Portada del relato Las cinco vidas de Nathaniel Crane
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Fragmento:


Pero cada intento de corregir un detalle insignificante le traía de vuelta al mismo instante: las tres en punto; una ventana empañada; las sirenas de la policía resonando desde una calle anónima, siempre excesivamente ruidosas ese día lluvioso.

Duración: 08:46

Las cinco vidas de Nathaniel Crane
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Texto de ajuste de pausa.

Nathaniel Crane observó cómo la aguja del reloj de pared vibraba justo antes de marcar las tres. La habitación, recubierta de madera carcomida, olía a aceite lubricante y ozono. Afuera, la lluvia caía como lágrimas de mercurio. Una vez más, la necesidad primaria de experimentar el suceso desde dentro se apoderaba de él; una ansiedad tan vieja como las cuarenta y dos veces anteriores.

La habitación era la misma: estantes repletos de cuadernos, cada uno con fechas que nunca había vivido. En el centro, sobre una alfombra raída, la silla hidráulica y el casco de relés. Nathaniel ya no notaba el cosquilleo cuando el electrodo se apoyaba en su sien. Sabía lo que venía: cada vez más preciso, más cruel… y más inevitable.

Hacía tiempo que no veía el rostro de su exesposa más que en los reflejos distorsionados de los cristales húmedos. Helena se había ido cuando empezó el primer experimento y la posibilidad de un conejo muerto pre-suceso se convirtió en la opción ética menos dolorosa. Ahora Crane era su propio conejo.

Al principio fue trivial: diez segundos atrás, una nota mental, un vaso de agua colocado en el lado opuesto de la mesa. Pruebas, errores. Los efectos secundarios iban de leves cefaleas a un arrebato de risa afásica. Pronto descubrió cómo enviar recuerdos a su yo más joven con la suficiente precisión como para no perder la cabeza en el proceso.

Pero cada intento de corregir un detalle insignificante le traía de vuelta al mismo instante: las tres en punto; una ventana empañada; las sirenas de la policía resonando desde una calle anónima, siempre excesivamente ruidosas ese día lluvioso.

La paradoja acechaba como una bestia paciente. Uno no se encuentra a uno mismo sin provocarse heridas incurables. La primera vez que duplicó su consciencia en el tiempo, la lengua le supo a hierro ardiendo una semana. La segunda vez, notó su memoria partirse: sede pensamiento y reflejo, cada uno en una línea separada. Cuando volvió a su cuerpo en el presente, supo que había dejado a otro Nathaniel atrapado detrás.

Hoy había prometido no mirar la foto. Pero la foto estaba allí, invisible y radiante en su mente. Helena sonreía, y el niño no nacido posaba la mano invisible sobre su vientre. El tercer intento había borrado esa posibilidad: en otro universo —quizás en todos menos este—, Nathaniel tenía un hijo. Aquí quedaba solo la falta.

Esta vez, el plan era no cambiar nada, sino observar. Una infiltración invisible. Un vigilante tras su propio cristal temporal.

Cerró los ojos y susurró la secuencia de activación en latín (una superstición más que una necesidad): “Ad astra per aspera”. Abrió la boca, y el casco frío tomó su pulso y lo deshizo. El mundo se replegó.

***

El 14 de febrero de 2051, a las 15:00, Nathaniel vio a Nathaniel. El yo más joven tenía el pelo más oscuro y el gesto menos cansado. Ambos se lanzaron una mirada rápida; sus cerebros, demasiado sincronizados para el asombro. El visitante sabía que su presencia debía evitar a toda costa la recaída. Era una visita flotante, intangible, en el fondo de la conciencia.

El joven Nathaniel garabateó sobre el cuaderno “No lo intentes más”, pero el mensaje desapareció en cuanto la tinta tocó el papel. Paradoja microescópica. El cuaderno volvía a estar limpio; el tiempo, siempre traicionero, devolvía el sistema a un bucle aceptable.

Sobre la mesa relucía una pistola. No estuvo allí en las versiones anteriores. El Nathaniel del pasado no reconocía su propia intención con ese objeto, pero el Nathaniel flotante, aquel visitante de más adelante, sí. Iba a matarse, y el bucle se cerraría malformado, la crisis temporal desencadenando una fractura local —una singularidad de egos—.

El yo visitante intentó gritar, mover una silla, volcar la mesa. Nada. La observación absoluta era impotente. Mientras el joven Nathaniel levantaba la pistola y su brazo temblaba, la lluvia cambió su ritmo, goteando en diagonales imposibles, formando letras en el cristal: “NATHANIEL NO”.

