Portada del relato Los constructores de relojes
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Fragmento:


Empecemos entonces: el conde era, entre muchas cosas, un hombre devastado por el desastre de una única decisión. Su esposa, Irena, murió un atardecer dos años atrás, en el vestíbulo de ese mismo taller, cuando el joven ayudante Cervenka, con manos gruesas y torpes, cruzó torpemente la estancia con una bandeja repleta de piezas de cuarzo y bronce. Irena tropezó, se golpeó la sien con la esquina de la mesa de ingeniería y, en el segundo que siguió –ese que todos quisiéramos poder volver a habitar– desapareció para siempre. El tiempo, desde entonces, fue el enemigo de Casimir.

Duración: 08:51

Los constructores de relojes
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Texto de ajuste de pausa.

Sabes que un hombre intenta algo verdaderamente estúpido cuando está seguro de haber pensado en todo. El conde Casimir de Jorvost clausuró su taller una noche de octubre, embriagado de autocompasión y –debo decirlo– de resignación. Los engranajes brillaban sobre la mesa de roble como criaturas muertas, y la piel de Casimir, iluminada por la lámpara de aceite, parecía tan delgada y gris como el vidrio de una ampolla. En el fondo de la sala, el reloj maestro latía con un pulso lento, como si sentenciara a muerte las ideas de su creador.

Te hablaré de las máquinas del tiempo, sí; pero no de aquellas bulliciosas, llenas de acero pulido y cabinas resplandecientes que los bardos cuentan para maravillar niños. No. Esta historia es para tus cicatrices y tus arrepentimientos. Protagonizada por adultos, claro. Gente como tú, como Casimir, que ha aprendido a desear menos, pero a desearlo con mayor desesperación.

Empecemos entonces: el conde era, entre muchas cosas, un hombre devastado por el desastre de una única decisión. Su esposa, Irena, murió un atardecer dos años atrás, en el vestíbulo de ese mismo taller, cuando el joven ayudante Cervenka, con manos gruesas y torpes, cruzó torpemente la estancia con una bandeja repleta de piezas de cuarzo y bronce. Irena tropezó, se golpeó la sien con la esquina de la mesa de ingeniería y, en el segundo que siguió –ese que todos quisiéramos poder volver a habitar– desapareció para siempre. El tiempo, desde entonces, fue el enemigo de Casimir.

Vivió en la frontera entre el vino y el insomnio. Dormía sobre planos cubiertos de ecuaciones, soñando a ratos con la risa de Irena cuando se ponía el monóculo de relojero en el ojo. En la oscuridad de su dormitorio, la promesa de una máquina capaz de tomar aquel día y deshacerlo creció hasta ocupar todo el aire.

No era el único que buscaba domar el tiempo. En Veles, la ciudad de ruinas y autómatas, los constructores de relojes se reunían dos veces al año, cada cual con un nuevo milagro: esferas que predecían eclipses, pájaros mecánicos que anunciaban tormentas, relojes de péndulo capaces de corregir el ritmo cardíaco de los niños nacidos con corazones silbantes. Pero Casimir era el único que anhelaba hacer retroceder la flecha del tiempo.

Lo logró una noche sin estrellas, cuando la culpa y la clarividencia tejieron juntas su última trampa. El taller, silencioso, fue espectador del matrimonio forzado entre física y alquimia. Una esfera de cobre, tres veces el tamaño de una cabeza humana, colgaba del techo por una cadena de hierro. A su alrededor, una maraña de espejos y lentes tallados, placas de plata recubiertas de fórmulas y símbolos antiguos, se levantaban como el esqueleto de una bestia extinta.

Encendió la máquina. Un zumbido bajo, como el latido de un corazón enfebrecido, llenó el cuarto. Casimir limpió sus gafas con manos temblorosas y murmuró a los dioses y demonios de la mecánica. Luego, entró al compartimento inferior, donde sólo él cabía. Cerró la trampilla, sintiendo el metal frío bajo los dedos.

Nadie sabe, ni los héroes ni los bardos, qué ocurre cuando la voluntad humana atraviesa la membrana del tiempo. ¿Se resquebraja la realidad? ¿Se dobla el mundo como papel húmedo? Para Casimir, fue como despertar de un sueño dentro de otro sueño. El zumbido se apagó; el olor a aceite quemado se desvaneció. Levantó la trampilla.

La luz del atardecer llenó el taller. Cervenka cruzaba la estancia, la bandeja en las manos. Irena iba a entrar. Todo estaba como antes, como se suponía. Casimir gritó, pero el sonido apenas se transformó en un jadeo. Su corazón dio un salto de dolor: ¿cómo advertirles sin revelar su terrible secreto? Si intervenía, ¿no lo condenaría todo a otra forma de desastre?

La historia puede cambiar formas, pero nunca apetitos. Casimir corrió, tropezó con la esquina de la mesa, y la bandeja de Cervenka cayó a sus pies en una tormenta de piezas. Irena, sorprendida, retrocedió; sus ojos, grandes y misericordiosos, recorrieron la escena. Y una parte de Casimir –la parte rota, desesperada– se arrodilló ante ella, apretando las piezas de cuarzo en los puños.

