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El Capitán Yelena Kasherova se levantó de su silla a las 03:15, cuando el zumbido familiar en los motores de la nave, el *Verde Sigiloso*, se detuvo de golpe. Una pausa imposible, como si hasta el vacío del cosmos se hubiera contenido para ver qué haría ella a continuación. Fuera del ventanal curvado del puente, la eterna marea estelar se mantenía igual, centelleante e indiferente. Adentro, los instrumentos parpadeaban luces rojas y azules, y tras la pared de esferas opalinas donde los ingenieros trabajaban, el corazón azul del motor de salto era ahora una piedra muerta.
"Faltern, ponte el auricular temporal," ordenó Yelena, midiendo el tono con el que le hablaba al Primer Oficial. Él era joven, de una academia reciente, y sus dedos temblaban cuando asintió, como si cada palabra de ella pudiera decidir su destino.
"Estamos fuera del campo de salto," anunció él, tras mirar la consola. "Pero las lecturas temporales... no cuadran. Capitana, según el computador hemos llegado cinco horas antes de partir."
Ah, pensó Yelena, la condenada máquina lo ha hecho otra vez. Y, como siempre en esos momentos, la voz de Vyom aparecía en su mente. Vyom, el viejo ingeniero jefe, muerto hacía cinco años terrestres y, sin embargo, aún presente en los circuitos a los que su sangre y genio habían dado orden.
Yelena se acercó, cambiando su peso con la gravedad artificial, hacia la consola mayor en el centro del puente. El ingeniero-júnior ajustaba parámetros, pero el fallo era claro: la nave había saltado en el espacio, sí, pero también en el tiempo. La máquina del salto no era solo un propulsor, sino una convergencia de líneas de causalidad, un tango de partículas en la frontera de la entropía.
La tripulación guardó silencio. No era la primera vez, ni sería la última, que el Verde Sigiloso se deslizaba no solo entre soles, sino entre edades. Pero la frecuencia con la que últimamente lo hacía era preocupante. ¿Obsolescencia? ¿Sabotaje? ¿O acaso, como había sugerido Vyom en su lecho de muerte, la máquina tenía un propósito que ni sus creadores acertaban a comprender?
"Kahil, abre un canal de escucha. Necesitamos saber dónde estamos, sobre todo cuándo estamos," dijo Yelena.
Una ráfaga estática llenó la sala, salpicada de murmullos distorsionados en frecuencias no del todo humanas. Finalmente, una voz: “...Flota de Perseyo a todas las unidades. Código Carmesí. Repito, código Carmesí. Invasión en el sector Helio-Delta.”
Kahil tecleó, sus ojos se agrandaron. “Capitana, esa señal... lleva sin emitirse desde la Batalla de los Polos Fríos. Hace ciento veinte años.”
El silencio fue más denso ahora. Espesas capas de historias flotaban entre ellos. Se miraron, evaluando si compartir el pánico o la determinación. Yelena decidió por todos.
“Táctica, pasen a sigilo completo. Ingeniería, preparen todos los sistemas defensivos. Comando, resuman la situación planetaria y armada en cuanto puedan. Nadie toca el motor temporal sin mi permiso.”
Mientras los oficiales se dispersaban en sus tareas, Yelena miró su propio reflejo en el vidrio. La cicatriz en su mejilla —un recuerdo de un temporal anterior, y de una traición que costó siete vidas— palpitaba, como si la recordara que cada salto tenía su precio.
***
Avanzaron ciegamente, flotando al margen del conflicto que la historia decía que ya estaba resuelto. Era extraño ver ciudades-fortaleza aún intactas, emisoras automáticas transmitiendo códigos secretos extinguidos hacía generaciones, y ecos de conversaciones entre comandantes muertos mucho antes que Yelena hubiese nacido.
En la soledad de su camarote, Yelena accedió a los diarios personales del viejo Vyom, almacenados en el núcleo principal. Había uno que siempre le daba miedo abrir: el último, grabado días antes de que la primera anomalía saltase. Bajo la superficie de su voz fatigada, Vyom susurraba:
“La máquina no solo busca caminos en el espacio. Busca versiones. Busca rutas a través de la misma naturaleza de nuestra existencia. Cada disparo de partículas, cada campo de desplazamiento, no es solo una línea más: es una pregunta hecha a la realidad sobre lo que podría vivir, o morir, aquí y ahora. Yo ya no sé si sigo siendo yo, o si alguna vez fui aquello que creímos. Si algún día encuentras esto, Yelena, escucha lo que dices mientras duermes: podría no ser tu lengua.”
Esa noche, Yelena soñó con sí misma. Saltando de nave en nave, de línea en línea, cada vez un poco diferente. En algunas versiones era Sargento, no Capitán. En otras, ni siquiera era humana.
***
El comité de guerra de la Flota de Perseyo tenía aires de leyenda. Cuando el Verde Sigiloso finalmente interceptó una patrulla—un duelo sutil entre radares de distorsión y la vieja sabiduría de Kajdo, su táctico mayor—la tripulación supo que ahora pisaban el corazón de la historia universal.
