La posada estaba quieta, de esa quietud que se acomoda a los huesos y vacía el aire de promesas. Nadie venía hasta aquí, salvo dos clases de personas: los fugitivos y los exploradores. Ambos buscaban algo diferente, pero al cruzar la puerta baja daba lo mismo; la nieve en las botas dejaba un rastro indeleble en las maderas y el fuego en la chimenea sonaba igual de antiguo. Yo era el posadero. Bueno, lo era por el momento, aunque en tiempos anteriores —y posteriores, dependiendo del punto de vista— fui más cosas. Me llamo Roan, aunque en ciertas realidades jamás llegué a ser bautizado.
La noche en que empezó todo, el último día del ciclo, los cristales del ventanal se empañaron sin remedio. Entró una mujer, menuda, envuelta en una capa gris que parecía absorver la escasa luz. No habló al principio; solo se quitó el capucho, revelando un rostro que era joven y a la vez castigado. Los ojos, oscuros, inteligentes, tenían ese brillo elusivo de las personas que han visto su propio cadáver. O eso pensé.
Pidió una habitación, la del fondo —la que casi nunca ocupo, reservada para los clientes que traen distorsiones en la piel. Firmó el registro como Lys Mora. La tinta, al tocar el papel, parecía contradecirse y dibujar simultáneamente dos variantes de su apellido, que se superponían y fluctuaban como una imagen borrosa. Supe de inmediato que no era de aquí. O mejor, no era solo de aquí.
Esa noche, la posada se estiró y encogió. Caminé por los pasillos y las bisagras de las puertas crujieron con un eco extraño, como si arrastraran toda una secuencia de sí mismas detrás de cada ruido. Entonces, oí una conversación en el comedor. Fui a investigar. Lys estaba ahí, aparentemente sola, aunque respondía en susurros a otra voz que no oía.
Me senté, la invité a una copa. Ella aceptó, mostrando una gratitud medida, profesional. Mientras bebíamos, la conversación tomó el cauce de quienes no temen a lo imposible.
—¿Buscas algo, o te pierdes de algo? —pregunté.
Se lo pensó, con una mueca amarga, antes de contestar.
—Ambas cosas. Y ninguna. Estoy… huyendo, y explorando. Mi problema no es hacia dónde voy, sino cuándo.
Eso, por supuesto, no era extraño para mí. Había conocido viajeras temporales antes. Pero ella era distinta. Había una intensidad distinta en su modo de pronunciar las palabras. Como si toda su identidad dependiera más del relato que se contaba que de la experiencia en sí.
—¿Me puedo fiar de ti? —preguntó de pronto, entrechocando los dedos.
—Puedes intentarlo —dije, y mi reflejo en el vaso titiló, distorsionando la frontera nítida de mi barbilla.
Lys sacó de su capa un objeto pequeño, resguardado por un estuche de metal: una esfera brillante, que vibraba con luz interna. Al colocarla en la mesa, advertí sendos reflejos en el barniz; uno fiel, otro tan solo parecido.
—La Lagrima de Gammage, la llamaban en alguna época. Es un ancla—dijo—. Equilibra a la viajera. Sin ella, me deshago.
Mis años de posadero en Escollera Meave no me habían preparado para esa clase de confesiones y, sin embargo, asentí. Tenía la sensación de que ya había vivido esta conversación, quizá como otro, quizá como ella misma.
—Lo curioso —continuó— es que cada vez que salto, no sé si seré yo quien cruce, o alguna variación, o si ni siquiera recordaré quién era.
La ancla era pues, la única certeza. Viajera de bifurcaciones, portadora de las memorias de múltiples Lys, todas distintas, todas correctas. Me pregunté cuánto de lo que veía era real y cuánto reflejo.
—No quiero acabar como la otra —dijo de pronto, bajando la voz.
—¿La otra?
—Hay una Lys, otra versión de mí, que me sigue. En cada salto la siento más cerca. Estoy segura de que ella busca lo que yo tengo —tocó la esfera—. Quizás ya no busca regresar, solo evitar que yo lo haga.
Las paradojas temporales eran cosas bellamente sucias; sangraban por los bordes, se nutrían de errores, de deseos contradictorios. Le pregunté qué versión de sí misma quería ser.
—No lo sé —rió débilmente—. ¿Realmente podemos elegir? ¿O solo saltamos de una ecuación a otra, esperando que alguna salida nos justifique?
Algo en mi expresión le indicó que había entendido más de lo que debería. Me preguntó entonces:
—Tú, Roan. ¿Quién fuiste, quién eres, o quién serás?
