El relojero había muerto a mediodía, aunque fue a media noche cuando su corazón dejó de latir, y a media tarde cuando lo encontraron, todavía cálido entre engranajes y herramientas oxidadas. No fue sencillo anotar la hora del fallecimiento. El inspector se inclinó sobre el cadáver, pestañeó ante el despliegue de péndulos y lilas mustias, y midió el tiempo según tres relojes distintos, ninguno de los cuales coincidía.
Fuera, el cielo estaba tan encapotado como la mente de Guillaume, el aprendiz. Desde la trastienda podía sentir el pulso de su fracaso, latiendo en su sien como un martillo. El maestro le había encargado dar cuerda al Arcipreste—el mayor y más antiguo reloj astronómico de la ciudad—y él había olvidado hacerlo. O, al menos, creía haberlo olvidado. En ese taller, los recuerdos se deshilachaban tan fácil como el polvo acumulado sobre el latón.
—Estás seguro de la hora, muchacho? —le preguntó el inspector.
—Juraría que fue a las dos cuando lo dejé... —Guillaume se interrumpió. Veía la misma escena desdoblarse en su cabeza: el sonido de la cuerda, el aroma persistente del aceite, el maestro inclinado bajo la lámpara de gas. Pero, ¿fue realmente así? ¿O era lo que deseaba recordar, para no cambiar la historia?
Antes de que pudieran sonsacarle otra palabra, el reloj del ayuntamiento resonó en la plaza, una campanada que rasgó el aire como una uña afilada. Fueron nueve golpes. No, once. No, ninguno. El sonido se dividió, multiplicó y mezcló entre el murmullo de los talleres contiguos y los pasos de la gente en la calle.
Después del velorio, Guillaume se dedicó a poner en orden el taller. Las piezas diseminadas parecían suspirar ante el roce de sus dedos: esferas biseladas, puntas de cristal, pesos de plomo marcados con fechas antiguas. Sobre la mesa donde el maestro había yacido, encontró el cuaderno de notas. Había una inscripción en la última página: “Las palabras dentro del reloj son la clave, pero nunca deben decirse tres veces.”
Esa noche, el muchacho durmió mal, si es que dormía. Soñó que el tiempo retrocedía en espirales sin sentido—el maestro cruzaba la habitación hacia él, solo para destilarse en vapor dorado cuando Guillaume trataba de alcanzarlo. A medianoche, despertó empapado en sudor, y el repique del Arcipreste llenó la ciudad con un eco que parecía llegar desde todos los rincones del tiempo.
Guillaume descendió al taller. Había luz bajo la puerta, aunque recordaba haberla apagado. La sombra de un hombre—una coleta gris, guantes embadurnados de aceite—se perfilaba entre los relojes. Tragó saliva y entró.
—Maestro...?
El viejo Samuel no levantó la vista. Jugaba, en cambio, con los engranajes dispersos en la mesa.
—Al final has venido. Más tarde, otra vez más temprano. Siempre me encuentro contigo aquí, ¿verdad?
Guillaume comprendió antes de entender realmente: en el taller, los nexos del tiempo eran porosos. Si podía ver a su maestro tras la muerte, quizás el maestro podía verlo también, en sus propias noches anticipadas de miedo y fatiga.
—He visto mi cuerpo —susurró Samuel, como si solo entonces admitiera su propia mortalidad—. No te acerques al Arcipreste mientras sus agujas giren hacia atrás. Escúchame, muchacho. No permitas que la palabra “Aevum” cruce hasta el otro lado más de dos veces. Si el reloj la detecta, buscará resolver la ecuación, y es el tiempo lo que pagará todos los intentos de solución.
El metal crujió en la calle. Ambos miraron por la ventana y vieron un hilo de niebla descender la avenida como si tejiese el entorno con fibras de oscuridad. En el fondo, un carillón marcó las tres, pero el repique se dobló, se triplicó, y al encadenarse envió un estremecimiento a Guillaume.
Sabía demasiado bien la naturaleza de los experimentos secretos de Samuel: El viejo había rozado los misterios de los anacronismos, la forma en que ciertas palabras, pronunciadas con la cadencia exacta, podían reordenar las secuencias temporales internas de un reloj. Si una palabra errónea, o demasiado repetida, encontraba eco entre los engranajes del Arcipreste, la cronología del taller colapsaría sobre sí misma.
