Portada del relato Ecos fragmentados del Siglo Espectral
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Fragmento:


Las conversaciones, más que susurros, eran filamentos de historia, barro sincopado de mentiras y recuerdos. Sira acabó su copa y subió los tres tramos—¿no eran dos antes?—de la escalera a su habitación, asediada por la certeza de que, desde la ventana, la luna la contemplaba con un ojo abierto y otro en sueño.

Duración: 09:15

Ecos fragmentados del Siglo Espectral
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Texto de ajuste de pausa.

El oro de la tarde, esa masa densa, manchaba los vitrales de la hostería con fragmentos de púrpura, virando los rostros a la viscosidad de lo irreal. Todos los días, Sira se sentaba en la mesa junto a la ventana más orientada a poniente, observando las mutaciones en las sombras—no solo de la luz que caía, sino de las personas. Si uno miraba desde cierto ángulo, detenía la respiración y suprimía el pestañeo, podía notar la forma en que el mozo, Jaré, duplicaba un pestañeo, o la manera en que la anciana Isa movía la mano hacia su copa una fracción de segundo antes que la copa estuviera allí, como si se anticipara al vaso antes de que la materia le diera razón de ser.

Sira había llegado para olvidar algo—o a alguien—, aunque cuanto más pasaban los días, más sentía que sus recuerdos se deshacían, amalgamándose con hebras de anécdotas que no le pertenecían, pequeños holocaustos de memoria que le llegaban cada noche, justo después del entumecimiento orgásmico del atardecer. La hostería El Espectro Recurrente era famosa por ser caprichosa: algunos viajeros—puede que solo uno, puede que muchos—decían haber cruzado su umbral en la infancia y hallarla idéntica, intacta, en la senectud. Era un lugar sin historia, o con demasiados hilos entretejidos para ser desenmarañados.

La primera noche, la camarera de trenza retorcida (¿Martia? ¿Marta? Su nombre fluctuaba con un estremecimiento de la lengua) rellenó la copa de Sira, derramando el vino justo al borde del vaso como si la gravedad misma vacilara. Esa noche, los murmullos parecieron hablar sólo para ella.

“El relojero volvió ayer. Nadie envejece cuando la aguja toca el mediodía, pero ¿quién se atreve a mirar la sombra bajo la campana?”

“El niño de la trenza doble… dicen que sueña con las escaleras detrás de las puertas selladas: cada peldaño, un segundo hurtado.”

“Anoche, los espejos devolvían una imagen común: nuestros ojos, huecos, vacíos de pasado.”

Las conversaciones, más que susurros, eran filamentos de historia, barro sincopado de mentiras y recuerdos. Sira acabó su copa y subió los tres tramos—¿no eran dos antes?—de la escalera a su habitación, asediada por la certeza de que, desde la ventana, la luna la contemplaba con un ojo abierto y otro en sueño.

Sus sueños esa noche tuvieron la calidad de la seda fangosa: vio su reflejo cruzando la plaza frente a la hostería, pero en la infancia; luego, de nuevo, bajo la lluvia, con una cicatriz en el mentón que no recordaba haber tenido, huyendo de un hombre de rostro intermitente, alguien que podría haber sido su padre o su amante. Lo extraño era la familiaridad—no como el retorno de un eco, sino como la repetición de una melodía sin partitura previa.

La segunda tarde, Sira bajó y se sorprendió de hallar el salón parcialmente desmantelado: sillas apiladas en las esquinas, cortinas apenas sujetas a las argollas, el aire olía a hierro mojado y jazmín. Jaré, el mozo, tenía una expresión lánguida, una mancha de vino en la camisa, y mientras le servía la comida, dejó caer, entre dientes:

“Viajar en el tiempo es fácil aquí. Lo difícil es regresar entero.”

El comentario se le pegó entre los omóplatos como una mordida suave. Sira había leído sobre teorías de bucles y paradojas—la famosa serpiente que se devora su cola, el asesino del abuelo y demás lugares comunes. Pero nunca había sentido, con un nudo visceral, que el tiempo fuera una textura maleable, un esmalte corroído bajo el roce de voluntades cruzadas.

Durante el crepúsculo, un carruaje se detuvo a la puerta. El viajero –una figura delgada cubierta con capa azul, sus cabellos cenicientos, rostro inescrutable y frío– entró portando una maleta pequeña y un reloj de arena antiguo, cuyas arenas descendían… hacia arriba. Murmullos prendieron como llamaradas súbitas. “Ha vuelto”, “la restauradora de relatos,” y “nunca igual dos veces” reptaron a lo largo del salón. Sira reconoció la sensación antes que el rostro.

Era su madre.

No identidades viables—sabía que era imposible—pero la forma en que la nueva huésped la miró, apreciando su mentón sin cicatriz, dejó un veneno suave en sus entrañas.

Después de la cena, la mujer de la capa se le acercó. Olía a sal y a orégano, como la casa que Sira no recordaba haber abandonado.

