, precisamente, en esa fricción, en la frontera siempre inacabada entre generación y hibridación.
Mi amante más constante fue Ana/k, una astrografista muda cuyos músculos dorsales estaban cubiertos de poemas en relieve químico. Bajo la luz azul, éramos dúo y trío, monstruo y orquesta, hijas e hijos del glitch. Recuerdo el instante en que la capturaron, llevándola al retórico Tribunal de Concordia. Allí se celebraban juicios públicos a los híbridos: se les despojaba de sus mejoras, se leía en voz alta cada frase pronunciada históricamente en búsqueda de inconsistencias semánticas, y se imponían sentencias de reescritura.
Yo fui a rescatarla, armada solo con mi lengua afilada y una magdalenita cargada de programas de fractura gramatical. Entré infiltradx en la Sala de Actas, disfrazada de correctora arcaica: blazer ajustado, botas que simulaban dureza, actitud de fósil lingüístico. Recité, como si cada palabra fuera una daga, un relato antiguo, torciendo los tiempos verbales, invocando la ambigüedad y la multiplicidad. El jurado se tambaleó; la lógica binaria titubeó. Ana/k se liberó de sus grilletes y lanzamos, juntas, un lexema tóxico: el «se/ella/él», una secuencia de mudanza que infectó los servidores del tribunal.
La epidemia se propagó. Todo el sistema legal de Concordia fue invadido por géneros fluctuantes: los autos judiciales se convertían en odas, los jueces devinieron coros, las sentencias una coreografía entre máscara y pronombre. Salimos del tribunal como de un parto: bañadas en sudor explícito, exhaustas pero intactas.
Hacia el final, me preguntaron: ¿qué queríamos? ¿Un paraíso queer? ¿O la simple duración del pliegue, ese espacio ambiguo donde la herida y la cura bailan con la complicidad de lo indecible, lo que no es ni esto ni aquello, sino la vibración constante del querer, del mutar, del desear ser otra, otro, o simplemente un ecosistema pigmentado de posibilidades narrativas?
Fuimos, seguimos siendo, la euforia del accidente, la erosión constante en los bastidores de género.
Y si alguien, alguna vez, encuentra este fragmento —si alguien puede leerlo sin desear cambiar su propio texto interior— sabrá que en Concordia, durante un breve y largo mediodía, fuimos reales por la multiplicidad de nuestros errores y la belleza irrepetible de nuestra mutación.
Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.