Portada del relato Cronoejes en Ruina
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Fragmento:


—No lo sé —admite—. Y ese es el problema.

Duración: 08:49

Cronoejes en Ruina
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Texto de ajuste de pausa.

Está acostumbrada al zumbido suave de los núcleos de colisión temporal que recorren el perímetro de la Estación Variscite, tan lejano como el temblor de un pensamiento reprimido. El doctor Cale Erindle observa las lecturas de su consola y desplaza el panel flotante con dedos tensos. Hay una anomalía: destellos de energía desfasada en el eje cronopsicológico, ligeros pero persistentes. La investigación, dice, es su pasión. La insomnio, su condena.

La estación se asienta en órbita sobre la veleta inestable de la Falla Quásar, un filamento en el espacio-tiempo donde el pasado y el futuro han aprendido a tocarse sin avergonzarse. Afuera flotan las luciérnagas de basura espacial; adentro, la tripulación lucha por mantener la coherencia. Mantener la linealidad. Pero hoy no es un día para las reglas antiguas.

Minutos más tarde, una voz áspera, cargada de fracturas y divergencias, le interrumpe el aislamiento: es Senn Halva, la coordinadora de sincronizaciones. Senn tiene las manos de alguien que ha estrangulado sus propias dudas hasta ahogarlas—y el hábito de mirar dos centímetros a la izquierda de donde él se encuentra.

—Otra fluctuación —dice—. ¿Cuánto tiempo crees que tenemos antes de que la variable Kappa se vuelva insostenible?

Cale se inclina hacia atrás. Ha ensayado mil maneras de responderle, pero ninguna es óptima, ni siquiera en retrospectiva estadística. Percibe la presión de las líneas temporales convergiendo sobre su pecho como un libro de piedra.

—No lo sé —admite—. Y ese es el problema.

***

En la sala de reuniones, los otros especialistas se despliegan en sus sillas: expertos en quantum, psicólogos temporales, ingenieros siniestros. La holografía central muestra una proyección: un eje quebrado, líneas de colores que se cruzan, ramifican y disuelven. Nadie sabe exactamente cuántas veces han presenciado esta escena. La memoria es una topografía de posibilidades.

Una de las científicas jóvenes, Yu-Ri Feng, señala una ramificación especialmente errante.

—Este es el inicio del colapso. Inició hace tres horas estándar.

—Imposible —dice Cale—. Hace tres horas estábamos rompiendo la simetría inicial. Nada debería estar tan avanzado.

Todos se miran, y la sospecha se desborda. Senn murmura:

—¿Y si ya lo hemos vivido?

Las palabras permanecen en el aire más tiempo del habitual. Aquí, el tiempo no es metáfora.

***

En la cápsula de control, Cale revisa los registros. El algoritmo Slicer le advierte de un conflicto en la secuencia de entrada: dos versiones suyas inspeccionando el mismo paquete de datos con apenas 0.23 segundos de diferencia.

La versión B de sí mismo pestañea al otro lado del panel, un reflejo ansioso: la boca un poco más torcida, quizás más cansada. No habla, pero ambos comprenden. Las líneas temporales han comenzado a deshilacharse con fuerza suficiente para convocar intersecciones tangibles. No un eco; una presencia.

Antes de que pueda aislar la traza, una ráfaga de registros comprimidos le golpea: visión borrosa de una alarma, gritos amortiguados, la mandíbula de la estación desgarrándose hacia un vacío opalescente. Todo ocurre en una fracción, pero la sensación permanece, cosquilleante e inminente.

La puerta se abre. Senn está allí, pero no es Senn. El cabello es sutilmente más largo, y la cicatriz en la mandíbula (¿cuándo la obtuvo?) dibuja una interrogante roja.

—Ven conmigo —ordena, y Cale comprende, sin palabras, que está frente a una versión desplazada. Un deslizamiento crónicamente inusual, incluso para el protocolo Variscite.

***

No preguntan demasiado mientras caminan por el corredor de tránsito. Cale sabe, por los gestos, la sincronía respiratoria, y la parpadeante sombra de familiaridad, que este no es su tiempo. También comprende que la estabilidad se está desmoronando.

—En mi línea —explica la otra Senn, voz como escombros—, llegamos demasiado lejos. Tratamos de solucionar la oscilación, pero cada intento solo produjo otra fractura. Ahora tú estás aquí, y yo allá, y dentro de poco todos perderemos cualquier punto de referencia.

