Portada del relato El Espejo de los Soles Gemelos
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Fragmento:


En esos tiempos, los rumores de los Cambiantes recorrían las aldeas. Se decía que quienes logran recordar claramente a sí mismos en un sueño, tenían el poder—o la maldición—de alterar el tapiz del tiempo. Mi abuela fruncía el ceño ante tales relatos, como si le doliera el solo pensarlos. Pero no creía en cuentos, no hasta que una noche, ese eco inusitado de mi propio yo me habló en la lengua, olvidada de los Primeros, que sólo había escuchado una vez muchos años después. “Eres la Ancla y la Llave, Adelien. Ven cuando el Sol se divida.”

Duración: 08:00

El Espejo de los Soles Gemelos
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Texto de ajuste de pausa.

Mi nombre es Adelien y nací dos veces. La primera ocurrió en las frías tierras del Valle de la Niebla, bajo la tutela de mi abuela, la curandera del pueblo; la segunda, en la sala serena de la Maestra de las Hojas Doradas, en una torre extraña donde sólo se puede entrar si ya has salido alguna vez. Una contradicción, dirías; y sin embargo, en mi vida las paradojas fluían como el viento mismo.

Todo empezó el día en que dejé de soñar como solía hacerlo. No que el dormir me hubiera sido negado, sino que, cuando cerraba los ojos, la sucesión habitual de imágenes y escenas se convertía en una sola visión: una habitación octogonal, revestida de espejos y hojas secas, a cuyo centro pendía un péndulo; su movimiento no oscilaba, sino que viraba en extraños ángulos ajenos a toda geometría natural. Y, siempre, sobre el umbral, mi propia figura, mirándome desde una edad y gesto imposibles para mí.

En esos tiempos, los rumores de los Cambiantes recorrían las aldeas. Se decía que quienes logran recordar claramente a sí mismos en un sueño, tenían el poder—o la maldición—de alterar el tapiz del tiempo. Mi abuela fruncía el ceño ante tales relatos, como si le doliera el solo pensarlos. Pero no creía en cuentos, no hasta que una noche, ese eco inusitado de mi propio yo me habló en la lengua, olvidada de los Primeros, que sólo había escuchado una vez muchos años después. “Eres la Ancla y la Llave, Adelien. Ven cuando el Sol se divida.”

No lo entendí, salvo que la frase resonó en mis huesos con la fuerza de una decisión irrevocable. Los días pasaron, y con ellos el paso de las estaciones. Aprendí los misterios de las hierbas, el arte de curar, y los nombres reales de las cosas, resonancias atávicas que abrían puertas en el aire. Pero siempre me acechaba la visión, el péndulo de la habitación imposible, la promesa tácita de que debía hacer algo más, algo prohibido e incognoscible.

Llegó el Eclipse de los Soles Gemelos, un fenómeno que sólo sucedía cada mil años en las tierras de Eriath. Nadie recordaba la ocasión anterior, pero los más ancianos se refugiaron detrás de puertas cerradas, y el pueblo entero parecía contener el aliento. El cielo, rasgado por dos luces en pugna, pareció volver líquida la realidad misma; era el momento. Sin comprender cómo, mis pies me guiaron hacia el bosque y luego a la loma donde las piedras angulares formaban un círculo perfecto. Allí, vi a alguien esperándome: era yo, pero mayor, con el cabello salpicado de plata y la mirada honda de los náufragos.

—Debes elegir —me dijo mi otro yo, su voz un eco esencial—. Puedes permanecer aquí, continuar la línea intacta. O puedes tomar el sendero de la Torre, y todo cambiará.

—¿Qué perderé si elijo la Torre? —Mi voz fue apenas un susurro.

—Exactamente aquello que más amas. Pero también ganarás lo que aún no puedes imaginar.

La lógica se doblaba a su alrededor como una brisa equívoca, y comprendí: la paradoja no era el viaje, sino el precio.

Las palabras se desvanecieron, reemplazadas por una urgencia irresistible. Mi otro yo se volvió y empezó a caminar; yo la seguí, y el mundo se torsionó a nuestro alrededor. Así llegamos a la Torre, su interior repleto de escaleras que ascendían y descendían al mismo tiempo, y corredores donde los cuadros representaban los años aún por venir. Avanzamos hasta la habitación de los espejos, y el péndulo colgando del techo parecía latir con un pulso propio.

El mayor de mis yos me tendió una llave, forjada en marfil y alguna sustancia azul que hervía en la superficie.