La realidad, entonces, no era un río, sino un estanque agitado por piedras que Samuel y Guillaume arrojaban sin cesar, cada acción una onda intersectándose con las anteriores y las futuras.
—¿Eres... todavía tú? —preguntó Guillaume, consciente de que quizá la pregunta debía hacerse a sí mismo.
Samuel alzó la cabeza. Sus ojos tenían la turbiedad de la vejez y la claridad de la lucidez extrema.
—A veces. Solía creer que lo era todo el tiempo, pero aquí los relámpagos de mi memoria ya no caen en el mismo lugar. No debes dejarme proseguir más allá de esa puerta —señaló el fondo del taller—. Si lo hago, si trato de corregir la falla, nos arriesgamos a invertirlo todo. Tú puedes evitarlo, Guillaume. Porque siempre has estado aquí. ¿Lo comprendes?
Recordó, en ese instante, cuando de niño había abierto por primera vez la puerta trasera y se había visto a sí mismo, más viejo, saliendo a toda prisa. Lo había creído un sueño, un desvarío del febril. Ahora no estaba tan seguro.
El taller, esa noche, se volvió una matriz de escenas repetidas. Cada rincón rebosaba iteraciones de sí mismo. Guillaume, al acercarse al Arcipreste, percibió su propia sombra como una docena de figuras superpuestas. Había llanto, había voz, había una palabra pronunciándose en cien ecos diminutos: “Aevum.”
Dejó caer la llave inglesa cuando, por el rabillo del ojo, vio que otro él—quizá de otra noche, o de un futuro posible—intentaba reparar los engranajes sin consultarle.
—¡No! —gritó Guillaume al reflejo—. ¡Deja de repetirlo!
Pero la palabra fatídica ya oscilaba en el aire. Samuel, o una versión de Samuel, gritó desde la entrada, acusando al muchacho de haber destapado el pozo de la paradoja. La habitación se llenó con el sonido de todos los relojes tocando, de todas las palabras pronunciándose al mismo tiempo, de cien Gillaume y un centenar de Samuels intersectándose con horror y resignación.
Por un segundo, la realidad pareció estallar. Las LEYES del tiempo—con mayúsculas, indómitas—se sacudieron. Uno de los Samuels se disolvió, apenas un parpadeo, mientras una versión mayor de Guillaume entraba en el taller, barba gris, aún sujetando el cuaderno del maestro.
Esta versión caminó directo al Arcipreste y, con la calma de quien ha fallado tantas veces que ya no le teme al error, extrajo una pequeña esquirla de obsidiana del mecanismo. Sopló suavemente. El aire olía a ceniza y sal.
Miró a su yo más joven.
—Siempre intentas lo mismo. Crees que podrás salvarme, evitar el bucle. Pero el Arcipreste es celoso con sus secretos. Yo también lo fui. Hasta que aprendí que la única salida es aceptar el nudo, no deshacerlo.
Guillaume, sintiéndose de pronto tan niño como el primer día, asintió. La multitud de resonancias en la habitación pareció apagarse, como si todas las versiones comprendieran el sentido de las palabras.
El viejo Guillaume se volvió hacia su yo más joven y le tendió el cuaderno. —Esta es la última vez, ¿entiendes? La última vez que tienes que atravesar el bucle. Todo lo que debes hacer es…
Ni una palabra más cruzó sus labios. La escena se disolvió, las sombras se absorbieron en los engranajes, y sólo el aroma a aceite y lilas mustias permaneció.
Al día siguiente, el inspector volvió. No hubo cuerpo, ni señal del maestro, ni del aprendiz. Halló, en cambio, el Arcipreste perfectamente afinado, las agujas marcando una hora imposible: todas las horas superpuestas, como los pétalos de una flor jamás vista.
En la pizarra, una sola frase: “Lo que hacemos aquí, lo hemos hecho ya. Lo que haremos, lo hemos hecho también.”
El inspector se marchó, incapaz de anotar la hora del acontecimiento, resignado a un silencio pleno de minutos eternos.
Quizá, en algún lugar del tiempo, aún se escucha el eco de “Aevum”, danzando en el metal, exigiendo solución. Pero aquí, en el taller del relojero, cada instante es al mismo tiempo el principio, el nudo y el desenlace.
Y nadie, ni el más avezado de los relojeros, sabe ya cuáles palabras quedan por decir.
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