Portada del relato Fantasmas de Viridia
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Fragmento:


Hoy, al abrir el protocolo matutino, una advertencia pulsaba en el borde de su visión:

Duración: 09:34

Fantasmas de Viridia
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Texto de ajuste de pausa.

El sonido de las campanas nunca se oía dos veces de la misma manera en el Trono Vestibular de Viridia. A veces vibraban como agua sobre pizarra, otras veces rozaban la piel con la suavidad de un sueño no recordado al despertar. Nadie las veía. Nadie, salvo quienes compartían la misma sangre retocada, quienes llevaban en sus genes la impronta del más reciente linaje imperial: decodificadores de realidad y memoria.

Ysinier, vigía de la dinastía Hantari, caminaba a través del vestíbulo como quien desliza una máscara sobre su propio rostro, atento a la vibración del entorno. No había paredes que contuvieran su avance, solo arcos de luz flotando, tallados por algoritmos de eternizado arte. Los ojos de Ysinier, grandes y lijados en negros delanteros para lucir la mirada felina de sus ancestros, no veían la sala; la sala era descifrada directamente por los impulsos eléctricos de su córtex cerebral, modulados milímetro a milímetro en la infancia, cuando las nanomáquinas tejieron los intrincados circuitos de su percepción.

A su paso, los cortesanos se disolvían en hilos de color y perfume, hipo-visibles, adaptativos, escogiendo qué parte de sí mostrar y cuál dejar a la irrealidad. Los servidores, por su lado, eran poco más que sombras afiladas: sus genomas recortados al mínimo legal para servir sin quejas, sin memoria. Uno de ellos le rozó el brazo y, durante un instante, la realidad de Ysinier titiló.

La modificación voluntaria ya no era apuesta, sino destino obligado desde una docena de reinados atrás. De no alterarse, uno quedaba fuera: del poder, de la historia. Todo cambio era mapa y armadura en el laberinto de la Corte. Pero, después de tres años navegando la RV imperial, lo real y lo simulado se volvían partes similares de un veneno ambiguo.

Hoy, al abrir el protocolo matutino, una advertencia pulsaba en el borde de su visión:

INTRUSIÓN EN LA RED DE RECUERDOS. IDENTIDAD: NO CLASIFICADA.

Se detuvo junto a una de las fuentes ornamentales. El agua no debía tocarse —ni siquiera existía— pero el roce mental de la fuente le envió un destello de datos. Sus propios recuerdos, archivados en la red genética imperial, tejían un tapiz de infancia, traiciones a medias, risas bajo cielos falsos.

La advertencia seguía allí. Vibrante. Apremiante.

Cruzó el vestíbulo rumbo a la sala de Consejo. El salón flotaba en la misma niebla abstracta de la RV, escorzo de tronos y biolámparas moldeadas en hilos dorados. En cada silla: uno de los herederos o sus avatares-escudo. Todos modificados al instante: piel camaleónica, voces que se modulaban según la presencia, sentidos aumentados o granulares, según el juego de alianzas de la jornada.

Lady Tahlil lo vio llegar. Su silueta era de ónice reluciente, apenas sugerida, pero sus ojos eran mapas de constelaciones de datos.

—Ysinier —dijo, empleando la telepatía cifrada de la dinastía, una modificación genética reservada a sangre imperial—, hay un problema con la línea de sucesión virtual. Una presencia ajena. Sospechamos que se ha plantado un falseador en la matriz de recuerdos compartidos.

Él se inclinó. Sintió, justo debajo del manejo preciso de su código genético, una especia incómoda: miedo primigenio, residual de genes muy anteriores al dominio digital.

—¿Rastreo o confrontación?

Tahlil alzó una ceja perfeccionada —una línea de oro líquido como un algoritmo precioso.

—Ambos. Y tú eres el único que puede ingresar sin romper las reglas del Trono. Vete preparado.

La Corona Virtual se le impuso encima segundos después, en cuanto aceptó. No era un objeto físico, sino una red atada a sus neuronas, un milenario prisma de recuerdos y recuerdos de recuerdos, debidos a las manos invisibles de generaciones de geneticistas imperiales.

La RV Imperial era un teatro donde se dirimía la verdad del linaje tanto como en la carne, quizá más. En su centro, el Palacio de los Ecos Reales, una arquitectura de posibilidades ramificadas, con sus propias sombras y espejos imposibles.

Nada más llegar, el piso se abrió a sus pies, pero Ysinier sabía lo que hacía: fluyó a través del vacío, acumulando las partículas desmenuzadas de su yo, fortalecido por la amalgama caprichosa de su herencia y sus mejoras.

Allí, en el núcleo de Rividia, se alzaba la silueta: un intruso. Apenas humano, pero vestido con las mismas alteraciones de la corte: iris circulares, líneas pupiladas como circuitos, cabello de neón, la síntesis exacta de la belleza prescrita por el protocolo imperial.

