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Su reloj marcaba las 03:17 cuando los ladridos cruzaron la calle de su infancia. Dorian, ya entrado en sus cuarenta, se detuvo en mitad de la acera con el corazón desbocado y las llaves de la casa temblando entre sus dedos. No recordaba bien por qué había salido a caminar a esa hora, pero había aprendido a no resistirse a aquellos impulsos que lo jalaban como si su voz interna supiese direcciones más confiables que la lógica.
Absurdamente, la calle era la misma de su adolescencia: las grietas familiares en la acera, la tienda de revistas con el toldo verde marchito, el parque donde había besado a Jaila bajo la presión de un juego cruel de “verdad o reto”. El sonido del reloj era un martillo suave en su muñeca, mientras la neblina jugaba a devorarle los pasos. Aun así, no pudo pasar por alto la vibración en su pecho cuando el portón de la casa número 12 se abrió solo y un destello plateado atravesó la penumbra.
Cuando la puerta se abrió completamente, Dorian supo que ya no podía detenerse. Un magnetismo sutil, algo teñido de miedo pero también de un anhelo nostálgico, lo arrastraba hacia la casa. La última vez que había cruzado ese umbral tenía catorce años y estaba seguro de que su madre seguía respirando en la alcoba, a salvo, preparando su desayuno. Pero ahora el presente y el pasado parecían desenredarse y entremezclarse como raíces bajo el suelo de la memoria.
Entró.
Adentro, no había muebles reconocibles, sino corrientes de aire y ecos de voces. Una sombra cruzó por el pasillo, se desvaneció antes de poder mirar de frente. En el centro del recibidor colgaba un antiguo espejo de bordes irregulares: la superficie reflejaba no solo el ahora sino también todos los ayeres que le pertenecían a esa casa. Por un momento, distinguió en el vidrio el rostro de su propia madre, joven, apurada, con las trenzas mojadas después de lavar la ropa. Y al lado, un niño menudo, de ojos muy abiertos e inseguros.
— ¿Ves lo que veo, Dorian? —preguntó una voz, una mezcla extraña de su tono infantil y una gravedad que desconocía—. Yo también tengo miedo.
Dorian no debía contestar, pero el eco lo reclamaba. Abrió la boca, el sabor del recuerdo pesando en su lengua, y el tiempo se combó a su alrededor. Un tic del reloj. Un silencio húmedo.
Nada tenía sentido hasta que el siguiente ladrido sacudió las paredes. El eco era familiar, el ladrido urgente de Torc, su perro de la infancia que, según los recuerdos oficiales, había muerto atropellado en esa misma calle a las 03:17, hacía veintisiete años exactos.
Algo reptaba bajo la piel del recuerdo. El reloj de Dorian anunció su presencia con otro tic. El latido se desincronizaba por momentos, el aire olía a ozono y flores marchitas.
Había aprendido, a fuerza de ver su vida desde los ángulos más insólitos, que el tiempo es un animal enfermo: camina en espirales, a veces se muerde la cola y a veces devora a quienes creen haberlo domado.
Se adentró por el pasillo que de niño nunca había tenido el valor de explorar durante la noche. Ahora, ese pasillo parecía una brecha entre lo posible y los residuos de lo que no había llegado a ocurrir. Cuando palpó la pared, la palma recogió la humedad de muchas lluvias: pasadas, futuras, simultáneas.
La puerta del fondo estaba entornada. Entre las rendijas, la luz era tan blanca que dolía, zumbaba entre sus dientes como la amenaza previa a una jaqueca. Dorian empujó apenas, suficiente para cruzar el umbral sin hacer ruido.
Dentro, la sala era un teatro de imposibles: figuras sentadas en torno a una mesa, algunas conocidas, otras con tonadas desconocidas que provocaban asco y ternura al mismo tiempo. Veía a su madre en edad avanzada, a sí mismo de adolescente, y a un hombre mayor, calvo y de voz ronca, que reconoció solo tras mirarlo mucho: era su propio padre, pero jamás lo había visto viejo, pues había muerto cuando él tenía apenas tres años.
Ninguno parecía alarmarse por su irrupción. El perro, Torc, trotaba de un lado al otro, meneando la cola y lanzando ladridos que reverberaban en ciclos, marcando diferentes puntos de una red invisible.
El hombre viejo se volvió hacia él y le dedicó una sonrisa torcida.
— Llegas justo a tiempo para deshacerlo todo, hijo —susurró.
La frase era una grieta. La madre levantó una taza de té y exhaló, haciendo que el vapor serpentee en figuras imposibles.
— ¿Por qué estoy aquí? —la pregunta de Dorian flotó, irreverente, llena de una ansiedad que él nunca se había permitido de adulto.
Su madre le miró con unos ojos que tenían siglos de cansancio.
— Porque no aprendiste a dejar de buscar finales donde solo existen ciclos.