La posada se encogió aún más. De repente, el comedor era una caja de resonancia donde cada frase era una sílaba repetida hasta el vértigo. Mi respuesta fue honesta, porque mentirle a alguien que no estaba seguro de existir era inútil.
—Por ahora, soy tu anfitrión. Y tu testigo —dije—. Pero hay bifurcaciones donde fui igual que tú, buscando la línea más estable, la que coincide con la idea de uno mismo en la mente de un tercero.
En ese instante, la puerta principal se abrió de golpe: el viento trajo escarcha y otra figura, más alta, erizada de ropa negra. Portaba una pisada idéntica a la de Lys y tenía su perfil, pero más marcado, endurecido. La otra Lys.
Sin mediar palabra, se sentó a la mesa. El tiempo vibró. No hubo necesidad de presentaciones.
—Supongo que toca elegir —dijo la nueva llegante, cada sílaba pesada—. El momento se ramifica ahora. Esta vez, sólo una puede sostener la Ancla.
La primera Lys tembló, pero levantó la esfera. Los reflejos en la madera multiplicaban las figuras: tres Lys, seis, luego un centenar, todas mutando posturas, enfadándose, riendo, luchando. Yo era la variable inexorable; el lugar, el punto fijo.
—¿Por qué persistes? —preguntó la Lys recién llegada—. ¿Qué tienes tú que valga la pena ser la versión elegida?
Las palabras colisionaban con la realidad. Ambas sabían que responder era ya tal vez contarse una mentira. Y, aun así, una de ellas debía hacerlo.
—Tengo la añoranza y el miedo —dijo la Lys menuda—. Estoy cansada de explorar sin volver; quiero solidificar algo. Dejar de deshacerme.
—Cliché —replicó la otra—. ¿Cuántas de nosotras han dicho eso? ¿Cuántas lo han sentido y fracasado?
El peligro era obvio: la paradoja no perdona versiones redundantes.
No sé cómo ocurrió. Tal vez fue una consecuencia de observarlas, o de la densidad emocional del instante. Sea como fuere, la esfera comenzó a brillar, las dos Lys —cuerpos tensos, iguales y distintos— se acercaron para sostenerla. La tocaban a la vez; quien la soltara primero quedaría atrás, condenada a retazos de historias inconclusas.
—¿Qué eres tú, la que duda? —inquirió la otra—. ¿Qué estás buscando en realidad, más allá del papel?
Lys vaciló, miró su reflejo en la esfera, que ya era más nítido que el mundo exterior.
—Busco poder mirar atrás y no odiar a la que fui.
En ese momento, la esfera se partió. Un sonido agudo, como un suspiro invertido. Y en la crispación, ambas Lys fueron absorbidas, o multiplicadas, o tal vez divididas entre infinitas opciones. Un instante después, sólo quedó una figura sentada a la mesa, con la esfera entera, reluciente como antes.
—¿Sabes quién eres? —le pregunté.
Me miró, aturdida. Sus ojos eran aún los de Lys, pero había en ellos un matiz nuevo, un eco de todas las elecciones.
—Sí… y no.
La paradoja le había dado la satisfacción momentánea de una identidad, con el precio adjunto de la duda perpetua. Por un momento, compartimos el silencio de sobrevivientes, cada uno explorando las grietas de su propia continuidad. El fuego crujió, la nieve golpeaba con insistencia.
Pude haberle dicho que el tiempo es solo una costumbre, que la identidad nunca es fija salvo para los muertos. Pero preferí dejar el momento intacto, no interrumpir el tenue latido de su reconquista.
Al amanecer, Lys bajó la escalera, lista para marcharse. Antes de irse, me devolvió la esfera.
—Cuídala. Quizá la próxima vez, cualquiera de las dos la necesite más que yo.
Cuando cruzó la puerta, la posada expandió de nuevo su dimensión: un sitio liminal, hueso de lugares que existen solo para quienes eligen perderse, aunque no sepan realmente quién está eligiendo.
Guardé la esfera bajo la barra, con las otras, cada una vibrando con los nombres y rostros de viajeros que nunca terminaron de ser ellos mismos. A veces, cuando la nieve lo permite y no hay huéspedes, miro mi reflejo en ellas y me pregunto si ya me he dicho la última verdad que podría soportar. Aún no tengo respuesta.
La paradoja, después de todo, es el arte de no descubrir nunca del todo qué versión de uno mismo es la auténtica. Y en eso reside, quizá, la única libertad real de viajar en el tiempo.
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