Fragmento:
—Creí que vendrías, abuela —dijo la figura. Era Orsei, su nieto de trece años cronológicos, aunque su conciencia albergaba ya miles de simulaciones y recuerdos de vidas pasadas, suyas y de los demás, en los enjambres de intercambio.
Duración: 09:00
Las nochebuenas de Junia Mevrik florecían blancas, erguidas como promesas, en la baranda del invernadero. El aroma dulzón se mezclaba con la brisa templada que bisbiseaba a través de aberturas diseñadas por ingenieros de climas, y ni Junia ni sus invitados recordaban la última vez que habían sentido frío o calor verdaderos. Desde uno de los bancos de mimbre, donde sus hijos adultos conversaban con su nueva pareja polimorfa, Junia contemplaba cómo, a lo lejos, el fulgor de la Cúpula Central destellaba bajo la luna. En los viejos tiempos, se habría llamado mansión a semejante construcción; hoy ni siquiera la palabra hogar la abarcaba del todo.
Al principio, los sistemas de abundancia habían sido debatidos con vehemencia: ¿era derecho o privilegio el regalo sin límites? ¿Podía la prosperidad sin trabas salvar a la humanidad de sí misma o, como algunos antiguos temían, hundirla en la apatía? Pero el miedo a la escasez se extinguió antes de que las dudas envejecieran. Ahora, apenas tres generaciones después del Gran Consenso, vivienda, comida, placer y conocimiento fluían en silencio hacia todos, diseñados a la medida, nunca excesivos, nunca roídos por el temor de perderse.
Pero aquello que abundaba, lo apreciaba menos. O eso decían los cuentos de antes.
Una melodía cristalina brotó repentinamente de las balizas sónicas y los nietos de Junia dejaron de perseguirse para escuchar. Era la llamada al festín: una versión recreada del timbre de la abuela de Junia, un eco cuidadosamente conservado en su árbol genealógico digital, arbitrario y lleno de nostalgia programada. Todos los habitantes del vecindario sabían que aquella era la hora de la sinfonía compartida de alimentos; la IA organizadora cruzaba deseos, alergias, recuerdos sensoriales, y de las cocinas automatizadas brotaban manjares inventados y redescubiertos.
Pero esa noche, Junia sentía un zumbido de inquietud bajo su piel. ¿Habría cambiado realmente todo? Había alcanzado el centésimo trigésimo segundo año y, según su propia elección, había renovado su cuerpo y mente otras tres veces. Y sin embargo extrañaba algo que no sabía nombrar, un vacío imposible en tiempos de plenitud.
Mientras la comida flotaba hacia la mesa levitatoria, Junia pidió permiso —un formalismo, pues todo en la ciudad estaba tejido para el consentimiento— y se retiró a la terraza del nivel superior. Allí, más allá de la vista de los hologramas y los asistentes neurales, el aire olía menos a flores y más a la memoria de la noche.
Una figura la esperaba, apenas translúcida bajo las luces danzarinas de las luciérnagas sintéticas.
—Creí que vendrías, abuela —dijo la figura. Era Orsei, su nieto de trece años cronológicos, aunque su conciencia albergaba ya miles de simulaciones y recuerdos de vidas pasadas, suyas y de los demás, en los enjambres de intercambio.
—¿No te atrae el festín, Oso? —bromeó Junia usando el apodo de infancia.
Orsei sonrió. Tenía la sonrisa de su padre y la curiosa inclinación de cabeza de su tía Ileni, recuerdos gestuales compartidos que persistían a la perfección en las mentes celulares y máquinas.
—No siento hambre —admitió, rascando la barandilla, gesto inútil pero humano—. Pero tampoco estoy lleno. ¿Te pasa a ti también, a veces?
Junia asintió. Juntos, permanecieron en silencio, contemplando la secuencia de esferas lumínicas que cruzaban el cielo: mensajes de amor globular entre los satélites de Júpiter, espectáculos destinados a sorprender desde la distancia. El arte, la belleza, el asombro; todos repartidos como nunca antes.
—Un día leí que, en los viejos tiempos, la gente llegaba a matarse por una hogaza de pan —musitó Orsei—. ¿Eso era verdad?
Junia pensó en las historias transmitidas por sus abuelos, oídas de labios temblorosos, y también en los archivos digitalizados de la Era del Pánico: videos desgarradores, precios ganados a la sangre, sueños ahogados por la sed. Ahora, esas imágenes se sentían inverosímiles, casi crueles en su intensidad.
—Era real —dijo, y enunció la palabra con la solemnidad de un arma antigua—. Teníamos miedo del mañana. Y, a veces, ese miedo nos hacía mezquinos, valientes o crueles. Nadie añora ese tiempo… pero tampoco conviene olvidarlo.
Orsei la miró inquieto.
