Sentado en la cafetería de siempre, observando la pantalla opaca de mi reloj biológico, sentí el peso de las decisiones irreparables. Afuera, la ciudad mecánica zumbaba, un enjambre de posibilidades infinitas. Cada persona que pasaba, cada espasmo sónico, hacía orbitar mis pensamientos en torno a una sola convicción: la realidad es una ficción negociada, un contrato firmado por nuestras conciencias, y cada firma nos encierra en una celda de sucesos concretos mientras infinitas versiones de nosotros gimen y anhelan en sus mundos descartados.
Estela llegó tarde, como siempre. Por costumbre, o miedo. Me miró con sus ojos de mercurio y se sentó. Llevaba el pelo corto, según recuerda mi memoria primaria. Pero un parpadeo, y lo vi largo, sujeto tras la oreja, y después trenzado. Tenue, la sensación de vértigo me sacudió. En ese instante ya lo supe, ella también lo supo: algo más hondo que un cambio de peinado flotaba en el aire. Los dos lo sentíamos; habíamos sido zarandeados durante el sueño y habíamos despertado en versiones apenas distintas del mundo original.
—¿Te pasa, a veces... que recuerdas cosas que no han pasado? —preguntó, bajando la voz.
Asentí. Muchas veces. El recuerdo de un golpe de Estado que no ocurrió, de un hijo que no conocí, de una guerra nuclear abortada por un acuerdo nunca firmado. Caminaba por la ciudad y a veces veía a alguien que, sé con certeza, murió hace años, saludándome, entregándose al flujo casual del tráfico.
Estela empujó una hoja doblada hacia mí. Era un informe, estándar, del Centro de Registros de Alternatividad, marcado en la parte superior: ANOMALÍA SUBJETIVA - PROTOCOLO OMEGA-3.
—¿Qué es? —pregunté, aunque sabía la respuesta.
—No eres el único. —Me miró de ese modo, convencida de que estábamos al borde de una revelación monumental o un desastre absoluto—. Algo ha cambiado. No es solo nuestra percepción. Hay patrones entre los sujetos conscientes. Vidas que se solapan, recuerdos falsos que se sincronizan entre individuos próximos en la red de relaciones.
Pero en nuestra era, siempre hay una explicación y un mecanismo. Toda frontera ha sido cartografiada. La multirrealidad —esa teoría enterrada bajo siglos de academicismo y negacionismo práctico— ahora era una hilera de cifras en pantallas oficiales. Ya existían departamentos dedicados a sellar fisuras. Proyectos enteros asignados a la administración de las posibilidades colapsadas.
Comenzamos a tomar nota, en servilletas, de los episodios compartidos: la muerte de su hermana, el Apagón de la Franja Este, la ley Marcial en 2051... todo registrado como si realmente hubiera sucedido, pero negado por la realidad fáctica. Cada vivencia era una astilla de una biografía complicada, doble, triple, múltiple. A veces recordamos actos de amor entre nosotros, hijos, discusiones, huidas. Y otras veces, apenas éramos conocidos, nodos periféricos en las vidas del otro.
Mientras hablamos, la noche mutaba más allá del ventanal. Mis ojos se nublaron un segundo: en la calle, un niño corría tras una pelota. En una versión de mí mismo, lo reconocía: era mi hijo, Jean. En otra, era un desconocido. Los recuerdos se arremolinaban. En ocasiones, sentía un impulso abrumador: levantarme, abrazarlo. Pero en esta línea, él no era mío, o tal vez nunca habría nacido.
—Ya no sé cuál de todas mis vidas es la real —dije.
Estela sacudió la cabeza, con esa tristeza resignada de quien contempla un universo donde la identidad es un espejismo.
—Hay formas de comprobarlo —dijo, y me mostró el segundo sobre.
Dentro: una invitación impresa con tatuajes ópticos. Acceso al complejo central de la Agencia de Brechas Temporales. Intervalo para dos personas, con cita asignada: medianoche.
—¿Qué buscan allí? —pregunté.
—Respuestas, o el borrado definitivo —dijo, y la frase resonó como una campana fúnebre.
II
El complejo quedaba en las ruinas del antiguo Palacio de Congresos, restaurado como un panal de túneles, laboratorios y salas de observación. El aire olía a ozono y desinfectante. Nos asignaron a una habitación blanca, iluminada por cilindros de halógeno. Frente a nosotros, un funcionario sin facciones, “etiquetado” con el alias Sam.
Sam era un conductor, uno de los que pueden cruzar las subdivisiones temporales a voluntad. Su entrenamiento consistía en fracturarse la mente hasta ver múltiples realidades a la vez. Tenía la sonrisa triste de quien ya no puede abrazar ninguna por completo.
—¿Qué desean saber? —preguntó, suavemente.
Estela habló antes que yo.
