Fragmento:
Me obsesionó esa frase: regalo de dolor. Empecé a buscar, a husmear en los márgenes, los microcomunidades de privacistas y ecos, los monasterios de silencio, los clubes secretos de limitación voluntaria. Algunos se negaban acceso al sistema, de manera radical: ayunaban, vivían en cápsulas sin conexión, atesoraban penurias simbólicas. Les llamaban mendimillonarios.
Duración: 08:11
*********
No es fácil contar esta historia sin sonar ingrato. Desde hace más de cien años la Humanidad –esa categoría borrosa y desbordante, cada vez menos un conjunto y más un tránsito– ha vivido en la plenitud que prometían los místicos y temían los tacaños: la pos-escasez. Nombre frío, casi técnico, para una vida en la que nada material faltaba. El quantum de energía brotaba de cada pieza de infraestructura como agua de manantial, la manufactura automatizada esculpía todo capricho físico, la información fluía líquida y libre. Pobreza y enfermedad, aquellos viejos lobos, se aullaban solo como historia en las clases infantiles, y casi se notaba nostalgia en la voz de los cuentos.
Nací, como tantos, en una de las esferas flotantes que coronan Nueva Dar es Salaam, una cáscara viva de biolaminados y fibra de oro, cuidada por enjambres de nanobots como un bosque cuida su propio equilibrio. Mi primera memoria es la del tacto gelatinoso del piso bajo los pies desnudos, y la segunda la de miho, mi progenitor, susurrando al oído lo improbable de merecer tanto y la importancia de no olvidarlo. Como si olvidar lo imposible fuera posible.
A los dieciséis años, tras la Ceremonia de Libertad, tenía derecho a lo mismo que todos: una vivienda propia, privada, secretamente mía aunque nada en ella pudiera llamarse escaso. Podía reformarla a mi gusto con solo pedirlo a Onico, el asistente doméstico general. Acceso al conocimiento absoluto, amistades y amantes artificiales o reales, viajes interplanetarios de una ligereza agobiante. Custodio sin mérito de todo.
No todos lo llevaban igual. Unos se anclaban en pasatiempos infinitos: el perfeccionismo bordando estrellas de helio, la arqueología de los desperdicios, la curaduría de mapas de pasados alternativos. Otros huían despacio, hacia la virtualidad pura, donde la carencia se podía simular a cada segundo, y el logro, esa droga antigua, se compraba para sentir el pulso de crecer.
Mi nombre es Sira, y lo que a mí me faltaba, lo que no sabía buscar ni pedir, era el deseo.
La paradoja me atormentó desde la adolescencia. Si podía tenerlo todo, ¿qué sentido tenía querer algo? Onico me sugería desafíos, lujos, viajes, juegos de ingenio y conquista: “Asume un enigma clásico”; “Abandónate a las pasiones físicas”; “Dedícate a una causa perdida, como las viejas ONGs”. No podía impedir la sospecha de que todo juego era de tablero y que cada tablero ya había sido diseñado por otro, con trampas y premios incluidos.
Un día, en la plazuela de recombinación, donde se cruzan los que buscan encuentros improbables, conocí a Rual. Su pelo era azul, no por diseñofobia sino porque crecía así, mutación legal desde hacía generaciones. Rual tocaba una guitarra real, hecha de madera real, una rareza legalmente irrestricta en un mundo de síntesis. Cantaba sobre hambre, con dulzura irónica; sobre anhelos tan abstractos que ni nombre tenían.
—Tocar esto me da sentido del límite —me confesó una noche, cuando el vino verde apenas adormecía mis inhibiciones—. Sé que podría tener un millón de guitarras, las mejores, todas a la vez, pero yo la fabriqué. Pude tardar cincuenta días en hacer lo que una máquina haría en cincuenta segundos. —Calló, rasgueó una nota y añadió—: Fue un regalo. De mi propio dolor. Eso me enseñó algo.
Me obsesionó esa frase: regalo de dolor. Empecé a buscar, a husmear en los márgenes, los microcomunidades de privacistas y ecos, los monasterios de silencio, los clubes secretos de limitación voluntaria. Algunos se negaban acceso al sistema, de manera radical: ayunaban, vivían en cápsulas sin conexión, atesoraban penurias simbólicas. Les llamaban mendimillonarios.
