Portada del relato El Peso de la Ausencia
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Fragmento:


No digamos que al Maestro Kura le fastidiaba el trabajo, no exactamente. Era solo que las horas se estiraban mucho cuando una vida podía durar milenios y todos los caprichos del cuerpo eran atendidos antes de enunciar la necesidad. En el centro del Gran Conservatorio Multiversal, lo único de lo que nunca parecía haber suficiente era tiempo al margen de sí mismo. Cada dimensión tenía su propio sol, loco y coloreado, y sus propias nostalgias implícitas: Kura las custodió durante lo que, para algunos universos, podría equivaler a toda la saga de la existencia.

Duración: 09:06

El Peso de la Ausencia
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Texto de ajuste de pausa.

No digamos que al Maestro Kura le fastidiaba el trabajo, no exactamente. Era solo que las horas se estiraban mucho cuando una vida podía durar milenios y todos los caprichos del cuerpo eran atendidos antes de enunciar la necesidad. En el centro del Gran Conservatorio Multiversal, lo único de lo que nunca parecía haber suficiente era tiempo al margen de sí mismo. Cada dimensión tenía su propio sol, loco y coloreado, y sus propias nostalgias implícitas: Kura las custodió durante lo que, para algunos universos, podría equivaler a toda la saga de la existencia.

El Maestro podía, si se arrogaba el esfuerzo, mirar a través de treinta y nueve o noventa variantes de sí mismo. En el Multiverso de la Post-escasez, cada “yo” poseía un nombre, un amor, un propósito único, o al menos esa era la teoría. La realidad resultaba más prosaica: preferían llamarlo “aburrimiento divino” y lo combatían con combinaciones aleatorias de deseo y deber.

Así conoció a Tali—o, mejor dicho, a la Tali XXVII—cuando una petición resbaló a través del canal de la improbable casualidad: “Se busca acompañante para explorar resonancias emocionales divergentes. Convencionalismos a evitar. Fuerte preferencia por la paradoja.” Una cita, al final de las eras.

Kura contestó. Se citaron en una geoda flotante —una burbuja facetada de zafiros orgánicos donde el aire tenía perfume de cáscaras violáceas; el lugar favorito de Kura-8, cuya especialidad era la horticultura de ecos.

-Mi curiosidad es genuina, pero mi entusiasmo es fingido en un 17%,- anunció Tali XXVII mientras se acomodaba en un sillón mielado que ondulaba para abrazarla.

-Estadísticamente por encima de la media,- concedió Kura. –¿Reliquias, narrativas o pérdidas irreversibles?

-Te propongo: dualidades desleídas,- dijo ella. Hizo gestos mínimos con las manos—una danza cortés, centelleante. Entre Multiversos, comunicarse era también negociar el lenguaje.

Así, el juego comenzó. Era tradicional, aunque ahora apenas existían tradiciones estrictas más allá de la física fundamental: un duelo de historias. Empezaría Kura:

-Imagine un mundo donde cada deseo se satisface en el momento en que se formula. Un edén, sin violencia ni muerte, ni siquiera memoria tangible de privación. Pero en un experimento, a uno de los habitantes se le borra, por un lapso, el acceso a la fuente inagotable. El vacío invade. ¿Qué hace la criatura entonces? Ruega estar de vuelta en el olvido. — Kura hizo una pausa, midiendo las fluctuaciones de Tali.

-Excelente. Mi turno,- replicó ella. —Desde otro ángulo. Un universo donde toda escasez se concentra en un solo ser por generación, cargando todas las carencias por los demás. El Martirio del Único. Sus gemidos perforan la paz universal, pero nadie osa enfrentarse al privilegio de la abundancia. ¿Caerán sobre el siguiente cuando ese ser desaparezca o liberará la compasión a los demás?—

Contemplaron el pulso lento de la realidad por un momento, midiendo los reflejos en los ojos ajenos, cada uno evaluando la grieta más prometedora allá donde todos los universos parecían coincidir en la soledad fundamental.

Fuera, las ciudadelas multicolor también obraban sus trucos y el Multiverso se arrullaba en hebras y ramas simultáneas, con infinitas derivaciones de Kura y Tali tal vez encontrándose, evitando, o incluso consumándose. Pero aquí dentro, sólo dos, solos con su duelo de relatos y su vigilancia recíproca del tedio.

-¿Por qué el desafío?- preguntó Kura. –Con nuestra Conexión, podrías experimentar la paradoja múltiple en todas las variantes. Podrías elegirme en cualquier versión de mí.

-Eso sería simple,- replicó Tali XXVII, con una sonrisa filamentosa. -La multiplicidad es abundancia, pero la significación es escasez. Somos millonarios de conexiones, pero pobres en sentido. Tejer una relación singular implica crear una carencia artificial.-

-Los dioses de antes sólo se reconocían al fracasar. ¿Debemos fallar para merecernos?- Kura dejó que la interrogación resonara.

