Fragmento:
La segunda ola llegó cuando los niños comenzaron a reproducirse entre sí. Reproductores automáticos, los llamaban sarcásticamente en la universidad. En las fiestas, era normal preguntar si alguien era de "primera" o "segunda edición". Los de segunda edición tenían mejoras impredecibles, combinaciones que ni los propios bioingenieros sabían cómo lidiar. Algunos presentaban destellos de genialidad en campos rarísimos, como la topología abstracta o la interpretación de sueños, mientras otros desarrollaban defectos invisibles, como súbitas crisis de soledad abismal o insomnio crónico.
Duración: 09:23
Es difícil saber exactamente cuándo dejaron de ser humanos y comenzaron a ser otra cosa. El cambio fue sutil, como la nieve que cae durante la noche. Por la mañana, la ciudad no era la misma. Un día, la gente solo tenía alergias, luego era asma, y muy pronto los noticieros hablaban de mutaciones con la naturalidad con la que se comentan los atascos de tráfico.
La primera vez que los vi, tenía 46 años y ya era demasiado tarde para mí. Dos niños caminaban frente al café en el que leía el periódico. Sus ojos tenían un extraño reflejo, demasiado profundos, como si guardaran toda la tristeza y la comprensión del mundo. Sonreían de más.
Los adultos se rehusaban a mirar a los modificados a los ojos. Costumbres ancestrales desarrolladas de la nada, como la forma en que las personas evitaban mirar fijamente los accidentes de tráfico. La primera generación de niños modificados genéticamente había crecido lo suficiente como para perder el anonimato de las aulas especiales y los institutos de biotecnología, y ocupaban ahora la acera junto a nosotros.
La modificación genética había comenzado de manera inocente. Corrección de enfermedades hereditarias, mejoras mínimas en el sistema inmunológico. Luego vinieron los perfeccionistas: padres que deseaban lo mejor para sus hijos. Lista de deseos: coeficiente intelectual elevado, habilidad artística, resiliencia emocional. Se implementaban con la habilidad de un chef preparando un menú para comensales exigentes. Pero el genoma no es un restaurante, y la biología no es servicio a la carta. El "síndrome del diseñador" lo llamaban: niños con ojos brillantes, lenguajes incomprensibles a los diez años, juntos en parques, mirándose las palmas de las manos y riendo solos, como si vieran espectros.
Al principio, las agencias reguladoras intentaron detener el flujo de mejoras. Se revocaron licencias, se inspeccionaron laboratorios clandestinos. No podían detener la economía paralela del futuro: padres desesperados, consultores genéticos sin ética, programadores de biohackeo que personalizaban el código embrión a embrión. Pronto surgieron clínicas en países vecinos, anunciadas en internet por luminarias en cuentas privadas, y cientos de miles siguieron el rastro. Un periodista escribió que medio país se estaba modificando a escondidas, mientras el otro medio lo hacía a mano alzada en clínicas privadas.
Viví esa primera ola como un espectador renuente. Médico retirado, divorciado, con suficiente dinero para elegir mi soledad. En la televisión, se sucedían debates entre bioeticistas y filántropos. En la calle, algunos niños crecían más rápido, aprendían idiomas por osmosis, otros tenían piel resistente al cáncer de sol. Los prejuicios se polarizaban: algunos veían en ellos a la salvación de la especie, otros, el fin del Homo sapiens. La mayoría éramos simplemente indiferentes, o al menos eso pretendíamos.
La segunda ola llegó cuando los niños comenzaron a reproducirse entre sí. Reproductores automáticos, los llamaban sarcásticamente en la universidad. En las fiestas, era normal preguntar si alguien era de "primera" o "segunda edición". Los de segunda edición tenían mejoras impredecibles, combinaciones que ni los propios bioingenieros sabían cómo lidiar. Algunos presentaban destellos de genialidad en campos rarísimos, como la topología abstracta o la interpretación de sueños, mientras otros desarrollaban defectos invisibles, como súbitas crisis de soledad abismal o insomnio crónico.
Los adultos, abrumados, aceptaban a regañadientes que los modificados tomarían las riendas del mundo. Sin embargo, algunos modificados comenzaron a rebelarse contra sus padres. Empezaron a escribir manifiestos filosóficos, argumentando que la humanidad estaba experimentando un genocidio autoinfligido, reemplazando su linaje con versiones de laboratorio. "Nacimos sin alma", decían. "¿De verdad creen que pueden elegir lo que seremos, como si fuera cuestión de capricho?"
Había leído esos manifiestos con curiosidad distante, sin pensar que algún día me vería cara a cara con uno de sus autores. Lilith —ese era su nombre de guerra— apareció en mi consultorio una tarde, buscando, dijo, "el testimonio de un hombre antiguo". Fue cortés, incluso divertida. Decía que quería saber cómo nos sentíamos los intérpretes de la vieja partitura, los que nunca habíamos tenido opción de ser otra cosa que nosotros mismos.
