Portada del relato Límites de Realidad
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Fragmento:


Ella soltó una risa breve, que podría haber sido real en cualquier línea temporal. “Así que aún te incomoda pisar lo que podría llamarse territorio de sombras. La sincronía es solo una ilusión por aquí, Dael.”

Duración: 08:41

Límites de Realidad
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Texto de ajuste de pausa.

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Supe desde el principio que Synnax no era igual a ninguna de las otras estaciones que había supervisado como constelador temporal, aunque me resultaron familiares sus corredores plateados y sus paneles tenues, decorados con artefactos de culturas ya perdidas, cada una de ellas extinguida por una destrucción que nunca logré atenuar. Pero Synnax tenía una vibración singular. Un rumor bajo, como el eco de otros pasos superpuestos a los míos, de respiraciones y latidos que no correspondían a mis propios sentidos.

“¿Otra vez aquí?” me preguntó Lira, su voz deslizándose por el intercomunicador embebido en mi pulsera neural. Había aprendido a distinguir su timbre entre las muchas posibilidades: confianza rayana en la arrogancia, y un dejo de amargura que no podía disimular ni ante las paradojas temporales.

“No me acostumbro a esto, Lira. No importa cuántas veces lo revise.” Respondí.

Ella soltó una risa breve, que podría haber sido real en cualquier línea temporal. “Así que aún te incomoda pisar lo que podría llamarse territorio de sombras. La sincronía es solo una ilusión por aquí, Dael.”

Me detuve junto a uno de los grandes ventanales. Más allá, el vacío; dentro, mi reflejo se curvaba y desdoblaba con cada minúscula fluctuación de la estación. Era como si docenas de Daels me escrutaran desde realidades alternativas, algunos con la cicatriz en la mejilla izquierda, otros portando una sonrisa sardónica, uno más mostrando una mirada vacía y fría que me estremecía. A veces soñaba con las vidas que ellos llevaban, o tal vez recordaba fragmentos pertenecientes a existencias que nunca habían sido mías.

Las líneas temporales parecen un concepto sólido: ramas que se dividen, posibilidades que florecen o se marchitan según decisiones singulares. Pero la realidad, al menos la de un constelador de líneas crónicas como yo, es infinitamente más inestable, mucho más peligrosa de lo que los teóricos —los que no han enfrentado las paradojas encarnadas— quieren admitir.

Entrar a Synnax implicaba aceptar todos sus ecos. En esta estación, por motivos que el Consejo aún no se atrevía a discutir en debates abiertos, las líneas tendían a solaparse, a permitir filtraciones que en otras instalaciones quedarían relegadas a la matemática pura. Aquí, un error podía liberar recuerdos ajenos en la mente de quien estuviera cerca. Y esos errores, últimamente, parecían multiplicarse.

Caminé hacia la Cuarta Cúpula de Observación, donde la materia y la cronología se entremezclan constantemente, y donde las reglas, y las garantías, dejan de serlo. Me crucé con Vyn, el técnico de mantenimiento, de ojos redondeados por insomnio crónico. “¿Doble turno hoy?” pregunté, por cortesía más que por interés.

Él meneó la cabeza. “Tengo susurros en mi cabeza, constelador. Fragmentos de idiomas que nunca aprendí. Y una melodía… siempre la misma, pero cada vez menos familiar.”

“Pasa en esta zona.” Intenté calmarlo, aunque me hablaba más a mí mismo. “Son retazos. Nada sólido.”

Vyn me ofreció una sonrisa desencajada. “¿Y si yo soy el retazo, Dael?”

La pregunta quedó suspendida cuando los sensores vibraron. Un pulso, eléctrico, recorrió la estructura; la luz palideció. Antes de que la alarma se apagara, la imagen de Lira se materializó en mi implante visual.

“Dael. Ha sucedido de nuevo. En la Sala de Nodos. Vamos.”

La Sala de Nodos, núcleo de transacciones temporales, era un espacio helado de formas fluidas, semi-orgánicas. En el piso, una figura convulsionaba. Rouse, operadora veterana, ojos en blanco, labios murmurando incoherencias. Los técnicos intentaban estabilizadora, pero no servía de nada. Apenas me acerqué, una marea de voces —masculinas, femeninas, algunas sin género discernible— inundó mi cabeza.

“…la secuencia fue rota—”

“…no era su turno, no podía prevenirlo…”

“…el ciclo requiere un sacrificio…”

Empujé las voces, luchando por mantener mi consciencia diferenciada de aquellas que busca incorporarse. Toqué el pulso de Rouse, débil pero presente. En su frente, líneas de una luz azulina recorrían patrones fractales: el indicio de una transferencia parcial de consciencia, una contaminación de las líneas.