Nada sucedió. Irena se agachó, le rozó la mejilla y le sonrió como si todo fuera una broma. Cervenka, estupefacto, recogió el desastre balbuceando excusas.

Por un momento, esa delicada pausa que siempre dura menos de lo que prometen los poetas, Casimir creyó estar a salvo. La máquina había funcionado. Había torcido el destino. Irena estaba viva. Respiró hondo.

El tiempo, sin embargo, no es un río que se permita represar sin venganza. La primera grieta fue sutil: los relojes dejaron de funcionar. Las esferas colgantes avanzaban hacia atrás, los péndulos golpeaban contra el marco en direcciones contradictorias. El taller, al caer la noche, comenzó a temblar, como si el tiempo mismo se retorciera dentro de las paredes.

Irena, cada día, parecía más etérea, como si la luz se deslizara a través de su piel. A veces, al hablarle, Casimir tenía que tocarla para asegurarse de que existía. Ella no se quejaba. En sus ojos se acumulaba una tristeza antigua, la de alguien que conoce un secreto doloroso y no puede compartirlo.

"La noche tiene más segunderos de los que necesita", le decía con media sonrisa. "No preocuparse, Casimir. El tiempo siempre cobra lo que le pertenece".

La segunda grieta fue menos sutil. Cervenka, el ayudante, enloqueció. Murmuraba números en un lenguaje sin sentido, escribía nombres de días y fechas imposibles en las paredes, como si se hubiera convertido en amanuense de los relojes rotos. El resto de la casa enfermó: los criados olvidaron rutinas ancestrales, las puertas se abrían a cuartos que no existían. Los árboles del jardín florecieron en medio del invierno, se marchitaban al mediodía.

Casimir comprendió, finalmente, la enormidad de lo que había hecho. El tiempo, privado de su sacrificio, sangraba por todas las grietas del mundo. Irena vivía, sí, pero al precio de una vida cada vez más opaca, y la realidad alrededor de ambos estaba comenzando a perder el pulso.

Desesperado, acudió al gremio de relojeros supremos, los únicos que aún podían mirar el desastre con un profesionalismo naciente. Doy fe: no existe criatura más aterrada y peligrosa que un relojero enfrentado a la certidumbre de que el tiempo ha sido doblegado a capricho.

Le abrieron las puertas a regañadientes. Una sala llena de humo y miradas envejecidas más por remordimientos que por años. El decano, una mujer de rostro afilado y voz de jadeo, escuchó la confesión de Casimir con los párpados caídos.

"El tiempo", dijo ella, "no perdona, pero sí negocia. Todo pacto exige un pago. Si no es tu hora, será la hora de otros. El precio por tu Irena será cobrado en la memoria y en la carne de la ciudad. Ya lo estás viendo".

Casimir se arrodilló, suplicando un remedio. La decana escupió al suelo. "Deshaz lo hecho. Devuelve el tiempo al lecho que le pertenece. Vuelve a perder lo que debías perder". Le entregó un reloj de arena lleno de cristales oscuros; al caer el último, la ciudad sería irrecuperable.

Corrió a su taller, jadeando, la arena negra hipnotizando sus pasos. Vio a Irena dormida, tan hermosa como el recuerdo de toda la dicha nunca ocurrida. Le explicó, entre sollozos y fórmulas a medio recordar, que debía hacerlo. Que la amaba más allá de las horas, pero que el tiempo –ese amo insaciable– nunca aceptaría la felicidad robada.

Irena le besó la frente. "Tarde o temprano, todos volvemos al momento del costo. Hazlo, Casimir. Incluso los justos deben pagar su última hora".

Puso en marcha la máquina, por última vez. El zumbido asfixiante volvió. Todo perdió peso y color.

Abrió los ojos. El taller estaba vacío, la mesa cubierta de polvo, corredores llenos de ecos. Fuera, la ciudad suspendida en un crepúsculo sin fin. Irena no estaba. La máquina, rota por dentro, ya nunca más funcionaría. Los relojes volvieron a su compás normal, un nuevo equilibrio surgió, aunque hecho de soledad.

Un mes después, en la reunión de gremio, Casimir escuchaba los chismorreos templados por el miedo: rumores de una tormenta temporal, de una noche en que las estaciones se extraviaron y en que la ciudad nunca volvió a ser del todo la misma.

La decana le miró desde el otro extremo de la mesa. "El tiempo es un Dios hambriento. Los hombres olvidan. Los relojeros, nunca".

La historia termina así: Casimir, en el taller, a solas con sus relojes. Hay noches en vela en que cree escuchar, bajo el zumbido de los engranajes, el latir de un corazón conocido. Algunos dirán que fue su castigo. Otros, que sólo pagó lo que debía. Quién sabe. El tiempo es el único testigo de todo, y nunca devuelven el depósito.

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