“¿Nunca te preguntaste cuánto pesan los segundos que atesoramos y olvidamos?” preguntó la desconocida, la voz amortajada en terciopelo. Extendió la mano, ofreciéndole el reloj invertido. “Cada grano es una bifurcación. A veces, la hostería me recordaba como tu madre. A veces, era solo la mujer invisible entre las sombras del desván.”

El contacto de la mano fue una punzada eléctrica, y Sira sintió tres o cuatro recuerdos insertándose en su mente: la imagen de ella misma besando una frente, luego apartándose horrorizada, luego corriendo por un túnel de barro, luego flotando desnuda en un mar de espejos rotos. La percepción era demasiado densa y viscosa, pero el mensaje era claro: la hostería era más antigua que cualquier línea temporal individual, un sitio crecido a partir de la superposición de infinitas posibilidades.

El salón se transformaba en función del testigo. Otrora círculo, ora cuadrado; a veces abierto hacia una plaza, a veces introvertido hacia un pozo frío en el centro. El relojero—una entidad inmutable, siempre el mismo hombre cuyo rostro cambiaba solo cuando nadie miraba—empezó a presentarse por las noches. Tocaba doce campanadas, y cada vez, los relojes del pueblo corrían hacia atrás seis minutos. Por la mañana, las campanas eran mudas. Las historias circulaban: amantes encontrándose en habitaciones separadas por siglos; niños jugando con sus bisnietos, sueños engendrando realidades fugaces.

Sira comenzó a compulsar sus memorias, buscando la línea recta de su vida—pero solo hallaba fragmentos: un nombre en la lengua de su madre, un labio cortado por un beso apasionado, la voz de Martia/Marta susurrando “¿piensas marcharte alguna vez, o simplemente te reemplazaremos?” Y, sobre todo, el aguijón persistente de una pregunta: ¿qué ocurriría si escapaba?

Tomó días—¿o sueños?—antes de que se atreviera. Comparó los mapas del pueblo una y otra vez: calles que nacían donde una noche antes había una tapia; la plaza oscurecida que cambiaba sus estatuas según la fase de la luna. Decidió, finalmente, correr cuando la campana de medianoche callara.

Pero el corredor de la planta alta no era el mismo. Cada paso por las tablas crujientes era una disyuntiva, mudando la luz y las puertas, hasta que Sira comprendió: no importaba el trayecto que eligiera, siempre volvía al vestíbulo de la hostería. Siempre las mismas caras—variadas en edad, raza, sexo—y, sin embargo, las mismas presencias. Jaré con su sonrisa esquina, la anciana Isa bebiendo de un vaso lleno de sombras, la madre-impostora girando un reloj de arena que no vaciaba nunca.

Desesperada, Sira intentó el ritual antiguo de la fractura: romper un vaso, sangrar en la madera, pronunciar un nombre prohibido. Cada acto rebotaba, sin consecuencia; las ondas se disolvían como agua en aceite. Fue entonces cuando lo percibió: en cada extremo de la barra, una versión de sí misma, más joven y más vieja, discutía acaloradamente con dos hombres idénticos salvo por el color de sus pajaritas. Sus voces subían en espiral de escalera, escapándose por las ventanas imposibles.

“Siempre repito el mismo error,” decía la versión anciana.

“Quizá el error sea simplemente ser,” respondía la joven, y ambas intensificaban sus miradas, compartiendo el terror de saberse únicas y, sin embargo, eternas en los gestos ajenos.

Aquella noche, Sira no durmió. Se deslizó a la cocina, donde Martia preparaba pan con cardamomo.

“Nadie se va, ¿verdad?” preguntó.

Martia se encogió de hombros, amasando la harina.

“Quizá ya te fuiste, y solo eres la sombra que dejamos atrás. Quizá ninguna versión tuya encontró la puerta. Quizá todas lo hicieron y esta es la resaca.”

Sira rió, rota. Le dolía reír, como si cada carcajada le restara la posibilidad de una huida tangible.

“¿Quién soy ahora? ¿Cuántas veces he preguntado esto aquí?”

Martia le besó la frente, ese beso corto y cálido que se incrusta en la memoria pero resbala de la realidad tangible.

“Eres la versión que se atreve a mirar. Cuando cierres los ojos de verdad, verás todas las bifurcaciones: amores que nunca tuviste, hijos que perdiste en accidentes que no ocurrieron, madres que no murieron, pero olvidas mientras el reloj avanza.”

En la última mañana, Sira observó su reflejo en la puerta de cristal, y lo vio tajantemente: a sí misma huyendo en la infancia, besando a la mujer de capa azul, empuñando la copa que aún no se ha servido. Una colisión de paradojas, innominadas y sensuales, sostenidas solo por el terror y el deseo de existir en todos los tiempos y en ninguno.

La hostería continuó, sin historia, sin final.

Y Sira, envuelta en la luz dorada de la misma tarde, se preguntó si finalmente había llegado el anochecer o si lo recordaba de un mañana que aún no nacía.

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