Portada del relato Heraldos de la Recursión
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Fragmento:


Empezó el diario porque tenía miedo de enloquecer o, peor, de olvidar cuál era la Miriam real. Escribía febrilmente: la fecha según la pantalla, el sabor del café, las frases exactas dichas por sus compañeros. Aseguraba así la existencia de un solo momento para aferrarse. Pero su letra se volvió nerviosa y quebradiza, las hojas saturándose de correcciones —tachones de realidades alternativas— y, en los márgenes, la angustia: ¿realmente esto ocurrió así?

Duración: 07:47

Heraldos de la Recursión
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Texto de ajuste de pausa.

Una sola vida se siente suficiente hasta que ves la siguiente. O las siguientes. Así comienza para Miriam: albedrío, límite y vértigo.

Jueves, 3:37 AM, o eso anuncia la pantalla azul de su móvil. Parece dormida, pero flotan lágrimas sobre su almohada, irreconocibles y exactas. En otra línea del tiempo, cercana y extrañamente cálida, Miriam duerme sin dificultad, soñando un jardín donde los perros no mueren. En esa otra, despierta siendo apenas consciente del terror que la aplasta, pero aquí, ella no sabe nada de jardines, solo de organigramas sombríos y pasos en pasillos de oficina demasiado bien iluminados.

La vida de Miriam comenzó a bifurcarse el día que la realidad se deshizo en sus manos.

Se sentaba aquel lunes, como cada día, junto a su monitor, el mismo café, la misma visera gris. Consultaba documentos ya vistos tres veces cuando le sobresaltó un trastabilleo en la pantalla: las palabras retrocedieron y avanzaron sobre sí mismas, como si el texto dudase, reescribiendo lo que acababa de leer.

Pues esta Miriam no era especial, y aún así, se había convertido en el margen donde el universo temblaba.

La primera vez pensó: estoy cansada. La segunda: ¿demencia? La tercera: lo acepto. Lo que no podía nombrar, no pudo descartarlo, y así, su estómago aprendió pronto a tensarse a cada parpadeo inusual de la realidad.

Después de los monitores fueron las conversaciones. Palabras que no coincidían con recuerdos; nombres afirmados por todos menos por ella. Caminos que la llevaban a puertas que no existían. Alternativas forzadas dentro de lo cotidiano, como si cada decisión se partiera en dos y ambas se resistieran a soltarla.

Empezó el diario porque tenía miedo de enloquecer o, peor, de olvidar cuál era la Miriam real. Escribía febrilmente: la fecha según la pantalla, el sabor del café, las frases exactas dichas por sus compañeros. Aseguraba así la existencia de un solo momento para aferrarse. Pero su letra se volvió nerviosa y quebradiza, las hojas saturándose de correcciones —tachones de realidades alternativas— y, en los márgenes, la angustia: ¿realmente esto ocurrió así?

Afuera, la ciudad no se inmutaba. Los árboles persistían contra las ventanas como si nada importara. Gente seguía viviendo sus unilineales dramas. Solo Miriam notaba que cada vez que elegía entre desayunar galletas o tostada, el mundo se multiplicaba, y podía sentir el eco de las otras Miriams, vibrando en capas bajo su piel.

A veces, en el metro, sentía a una de ellas cerca. Un sobresalto, una respiración paralela, un reflejo ajeno en la ventana que le devolvía una mirada cargada de súplica o de desprecio... Su propia cara, aunque nunca completamente alineada con la suya. Espiaba a esos reflejos, preguntándose si serían la Miriam que tomó el empleo en la empresa de diseño, la que rechazó una oferta de matrimonio hace años, la que decidió no tener hijos. Había tantas, y la distancia entre ellas era tan fina como una decisión de avanzar o retroceder.

El miedo crecía porque ya no podía confiar ni en sus huesos. La Miriam que invitó a cenar a su madre la semana pasada y la que decidió no llamarla, convergían en la persona que ahora lloraba en el baño porque no recordaba realmente cuál gesto fue suyo.

¿Sería que todas las posibilidades —las que temía, las que evitó— terminarían reclamando su cuota de realidad? ¿Acaso sus peores miedos ya no podían relegarse al rincón seguro de lo improbable?