—No hago nada útil, abuela. Nada que otros no puedan tener por sí mismos, aquí y ahora. Hablo con mis amigos, invento juegos, copio recuerdos que otros ya han creado mejor antes… Me siento redundante.
—¿Y a mí de qué me sirve vivir tanto? —replicó Junia con ternura, acariciándole la mejilla—. Todo lo que hago ha sido enseñado antes. Sin embargo, tus juegos y mi nacer de nuevo son únicos. No hay dos seres idénticos, ni siquiera en una ciudad donde todos pueden poseerlo todo. La vida es especial no por lo que escasea, sino por lo que elegimos compartir o guardar.
Orsei no pareció convencido. Bajó la vista a los Jardines Inalterables: un anillo selvático que rodeaba la ciudad, parque memorial con plantas resucitadas de semillas extintas, atendidas eternamente por drones y susurros de código autodidacta. Allí, toda especie perdida renacía bajo cuidados singulares. Sin embargo, a Orsei le parecía un museo, no una selva. Un lugar para admirar, no explorar. Para quién era la selva, si todos podían visitarla, entenderla, o poseerla con un pensamiento.
—Grandma, ¿crees que el mundo es… demasiado perfecto? —preguntó.
Junia rió bajo, un sonido más cálido que la noche.
—El mundo es más complejo que cuando yo era niña. La perfección es solo apariencia. Todavía hay belleza inesperada, todavía hay misterios. El amor, por ejemplo. O el coraje. O…
Las palabras se perdieron en la brisa cuando una sombra pasó rápidamente sobre sus cabezas y, de improviso, Orsei desapareció. Junia parpadeó. El lugar donde estaba el niño ahora era vacío, como si nunca hubiese habido nada allí.
Un impulso de alarma cruzó la red sináptica de la ciudad. Allí, cada emoción intensa era detectada en el acto, neutralizada con suaves ríos de endorfinas virtuales. Pero Junia bloqueó el mecanismo antes de que la serenidad la ahuyentara. Quería, necesitaba, sentir el pánico, el filo antiguo del miedo.
Recorrió la barandilla y clamó el nombre de su nieto. Nadie respondió. No hubo eco ni en la mente de la IA tutelar ni en los canales públicos; Orsei, simplemente, no existía en el censo. Imposible. Nadie, desde el Consenso, podía “desaparecer”.
Esa noche, algo viejo y esencial, algo anterior al bienestar, despertó en ella. Recordó el sudor de los días escasos y la urgencia de buscar, de proteger, de perder. El relato de sus ancestros, y su propio miedo, se mezclaron. Desconectó todos los subprocesos de comodidad y se lanzó a la ciudad.
Fue al Jardín, corriendo por caminos donde las autolámparas parpadeaban e iluminaban senderos de musgo programado. Oía su sangre, oía el sonido propio de su respiración. ¿Eso era ola de nostalgia por el peligro? No. Era vida.
A cada paso, los sistemas de seguridad trataban de tranquilizarla, neutralizar la tormenta química de su cuerpo. Los ignoró. “No quiero consuelo”, pensó. “Quiero acción.”
En el centro, encontró a Orsei. El niño estaba agachado en la espesura de un helecho, junto a una criatura rugosa y diminuta. Una rata prehistórica, resucitada por el capricho de los biólogos en el afán memorial. Orsei la tocaba y lloraba.
—¿Qué te sucede, Oso? —murmuró Junia, agachándose a su lado.
—Ella… está muriendo. Vive solo unos días, es su ciclo. Nadie la salvará. Ni siquiera puede pedirlo.
Junia acarició el cabello de su nieto.
—No podemos salvar a todos de todo, ni siquiera en esta era.
El niño levantó la cabeza. Sus ojos ardían con una luz nueva.
—Entonces quería sentir cómo era perder algo que no podía evitar. Mi simulador me lo mostró, pero no era igual. Lo virtual no duele igual.
Junia abrazó a Orsei, sintiendo el temblor pequeño de su cuerpo. Comprendió, al hacerlo, el motivo oculto de su nostalgia: la escasez era la maestra de la pérdida, pero también de la esperanza.
Al volver a casa, Junia no pidió bloquear el recuerdo. Lo guardó, íntegro, con sus partes rotas, como los relatos de antaño. En la abundancia eterna, la única escasez era la del riesgo, la pérdida, la emoción real de lo irremediable. Y, juntos, supieron contarse un cuento distinto: el de una humanidad que, habiendo conquistado el temor, aprendía a buscar propósito no en la carencia sino en la elegida fragilidad del amor.
Así terminó la noche: en el umbral de la paradoja, bajo la Cúpula donde todo era posible, menos la huida de uno mismo. Y, por primera vez en mucho tiempo, Junia durmió soñando no con lo que poseía, sino con aquello que estaba dispuesta a perder.
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