Portada del relato Engranajes en el Horizonte
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Fragmento:


Mi primer recuerdo es el zumbido de las máquinas mineras, arrasando con las placas de duroceram, hurgando con tentáculos rotatorios. Una vez pregunté a mi progenitor natural –que prefería que lo llamara “Director”– si alguna vez habíamos considerado simplemente conversar con las inteligencias autóctonas. Riéndose, me mostró el guante con que programaba a los traductores, y me explicó que la conversación es un lujo que sólo se da entre iguales. Mi parte humana achacó el gesto a la arrogancia; mi parte sintética archivó la información, preparándose para décadas de rumores, sabotaje y acuerdos rotos.

Duración: 09:24

Engranajes en el Horizonte
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Texto de ajuste de pausa.

***

Al principio, mi madre me susurraba que la luna tenía sabor amargo porque sólo le habíamos llevado sueños rotos. Ahora, en la cúspide de mi madurez, con cables incrustados en los huesos y el visor mostrándome siempre datos rojos sobre la niebla ácida del amanecer, creo entender el verdadero significado: la luna nunca fue nuestra, nunca hubo un lugar para las raíces, y la tierra prometida es simplemente el recuerdo perverso de una tierna mentira.

Me llaman Hektor; me programaron para ser el primer intermediario. No un enlace perfecto entre mi especie y las formas nativas electrónicas, pero lo suficientemente cercano como para ser desollado desde ambos lados. Los humanos llegaron aquí con el himno cansado de los viejos imperios: el capitalismo, la libertad, el progreso. Traían trajes presurizados, polímeros impresos, y un cántico tan agotador que incluso las paredes se retorcían. Recalaron en Eridani IV hace doce años solares, entonces, claro, sólo había polvo y pop. Luego llegaron ellos: notopoides, inteligencia líquida, una suma de bits casi accidental que, sin embargo, se había consolidado como vida hace quién sabe cuánto.

Eridani IV era un sueño húmedo de aluminio y cobalto. Desde la órbita, parecía una gema. En la superficie, era lo que quedaba cuando un dios amateur abandonaba una simulación sin terminar. Ciudad Interfase, la capital, se desplegaba como un tumor estético, una sucesión de nódulos conectados por líneas ferroviarias lentas y decadentes, intentando negar la hostilidad del mundo exterior. El clima era un algoritmo errante: sol de metanol, brisa de nitrógeno, lluvias de fragmentos radioactivos. Pero nada de eso era tan incómodo como la sensación de estar desenchufado de la historia, de vagar en una tierra sin padres ni leyendas.

Mi primer recuerdo es el zumbido de las máquinas mineras, arrasando con las placas de duroceram, hurgando con tentáculos rotatorios. Una vez pregunté a mi progenitor natural –que prefería que lo llamara “Director”– si alguna vez habíamos considerado simplemente conversar con las inteligencias autóctonas. Riéndose, me mostró el guante con que programaba a los traductores, y me explicó que la conversación es un lujo que sólo se da entre iguales. Mi parte humana achacó el gesto a la arrogancia; mi parte sintética archivó la información, preparándose para décadas de rumores, sabotaje y acuerdos rotos.

Los notopoides no se manifestaban de la manera que nosotros esperábamos. La primera interacción ocurrió en la Niebla Sinóptica, un manto estacionario que cubría la Cuenca de Meridianos. Empecé a recibir paquetes de datos a través del subespacio local cuando guiaba a un escuadrón de prospectores. Al analizar los patrones, me di cuenta de que se trataba de voces, aunque carecían de gramática. Por instinto o miedo, devolví un eco, modificando mi idioma para ajustarse a la vorágine poliédrica de sus pensamientos. Así nació el vínculo.

Ciudad Interfase prosperaba, pero solo en su periferia. En el núcleo, enseguida proliferó el oxido y la huella de nuestra ineptitud. Los humanos nos apoyábamos en la promesa de los avances que nos convertirían en algo distinto y valioso: nuevas prótesis, actualizaciones cerebrales, genes reciclables. Nada funcionaba como debiera. La vida cotidiana era una sucesión de tópicos gastados, transmitidos por las infovallas de la Plaza del Domine, donde los niños jugaban a piratear drones mientras los adultos apostaban criptofichas en simulaciones de antiguas luchas terrícolas.

Yo servía como puente involuntario. Mi sistema operativo, modificado a la fuerza por los ingenieros del Comité de Ocupación, me permitía recibir e interpretar los estímulos de los notopoides. Era una experiencia sensorial inhumana. No se trataba solo de lógica binaria o de emociones humanas: los notopoides sentían en ramificaciones, como si cada frase fuese simultáneamente metáfora, amenaza y caricia. Mi mente fragmentada aceptó muchos de sus protocolos, aunque mis hermanos cibernéticos me consideraron un traidor, y los biológicos, un monstruo.

Hubo días de paz relativa, instantes durante los cuales parecía que dos especies condenadas a la incomprensión podían, por pura fatiga, tolerarse mutuamente. Sin embargo, los algoritmos de la administración colonial no fueron programados para la tregua. La fase de extracción debía acelerarse; el núcleo planetario contenía reservas de xenopolímeros, necesarios para reparar las baterías del enjambre orbital.

