Portada del relato Cosechar la Aurora
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Fragmento:


“¿Cómo ocurre?”, preguntó. “El exceso… la sobreabundancia. ¿Possessión, olvido, letargo? ¿Temen ustedes días de atasco, de sobresaturación?”

Duración: 08:22

Cosechar la Aurora
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Texto de ajuste de pausa.

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El módulo de aterrizaje se posó sobre el recubrimiento protector de la ciudad con un leve zumbido, apenas percibido entre el viento controlado y la vibración suave de los generadores atmosféricos. De la escotilla surgió un perfume a especias, reminiscencia de ese otro mundo que ya no sufría ni temía carecer de nada. Dentro, cuatro pares de ojos observaban el panorama que combinaba la geometría precisa de las cúpulas de cultivo con la distribución, algo más impredecible, de los espacios comunitarios. Aled había llegado temprano, según la costumbre adquirida de una infancia regida por la escasez; Maris, en cambio, se demoró, recogiendo las últimas partículas de memoria residual de su sueño.

Afuera les esperaba un equipo de recepción compuesto por seres de diferentes formas; algunos exhibían la leve transparencia común a la bioingeniería reciente, mientras que otros mantenían los contornos amigablemente humanos, por deferencia a la visita. Los Dadores, o así habían querido llamarse ante los anfitriones de esta colonia insular, portaban su cargo con austera dignidad, sin las reverencias retorcidas de los viejos diplomáticos o el celo casi religioso de los tecnócratas de antaño.

El primer paso en la nueva era era siempre el mismo: reconocimiento, análisis, trueque de salud y promesas de buen vivir. Pero aquí, en el epicentro de una sociedad sin hambre, enfermedad o privación, los viejos ritos adquirían un tinte apenas irónico, como si la orquesta tocara el último vals de una época extinguida.

“¿Bienvenidos?” preguntó el ser más alto, sus palabras moduladas perfectamente para la nostalgia lingüística de sus invitados.

Aled asintió, inseguro de qué ofrecía su simple acuerdo y de qué, en cambio, se le pedía a cambio. Había leído e interiorizado todo lo posible de los archivos: sistemas de distribución automática, contratos sociales de reciprocidad flexible, una cultura que giraba en torno al tejido de la abundancia. Recordaba con claridad los casos testigo de conflictos, de las primeras generaciones que dudaron que un mundo así pudiera sostenerse sin los mecanismos de moderación y disciplina de la escasez. Habían pasado siglos desde entonces, pero el temor persistía, emboscado en los márgenes de la conciencia.

El equipo caminó con ellos a lo largo de una calzada luminosa donde las paredes vibraban con una especie de rumor vegetal. De los nodos de energía fluía una música difícil de captar en su totalidad, como si los sensores auditivos estuvieran sintonizados a una escala sólo parcialmente humana.

Maris —de todas, la más reciente en asumir el manto de embajadora— fue la primera en romper el hielo más allá de los protocolos.

“¿Cómo ocurre?”, preguntó. “El exceso… la sobreabundancia. ¿Possessión, olvido, letargo? ¿Temen ustedes días de atasco, de sobresaturación?”

El anfitrión sonrió, como suelen sonreír los inmortales ante la impaciencia. “No tememos esa clase de día,” respondió, “aunque a veces llegan. La clave es el flujo. Aquí… nada dura en su forma mucho tiempo. Todo sirve después, en otro cauce. No almacenamos, sino circulamos. Y lo que no vuelve a nosotros, nutre a otros. Si acaso hay letargo, es uno elegido, la exploración de lo posible sin las cadenas de la necesidad. Algunos se pierden en ello. Pero la mayoría de nosotros despierta cada día deseando idear un uso nuevo, una alegría no repetida.”

Aled y Maris intercambiaron una mirada rápida. El miedo no era sólo por ellos: era miedo de que, incluso en un paraíso de autosuficiencia, algo fundamental a la experiencia humana pudiera evaporarse. El sacrificio. El sentido de propósito tejido en la lucha, en el superarse al otro y a uno mismo.

Mientras avanzaban hacia el núcleo administrativo —un término también transitorio aquí, pues la función sustituía a los nombres fijos—, pasaron por una plaza donde niños trotaba entre fuentes de energía, modelando a la vista juguetes de espuma inteligente. Un par de adultos, trabajados por las huellas del tiempo solo en la expresión (el resto de sus cuerpos, inalterados por la edad), les daban conversación distraídamente. No había vigilancia, ni pautas visibles de seguridad; aquí todos parecían ser dueños y servidores de todo.