El escaneo interno fue inmediato. Este ser compartía el 89% del genoma estándar de la familia, pero el restante era contaminación. Ysinier moduló su voz genética.

—¿Quién eres? ¿Qué memoria has venido a robar?

El intruso sonrió: era una sonrisa aprendida, no sentida, la imitación de una vieja emperatriz, copiada de vídeos de archivo. —Yo no robo. Solo reclamo. La realidad virtual es solo la proyección tardía de un derecho nacido en la carne.

Las palabras le atravesaron con docilidad, pero en la mente de Ysinier provocaron un zumbido secundario: un eco de verdades enterradas. Se movió, desvaneciéndose, y luego reconstruyéndose a diez metros, en la galería de retratos de ADN imperial. Cada cuadro era una letanía de logros: una guerra ganada, una traición aceptada, una mutación adquirida. Ahora, todos parpadeaban con la presencia de la anomalía.

—La realidad —dijo el intruso—es el primer imperio. Nadie escapa a su carne, aunque la adorne y la niegue. Pero esta dinastía ha olvidado, y yo he venido a recordárselo.

Ysinier reunió todo el poder de su voz genética. Cambió sus recuerdos personales en datos lanzados como lanzas hacia la entidad. Imágenes de su madre, de la cirugía que lo convirtió en lo que es, del primer beso bajo las luces de la RV, aún adolescentes y no enteramente humanos. Al hacerlo, apreció algo: el intruso no retrocedía, sino que asimilaba cada recuerdo, los absorbía visceral y virtualmente, como si cada memoria suya confirmara la legitimidad de su presencia.

—¿Qué eres? —exigió.

El otro se alzó, multiplicando su silueta en docenas, cada una destilando un aspecto distinto de la familia Hantari: el primero con improbables ojos violeta, la princesa del cuello trenzado en piel de zafiro, el falso rey de los cuentos para impresionar a niños.

—Soy quien debía haber sido heredero —respondió la entidad—, pero la carne fue corregida antes de tiempo. Ustedes, con sus tijeras genéticas y sus filtros de verdad conveniente, olvidaron una rama, ocultaron una línea. Yo, nacido de la carne imperfecta, preservé el derecho que despreciaron.

La sala era ahora una espiral de datos y recuerdos. Ysinier, durante un segundo, vio la verdadera memoria del intruso: un niño de la corte, abortado genéticamente por orden imperial al detectar una "imperfección" en su ADN; pero alguien, en un acto de rebelión, descargó su conciencia incipiente, guardándola como un fragmento en la RV, un fantasma esperando crecer en la niebla de los datos.

Al comprender todo, Ysinier sintió que las nanomáquinas que modulaban sus emociones buscaban asfixiar la compasión, preprogramadas para no dejarlo flaquear ante traición o debilidad. Pero el sobresalto era demasiado fuerte. El imperio había creado su propio heredero proscripto, y él, Ysinier, era ahora juez y verdugo de un crimen antes de su propia era.

El intruso avanzó. El aire virtual olía, súbitamente, a jazmín y sangre, memoria olfativa de las antiguas traiciones. —Dame tu mano. Devuélveme la carne. Yo añado todos mis recuerdos a los vuestros. Sabrán lo que desterraron.

La oferta era una integración: fusionar a ese fantasma con los genes de Ysinier, dar vieja sangre y memoria a cambio de poder, asumir en la dinastía la herida y el error.

El protocolo imperial zumbaba en las fibras de Ysinier: ‘Integridad ante la amenaza’. Su deber era eliminar la anomalía, purgar la red. Ysinier, sin embargo, sentía ya la grieta abierta. ¿De qué servía el linaje, si no podía sumar el error y aprender de él? ¿De qué el poder, si la realidad virtual era una máscara sobre la memoria ausente de las víctimas del orden?

Con voz baja, sin adornos, le habló al intruso —al hermano nunca nacido, al eco genocida de la dinastía—:

—Entrégame tu recuerdo. Te prometeré la carne, pero a mi modo. No serás heredero esta vez, pero serás memoria; la rama imperfecta sostenida por el tronco.

Extendió la mano. El intruso, fragmento y resentimiento, aceptó. El contacto fue fuego y hielo: Ysinier sintió la avalancha de recuerdos ajenos, las emociones prohibidas, los terrores de haber existido solo a medias, y al final, el alivio.

Todo terminó en un suspiro. De vuelta al vestíbulo, con los ojos enturbiados, Ysinier sintió el cuerpo pesado, el código cambiado. Ahora, entre los impulsos de su propio genoma, otra secuencia palpitaba: impar y errante, rama de sombra aceptada.

Cuando Lady Tahlil le preguntó por el informe, Ysinier solo replicó:

—Reescribí la genealogía. El imperio ya no olvidará sus fantasmas.

Y en sus pupilas genéticamente mejoradas, una nueva bruma de compasión fragmentada reflejaba la única victoria posible: dejar que los errores sobrevivan, tan reales y necesarios como el poder.

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