La lluvia caía como un susurro constante, destilando reflejos dorados entre las luces de neón de la antigua Estación Kepler-3. El andén despoblado no sugería nada singular. Parecía uno de aquellos lugares donde el tiempo se cuela por las rendijas del cemento, donde el olvido y la rutina convergen hasta devorarse mutuamente. Pero en el cubículo 17 de la plataforma lateral, un hombre jugaba al ajedrez con su propio reflejo, la figura pálida de sí mismo recreada en el panel de vidrio. El tablero era real, las piezas de metal frío y antiguo, pero cada jugada provocaba una vibración en el aire que ni siquiera él sabía reconocer como una incisión mínima en la superficie del tiempo.
Se hacía llamar Vega Anders, o al menos eso era lo que ponía su chip de identificación. Pero Vega no era un hombre común. Era un ingeniero temporal, uno de los escasos agentes de la Agencia del Delta Causal, que patrullaba las fisuras en la cronología desde los confines de la Tierra hasta los anillos internos de Tesalia-IV. Su trabajo, si acaso podía llamarse así, consistía en resolver las paradojas causadas por viajeros ilegales, experimentos fallidos y, con frecuencia, por los errores deliberados de aquellos tan desesperados como para manipular la línea base del universo.
Esa noche, o mejor dicho ese fragmento continuo de eterno presente que sólo reconocen los que manipulan el flujo temporal, Vega esperaba a su siguiente cliente. Una mujer, según los archivos, con la mirada marcada por la fatiga de mil vidas. Ella había dejado tras de sí siete bifurcaciones temporales, decenas de vidas interrumpidas, y una advertencia transmitida a través de canales que nadie debía tocar: “Lo imposible ya ocurrió”.
La vio acercarse antes de que su silueta recortara la puerta semicerrada. No era hermosa en el sentido clásico: había en su rostro la belleza vulnerable del remordimiento. Vestida en gris, un maletín plateado en una mano. Se sentó sin sonreír, los ojos oscuros de alguien que ya aceptó demasiadas pérdidas y apenas queda algo que temer.
—Vega Anders —lo saludó por su nombre de catálogo—. ¿Puede garantizarme anonimato completo?
—Si está dispuesta a borrar el motivo por el que está aquí —respondió él—, puedo asegurarle eso y algo más.
Ella asintió, el maletín sobre la mesa.
—El archivo que busca está aquí —dijo—. Pero si lo abre, cada variable se desatará. No quiero otra guerra de bifurcaciones. Vengo a arreglar lo que rompí.
Vega estudió sus manos. Le temblaban, no de miedo sino del peso de algo recién recuperado. Tomó el maletín y lo giró lentamente, buscando trampas. Pero la mujer, lejos de engañar, parecía saltar de una vida a otra solo con el movimiento de sus párpados. Un parpadeo: la universitaria idealista de Adhara Prime. Otro: la científica exiliada en Casiopea. Otro más: la terrorista arrepentida cuyos códigos secretos costaron la vida de una ciudad entera en el año 3428.
El tablero de ajedrez parecía ahora una burla. Blanco y negro. Causa y efecto. Ella era todas las piezas; él, el jugador agotado que siempre llegaba una jugada tarde.
—¿Por qué acudió a la Agencia? —preguntó Vega al fin.
—Para que borren lo peor de mí antes de que se propague —contestó ella—. Pero tendrá que volver veinte años. No a través de los túneles aprobados, no con la técnica limpia de los agentes. Necesita usar mi método.
Vega conocía los “métodos” alternativos. Atajos, cortes en bruto en la línea temporal, peligrosos como abrir una arteria. Casi nunca terminaban bien. Pero cuando miró sus ojos, supo que no debía preguntar cuánto faltaba para que lo peor se propagara: era inminente.
La Agencia prohíbe la empatía con los clientes. El afecto, el miedo, incluso la compasión son pasibles de sanción, pues alteran la imparcialidad causal. Vega se encogió de hombros, como quien ejecuta la última jugada posible aunque ya sabe que perderá.
Respiró hondo y activó el decodificador. En el interior del maletín brilló una esfera de datos flotantes, pulsando bajo su piel una frecuencia hipnótica. El método requería que ambos quedaran inconscientes, sus mentes sumergidas en un estado liminal donde la causalidad perdía sus ataduras firmes y el recuerdo era tan fugaz como un sueño antes del alba.
Se tendieron en la plataforma, sincronizados a través de electrodos. Vega sintió cómo se licuaba su interior, cómo su pasado se disolvía uno a uno, como los días que nunca llegaron a suceder. La visión resultante era un mosaico: la mujer tendida sobre el cadáver de un hombre idéntico a él; una explosión que nunca existió; una conversación en la que él se lo dijo todo antes de conocerla. El tiempo era el prisma, los recuerdos los colores.
En el corazón del vórtice, la mujer —a quien, en el flujo, recordaba llamar Linna— lo miró de frente, ambas ya sin pasado definido.
—Si sigues mi método, nunca existí aquí. Pero tú tampoco lo harás —susurró Linna, su voz multiplicándose en mil ecos—. ¿Estás dispuesto a perderte?
La paradoja era elegante y cruel: si ella se borraba, él nunca recibiría la misión; si él no recibía la misión, ella nunca acudiría en busca de ayuda. Un lazo Möbius perfecto. Pero la Agencia, por fría que fuera, quería resultados aunque fueran innecesarios desde la perspectiva de quienes solo veían una fracción minúscula del tiempo.
Vega se vio a sí mismo en cada ángulo de la historia, cada bifurcación posible, y comprendió que todas las versiones de Linna, todas las variaciones de sí mismo, habían llegado a este mismo punto, como un péndulo atrapado en el centro de su trayectoria. La pregunta era si valía la pena el sacrificio, sabiendo que toda memoria del sacrificio sería devorada por el cambio.
Al borde del colapso, Vega volvió al tablero mental. Una jugada más. Sólo una, y después el vacío.
—Acepto —dijo, y su voz se fragmentó en un millón de líneas causales, cada una pronunciando la palabra con matices distintos, desde la desesperación hasta la esperanza.
***
Kepler-3. La lluvia seguía cayendo como láminas líquidas. Dos figuras cruzaron la puerta de la estación: un hombre y una mujer, desconocidos al uno para el otro, caminado en la bruma. El tablero de ajedrez seguía intacto, pero ni Vega Anders ni Linna recordaban haber jugado jamás. En la sala de control de la Agencia, un expediente fue archivado y borrado segundos después de su creación, la misión marcada como “Completada/No sucedida”.
Un operador sin rostro depositó la esfera de datos en un banco cuántico, donde su luz se apagó definitivamente.
A veces, pensó el universo, las mejores partidas de ajedrez jamás se juegan.
Y en algún rincón, donde las memorias flotan sin ancla y el tiempo es una promesa incumplida, la sombra de Vega Anders cruzó su reflejo, moviendo una última pieza invisible, justo antes de fundirse para siempre con la niebla.
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