Portada del relato Espectros del Reloj
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Fragmento:


No recordaba haber pedido nunca ese trabajo para la agencia. Él era periodista, acaso un analista de documentales. Pero ya en los pasillos de Cronostrato, en el último nivel sumergido del metro abandonado, abdicar del sentido común era requisito básico de supervivencia. Grett lo esperaba en una sala de juntas sin ventanas, con mapas proyectados no solo en las paredes, sino en capas flotantes en el aire, como medusas de cartografía.

Duración: 10:32

Espectros del Reloj
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Texto de ajuste de pausa.

El Jardín de las Horas Falsas

La Caricia de los Futuros Olvidados

Marek Aldous supo que había errores en la realidad mucho antes de que la Agencia de Regulación Temporal se lo confirmara. Lo sospechó mientras observaba deambular a su mujer, Lucía, entre los espejos de la casa: a veces su reflejo se anticipaba a sus movimientos, otras veces era deliberadamente más lento. Como si existiera otra Lucía, ajena a su tiempo, una que ya sabía lo que iba a suceder. Claro que uno solo nota el parpadeo del universo cuando tiene razones para mirar muy de cerca; y Marek tenía muchas: el aire olía diferente, el pan se enmohecía de inmediato, y los pájaros huían de las ventanas.

La Agencia lo contactó a media noche, por medio de un contacto que parecía parte del teléfono y parte del sueño. Su nombre era Grett Velázquez, y su rostro se componía en la pantalla en pocos segundos, como si naciera capa a capa, en una representación tosca de la identidad humana.

"Necesitamos que vengas", le dijo Grett con una voz que podría haber pertenecido a cualquier sexo, cualquier edad, o a ninguna en especial.

Marek se vistió sin hacer preguntas, sabiendo que el orden de su ropa sería distinto cada vez que parpadease. Tomó la tableta codificadora, la pulsera de autenticidad y una petaca con licor de raíz de arce para soportar el viaje. Afuera, la ciudad de Samanthium titilaba en parches de oscuridad y neón, con los relieves cambiando en sincopada obediencia a una lógica fracturada. Todos estos detalles eran signos: el tiempo, por alguna razón, estaba perdiendo estructura.

No recordaba haber pedido nunca ese trabajo para la agencia. Él era periodista, acaso un analista de documentales. Pero ya en los pasillos de Cronostrato, en el último nivel sumergido del metro abandonado, abdicar del sentido común era requisito básico de supervivencia. Grett lo esperaba en una sala de juntas sin ventanas, con mapas proyectados no solo en las paredes, sino en capas flotantes en el aire, como medusas de cartografía.

"Se está desdoblando una línea temporal dentro del siglo XXI", le explicó Grett, prescindiendo de cordialidad. "Pequeñas trampas, hendijas, digresiones minúsculas. Puede que hayas notado algún eco raro en casa."

Marek asintió. Lucía se desdoblaba en sus espejos, las frutas maduraban según un calendario privado. "¿Una fisura?"

"Más bien una infestación. Alguien está extrayendo momentos y recolocándolos. Manipulación de escala fina. Quizá un dispositivo externo a la Agencia, quizá un error evolutivo de las propias máquinas del tiempo clandestinas."

Marek se encogió de hombros. "¿Y qué se supone que haga yo?"

"Tenemos una posición focal: edificio Olsen. Una habitación concreta. Creemos que ahí están estacionando sus anclas horarias, allí el tiempo late más rápido y después se retira, como un latido deformado. Vas a entrar, registrar y notificar. Pero no interactúes: observa, registra, aprende. Después revisaremos juntos el material."

No era el tipo de tarea que inspirara lealtad, pero la advertencia de Grett tenía un filo morboso: "Recuerda, el tiempo es peligroso cuando sabe que lo observan."

Un coche sin conductor lo depositó frente al Olsen, un bloque de ladrillo negro con escorzo gótico y antenas ilegales reluciendo en la azotea. Marek sintió, de inmediato, el zumbido: esa vibración particular que le anudaba la lengua y le aceleraba el corazón, como si el edificio existiera a más de una sola escala temporal. Subió la escalera, cada peldaño lejos de la ley de cronología ordinaria. Sus pasos crujían en el pasado y en el futuro, mezclados.

La puerta del apartamento estaba cerrada con una cerradura obsoleta. Marek pasó su pulsera: la madera de la puerta se suavizó, el picaporte tembló y luego cedió como la membrana de un sueño al despertar. Dentro, el aire era nítido, artificial; la atmósfera de un laboratorio oculto disfrazado de sala de estar.

Lo primero que vio fue la máquina: no un artefacto de relojes y engranajes, sino una escultura de tubos traslúcidos, fluidos resplandecientes y placas hexagonales que flotaban sobre un anillo de antimateria. Parecía viva; de hecho, mareaba verla, como mirar un animal compitiendo con las reglas de la naturaleza.

Había una mujer de pie, sombra entre los muebles, examinando una pared cubierta de relojes viejos. Llevaba un delantal de cocina sobre un exoesqueleto plateado, y sus ojos eran juiciosamente opacos, como opalinas sumergidas bajo aceite.

"No se puede pasar sin cruzar primero a la memoria", susurró sin girarse.

Marek tragó saliva, sin reconocer la voz ni el idioma que la pronunciaba –era una mezcla de español, ruso y un dialecto que podía haber sido inventado para la ocasión. Avanzó despacio, activando las lentes de grabación de su tableta. La mujer continuó:

"Esto no es una intervención, si eso es lo que piensas. Los humanos no pueden intervenir allí donde han sido ya desenrollados y vueltos a enrollar en las fibras de su propio cronograma."