Lira emergió de la sombra proyectada por los paneles de control. “Accionaron una transferencia no autorizada en el nodo Beta. Todo indica que hay una intrusión. Esta vez…” Su voz vaciló. “No viene de nuestra línea.”

La palabra cayó como una maldición. Todos sabíamos a qué se refería: no solo ecos, sino actores de realidades divergentes. En los entrenamientos les llamábamos “emergentes”. Individuos que, por accidente o —peor aún— por diseño, lograban cruzar de una secuencia probable a otra, arrastrando sus intenciones consigo.

“¿Cuánto tiempo tenemos antes de otra fusión?” inquirí.

“Minutos. Tal vez menos.”

Mi pulsera neural vibró con una urgencia agónica: acceso a registros históricos, divergentes y convergentes. Imágenes de Synnax en llamas, Synnax cubierta de polvo y cadáveres, Synnax silenciada por una implosión temporal. Todos eran posibles finales registrados de esta estación, resultado de distintas líneas y fracasos tan rotundos como inevitables.

Excepto uno.

Hay una línea —apenas un filamento en la malla del multitiempo— donde Synnax sobrevive y sobrevive bien. La vida prospera, las transferencias se estabilizan, los técnicos ríen y cuentan historias en los corredores, Lira sonríe con calidez verdadera, Vyn tararea con seguridad la melodía, y Rouse nunca aprende a temer al nodo Beta.

Esa línea exige un sacrificio. Uno siempre paga para sobrevivir al colapso.

Las posibilidades retumbaron en el núcleo de mi mente, mezclándose con los trazos de otras vidas que no eran la mía. En una de ellas, maté a Lira por accidente al cerrar manualmente el nodo; en otra, fui yo el que cayó en coma, las líneas de fractales recorriendo mi piel como raíces de una planta enferma. Ninguna de esas líneas llevaba a la supervivencia duradera.

Teníamos poco tiempo. Debía decidir qué peso, qué recuerdo, qué historia entregar al tejido temporal de Synnax para evitar que la fusión nos destruyera, para evitar convertirnos en otro registro histórico de error.

Me acerqué al panel de control y observé el Supernodo: una interfaz de energía y conciencia, una puerta para transferencias selectivas. Lira me miró, entendiendo sin palabras.

“¿Estás seguro?” preguntó.

“No, pero tampoco lo está ninguno de mis ecos.” Sonreí, una sonrisa que era mía y no era mía, a través de todas las líneas. “Dile a los demás que se preparen. Todos deberán hacer su parte, aunque solo uno decida.”

Activé el canal interno. Las instrucciones fueron simples, aunque sabían el precio: cada individuo debía renunciar a una memoria, la más preciada, para estabilizar el cruce y evitar que un intruso emergente alterara la línea principal. Si fracasábamos, los recuerdos no volverían y perderíamos mucho más que la continuidad de la estación.

La transferencia fue un dolor sin límite: sensaciones vueltas al rojo vivo, imágenes desbordadas de una niñez sepultada, sabores de una comida que nunca volvería a probar, la textura de una piel amada, la cadencia de una voz que me arrullaba en la doble oscuridad de la infancia. Cada uno de nosotros entregó algo irrecuperable; en mi caso, una noche bajo la aurora verde, cuando el futuro era una promesa y no una cadena de decisiones cada vez más limitadas.

La estación tembló, la percepción se fragmentó, la realidad se fundió y desdibujó, y por un instante, durante ese entrelazamiento de líneas temporales, me vi a mí mismo: veces héroe, a veces traidor, siempre un constelador de decisiones imposibles.

Y Synnax se estabilizó. Las paredes dejaron de susurrar, los ecos se replegaron, Rouse recuperó el control de su voz, y Vyn —curiosamente— empezó a tararear una melodía enteramente nueva. Lira me miró, los ojos húmedos. Sabía que algo faltaba en mí, y yo también lo sabía. Pero habíamos sobrevivido. Por ahora.

Quizá mañana, otra línea pediría otro precio. Tal vez algún día perdería tanto que ya no recordaría quién fui, ni siquiera qué protegía. Pero por ahora, Synnax respiraba, y los historiadores de épocas futuras tal vez encontrarían un registro de consteladores que se atrevieron a recordar para poder, al fin, olvidar.

Y así caminé por los corredores silenciosos de Synnax, sabiendo que entre líneas, yo era todos mis recuerdos y también sus olvidos. Un fragmento, como todos nosotros, en una geografía de la rebeldía que nunca será completamente cartografiada.

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