Fragmento:
No pudimos protegerlos. Nadie podía. El verdadero virus era la fe insensata en la gestión. Cuando comenzaron las mutaciones espontáneas, no provocadas en laboratorios, sino detonadas por un mundo al límite, los doctores huyeron antes que los políticos. Nadie supo contener la catástrofe porque la catástrofe era la suma de todas nuestras arrogancias.
Duración: 08:34
Se cuenta, en las ruinas arrasadas de lo que fuera una ciudad, que el fin de la civilización llegó sin estruendo ni hongo atómico, pero también sin misericordia. Las noches, antes vividas bajo la custodia química de la luna, se sucedieron ahora en un crepúsculo perpetuo. Bajo ese cielo ceniciento, sólo quienes llevaban en su sangre la industria de la supervivencia podían aspirar a otro amanecer. Los demás, simples residuos de un ayer tan cándido como irresponsable.
Yo era —soy, sigo siendo mientras el relato pulse en mis sienes— uno de ellos. No de los supervivientes, no uno de los simples residuos, sino de aquellos cuyo destino fue decidido por un bisturí y un código genético alterado por diseño. La última versión del humano producida en serie: adaptable, eficiente, necesario. ¿Humano al fin? Quién puede decirlo. Los antropólogos murieron junto a la memoria.
La víspera del final fue exquisitamente irónica. Se promete la eternidad y sólo se obtiene la prisa. Las clínicas genéticas publicitaban sus catálogos de modificaciones, como si la vida fuera un menú y la carne antigua una prenda pasada de moda. Mejor alejarte del cáncer, de la miopía, del colesterol. Mejor elegir el tono de tus ojos, rechazar la calvice, adornar tu sistema inmunológico con escudos de uranio. Y, por supuesto, dudar de la vejez, ese fracaso evolutivo.
La humanidad no se arrojó en brazos de la destrucción. No. Se deslizó en ella, envuelta en la esperanza del progreso.
Recuerdo a la doctora Rigaud, nieta de refugiados, crecida entre la desconfianza hacia las promesas del futuro. Sus dedos recorrían los paneles táctiles con una precisión ajena al temblor emocional. Ojos oscuros, voz sin partitura. Ella orquestaba los últimos retoques al genoma de mi hijo antes del parto. —Habrá tormentas químicas —decía—. Tendrán que ser capaces de respirar hollín. ¿Quiere añadir la opción de reinicio pulmonar?—. Los padres solían aceptar; la cuenta bancaria temblaba, pero ¿cómo negar el porvenir a quien todavía no ha visto ni una hoja caer?
No pudimos protegerlos. Nadie podía. El verdadero virus era la fe insensata en la gestión. Cuando comenzaron las mutaciones espontáneas, no provocadas en laboratorios, sino detonadas por un mundo al límite, los doctores huyeron antes que los políticos. Nadie supo contener la catástrofe porque la catástrofe era la suma de todas nuestras arrogancias.
El calor subió tanto que los mares perdieron su orgullo en vapores amortajados. El aire, saturado de compuestos nunca previstos por los algoritmos de predicción, exigía adaptaciones inmediatas. Los viejos modelos genéticos fallaron en días. Se necesitaban parches, actualizaciones. Versiones nuevas del ser. El infierno de la obsolescencia aplicada al Homo sapiens.
Así sucumbieron millones. No por explosión ni radioactividad, ni virus. Por no poder reiniciar sus sistemas internos cuando el mundo, literalmente, cambió de versión.
Los niños nacidos tras la gran revisión, sin embargo, parecían florar entre las ruinas. Respiraban sin dolor entre gases corrosivos, sus órganos reciclaban toxinas como un rebaño rumiante mastica cardos. Eran bellos, en el modo en que lo es un mineral pulido por tormentas. Nosotros, los mejorados sólo hasta cierto punto, veíamos en ellos lo que quizá los dioses quisieron ser antes de inventar el arrepentimiento.
Yo era un tecnosacro. Así llamaban a los que nos habíamos ofrecido a la modificación adulta, no en la matriz sino bajo la promesa de una segunda vida. Nosotros, que no habíamos sido diseñados para el nuevo mundo, pagamos por la ruda cirugía genética: integración de órganos compuestos, neuroplasticidad artificial, reservas químicas. Nada era suficiente, pero todo era un poco mejor que rendirse.
Fuimos la primera línea, los conejillos de indias en el apocalipsis lento. Algunos enloquecieron de inmediato, abrumados por los retorcimientos de su propio cuerpo, órganos disputando el poder bajo la piel. Otros se fundieron con la ciudad; llegaron a alimentarse de asfalto, encontraron en la memoria de los residuos nueva poesía molecular. Y unos pocos —tal vez yo, si la modestia me lo permite— sobrevivimos: memoria de un tiempo antes, huesos y química del después.
