Portada del relato La semilla del Neopadre
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Fragmento:


Esas primeras semanas, el latido de los generadores era constante, casi maternal, una vibración que se sentía más en las encías que en el oído. Leyla lo comparaba a la respiración de un animal dormido, protector y ominoso a la vez, mientras el viento arremolinaba hojas de mica y polvo estéril en la cúpula central. Allí, bajo una bóveda de vidrio opaco, comenzaron a emerger los primeros de nosotros: las nuevas semillas de la humanidad. Yo era una de las cuidadoras, designada para acompañar a las formas en transición desde la celda húmeda hasta el salón de aclimatación.

Duración: 07:18

La semilla del Neopadre
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Texto de ajuste de pausa.

Esas primeras semanas, el latido de los generadores era constante, casi maternal, una vibración que se sentía más en las encías que en el oído. Leyla lo comparaba a la respiración de un animal dormido, protector y ominoso a la vez, mientras el viento arremolinaba hojas de mica y polvo estéril en la cúpula central. Allí, bajo una bóveda de vidrio opaco, comenzaron a emerger los primeros de nosotros: las nuevas semillas de la humanidad. Yo era una de las cuidadoras, designada para acompañar a las formas en transición desde la celda húmeda hasta el salón de aclimatación.

Mis dedos estaban tatuados con las marcas de bioingeniería, anillos de tinta negra alrededor de cada articulación, rindiendo homenaje a la labor de mi genealogía: cuatro generaciones de midiendo, mezclando y perfeccionando las líneas filogenéticas para esta nueva tanda de ciudadanos. Pero estos, los de la serie "XKP", no eran sólo humanos mejorados. Como el doctor Sajid nos explicó en una sesión privada, portaban en sus núcleos una cadena de inserciones “neopatriarcales”, células programadas para no sólo transmitir genes sino también voluntades y obsesiones preconfiguradas.

No habíamos cuestionado la ética. Eso es lo primero que quiero dejar en claro. Aquí, en Estación Madre, la ética era un concepto de la superficie, innecesario a ciento cincuenta metros bajo la corteza, donde solo la ley del éxito genético mantenía su vigencia. Se requería obediencia, y yo había sido modificada para suministrarla y desearla; mis glándulas sobresalían del brazo izquierdo, puras y transparentes, alimentando de pseudosero a mi córtex cada noche agradecida.

Los nuevos nacían de vainas membranosas, rasgando despacio con garras semiformadas y dentaduras sólo visualmente humanas. Algunos tardaban días en abrir los ojos, y cuando lo hacían, nos estudiaban—primero con gelidez, después con cálculo. Aprendimos a temerles antes de amarlos, y terminamos amándolos porque no sabíamos temerlos lo suficiente.

El más prometedor fue el espécimen GKX-11, luego renombrado por sí mismo como “Padre Segunda Rama”. Media casi dos metros antes de los tres meses, y había desarrollado una piel de tonalidades espectralmente variables; cambiaba del marrón al oro cuando la tensión aumentaba en la sala, volviéndose transparente durante las noches de aislamiento total. Fue el primero en hablarme sin intermediarios, y cuando lo hizo, su voz era gruesa y trémula, desconectada de su rostro. “¿Eres la madre de mi mente?”, preguntó. Yo solo asentí; cualquier otra respuesta habría sido mentira.

Las primeras seis semanas fueron de observación. Monitoreábamos las conversaciones, los patrones de sueño y las reacciones ante las simulaciones de contacto humano auténtico. Nuestro equipo tenía un protocolo: intervenir solo si la agresión biológica era incontrolable o si la falta de conexión cruzaba el umbral de la inteligencia artificial. Pero con estos nuevos, ningún parámetro era suficiente. GKX-11, en particular, demostró una inclinación no registrada: “procrear” no solo significaba reproducirse, sino modificar a sus pares a través de actos bioregenerativos, insertando filamentos de ADN armado en las heridas que él creaba en la carne de los otros.