-El Multiverso te permite todas las combinaciones posibles,- concedió ella.-Pero sólo pesa lo que elijas perder entre los brazos. ¿De qué sirve danzar en todos los jardines si sólo uno tuvo importancia al arriesgarte a no tenerlo?

Kura, cuyo deber era conservar y ordenar las historias de la ubiquidad, se sintió sorpresivamente incómodo. En ese momento experimentó—apenas—algo parecido a hambre, o acaso a incertidumbre.

-Nunca le di importancia al rumor humano sobre “significado”,- confesó. -Las Replicaciones emocionales tienden a ser imperfectas y su valor es anecdótico. Pero…- extendió una mano, temblorosa en la membrana airada de la geoda.-Todavía soy capaz de dudar.

Tali sonrió, la sonrisa de todas las Talies algo menos triunfal quizá. -Te traje aquí para probar un experimento. Elegiré no duplicarme con respecto a nuestra cita. Este instante no tendrá reflejos. Ninguna Tali lo compartirá. Si te doy un beso, en esta burbuja facetada, el hecho quedará tan solo como una esfera matemática perdida entre las probabilidades.-

Un silencio se posó, denso como la antesala del big bang. Los ecos del Multiverso guardaron descreta distancia. Un beso en este contexto era un evento de riesgo bajo, pero existencialmente costoso: Tali renunció a la convergencia, rechazó el enjambre de alternativas. Era una apuesta agresiva en una economía donde nada más era caro.

-Quiero preguntarte…,- murmuró Kura-.¿Y si este momento no se registra? ¿Si fracasa y nadie, ni siquiera nosotras, lo preserva…?

-Eso es el precio. Todos pueden tenerlo todo, menos la certeza de que tenía importancia,- replicó ella.-Olvida el entorno: tienes la gloria del vacío, el lujo escandaloso de la auténtica posibilidad de perder algo.

Precisamente entonces, fuera de la geoda, la arquitectura del espacio colapsó momentáneamente bajo el peso de su elección. Unas pocas ramas cuánticas se marchitaron, dejando aquella esfera como la única genuinamente singular: Tali y Kura, no duplicadas, no traducidas, no abolidas por la redundancia.

Kura sintió la náusea del vértigo y la ebriedad del miedo. También la chispa de invención, esa que, en otros ratios de existencia, habría sido equivalente a amor. Sabía que su función como conservadora le impediría registrarlo en el Archivo. Tal vez, cuando el Multiverso se desvaneciera en la erosión térmica, nadie recordaría este acto.

Pero la historia era otra cosa mientras se vivía.

La burbuja absorbió el temblor, sus superficies estallando en nanocoronas satinadas. Era el lenguaje secreto del consentimiento.

Cuando finalmente, ambos retrocedieron, había una grieta en la membrana—una rotura minúscula, pero fatalmente irreversible en su geometría.

-Lo que hemos roto ahora existe… por no existir en ningún otro sitio,- dijo Tali. -La primera escasez auténtica en mil generaciones.-

Kura sintió el peso del relato, la ausencia tan real como antes era la plenitud. Tenía, por primera vez, algo que perder. De ahí en adelante, se supo, toda la eternidad sería solo un eco menguante de aquella brecha voluntaria.

-Tal vez la única pregunta seria es: ¿podremos hacerlo de nuevo? ¿O siempre será otra vez una versión de la primera y última vez?- preguntó Kura.

-Dependerá de cuánto dolor puedas tolerar,- replicó Tali, enroscando un dedo en el aire donde aún titilaba la fractura.

Fuera, en los caminos del Multiverso, la noticia recorrió a las otras Talies y Kurases, una ráfaga de envidia, tristeza y asombro. No todos los universos podían aceptar la herejía de donarse a la escasez, ni de asumir el precio de una libertad irrevocable apenas por un instante.

Pero cada burbuja de singularidad es a la vez promesa y condena. Kura continuaría como conservador del Gran Conservatorio. Los amores perfectos florecerían y marchitarían en la opulencia de la comunicación y la abundancia. Sin embargo, la grieta en la geoda sería visible para quien supiera mirar: la cicatriz de haber arriesgado significado, de haber peleado contra la tiranía de la posibilidad infinita.

Así, el juego de los relatos prosiguió, pero, desde entonces, entre las miles de combinaciones de relatos circulaba la leyenda de los dos que una vez se atrevieron a elegir, y perdieron juntos la comodidad universal del todo al alcance y ganaron, por un fugaz latido, la miseria dorada de la ausencia propia.

Las historias del Multiverso se bifurcan sin cesar. Pero a veces, una se cierra como puño en torno al hueco que deja el significado. Kura y Tali XXVII ya nunca serían los mismos; tampoco sus infinitas versiones. En adelante, en cada caricia, acechaba el temblor de aquel primer vacío, porque lo más escaso, allí y ahora, no era ya la abundancia, sino el ser únicos en una realidad que no tolera lo irrecuperable.

Y en esa paradoja residía, al fin, el arte mayor de los post-dioses: recordar que en el Multiverso puede haber de todo, menos segundas primeras veces.

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