—Esta es la puerta al Antes. Si la cruzas, deberás resolver la Paradoja de la Reina Olvidada, o serás devorada por tu propio pasado.

Me senté en el centro del octógono, el péndulo zumbando su locura a mi alrededor. El espejo frente a mí comenzó a encenderse, mostrando no un reflejo, sino mil posibilidades de mí misma, cada una siguiendo un sendero distinto. Era un vasto abanico de destinos: en unos, me veía regresar al Valle, en otros, convertirme en aprendiz de magos o forjadora de armas para monarcas condenados. Pero en cada uno faltaba algo, una pérdida o una ausencia marcada en la sombra de los ojos. “No se puede tenerlo todo,” me susurró el péndulo, “pero todo puede tenerte a ti.”

Giré la llave y el mundo se disolvió.

***

Desperté en un palacio cubierto de enredaderas y polvo, en un tiempo que reconocía por los tapices, pero que tampoco podía ubicar. Era más joven y más vieja a la vez, una paradoja encarnada. Me encontré ante la Reina Olvidada, su rostro cubierto por un velo de sombras. A su lado, un tablero de marfil y obsidiana, su juego parecido al ajedrez, y sin embargo, cambiante.

—He esperado tanto tiempo —dijo la Reina con voz que era un eco de mi abuela, de mí misma, de todas las que habían sido Adelien.

Me invitó a sentarme y colocar la primera pieza. Debía ganar para obtener respuestas; perder significaba quedar atrapada en este cuando sin nombre.

El juego se extendió, cada movimiento alterando no solo el tablero, sino la estructura misma del palacio. Bajo mis dedos, los pasillos se torcían, las temporadas cambiaban fuera de las ventanas, y recuerdos de vidas no vividas desfilaban por mi mente. Vi morir a mi abuela; vi a mi otro yo envejecer sola en la Torre; me vi reír con un amante cuyos ojos no reconocía pero cuya voz amaba con desesperación. Cada jugada era una bifurcación del tiempo, una ramificación de mi alma.

La Reina me habló, suave pero implacable:

—No puedes vencerme a menos que estés dispuesta a perder de verdad. ¿Qué eliges abandonar, Adelien?

Y así, sentí el peso de todo lo que había amado: la infancia en el Valle, las palabras de mi abuela, mis sueños de un mundo sin paradojas. Para vencer, debía entregar una parte de mí, aceptar que incluso en la victoria hay una pérdida irrevocable.

Tomé mi decisión y avancé la pieza final.

El palacio se estremeció. Los espejos se astillaron alrededor mío. Una vez más, la realidad se derritió y el péndulo giró, esta vez no en ángulos imposibles, sino en una espiral hacia adentro; y descubrí que había regresado a la habitación octogonal, pero ahora era yo la guardiana de la llave, la que esperaba a la próxima Adelien.

***

Centurias pasaron, o fue quizás sólo un instante. Aprendí a leer en los reflejos, a intuir a los que vendrían buscando respuestas, la libertad de las paradojas. A veces, podía ver mi propio pasado cruzar el umbral: la joven que fui, dubitativa y llena de sueños; la mujer madura, cansada y sabia. Les ofrezco siempre la llave, les advierto del precio, y en sus ojos veo el miedo y la esperanza entrelazados. Nunca puedo intervenir, ni cambiar los términos: yo misma soy la paradoja, ligada a la sala, a la Reina, a la decisión que tomé y que debo velar por la eternidad.

Pero hay noches, entre eclipses, cuando la niebla se arremolina sobre el Valle y el péndulo se detiene, en las que recuerdo lo que entregué. El peso es agudo y oscuro, un mordisco de nostalgia imposible de curar. Y entonces recuerdo que la vida misma es una paradoja: anhelamos lo que aún no hemos perdido, y sólo al soltarlo conocemos su verdadero precio.

Quizás, algún día, la próxima Adelien elegirá diferente. Quizás, al fin, la cadena se rompa, y ambas seamos libres.

Pero hasta ese entonces, la sala de espejos aguarda. Los reflejos se multiplican, los futuros se entretejen y, en algún rincón de todos los tiempos, una joven se enfrenta a sí misma y aprende lo que significa ser guardiana del péndulo, de la clave, y del precio de toda posibilidad.

Así termina—o comienza—mi relato. Porque en las paradojas, nada concluye: sólo seguimos girando, como el péndulo, danzando entre el ahora y el siempre, entre lo soñado y lo vivido, entre la elegida y la que elige, hasta que volvamos a encontrarnos.

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