Fragmento:
Al otro lado había una habitación circular, hecha de espejos viejos. Los cristales, algunos rajados hasta la médula, reflejaban no sólo a Regina, sino a Regina de otras edades, vestidos, heridas. Una niña de coletas sonrientes. Una mujer embarazada. Una anciana con rostro de cristal. Cada reflejo la observaba con una atención letal, como si juzgaran cuál de todas tenía derecho a estar allí.
Duración: 08:52
En el corazón trasnochado de Esthalo, donde las luces de neón compiten con un cielo abrasado de polución, la mayoría nunca notaría la puerta azulón que no debía estar allí. No tenía pomo, ni bisagra visible, ni siquiera el habitual grafiti obsceno. Según el registro municipal, la Calle Mandrágora sólo tenía portales numerados hasta el 115. Pero cada tercer viernes, entre la 1:30 y las 1:47 de la mañana, aparecía encajada entre el 103 y el 105, como un error que el tiempo aún no había corregido. Los que la veían solían apartar la vista; ojos que arriesgan entenderlo todo no suelen durar mucho tiempo en Esthalo.
La primera vez que Regina Cos juga vio la puerta, no se detuvo. Llevaba semanas sin dormir bien, su trabajo en la clínica de insomnio apenas le permitía distinguir los delirios propios de los ajenos. No reparó en el brillo mate de la manija de nácar -la manija que “no” existía- ni en el escalofrío que recorre el espinazo cuando algo imposible se cuela en la realidad. Seguía adelante, apretando la chaqueta de segunda mano y ensayando mentalmente la forma más diplomática de pedirle a su jefe menos horas de guardia.
La noche siguiente, tuvo pesadillas con relojes que chorreaban mercurio. A la tercera, dudó tanto de su insomnio como de su cordura.
Pero la cuarta noche, la puerta azulón no sólo la saludó; brilló. Literalmente. Un resplandor gélido y terso se filtraba por sus bordes, y la ansiedad que le embotaba el pecho se desintegró en una súbita y, extrañamente, reconfortante curiosidad.
Era el último viernes de mes. Entre las 1:30 y las 1:47 am. Regina decidió que si la puerta seguía allí, la abriría.
Por alguna razón jamás se preguntó si la llave ya estaba en su bolso, ni cómo su chaqueta ahora parecía haber pertenecido siempre a esa noche, a esa calle. Arrastrada por una certeza antigua como el miedo, extendió la mano y empujó la puerta hacia adentro.
Nada de lo que había aprendido sobre trastornos temporales, ni su obsesión infantil con las paradojas, podía haberla preparado.
Al otro lado había una habitación circular, hecha de espejos viejos. Los cristales, algunos rajados hasta la médula, reflejaban no sólo a Regina, sino a Regina de otras edades, vestidos, heridas. Una niña de coletas sonrientes. Una mujer embarazada. Una anciana con rostro de cristal. Cada reflejo la observaba con una atención letal, como si juzgaran cuál de todas tenía derecho a estar allí.
En la sala, en el centro exacto trazado por los ángulos de los espejos, había una mesa muy, muy antigua. De roble ennegrecido, tallada con glifos que Regina reconoció y olvidó al instante. Y allí, sentado con la serenidad de una carnicería bien llevada, un hombre pálido, elegante en un traje gris plateado. No tenía edad discernible ni género firme; era, decididamente, alguien que se podría haber inventado el tiempo mismo.
—¿Eres la última o la primera?—dijo el carnicero de horas, señalando la silla frente a él.
—¿La última o la primera qué?—preguntó Regina, eligiendo la franqueza como su única defensa.
—De tus posibles. De tus variantes. Necesito saberlo antes de que corte la próxima rebanada.
El carnicero blandió una larga y fina cuchilla, cuya hoja sólo era visible si no se le miraba directamente.
—¿De qué se supone que me estás salvando?—dijo Regina, mientras sus reflejos parpadeaban, multiplicándose o desapareciendo al compás de su duda.
—Oh, eso depende de la versión—musitó el carnicero—. Algunas de ustedes desencadenan pandemias. Otras impiden nacimientos cruciales. Hay una Regina que nunca aprendió a mentir, y, por ello, nunca pudo crear la Gran Disculpa en 2042. Otra inventa la prisión para sueños. Todas consecuencias irreversibles.
Regina se sentía multiplicada. “¿Hay alguna que simplemente siga adelante?”, preguntó.
—Por supuesto. Esas son las peores.
El carnicero partió la atmósfera con el filo invisible.
—¿Puedes explicarlo?—la Regina anciana en el espejo preguntó, aunque su boca no se movía.
