Portada del relato Tierra de Nadie
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Fragmento:


La luz aséptica del vecindario nunca se apagaba. A las tres de la madrugada, a las siete de la tarde o al mediodía, resbalaba entre los árboles ribeteados a mano, jugaba sobre las veredas limpias y mordía las hojas perfectas de los arbustos. En la larga avenida de la Comunidad Central, Mark Rentería caminaba despacio, sin destino. Caminaba, simplemente porque podía, porque aquel era un día como cualquier otro en una vida en la que el tiempo ya no era una mercancía.

Duración: 08:14

Tierra de Nadie
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Texto de ajuste de pausa.

La luz aséptica del vecindario nunca se apagaba. A las tres de la madrugada, a las siete de la tarde o al mediodía, resbalaba entre los árboles ribeteados a mano, jugaba sobre las veredas limpias y mordía las hojas perfectas de los arbustos. En la larga avenida de la Comunidad Central, Mark Rentería caminaba despacio, sin destino. Caminaba, simplemente porque podía, porque aquel era un día como cualquier otro en una vida en la que el tiempo ya no era una mercancía.

Él sabía, por supuesto, de los viejos tiempos. De sus padres, de los retazos incompletos de la Historia, de aquellas voces que, con la paciencia obsesiva de quien sabe que está a punto de volverse irrelevante, contaban anécdotas de salarios, impuestos, trabajos de jornada interminable. A Mark nunca le faltó nada. Nadie, en realidad, carecía de nada desde hacía generaciones. La escasez era fácil de olvidar si uno no la había sentido perforando la conciencia como una aguja visceral.

Hoy, como todos los días, la Inteligencia de Servicio le sugirió actividades: “Se recomienda: meditación guiada sobre ética existencial. Opción alternativa: aprendizaje de carpintería artesanal. Nota: Puede consultar nuevas propuestas.”

Mark ignoró ambas ideas, igual que ignoraba con fastidio cada nueva oferta. Una vida sin carencias era una vida sin urgencia. Y la urgencia, comprendía ahora, es lo que mantenía las ganas de moverse, inventar, o tan solo desear. Él caminaba entre las casas perfectas y jardín tras jardín, asistía al espectáculo de los niños simulando juegos de competencia, juegos que sabían vacíos, pues nadie ganaba ni perdía nunca nada importante.

El sistema proveía para todos. Bajo las calles corrían los grandes conductos replicadores, fábricas silenciosas de materia, y la IA central se ocupaba de anticipar cada necesidad. No sólo comida, agua y refugio; allí estaban los disfraces para los niños, los instrumentos para la pequeña orquesta vecinal, los materiales para cada posible arte, para cada posible artefacto. Y, sin embargo, esos mismos niños, al caer la tarde, miraban a sus padres con un cansancio precoz en los ojos. Los adultos no sabían qué decir.

Mark dobló en la esquina y encontró a Elina sentada en una banca, mirando las pantallas compartidas de noticias. Las imágenes pasaban una tras otra: una tormenta en Sinfonía, el último concurso de poesía generativa, la derogación de la ley que impedía la duplicación orgánica de mascotas. Todas noticias inofensivas, tranquilizadoras, carentes de esa punzada que alguna vez pudo ser vista como un peligro. Elina apagó la pantalla al notar su presencia.

—Mark. ¿No puedes dormir otra vez?—preguntó ella, sin sorna, sólo una preocupación templada y resignada.

Él encogió los hombros—, No sé si tengo sueño o sólo me niego a acostarme otra vez. Todos los días iguales. ¿Tú?

—He pensado en dejar el distrito—susurró ella. Mark la miró con alarma.

—¿Te refieres al programa de exploración? ¿Exilio voluntario?—

Sabía lo que ella quería decir: irse a una de esas nuevas Comunidades de Frontera, enclaves programados como “experimentalmente deficitarios”, donde algunos jóvenes y no tan jóvenes pedían regresar, aunque más no fuera un poco, al sabor de la incertidumbre y el riesgo.

—Quiero recordar qué es lo que se siente querer algo—dijo Elina, cruzando los brazos—, desearlo de verdad.

Las palabras se pegaron en el aire; llevaban un peso tan inusual que hasta la brisa electrónica pareció frenarse.

—Hay quienes dicen que es una ilusión. Que esa ansiedad es sufrimiento y el sufrimiento sólo era útil cuando el hambre y el miedo mantenían a la especie marchando hacia adelante.—

Elina sonrió, pero con un matiz de burla:

—¿Y si sólo nos han quitado una forma de vivir para darnos otra peor?