Un panel se desplegó a su izquierda, mostrando una serie de configuraciones estéticas para las cúpulas exteriores. Los anfitriones los invitaban a alterar la forma de la cúpula más cercana con solo una sugerencia:

“Elijan una geometría,” dijo el guía. “Verán que el cambio no perturba ninguna función fundamental. La forma no limita la abundancia, es sólo otra manera de jugar.”

Aled vaciló. Siempre había creído que el control era la raíz secreta de la escasez, y que, en un mundo sin límites, el ejercicio de la voluntad podía devenir capricho o, peor aún, vacío.

Maris, en cambio, se lanzó: “Un círculo tórico, por favor. Con proyecciones de luz en el espectro del ultravioleta, visibles sólo para quienes quieran verlo.” El panel aceptó la orden y, en el horizonte, los arcos de la cúpula mutaron, las proyecciones destellando como auroras para quien las deseara.

“¿Cuándo sufren?” preguntó Maris, impetuosa. “¿Dónde está su dolor?”

El guía la miró por un largo instante, como calibrando la justeza o la utilidad de la pregunta.

“Elegimos historias, a veces, para temblar juntos.” Una pausa. “Simulamos pérdidas. Ensayamos despedidas. Recreamos pequeños duelos, problemas a resolver, incertidumbres. Pero el miedo real —el ancestral, el de no llegar a la próxima estación, el de perder a un ser amado para siempre— se ha disipado.”

Una figura nueva se acercó. Era Syven, el Cronista. En la vieja lengua, el nombre significaba “crisol” o “memoria repetida.” Syven extendió la mano.

“Existe una inquietud en nuestros visitantes. La compartimos,” dijo con suavidad. “A veces nos preguntamos si el precio de todo esto será el olvido del dolor genuino, y con él, de la empatía por el que todavía sufre en el universo.”

“Ustedes recuerdan a los Otros,” supuso Aled.

“El recuerdo es un deber aquí,” confirmó Syven. “No porque sea necesario para nosotros, sino como un compromiso. El universo entero aún no ha llegado aquí. Tal vez nunca lo haga. Así que cada generación se dedica a mantener vivo el testimonio de los ciclos de hambre, de escasez, de la devastación, como una llama que no debe apagarse.”

En una bóveda contigua, ese compromiso se mostraba de maneras inesperadas. Docenas de visitantes, humanos y no-humanos, exploraban realidades virtuales donde experimentaban guerras por energía, migraciones forzosas, crisis de significado. Syven los guió a través de uno de esos paisajes de reconstrucción histórica. Aled vio, desde fuera, cómo algunos caían de rodillas ante el simulacro del hambre. Otros sollozaban en privado, limpiándose luego y saliendo renovados, como tras una penitencia aceptada.

“¿Hasta cuándo?” preguntó Maris, sus ojos fijos en la escena. “¿Algún día abandonarán el testimonio, el tributo a la ausencia?”

“Nadie lo sabe,” admitió Syven. “Quizá sea un modo de estar seguros de que, si una vez todo esto falla, sabremos volver a construirlo.”

Ya oscurecía cuando los huéspedes regresaron a sus aposentos temporales, el aire perfumado de crecimiento y electricidad tímida. Aled le confesó a Maris, en voz baja:

— Nuestra gente dice que donde no hay necesidad, no hay virtud ni maldad. Dicen que la humanidad se vuelve blanda.

— Y, sin embargo, ¿no sientes curiosidad? —respondió ella—. Si acaso la virtud, en esta era, reside en custodiar la memoria, no en la privación.

En la conversación posterior, con el resto de los Dadores, la pregunta crucial se deslizó por fin:

— Si nos ofrecieran este mundo, ¿lo tomarían? ¿Podríamos confiar en que no nos perderíamos a nosotros mismos?

El guía —ahora sólo un oyente más entre iguales— replicó: “El riesgo permanece. Pero no es el mismo riesgo que el de perderlo todo. Es el riesgo de elegir lo que seremos en la plenitud, no en la necesidad. No todos eligen bien, pero todos pueden intentarlo.”

Fuera, a la luz de una aurora nunca antes vista, la esperanza y el miedo danzaban juntos, cada uno aceptando el suave desafío de seguir tejiendo significado, incluso después del último hambre.

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