Marek escudriñó la estancia. Sobre una mesa, desparramadas como ruinas o runas, había instantáneas polaroid de paisajes imposible—el mismo parque en invierno y verano fundiéndose en una imagen, una boda en la que los novios eran sombras, todo en blanco y negro excepto una gota de sangre.

"No intento entenderte", dijo Marek, incapaz de controlar el temblor de su voz.

"Tampoco intento entenderme", musitó la mujer. Giró, finalmente, y Marek reconoció en sus pómulos algo de Lucía, acaso su reflejo corregido, una probabilidad residual. "Sólo llevo los relojes hacia un jardín donde crezcan otras flores. Miramos los días como quien mira raíces bajo el agua, no los recogemos, sólo nos sumergimos."

La máquina emitió una nota blanda, un silbido ascendente. Los relojes en la pared comenzaron a girar en sentidos dispares, las manecillas tropezando, como si buscaran el punto en común que las reconciliara. Marek sintió que el piso se movía bajo él:

"¿Qué es esta máquina realmente?"

"Es un acumulador", respondió la mujer, y ahora su acento era simplemente humano. "Recolecta márgenes del tiempo no vivido. Esos instantes que jamás se eligen: lo que no dijiste, los abrazos que no devolviste, los pasos nunca dados. Alguien, desde algún futuro, los necesita más que tú."

Marek miró en la pantalla de la tableta: los gráficos temblaban, y en un recuadro se veía a sí mismo, parado junto a la mujer, luego no, luego sí, como si fuera una pregunta sin respuesta. La mujer se inclinó, recogiendo una polaroid:

"Mira. ¿Ves esto? Es la tarde de tu cuarto cumpleaños. El sol estaba cayendo, y tu madre salió del hospital por última vez. Pero este instante… este pequeño intersticio, nunca ocurrió realmente, ¿sabes? Fue sólo una posibilidad. Yo la recojo, la almaceno, la propago, porque alguien lo hará de todos modos."

"¿Quién es ese alguien?"

"Nadie. O todo el mundo. Yo sólo reparo lo inevitable."

La máquina vibró y el aire olió súbitamente a ozono y anís. Marek sintió el impacto: un solapamiento de dos fuerzas, como si dos historias se debatieran por el control de su memoria. Tuvo que agarrarse al borde de la mesa para no perderse en la sensación de desvanecimiento: una parte de él deseaba unirse al canto de los relojes, perderse en ese jardín donde nada era definitivo ni dictado.

La mujer avanzó, casi tocándolo. Sus ojos ahora eran humanos, exhaustos; cada paso suyo era un año menos en algún almanaque ajeno. Sacó otra fotografía: Lucía, sentada en la cama, contemplando su reflejo. "No puedes salvarla –o a ti mismo– viajando en el tiempo, Marek. Sólo puedes cambiar el sentido en que se pliegan estos pliegues minúsculos, tan pequeños que ninguna máquina podrá nunca arreglarlos."

Se escuchó un crujido, como si la realidad se deslizara por debajo de las baldosas. La máquina ahora latía, sus luces palpitaban: un destello de verde, luego una sombra azul.

"¿Por qué yo?", preguntó Marek con un hilo de voz.

La mujer le sonrió. Fue una sonrisa triste, perfecta en su resignación, llena de futuro y de desmemoria. "Porque tú todavía recuerdas. Y ese es el primer síntoma de que eres parte del error, de la grieta. No deberías recordar este cuarto, ni a mí, ni el año en que tu propio reflejo enloqueció. Pero aquí estás. Así que te lo llevas contigo."

"No quiero llevármelo."

"Nadie quiere."

Con el zumbido final, la máquina colapsó en sí misma, plegándose en una esfera de luz densa, aspirando polaroids, relojes, susurros y aliento. Marek se sintió arrastrado bruscamente hacia adelante, como si una mano invisible lo catapultara fuera de ese jardín de horas falsas.

Cuando abrió los ojos, estaba sentado en la sala de su casa, la tableta encendida mostrando segundos que transcurrían normalmente. Lucía dormía en el sofá, envuelta en una manta. Nada en el mundo parecía arruinado, aunque el reflejo del televisor mostraba una escena ligeramente adelantada: Lucía de pie, despertando, parpadeando como si luchara contra su propio presente.

La Agencia volvió a contactar, pero Marek no respondió. Grett dejó mensajes en voz y texto, llenos de términos técnicos y protocolos. Marek observó a Lucía, esperó a que despertara. Cuando ella por fin abrió los ojos, le sonrió, y eso fue suficiente para templar el vértigo.

Nunca volvió al edificio Olsen. Con el tiempo, olvidó a la mujer de los relojes y a la máquina que mendigaba instantes. Pero, a veces, cuando el silencio era lo bastante espeso y los espejos lo suficientemente honestos, veía a Lucía moverse dos veces, y comprendía que cada día contenía, sin remedio, lo que nunca sucedió.

Solo entonces, Marek entendía el verdadero oficio de los viajeros temporales: no rescatar nada, sino apilar errores y oportunidades desperdiciadas para quienes necesitaran, en otro tiempo, la posibilidad de recomenzar. Porque el tiempo, pensaba, era más una proliferación de pérdidas que una colección de recuerdos. Y en esa infinitud de extravíos, uno apenas podía aspirar a sostenerse, amar lo que podía recordar, y dejar el resto al jardín de las horas que nunca existirían.

Cuando Lucía le preguntó una noche, años después, por qué le temía tanto a los relojes, Marek contestó con la evasiva de los soñadores: "Porque a veces miden no lo que ocurrió, sino todo lo que dejamos escapar."

Y la respuesta, aunque inexacta, era lo único real que podía compartir.

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