—El tiempo no es un río. Es una carnicería—respondió él—. No puedes rebobinarlo ni hacer que toda la sangre vuelva a las venas. Sólo puedes elegir qué trozo servirás hoy, cuál se mantendrá en la nevera para mañana. Cada Regina que pasa, se convierte en potencial. Mi trabajo es reducir el desperdicio. Pocos entienden la elegancia del corte preciso.
En ese momento, las versiones posibles de Regina dejaron de moverse en los espejos. La sala se volvió, de alguna manera, aún más fría. Una Regina, de cabello azul y ojos llenos de asombro, dio un paso adelante. “¿Y qué es de nosotras?”, preguntó sin voz.
—Existen, en sombras—el carnicero se encogió de hombros sin una pizca de compasión—. Hay mundos donde jamás nacerán. Ustedes serán los susurros en la espalda. Los errores en fotos familiares. Los recuerdos de algo que no viviste pero aún extrañas.
Regina, la original -o al menos, la que allí respiraba en carne y hueso-, comprendió que su elección no era sólo entre seguir adelante o retroceder. El corte no sería sólo suyo; dividiría la ciudad, la noche, tal vez las mismas estrellas.
—¿Y qué pasa si me niego? ¿Si ninguna Regina acepta esto?
El carnicero los miró a todos. Las variantes temblaban en las superficies polvorientas.
—La carne se echa a perder. El tiempo podrido atrae criaturas peores que yo. Yo al menos soy limpio.
La amenaza no era directa. Era inevitable.
Regina se sentó, probó el respaldo duro de la única silla frente a la mesa y ladeó la cabeza.
La niña en el espejo le sonrió. La anciana levantó un dedo, para advertirle del precio de la sabiduría.
—¿Cuál es la pregunta que debo responder para que puedas hacer tu corte?—preguntó.
El carnicero paseó la hoja de su cuchillo a centímetros de la mesa.
—Elige el momento exacto que quieres olvidar. Yo haré el resto. El corte decidirá qué futuro tendrá Esthalo.
Aquí están las paradojas: si Regina olvidaba cuándo fue feliz, podría dejar de buscar la felicidad. Si olvidaba su peor duelo, tal vez nunca amaría de nuevo; pero también evitaría la próxima catástrofe. Si olvidaba la existencia de la puerta azulón, podría acabar toda esta escena; aunque, ¿no acabaría volviendo tarde o temprano?
“Olvida la noche en la que fallaste en salvar a tu madre”, sugirió la Regina llorosa.
“No. Olvida la promesa rota antes de marcharte a la universidad”, susurró la joven angustiada.
Una tras otra, las posibles Reginas ofrecían recuerdos, como tributos a un dios pequeño y cruel. Regina se sintió abrumada por una ternura agria: tantas veces, la misma mujer, tropezando en los mismos charcos. Tanta repetición para qué, si el corte sería igual de limpio.
Habló por todas ellas: —Quiero olvidar el momento en que me pregunté si valía la pena tener esperanza.
El carnicero de horas la miró, arqueando apenas una ceja.
—Interesante. La única elección imposible de recortar.
La hoja se deslizó sobre la mesa —o tal vez, sobre la ciudad misma—, y con cada segundo, los espejos comenzaron a opacarse. Las otras Reginas se desvanecieron, no en un estallido de luz ni en tragedia, sino como un suspiro extinguiéndose en el invierno.
Regina sintió un ligero vacío en el centro de su pecho. Como si la hubieran extirpado el órgano donde duermen los futuros no vividos.
El carnicero se inclinó, satisfecho. De la mesa emergió una vasija de cristal, donde lo olvidado brillaba, tumultuoso e indescifrable. Lo que era dolor dejó de tener nombre. Y el tiempo, quizás más limpio, pero también más frío, giró unos grados su eje.
Ya no era plena la sensación de déjà vu que acosaba a Regina. Salió de la habitación circular y cruzó la puerta azulón, que desapareció a su espalda en cuanto tocó el aire denso de la Calle Mandrágora.
El insomnio no se curó, pero los relojes ya no goteaban mercurio en sus sueños. Caminó hasta su casa, en una ciudad que, aunque igual, era levemente diferente. Un niño lloraba en una ventana donde antes hubo una mujer vieja. Un graffiti nuevo cubría el 107 con una palabra imposible de leer.
Hay olores que persiguen y recuerdos que, cortados de raíz, dejan espacio para otros excesos. Regina se preguntó, sólo un instante, si en verdad amar alguna vez había valido la pena. Ya no pudo recordar la respuesta, pero tampoco el temor a preguntárselo.
En algún lugar, tras una puerta olvidada, había un carnicero de horas esperando a repetir el corte, para otra versión, otro mundo, otra mujer partida entre las promesas de lo que fue y lo que pudo ser.
Este es el precio de vivir entre las paradojas: si olvidas que tu vida es frágil e imposible, podrías terminar creyendo que eres real.
Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.