La pistola cayó de su mano. Ambos Nathaniel gimieron a la vez, atrapados entre posibilidades.

La conciencia visitante fue expulsada —tirón abrupto— de regreso al punto de origen. Y lo peor: el visitante ya no tenía muy claro quién de los dos era. ¿Había sido en verdad sólo un espectador, o el joven había absorbido fragmentos de su yo futuro? ¿Estaba la mente contaminada, infectada por espectros de sí mismo, o la habitaba ahora, para siempre, una versión más vieja de Nathaniel Crane, encerrada como una burbuja bajo la piel?

En la lista de cuadernos, ahora dos fechas coincidían y una más había apararecido, escrita con letra que no era suya.

***

La noche era un mosaico de partes faltantes. Nathaniel, o lo que quedaba de él, se despertó a las 2:53. Miró alrededor: la silla hidráulica, la pistola abajo, sus notas sobre física diferencial destiladas en una sola frase: “NO EXISTEN PARADOJAS, SOLO SIMULACROS”.

Bajó, casi temblando, al sótano. Allí resonaba el generador, fabricando una vibración monótona, como si alentara a su dueño a continuar, a sumergirse.

Allí, entre las sombras del generador y la luz azulada de una pantalla, encontró algo más. Una carta sellada con cera negra, sin remitente. El sobre olía levemente a trementina. Al abrirlo, sintió una punzada de déjà vu: “Si lees esto, ya has fallado otra vez”.

El resto de la carta era telegráfica. “Siempre el bucle. Siempre la repetición. Pero hay una salida: no eres tú el primer Nathaniel. Solo puedes romper el ciclo si dejas de intentarlo. El truco está en dejar que una versión tuya muera realmente, sin intervención del futuro. Solo el olvido cierra la brecha”.

Se le heló la espalda. Había considerado el suicidio como cierre de la experiencia. No era una muerte, sino una transición. Pero si cruzaba el umbral —si uno de los Nathaniel se disolvía del todo—, quizá, solo quizá, la paradoja se desharía como una cuerda anudada en los extremos y partida en el centro.

***

Pero la mente que experimenta una paradoja, decía siempre Helena con su media sonrisa devastadora, nunca puede deshacer el nudo. “Los hilos ya han sido puestos una y otra vez”, decía, “y cada vez los retuerces un poco más. Lo único que queda es quemar el ovillo entero”.

A las siete en punto, Crane de nuevo se sentó ante la silla. Observó el casco emitiendo una vibración azulísima, asomándose a la vida por quinta vez —o era la séptima; había perdido la cuenta—.

Recordó la carta. Supo, o creyó saber, que la había escrito él mismo, pero con la consciencia de otra versión anterior. Se preguntó si cada decisión —no intentarlo, suicidarse, dejarse atrapar, huir— no era más que una rama seca pulverizada por las probabilidades.

“Una última vez”, juró, y canalizó el flujo temporal no a saltar atrás, sino adelante. No a un día después, sino un siglo. Un punto tras la muerte física, allí donde los recuerdos no pesan.

Esta vez, el viaje fue pura abstracción. No hubo imagen, sonido, ni dolor. Solo un silencio inhumano lleno de voces con nombre propio, todos Nathaniel. No eran simulacros, ni fragmentos, ni siquiera recuerdos: eran posibilidades colapsadas, una biblioteca de fracasos, sueños y repeticiones.

Se preguntó: ¿cuál es mi yo auténtico, si en todas estas líneas de tiempo he vivido, muerto, fallado y cambiado tantas veces para evitar el fatal error que sólo existe si yo trato de evitarlo? ¿Dónde termina el hombre y empieza el bucle?

Una voz interna, que quizá había sido Helena, le habló. “El truco nunca fue cambiar el pasado. Era aceptar que el pasado cambia contigo, y lo hará siempre que tú lo mires de cerca”.

Soltó el último pensamiento como quien arroja una piedra en un pozo sin fondo. Dejó que la mente desapareciera, no hacia el futuro ni el pasado, sino hacia ningún sitio.

***

Despertó un milisegundo antes de morir, por primera vez con la conciencia de que era la última.

Sintió la lluvia, las sirenas, el pulso eléctrico del casco. En la silla, nadie. En el cuaderno, la última frase: “Olvidar es el único acto libre”.

Nathaniel Crane cerró los ojos, sonrió, y permitió que el agujero de la paradoja lo absorbiera. Y así, en un universo entre universos, el ciclo al fin se detuvo. Al otro lado, ninguna versión deseaba regresar.

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