Esa respuesta lo sacudió. Dorian miró a su alrededor: los fragmentos de una vida, mezclados y reubicados, como si el tiempo fuese una colección incompleta de fotografías sobre la mesa de alguien obsesivo.
El adolescente —él mismo— murmuraba canciones prohibidas mientras se pasaba una navaja por el borde de la lengua, dejando una línea de sangre minúscula.
— Cállate —dijo la madre. La voz era una orden circular.
El perro ladró una vez más. El sonido reventó la escena.
Los muros de la habitación se llenaron de grietas. Dorian vio a su alrededor escenas desplazándose como reflejos sobre agua agitada: Jaila llorando junto a su cadáver tras una sobredosis nunca ocurrida, él mismo empacando una maleta para huir, su madre sobreviviendo descubrimientos médicos espantosos y al mismo tiempo muriendo, su padre anciano abrazándole en una sala irreal, la cuchilla abriendo o cerrando caminos de sangre.
El tiempo es un animal enfermo, pensó, y aquí venimos a nutrirlo.
A través de las grietas, otros Dorianes emergían, arrastrándose fuera de sus posibilidades. El adolescente se levantó, apuntándole con el filo ensangrentado de la navaja.
— ¿Qué pasaría si no desaparezco? —preguntó, sus ojos reflejando una versión de desesperanza que Dorian había olvidado.
El hombre mayor contestó sin apenas mover los labios.
— Nos despedazamos. O nos repetimos. O inventamos otra sala, otra reunión. Ninguna forma es coherente. Solo habitamos los huecos.
La madre dejó caer su taza. El sonido no fue un estallido de cerámica, sino el redoble de una campana de iglesia. Fuera, Torc ladró otra vez; su ladrido era ahora chillido, rugido, gemido, todos los sonidos que podían marcar el fin de una escena.
Dorian sintió el tirón una vez más —aquel mismo impulso que lo había hecho caminar por su calle a las 3:17—, no hacia el futuro, sino hacia el centro de la paradoja.
Recordó un detalle enterrado: que él mismo, niño, había liberado al perro una noche así, después de oír a sus padres discutir. El perro nunca volvió, pero algunos días después, entre lágrimas y furia, encontraba huellas fangosas que no podían ser de ningún otro animal. Él había deseado que Torc regresara, pero también lo había temido. El deseo se torció en formas imposibles.
En la sala, los Dorianes se multiplicaban, cada uno siguiendo un pequeño fragmento distinto de decisión: uno abrazaba a la madre, otro maldecía al padre, algunos se miraban a los ojos y reían o lloraban. Entre ellos, de pronto, apareció Jaila, tocando con suavidad una canción en el piano invisible, esa melodía que nunca se atrevió a escribirle.
Todo era inestable y, sin embargo, inevitable: la paradoja de buscar lo que nunca estuvo roto hasta arruinarlo.
Se acercó a la mesa. El adolescente blandía la navaja, pero lo miró con una súplica apenas perceptible.
— ¿Puedes detenerlo? —preguntó el joven—. ¿Vas a salvarnos de todas las formas en que morimos, todas las veces que fracasamos en amarnos y en huir?
Dorian notó la respuesta en su propia garganta: no era un sí. Era un “sigamos intentando”, como un eco que muta cada vez que lo pronuncias.
La madre levantó la vista, brillando con ternura y resignación.
— Ya lo detuviste una vez. Y por eso seguimos viniendo aquí —susurró—. Porque siempre habrá una versión de ti que quiera intentarlo de nuevo.
El perro saltó sobre la mesa. Su hocico, tibio y mojado, buscó la mano de Dorian. El contacto fue una descarga eléctrica que unió todos los hilos y los rompió a la vez.
El reloj en su muñeca estalló en luz. Las escenas empezaron a desmoronarse como piezas de una ilusión revelada. El aire se volvió puro silencio, salvo por el último ladrido de Torc.
Así, Dorian estuvo otra vez en la calle, bajo la neblina, con el reloj mudo y las llaves tan frías como el filo de una navaja olvidada.
La puerta de la casa número 12 estaba cerrada. El eco del ladrido rozaba solo en la memoria, ya sin forma.
Caminó de regreso a su apartamento en la ciudad, sabiendo que seguiría despertando a las 03:17. Sabía que, tarde o temprano, algún rumor de lo irreal tiraría de él hacia el punto donde el animal enfermo del tiempo abriría otra sala, otra posibilidad, y lo invitaría a intentarlo, una vez más.
Porque el mayor acto de magia, entendió Dorian, no está en deshacer las paradojas, sino en abrazar sus ciclos. Y, bajo la luz quebrada, aceptó la promesa de un futuro donde todas las versiones de sí mismo pudieran, al menos por un instante, dejar de buscar y empezar, finalmente, a pertenecer.
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