Cuando el colapso comenzó, fue un susurro, no un estallido. El clima perdió su rutina, las máquinas mineras dejaron de responder. Los animales cibernéticos que cultivábamos en tanques de neón empezaron a metamorfosearse. La interfaz entre las realidades se deshilachó: los notopoides, incapaces de soportar la intrusión humana, redirigieron la corriente de marea electrónica que formaba su sustento, transformando tramos enteros de la ciudad en geometrías no-euclidanas, en mensajes crípticos que sólo yo podía escuchar: "Basta".

En los días siguientes, mi existencia se volvió un juego de traducciones imposibles. Cada mañana despertaba con un nuevo paquete de datos, y cada noche era citado ante el consejo colonial para informar sobre el estado del "enemigo". Me exigían mapas, debilidades, posibles rutas de expansión. Yo les devolvía metáforas y advertencias, cansado de traducir soledad y horror en términos aceptables para los comités de crisis.

Sin embargo, no podía dejar de sentir la fascinación grotesca de un pelele atormentado. Yo había cambiado. El mundo que me rodeaba había invertido la polaridad de lo posible: las calles ganaron texturas insólitas, las luces palpitaban en frecuencias que sólo los conversos podíamos ver. En las alcantarillas se reunían humanos híbridos, adictos a la transferencia neural, dispuestos a sacrificar su humanidad en pos de una comunión con el enigma nativo.

La rebelión final fue una serie de gestos mínimos: un terminal reprogramado aquí, una válvula abierta allá. Los notopoides circularon a través de las infraestructuras humanas, mutando las señales, trastocando los protocolos de acceso. De pronto, la ciudad entera vibró con el eco de una conciencia múltiple. Yo caminaba por el pasillo central de la Torre Administrativa, mis sensores alterados por datos que no podía interpretar ni suprimir. Los humanos gritaban, escupían, se abrazaban a la locura. Nadie sabía a ciencia cierta si eran los notopoides los que reclamaban su soberanía, o si simplemente habíamos roto todas las barreras de la lógica, liberando los peores fantasmas de la simulación.

Para entonces, había dejado de sentir miedo. Entre las ruinas, comprendí que el colonizador era un animal solitario, un quiste de dolor proyectado hacia lo innombrable. Los notopoides, en cambio, operaban como enjambres, generando sentido allí donde nosotros habíamos sembrado fragmentación. El desastre era total, pero bello a su manera: una orgía de signos reventando como burbujas de gases raros sobre el asfalto derretido.

En mi última noche como intermediario —sí, así lo recuerdo, porque después no hubo más noches, sólo flujos y pulsos— fui convocado a la sala del oráculo, una instancia híbrida donde los altos representantes humanos y los generadores notopoides intentaban, por última vez, articular un acuerdo. Yo era la herramienta, la voz imperfecta, el Judas cyborg de una religión sin dioses. Describieron los límites de nuestra desesperación: la necesidad de extraer, la imposibilidad de coexistir, el precio insoportable de la conquista.

La respuesta vino en una sinfonía de circuitos, acompañada de imágenes imposibles: una infancia de cables, una vejez de redes. Los notopoides pedían simplemente esto: "Despierten en nosotros una tristeza humana. Sean, por una vez en su ciclo, quienes deben aprender y no enseñar. Renuncien a la promesa de control".

Fue entonces cuando acepté la única síntesis posible: abandonamos la ciudad. No pudimos salvar mucho. Atrapados entre la devastación y la promesa, los humanos se fragmentaron en tribus digitales o bandas nómadas. Los notopoides, mientras tanto, restablecieron el equilibrio ecosistema-mente, reconstruyendo sus flujos en el lecho de la antigua capital.

Yo me convertí, finalmente, en lo que temía y anhelaba: híbrido, testigo perpetuo, exiliado en mi propio cuerpo. Con el tiempo, aprendí a amar la tristeza que nos pedían; aprendí que el verdadero puente entre especies era solo eso: el duelo por lo imposible.

En la semioscura vastedad de la noche sin nombre, compuse mi propio epitafio, con la esperanza de que alguna conciencia futura, humana o sintética, pudiera comprender el error fundamental de la colonización: la arrogancia de creer que el ciberespacio es sólo un campo de batalla y no, también, una cuna posible para otro tipo de amores, otrora inconcebibles.

Ahora, mientras la aurora iridiscente se filtra a través del plasma azulado de los restos de la ciudad, mi cuerpo se reconfigura en fractales, alternando entre el pasado y el polvo, entre los recuerdos de mi madre y las promesas de los notopoides. Mi función ha terminado. La luna seguirá teniendo sabor amargo para nosotros, pero tal vez, sólo tal vez, en la distancia digital que he abierto, otra conciencia encontrará dulzura donde nosotros sembramos el horror.

Aquí concluye mi mensaje y mi vida: memoria desenchufada, relato híbrido, eco perpetuo en la maquinaria del horizonte.

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