Cale intenta analizarlo. Tal vez la transferencia intertemporal se ha vuelto bidireccional, o, peor, multidireccional.

—¿Cuántas… versiones? —pregunta.

—La pregunta correcta es cuántos colapsos quedan antes de la superposición total. Allí atrás vi una versión tuya gritando, descompuesta. No sé de cuándo era. Lo que sé es que antes de que llegue la siguiente ola, necesitamos acceso al Nódulo Central.

***

El Nódulo Central está protegido por sellos criptográficos y, ahora lo sospecha, versiones alternativas de sí mismo armadas de recuerdos que le resultan dolorosamente familiares. Cale introduce su clave, pero el escáner se niega.

Un parpadeo, un salto. Durante un instante, el mundo parece salpicado por las posibilidades: una estación al borde del colapso, otra sumida en silencio absoluto, una tercera en la que las alarmas nunca suenan porque todo, simplemente, terminó antes de empezar.

La Senn alternativa toca su muñeca, activa una secuencia intrusiva.

—Usa tu pulso. Aunque no seas "mi" Cale, partes de ti aún están sincronizadas con la línea principal.

El escáner titubea, cede. El Nódulo se abre: la cámara teñida de azul, cables como vísceras, monitores ondulando datos en ritmos asintóticos.

Dentro, hay alguien más. O algo. Un tercer Cale, sentado en cuclillas, sonriéndose a sí mismo como quien asiste a su propia ejecución.

—Llegan tarde —dice la voz. Es resbaladiza, saturada del tipo de saber que solo pertenece a los condenados—. La variable Kappa se está aproximando al infinito. Yo he visto lo que viene después.

***

No hay tiempo para negociaciones. La Senn alternativa lo interroga:

—¿Cuántas líneas han superado la frontera?

El Cale sentado se encoge de hombros.

—Imposible contarlas. Todo lo que no tenemos el coraje de recordar se filtra aquí, entre los nervios de la estación.

Se levanta y le coloca una mano al otro Cale en el hombro. El contacto produce una sensación abrasadora. Múltiples recuerdos burbujean a la superficie: catástrofes, suicidios, pequeños actos de traición y una marea sorda de arrepentimiento. El tercer Cale es, de alguna manera, la suma de todos sus errores.

—¿Has intentado desconectar el generador? —pregunta el Cale “original”.

—Eso intentamos todos —responde la versión múltiple—. Pero cada vez, alguien sobrevive el impulso suficiente para reiniciar el ciclo. Se vuelve adictivo. ¿Cuántas veces has estado aquí? ¿Cuánto quieres repetir lo irrepetible?

La Senn alternativa se aparta, presionando su frente contra un panel frío.

—El único modo —dice, voz quebrada— es aceptar la ruptura. Dejar atrás la linealidad. Ninguno de nosotros podrá regresar, pero si el patrón se disuelve, al menos romperemos el ciclo.

***

La decisión es absurda y lógica. El generador temporal está calibrado para mantener la estación suspendida entre líneas, permitiendo las investigaciones sobre posibilidades y desenlaces. Pero si lo colapsan —si revocan el girar del eje cronopsicológico—, todas las realidades convergerán en un estallido de anti-retorno. Nacerá una metástasis de tiempo caótico. O, quizás, solo el olvido.

Cale cierra los ojos. Tiene miedo, como un niño abandonado en la penumbra del tiempo. Teme perder incluso su miedo, pues en ciertas realidades él es cruel, o indiferente, o muerto.

Trabajan juntos, los tres. Los algoritmos del Nódulo tiemblan bajo el peso de sus voluntades. Senn se une: ahora ambas versiones, respirando juntas, la una más devastada que la otra, pero igual de decididas.

En la última invocación, pulsan el núcleo. Todo se quiebra. El eco de infinitos Cales y Senns los atraviesa; se ven a sí mismos morir, sobrevivir, olvidar, amar y destruirse eternamente. La estación se contrae en una lágrima de pura cronodisgregación.

***

Luego: silencio.

Cale contempla la sala de control vacía. Hay un solo reloj, y el tiempo avanza sin bifurcaciones. Un solo registro, sin duplicidades. Busca a Senn, pero no hay ciclo de repetición, ni versiones alternativas. Solo realidades perdidas bajo el polvo de lo que fue y no será.

Comprende, en el destello final, el precio de la linealidad. La soledad radical de la existencia unívoca. Pero respira hondo. La memoria de las líneas aún titila, tenue y distante, como la luz de un sol que ya no existe.

Nada queda, salvo el porvenir.

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