Las visiones iban en aumento: secuencias completas de vida viajando a través de su consciencia como balas lanzadas desde el futuro. Una de ellas la mostró bajo el agua, sumergida y quieta, observando la luz filtrarse entre los dedos: calma. Otra la empujaba delante del tren sin asidero posible: silencio y pérdida.

La vida cotidiana se convirtió en un bandoneón que la asfixiaba con cada lógica nueva que surgía de su múltiple existencia. El trabajo dejó de importar. Sus amigas, poco después, la abandonaron una a una por considerarla “inconstante” y “evanescente”. En su última superviviente de confianza, Laura, Miriam apoyó su cabeza en una tarde agrietada por la tensión. Laura, con voz grave, la miró a los ojos y susurró: “¿Te das cuenta de que esto no puede ser real?”

Miriam dudó de sí misma: la horrorizaba que alguien pudiera compartir ese margen de irrealidad, pero también la tranquilizaba. No estaba sola ante el abismo.

Las líneas temporales, lejos de distanciarse, convergían en sueños cada vez más densos: versiones de sí misma con cicatrices distintas, gestos distintos de miedo y deseo. Veía a la Miriam adicta al alcohol, la que nunca superó la muerte de su perro; la que, feliz, aceptó mudarse con Elena y criaron juntos a dos gatos; la que, presa del pánico una mañana, quemó todos sus papeles y huyó sin mirar atrás. Cada recorrido, un ariete contra su sentido de identidad: ¿quién era la 'verdadera' Miriam?

Eventualmente no pudo seguir trabajando. El mundo externo se deshacía igual que su diario: palabras partidas, papeles que cambiaban de color, clientes y jefes que, de vez en cuando, aseguraban que ella había hecho cosas imposibles. El miedo azotaba cada trivialidad —¿y si una decisión mañana la lanzaba a una vida de la que simplemente no podría escapar?

Miriam se planteó: ¿cómo luchas contra las posibilidades? ¿Contra el abismo de libertad que se revela, en realidad, como una prisión de miedo?

La respuesta llegó una noche. Había caído en el cansancio absoluto, agotada de intentar tallar verdadera realidad en capas de incertidumbre. En su sueño, el miedo llegó, sin disfraz: un torrente de líneas que se abren bajo sus pies, un ilimitado laberinto de sí misma, observándola desde miles de espejos. Un coro de posibles futuros gritaba y se reía, algunos le suplicaban ayuda, otros exigían ser olvidados.

Y uno de ellos habló. No era más vieja ni más joven, sólo exacta, implacable: “No puedes decidir por todas. Pero puedes elegir no decidir desde el miedo.”

Al despertar, Miriam lloró, pero ahora distinta. Entendió —o aceptó, al menos por ese momento— que la única realidad estable era esa: el miedo tenía poder sólo si lo usaba para definir su próximo paso. No podía negarse a sí misma las otras posibilidades pero, por primera vez, la extrañó menos a esa Miriam que tenía terror de lo que desconocía.

Frente al espejo, Miriam tomó el diario y, en vez de anotar lo que había ocurrido, escribió lo que deseaba recordar: el gusto de una galleta todavía caliente, la risa de Laura antes de marcharse, la presencia cálida de un posible futuro, dócil tras la tormenta.

Supo que la realidad —como el miedo— es una construcción que requiere mantenimiento constante. En cada línea, la voz dentro de ella aprendía: la vida no es estabilidad, sino el arte de negociar qué versión del miedo dictará la siguiente decisión.

La vida de Miriam no se resolvió. El diario siguió bifurcándose, adquiriendo más tachaduras que certezas. Pero nada más urgente que eso: la insistencia de vivir, de decidir, sotto voce, qué relatos —qué miedos— merecen transformarse en realidad.

Afuera, los árboles seguían inmutables, y Miriam, por un instante, se permitió sentirse parte de una única existencia. Incluso si era mentira, esa era la línea temporal que había elegido.

Quizá mañana despierte en otra. Pero hoy, esa elección es suya. Y sobre las ruinas de lo posible se erige una niña que tiembla, pero solo porque está viva.

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