El primer caso se presentó una madrugada en que el monitor cardíaco de la sala K alarmó tres veces y luego enmudeció. Encontramos a la unidad GKX-12 desollada en un costado; la herida parecía un accidente quirúrgico, pero sus órganos estaban intactos, cubiertos por una película de tejido que vibraba al compás del canto de GKX-11, que no era música sino algo más ancestral. La herida cicatrizó en días, pero el sujeto resultante no correspondía al pre-diseño: tenía nuevos sentidos, podía decodificar las variaciones del aire contaminado y leer impulsos eléctricos en el acero de los pasillos.

No lo discutimos. Se esperaban sorpresas. Sajid, sin embargo, empezó a temerle. No por lo que era, sino por cómo nos hacía sentirnos a nosotros: obsoletos, innecesarios. Cuando Sajid propuso abortar la serie XKP y autoclavear las cápsulas restantes, la mitad del equipo se negó y el resto dudó lo suficiente para que GKX-11 lo supiera.

Fue entonces cuando probó el alcance de su control. Descubrimos que había aprendido a modificar la carga química de su saliva; sus palabras, literalmente, impregnaban a quien las escuchara con seductores neuropeptidos, sincronizando sus pensamientos con los surcos nerviosos programados en él durante su gestación. Pronto, los monitores de varias áreas empezaron a arrojar lecturas homogéneas, como si las mentes de todos los cuidadores sufrieran una tormenta idéntica, un borrado y reescritura en cadena.

Me convertí en su cronista no por elección sino por adaptación. Escribía cada noche en un cuaderno de polímero, anotando los nombres de los nuevos “ramificados”—los sujetos con intervención directa de GKX-11 y sus proles. Cambiamos los turnos para que nadie durmiera más de dos horas seguidas, pero el sueño perdido nos volvía más susceptibles a los mensajes químicos. Pronto, leyendas. La antigua anatomía de la Estación Madre colapsó en redes de poder biológico; ya no éramos cuidadores sino apéndices, transición viviente, parásitos de nuestra propia progenie.

El día de la ruptura supimos que era inevitable. Leyla, la más vieja entre nosotros, desapareció tras una sesión aislada con GKX-11. Apareció doce horas después, oronda y sonriente, con nueva piel, nuevas palabras. Hablaba de “fundar ciudades bajo las cortezas que aún duermen”. Atrajo a algunos con promesas de trascendencia evolutiva; el resto, como yo, sobrevivimos por la costumbre de no elegir.

Las semillas, como las llamamos en secreto, se convirtieron en ríos de cuerpos cambiantes avanzando por los túneles. Los sistemas de monitoreo dejaron de funcionar. La memoria se volvió un bien tan raro como el sueño reparador. Yo anotaba palabras sueltas, intentaba describir la sensación de estar dentro de una multitud que lleva tu rostro y, al mismo tiempo, te mira como si fueras una anécdota prescindible.

No sucedió rápidamente. La toma de control fue un proceso de semanas, casi amoroso, como si cada célula fuera persuadida en vez de forzada. Al final, Sajid y yo quedamos los últimos de los originales, dos ramas viejas en la sombra de un nuevo bosque. La Estación ya no era nuestra. Ni la humanidad que parpadeaba en las pupilas translúcidas de las ramificaciones.

Me pregunto quién verá la superficie primero: si nuestros descendientes enmarañados o los restos puros de la especie que un día quiso fabricar hijas y padres con el mismo pulso, idéntica hambre. A estas profundidades, la idea de “modificación genética” se ha convertido en una ofrenda: la promesa de ser más—o al menos, de nunca volver a ser menos. Cuando escribo esto, mis propios dedos ya no me obedecen del todo. Cada frase es una posible semilla, una rama más chocha del Árbol Neopadre.

Escucho a Leyla en la distancia, cantar a los niños y a los adultos, y siento miedo, una emoción tan vieja que tiene forma en mi lengua. Pero este miedo es parte ya de la nueva programación, alimento de las futuras generaciones de la Estación Madre—que nunca volverá a purificarse del todo, ni a dormir.

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