—Queremos saber si hemos vivido lo que recordamos, en algún lugar.
El funcionario asintió.
—Todo lo que recuerdan ha sucedido, innumerables veces, en líneas tangentes. Solo existe aquí y ahora la yuxtaposición, porque el cruce entre sus conciencias ha abierto una resonancia. Se han desalineado; sus yoes alternativos están intentando reconciliarse en una sola secuencia.
La alusión era clara: no éramos solo observadores, sino el producto de múltiples elecciones compitiendo por la primacía.
—¿Qué ocurre si no escogemos? —dije.
Un brillo de piedad iluminó los ojos de Sam.
—La memoria colapsará en fragmentos. Seguirán viviendo, pero sintiendo siempre la carcoma de lo incompleto. Algunos enloquecen. Otros se convierten en viajeros inconscientes, atrapados entre versiones de sí mismos, incapaces de establecer vínculos duraderos. Sin continuidad, la identidad se desintegra.
—¿Podemos elegir? ¿Solo una vida? —preguntó Estela, la voz quebrada pero determinada.
Sam nos condujo a la siguiente sala. Una máquina tan cristalina como intangible, una esfera flotando entre ejes de plasma, pulsaba suavemente. El Interface de Realidad Singularizada —IRS, su nombre burocrático— nos daría una oportunidad de elegir. Una decisión, irreversible.
—Piensen en el momento al que quieren anclarse, y la máquina bloqueará todas las otras líneas para ustedes. Para el resto del mundo, nada cambiará. Pero ya no recordarán lo descartado. Serán solo esa persona, ese conjunto de eventos.
Estela me miró: sus rasgos bailaban a la luz de la máquina. En ciertos parpadeos, era una amante veterana, una desconocida, una traidora, una salvadora. En otros, a mi lado, era solo una sombra, un eco a punto de desvanecerse.
—¿Y si no quiero perder ninguna versión de mí mismo? —pregunté, casi un susurro.
Sam sonrió con una tristeza antigua.
—Eso sería querer ser Dios, o multiplicidad pura. Nuestro límite humano es la elección. Para amar, para sufrir, para hallar sentido, debemos escoger una máscara y dejar que las demás mueran.
III
La cuenta atrás era inminente. Nos sentamos ambos ante la máquina, los electrodos rozando la piel. La cámara olía a sangre y acacia. Un hilo de frío subía por la columna mientras desfilaban, ante mis ojos, todas las líneas posibles: una en la que abracé a Jean; otra en la que salvé a Estela de un autoinmolador en la Plaza del Mercado; otra, más oscura, en la que me suicidé, incapaz de soportar la fragmentación. Más allá, incluso, vislumbré versiones tan extrañas que sentí náusea: viviendo en una ciudad subterránea, o liderando una secta de nihilistas, o enfermo terminal en una celda penal del futuro.
Estela susurraba nombres, nombres de hijos que había conocido y perdido; recordaba a su hermana viva, recuerdo imposible para mí pero real en uno de mis muchos pasados.
La máquina vibró, exigiendo una decisión.
Vi el rostro de Estela, y supe que cualquier elección era una amputación. El amor, la pérdida, el remordimiento, todo bolsillo de realidad sólo tenía sentido en el contexto de una identidad finita.
Me aferré al recuerdo de mi hijo, Jean, en la línea donde lo conocí y abracé. Sentí lágrimas quemándome las mejillas. Sabía, en ese instante, que todo lo demás desaparecería, y la mayoría de mis vidas con Estela quedarían selladas en la nada.
En el último segundo, la miré.
—Nos veremos en alguna otra versión —le prometí.
Ella apretó mi mano. En sus ojos brillaron todas las posibilidades descartadas, y en ellos me perdí, sabiendo que era un adiós verdadero.
La máquina hizo su trabajo. La luz me cegó. Sentí desvanecerse el peso de todos los otros mundos. Era una sensación de vacío, como si mi alma se encogiera, dejando atrás habitaciones vacías. Al abrir los ojos, estaba en la cafetería. Afuera, la ciudad zumbaba, idéntica pero inalterablemente distinta. Consulté mi reloj biológico: Jean pronto saldría de la escuela. Ya no recordaba del todo quién era Estela, solo un eco, un sabor a despedida.
Quizás, en alguna línea, ella hizo una elección distinta.
Quizás, todas nuestras derrotas y esperanzas siguen moviéndose en la penumbra de las líneas descartadas.
Quizás, al final, la multiplicidad es una forma de amor imposible: querer ser todos nuestros yoes, quererlo todo, y solo poder ser uno.
Desde el ventanal, vi a un niño correr tras una pelota. Una ráfaga de reconocimiento y nostalgia me atravesó, un residuo errante de lo que nunca fue, de lo que perfectamente pudo ser.
Y seguí adelante, tal vez feliz, tal vez hueco, pero humano y único.
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