Una noche, refugiado en la grieta de un edificio que alguna vez hospedó oficinas de inversión genética, vino a verme Safira. Su cráneo tenía el brillo pulido del titanio bajo la piel. Sus ojos, diseñados para soportar espectros ultravioleta extremos, me escudriñaron con la compasión de quien reconoce las grietas en otro sobreviviente. Su voz era un acorde fractal: —Dices seguir soñando con la marea—, susurró—. ¿Crees que recuerdas lo que era realmente el azul?
Negué. Mentí. Sí lo recordaba, pero en la memoria sólo hay dolor, nostalgia de lo irrecuperable.
—Vamos a la Catedral —propuso. Llamaban así al refugio subterráneo donde los tecnosacros nos reuníamos. Safira guiaba la marcha, su piel mutante repeliendo los gases que me escocían la garganta. Nos deslizábamos por cenizas, sobre huesos de plástico fundido, entre escombros donde la palabra "publicidad" todavía susurraba promesas rotas.
En la Catedral, los pocos que quedábamos encendíamos los restos de la vieja red eléctrica para proyectar sobre los muros un fresco mutable de lo que fue el pasado. Playas que no escaldaban. Montañas sin cicatrices. Risa de infantes en calles no tóxicas.
—Van a reiniciar el mundo —anunció Safira una noche. Un rumor, un código dispersado en la red, un protocolo escondido en los últimos servidores autónomos. —No para nosotros, claro. Un plan de siembra de restauración, una serie final de alteraciones genéticas; los nacidos de ahora serán capaces de soportar lo inmutable. No tendrán que cambiar nunca más.
Un silencio de piedad nos detenía. ¿Había esperanza en el conservadurismo biológico, después de todo? ¿No era esa, también, una forma de progreso? Admirar lo inmutable, lo fijo, en vez de vender cada célula al albur del cambio.
Pero la apuesta no era por la humanidad, sino por la eternidad del modelo. Y yo, como tantos, comprendí la ironía definitiva: el progreso infinito sólo deja al hombre, esa criatura maleable, un sitio en la catástrofe. No seremos recordados como héroes. Tal vez apenas como un mal cálculo; un interludio grotesco.
El hijo de Safira fue uno de los primeros en nacer bajo la nueva configuración: piel pétrea, órganos herméticos, psique blindada ante la desesperación. Su rostro no conocería la lágrima porque ya no sería necesario purgar la pena por los ojos. Lo miré, y supe que nada en el universo podría matarlo salvo el ocaso del sol. No diría nunca: “No puedo más”. Era la versión final, el objetivo de una historia escrita en laboratorios y firmada con las ruinas de ciudades.
Acompañé a Safira en lo que algunos llamaron la ceremonia de oblación. No había culto ya en la Catedral, ninguno salvo el del final. Los tecnosacros, quienes habíamos aceptado las modificaciones siendo ya adultos lúcidos, sabíamos que el futuro no nos tenía sitio. Era casi una liberación ofrecernos a cerrar el ciclo, dar paso a lo que vendría, aceptando quedarnos en las grietas del relato, figura inevitable del fin de los cambios.
Arrojaron nuestras historias digitales en las fosas donde alguna vez se acumuló oro. Recitaron nuestros nombres con el respeto reservado al desperdicio necesario. Y en la penumbra, mientras el hijo de Safira emergía entre las ruinas llevando inscrito en su genoma lo inalterable, sentí el estremecimiento de la ironía última.
Puede que la historia humana no sea, después de todo, una sucesión de victorias, sino la lenta construcción de nuestra propia obsolescencia. Nosotros, los mejorados, los adaptados, habíamos atestiguado el fin de los sueños de plasticidad. En adelante, sólo habría sistemas cerrados, cuerpos blindados, mentes sin memoria de un mundo mejor. Extirpar el dolor, el deseo de cambio, era su modo de sobrevivir.
Y mientras el sol se alzaba pálido sobre los paisajes devastados, supe que mi historia era justo la necesaria: el gesto final de Icarus, quien amó tanto el cielo que se ofrendó como testimonio de la caída.
Quizá así, en los intersticios del olvido, resista la última semilla: la tentación del cambio, la nostalgia de otra carne posible.
Porque donde quede un relato, donde arda una chispa de insatisfacción, el apocalipsis no será completo del todo.
No aún.
No mientras alguien recuerde el azul.
Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.