—¿No le parece extraño? —preguntó mientras examinaba mis diplomas antiguos—. ¿La idea de que a la gente la esculpen, la programan para ser lo que alguien más quiere?
Me encogí de hombros. Tal vez porque nunca había conocido la alternativa.
Ella sonrió, pero sin alegría. Era una de esas sonrisas largas, que parecen iluminar todo menos los ojos.
—¿Sabe?, todos nosotros llevamos una especie de enfermedad —dijo, apretando las palabras entre los dientes—. No somos del todo de aquí. Hay noches en que sueño en otros idiomas, en otras geometrías. No existe palabra para la nostalgia por algo que nunca existió. Los antiguos griegos estarían fascinados.
Le ofrecí café. Lilith aceptó, sólo porque le fascinaba la ceremonia de las máquinas de espresso manuales, "tecnología prehistórica", la llamó con una reverencia teatral.
—Quizás la humanidad fue solo una etapa, como lo fueron los trilobites —sugirió mientras me miraba mover la palanca—. Ahora nos toca a nosotros decidir qué historia contar.
—¿Y cuál eligirán? —pregunté, siendo sincero.
No me respondió. Su silencio era tan elocuente que tuve que morderme la lengua para preguntar si también habían modificado su capacidad de amar, de sentir apego.
Después de la visita de Lilith, busqué sin éxito sentido en las viejas noticias. Decían que en algunos países los "originales" comenzaban a recluirse. Aparecieron religiones improvisadas que predicaban la "pureza del genoma", mientras que los modificados fundaron comunas donde podían desarrollar capacidades sin el estorbo de la empatía forzada.
Las ciudades se organizaron según líneas invisibles. En mi edificio, los niños se reían de los vecinos que todavía necesitaban abrigos gruesos en invierno. Los restaurantes abrieron menús específicos para intestinos mejorados. Los bancos genéticamente modificados florecían en el centro, promoviendo inversiones de largo plazo —muy largo plazo—; la esperanza de vida prevista para la cuarta generación era de ciento cuarenta años.
No era todo brillante. Las fiestas de los modificados terminaban algunas veces en salas de urgencias, por reacciones imprevistas al mezclar capacidades nuevas con gustos viejos. Una vez, un joven con memoria eidética intentó olvidar algo bebiendo hasta el desmayo, y terminó en un vagón de tren, sin recordar de dónde venía ni adónde iba, pero sí cada letra del Código Penal.
Mientras el antiguo mundo se licuaba lentamente, yo cultivaba la afición por los parques. Observaba a los niños jugar a inventar universos, discutían la posibilidad de reemplazar el lenguaje con secuencias de color y gestos silentes. Algunos trataban de modificar animales, cruzando perros con luciérnagas, obteniendo cachorros que destellaban en la oscuridad.
Pasaron los años. Si acaso la posteridad buscará una moraleja en la historia del Homo sapiens, tal vez será esta: somos lo que deseamos, pero deseamos muy mal. No podíamos dejar de tocar los hilos del destino, incluso sin entender el telar. Los nuevos humanos vivían entre nosotros, siempre al borde de la incomodidad, como miembros de una orquesta que solo a veces toca la misma partitura que el público.
En el ocaso de mi vida, me encontré rodeado por modificados. Los ancianos como yo éramos reliquias vivientes, tratados con una mezcla de ternura y compasión. Había museos de experiencias humanas no modificadas: espacios donde uno podía sentir miedo genuino, deseo espontáneo, dolor y pérdida sin mediación chromosomal. Los jóvenes se acercaban, observando con curiosidad cómo nos reíamos, cómo platicábamos, como quien estudia animales antiguos.
Lilith a veces volvía, ya no buscando respuestas sino ofreciendo consuelo. Me decía que, en cierto modo, sentía envidia por mi falta de opciones, por la libertad de la limitación. Le hablé entonces de la felicidad modesta y del terror sencillo de mi infancia, cosas que su inteligencia abrumadora nunca llegaría a sentir del todo.
El último invierno, la ciudad se llenó de esferas flotantes: drones orgánicos diseñados para limpiar el aire de nanopartículas, pero también para “recoger información emocional", según los periódicos. No supe nunca para quién.
Un día, caminando por el parque, vi a Lilith sentada sola, bajo la luz temprana. Me acerqué, no sin esfuerzo. Ella me observó largo rato, y pronunció, sin abrir la boca, una palabra imposible. No sé cómo la entendí. Era el eco de una nostalgia antigua, el último regalo de una especie a punto de extinguirse. En ese momento, supe que los nuevos humanos, a pesar de todo, también sentían soledad.
Quizá la única modificación genética que necesitábamos no estaba en el genoma, sino en el corazón, en esa capacidad ingenua de sentir asombro y dolor, la cruel y maravillosa herencia de los antiguos humanos. Pero, para entonces, ya no había a quién decírselo. La ciudad, blanca bajo la nieve, guardaba el secreto en silencio.
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