Pasé una semana en uno de sus retiros. Allí, bajo un domo de oscuridad (luz solo de velas, hechas a mano), aprendí a labrar madera con la torpeza del que nunca trabajó. Me sangré los dedos antes de lograr una astilla uniforme. Los otros sonreían con una solidaridad casi patética, como si mi dolor validara sus convicciones. Pero la recompensa nunca llegó. Lo intenté: ayuné, pasé frío, incluso abracé la soledad elegida. Todo era una copia, una impostura. El contexto lo estropeaba. Siempre sabía que bastaba una palabra para volver al confort. La tentación era mi herencia, y la renuncia una teatralidad.
Rual me encontró al salir de mi tercera semana fallida. Caminamos por los pasillos de la estación, donde los anuncios luminosos ofrecían todo excepto sentido. Sus manos, deformadas apenas por la madera, tomaron las mías.
—No buscamos el límite hasta que nos lo imponen. Nuestra tragedia es la abundancia. Eso ya lo dijeron los viejos filósofos.
—¿Y tú? ¿Sientes algo?
—A ratos. Cuando consigo olvidar que puedo tenerlo todo. Cuando la ficción de escasez me engaña por un minuto. Otras veces me resigno, solo disfruto la música.
Cada vez que veía a Rual tocar, la pasión con la que apretaba los dedos me parecía una oración. Yo, en cambio, no lograba la fe en el dolor: todo intento me retornaba al confort, como una elástica invisible.
Por eso, cuando apareció Amber en el Templo de las Interrupciones, me dejé llevar. Ella era una programadora de límites, una artista de la frustración. Había creado un espacio digital –ParadisoX– donde todo se podía tener, pero sólo tras pasar por sueños, enigmas y rupturas interiores. Sus seguidores sufrían, lloraban, gritaban. Luego despertaban y, aunque sabían que era una ilusión, algo de esa herida quedaba. Amber llamaba a esto "la puesta en escena del vacío".
Le pregunté una tarde, sentados en una terraza de nubes simuladas:
—¿A quién le sirve eso, si sabemos que nada nos puede faltar? ¿Para qué fingir la necesidad?
Me observó con la calma de los que dominan el arte de la pausa.
—El deseo, Sira, es una ficción útil. Nuestra especie está modelada para aspirar, para añorar. Da igual que la escasez sea un recuerdo. Debemos inventarla o nos vaciamos.
—Pero… ¿Eso no nos convierte en actores de una tragicomedia eterna?
—¿Y acaso hay alternativa? Nadie conoce el precio de la abundancia más allá de la ausencia de sentido. Sin teatro, nos volvemos transparentes para nosotros mismos.
Decidí adentrarme en ParadisoX. Allá, experimenté la sed en oasis imposibles, la espera infinita ante recompensas pequeñas. Soñé ser presa en ciudades laberínticas, correr a contrarreloj por un trozo de pan caliente. Cada reto era, en un plano intelectual, absurdo; pero allí, en el centro onírico, la necesidad dolía. Y, tras cada liberación, el eco de la carencia se quedaba, cálido y doloroso. Volvía a la realidad con una añoranza feroz de algo que nunca había perdido.
¿Funcionó? En cierto modo.
Comencé a crear mis propias ficciones de carencia. Juegos mentales, ciclos de responsabilidad, amores no correspondidos, colecciones de tareas imposibles. A veces con Rual, a veces sola. Re-aprendí a desear, aunque cada vez era más difícil engañar a la mente. El cuerpo se rebelaba, se acomodaba rápido, el consuelo latía en cada célula. Pero, por ráfagas, recobraba el hueco, sentía el tirón de querer.
El secreto, tiempo después, me lo confesó Amber en un susurro de algoritmos: no es la escasez, sino la tensión lo que da sentido. El ansia de plenitud, el viaje, la curva de la búsqueda. Así, la civilización de la pos-escasez redescubrió la tragedia, no por hambre o miseria, sino por el zarpazo de la falta artificial. Allá, entre las máquinas satisfechas y los dioses de silicio, los humanos seguimos escribiendo relatos de dolor inventado para sentirnos, aunque sea, un poco reales en el imposible banquete de la abundancia.
Y yo, Sira, en la plenitud, descubrí la nostalgia. No por lo perdido, sino por lo nunca necesario. En la penumbra del deseo, finalmente, encontré la forma de desear.
Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.