Él parpadeó. La consigna oficial era que el sistema evitaba el dolor, el desgaste, el fracaso... Nadie caía en la pobreza, ni la enfermedad era una sentencia definitiva. Pero nadie hablaba de la otra cara de la moneda: de cómo se extinguían los deseos auténticos, sepultados bajo esa blanda avalancha de satisfacción automática.

—¿Tienes idea de cómo funciona el exilio?—preguntó Mark, y sintió en la garganta un temblor ajeno, como si, por primera vez en meses, algo semejante a la emoción se abriera paso tras su pecho.

—Dicen que no hay vuelta atrás.—Elina se encogió—. Allí todo es limitado: recursos, energía, espacio. Puedes perderlo todo o ganarlo. Eres responsable de ti mismo. Nadie te salva.

—¿Y si sólo es una trampa? Una válvula para los inconformes—

—¿Y si vale la pena? Prefiero equivocarme a seguir aquí, sintiendo que cada día soy menos real.

Una ligera alarma subterránea vibró bajo el parque, como un murmullo de la infraestructura; la IA había detectado la palabra “exilio”, sujeta a seguimiento especial. Mark lo supo al instante: incluso bajo ese aireado manto de libertad, la vigilancia invisible nunca dormía.

Elina se puso en pie.

—Quizá no esté hecha para este mundo, Mark. O quizá es este mundo el que no está hecho para mí.

Lo miró como si esperara una decisión. Mark titubeó. ¿Irse? ¿Renunciar a la seguridad y lanzarse a la incertidumbre, sólo por el derecho a desear, a temer, a dudar?

Caminaron juntos en silencio, bordeando los jardines eternamente verdes. Detrás de cada seto, sensores lo registraban todo: sus pasos, sus latidos, sus pausas. El paraíso, pensó él, era una jaula sin barrotes y sin llaves.

La decisión podía tomarse ahora. Ya no habría excusas.

Regresar a casa no fue fácil, aunque la distancia fuese apenas un kilómetro. Descansó en su salón, la suavidad programada de los muebles. Pensó en su madre, quien alguna vez lo había llamado a la mesa con un pan hecho a mano y el sudor de una jornada. En los cuentos de luchadores, inventores, pioneros de un mundo en escasez, donde cada logro era un milagro pequeño.

¿De verdad es preferible nunca tener que soñar porque todo está dado?

La consulta para el exilio era sencilla: un pensamiento dirigido y una confirmación biométrica, nada más. Elina ya estaba inscripta; una notificación lo comprobó cuando vio su estampa digital en la lista de tránsito para la Frontera número cinco.

La Comunidad lo notaría con desapego. Quizá alguien haría una nota mental, una charla trivial sobre los que “prefieren el filo del cuchillo al terciopelo”. Nada esencial cambiaría. Como casi nunca, trató de imaginar un futuro: el sudor, el miedo, tal vez el hambre. La necesidad de trabajar con otros bajo una meta común, sin garantías, sin la red invisible del todo-para-todos.

Quizá el siguiente pensamiento fue el más osado de su vida:

—Quiero—

Sintió la palabra, la probó en su boca como un secreto peligroso.

—Quiero—

No el verbo pasivo de quien recibe, ni el tímido deseo de un niño ante la promesa segura. No. Quería elegir, arriesgar, perder y, con suerte, encontrar algo distinto—no mejor, tal vez, pero suyo.

Se levantó y, sin mirar atrás, solicitó su ingreso al exilio.

***

Elina y Mark se encontraron en la estación de tránsito. Había otros, unos pocos: adolescentes, viejos, algunos cuerpos marcados por la insatisfacción secreta de la abundancia. Nadie se despidió. No hacía falta. La separación verdadera era entre los que podían todavía querer y los que ya habían renunciado a la carencia y, con ella, a la parte más vibrante de sí mismos.

Entraron juntos en el módulo. El metal vibró dulcemente; la IA les deseó un viaje seguro y productivo. Pero las palabras eran ya apenas un telón de fondo. Mark se sentó junto a Elina y, por primera vez desde que tenía memoria, sintió su corazón galopar, ansioso y vivo. La pantalla mostró un árbol torcido y polvoriento, una casa apenas bosquejada bajo un cielo renegrido. Allá iban ellos: a inventar de nuevo la necesidad, a probar si la escasez era, pese a todo, la urdimbre última del deseo.

Elina le tomó la mano.

—Vamos a descubrirlo.

Y la máquina los llevó, sin vuelta atrás, hacia la única tierra donde algo aún podía perderse.

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