"Aquí, Perseyo-72. Identifíquense, en nombre del Alto Comando," gruñó la voz de un androide de comando.
Yelena, ya revestida del uniforme antiguo que los replicadores podían improvisar, pulsó la transmisión.
"Aquí la nave de reconocimiento *Verde Sigiloso*, corbeta clase espectro al servicio de la Flota. Venimos con datos urgentes sobre la Bahía Estigia," mentía con la naturalidad de quien ha dejado de confiar en cualquier verdad.
El comité resultó ser tres oficiales, dos humanos y un sintético, con sus heridas y agallas a la vista. Las pantallas zumbaban todos los colores de la muerte probable: invasiones, líneas de repliegue, refugios orbitales llenos de polvo y miedo antiguo.
"Su nave no está en nuestros registros," dijo el oficial mayor, una mujer enjuta con implantes ópticos de última generación. "¿Y su motor de salto parece cargar una anomalía en el índice cronotópico?"
"Nuestros ingenieros lo están revisando. Sufrimos daños durante una tormenta de partículas cerca de Rigel II," improvisó Yelena, pero pudo sentir que sus mentiras eran tan traslúcidas como la oscuridad del espacio.
"No tenemos tiempo para misterios," dijo él sintético, su voz tan plana como la planicie de un mar muerto. "O nos ayudan a contener la brecha, o serán tratados como hostiles. Los invasores llegan en menos de dos rotaciones."
A su lado, Faltern susurró: "Capitana, podríamos usar los datos del salto para ofrecerles una ventaja táctica. Si les mostramos cómo nuestra máquina ve varias líneas temporales, podrán anticipar los movimientos enemigos."
"¿Y si, al hacerlo, les damos acceso a tecnologías que devastarán el futuro? Tal vez —el nuestro."
La decisión era vieja y simple: sobrevivir, colaborar, o huir. Faltern la miraba, los ojos desesperados de quien aún creía que la razón podía guiar a máquinas y hombres por igual.
"No puedo arriesgar el porvenir de siglos por salvar una batalla antigua," dijo Yelena, pero supo que ya era tarde: la guerra demandaba su sacrificio.
Fuera de la sala, los corredores vibraban con la actividad mortal de la nave, la promesa y la amenaza de la causa. Los invasores, los Tembranos, venían de otra galaxia, de otro tiempo quizá. Su tecnología hacía que el Verde Sigiloso pareciera un juguete demasiado complejo y, según algunos profetas, eran capaces de absorber líneas históricas enteras en su avance; de borrar pasados y futuros con la indiferencia de una tormenta solar.
Yelena regresó al puente y llamó a toda la nave.
"Escuchen, todos. Nuestra máquina del salto no solo nos llevó aquí. Puede ser la llave entre múltiples batallas, múltiples realidades. Si cedemos esa tecnología, podríamos trastocar siglos de historia. Si no lo hacemos, podríamos quedar atrapados en este tiempo para siempre. Consulten en privado con sus jefes de sección. Decidiremos juntos."
El debate fue feroz. Ni la cadena de mando ni la confianza en los viejos códigos podía anticipar lo que era jugar con las reglas de la existencia.
Finalmente, la decisión fue sellada. Mantendrían su independencia, pero ofrecerían predicciones dentro de los límites de lo que un observador externo (como supuestamente era una nave de reconocimiento) podía saber. Compartirían información táctica, pero no tecnología. La batalla por el Polo Frío se transformó entonces en una danza de intuiciones: con los datos limitados de la nave, el comité de guerra logró emboscar parte del avance Tembrano y salvar una ciudad orbital que, según la historia original, debió arder.
Todo terminó en cuestión de días. El Verde Sigiloso era ahora una leyenda susurrada: un navío que vino de la niebla, luchó por todos y luego desapareció.
Pero la máquina del salto llamó de nuevo. Esta vez, era imposible ignorarla: las líneas de propósito y probabilidad zumbaban como un enjambre invisible. Yelena sabía que tenían que saltar otra vez, ahora que los riesgos de alterar la historia eran reales, tangibles, sangrientos.
***
La máquina del tiempo, al final, no buscaba un destino. No quería salvar ni condenar. Solo anhelaba que alguien, en alguna versión del infinito, tomara consciencia de que cada salto era una afirmación: existimos porque elegimos. Porque temblamos ante la posibilidad de perderlo todo, incluso el sentido de lo que somos.
Antes de activar el salto, Yelena suspiró y miró alrededor. Su tripulación la miraba, callada, esperando. Se preguntó, solo por un momento, si en alguna otra versión de sí misma ya no quedaba nadie de ellos; si solo era ella y la máquina, amigas potencialmente eternas, saltando entre la memoria y el olvido.
Pulsó el detonador, y el Verde Sigiloso desapareció. Un punto diminuto en la negrura de un universo donde las historias sólo se repiten si alguien se atreve a recordarlas, aunque sea saltando entre los pliegues más invisibles y tiritantes del tiempo.
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