Fragmento:
Afuera, en el distrito superior, Yara —madre de Leo, diseñadora de memoria sensorial— resolvía problemas sutilmente distintos. Con el presente asegurado y el futuro garantizado para cada ciudadano, las personas habían redescubierto el abismo interior: la insatisfacción existencial. Los velos de la escasez habiendo caído, florescieron nuevos tipos de conflictos; no sobre el tener, sino sobre el ser.
Duración: 08:27
1
Año 2194. El sol recorría su órbita indiferente sobre las ciudades viperiales construidas por la humanidad, incrustadas en la Tierra como joyas opalinas. Desde el espacio podrían parecer nidos irreales, rebosantes de luz, brillo y energía condensada, pero sobre el suelo —a pie de calle, bajo las inmensas bóvedas climáticas— sólo reinaba una quietud cuidadosamente fabricada.
Un niño de once años, Leo, avanzaba calle abajo contemplando su entorno. Nadie parecía tener prisa, nadie se preocupaba demasiado por nada. Las máquinas zumbaban en sordina, transportando xilogel, alimentos preparados, entregando vestidos nuevos y reparando cualquier imperfección sin preguntar, ni reclamar agradecimiento. Las pantallas flotantes no mostraban anuncios: titulares culturales, arte, noticias de colonias lejanas, sí, pero no promesas de un mañana mejor. Después de todo, el mañana ya había llegado.
Al cruzar una esquina curva y de vidrio polarizado, Leo dudó. Su madre le había prohibido acercarse a la Biblioteca de Carencia —un edificio en forma de esfera achatada, que reflejaba el sol como una perla tensa— pero la atracción era demasiado fuerte. Sus amigos contaban leyendas: “Puedes ver cosas viejas. Gente haciendo filas para comida, hospitales llenos, personas llorando por falta de agua. Cosas horribles.” Y otros decían: “Te vuelves loco si ves lo antiguo. Comienzas a querer cosas inútiles.”
Leo, curioso por naturaleza, se deslizó hasta la sombra de la Biblioteca y examinó la puerta. Bastaba con querer entrar: el reconocimiento neural lo identificó como menor de edad y una voz suave lo invitó a las Salas Educativas. El piso, compacto como roca lisa, parecía absorber el ruido de sus pasos; todo era limpieza y geometría.
“Bienvenido, Leo.” Una figura holográfica —un adulto de rostro amable— apareció frente a él. “¿A qué sección deseas acceder?”
Leo pensó en preguntar por los alimentos, pero dudó. “Quiero ver… la pobreza.”
La figura asintió, y surgió una cúpula dentro de la cual la temperatura descendió ligeramente. Leo se encontró rodeado por imágenes dinámicas: una familia en un apartamento diminuto, peleando por raciones mínimas; niños corriendo hacia un camión de sopa, abuelos contando monedas al comprar medicamentos. No podía oír, pero la tensión en los rostros le resultaba suficiente.
“En la sociedad de post-escasez,” explicó la figura, “estos conceptos fueron superados. Energía ilimitada, materiales replicados, automatización total de la producción. ¿Sabes qué significa eso?”
“Que nadie… necesita nada,” titubeó Leo.
“Más exactamente: las necesidades básicas físicas dejaron de existir. Pero los deseos, Leo, nunca acaban.”
2
Afuera, en el distrito superior, Yara —madre de Leo, diseñadora de memoria sensorial— resolvía problemas sutilmente distintos. Con el presente asegurado y el futuro garantizado para cada ciudadano, las personas habían redescubierto el abismo interior: la insatisfacción existencial. Los velos de la escasez habiendo caído, florescieron nuevos tipos de conflictos; no sobre el tener, sino sobre el ser.
La consulta de Yara comenzaba al amanecer. Sus clientes no pedían recursos —eso era tan fácil como tocar una consola o programar el nanohogar— sino experiencias: sensaciones intensas, sin dolor real, parpadeos de éxtasis o escalofríos de nostalgia reconstruida al detalle.
El asesor de programación neuronal la esperaba tras la puerta semitransparente, una sonrisa fija de IA. “Nueve reservas de profundidad emocional y tres simulaciones imprevistas para líneas de tiempo alternativas.” Yara chasqueó la lengua, cansada: el precio de la abundancia era la demanda emocional sin fin.
La última cita era Heber, un hombre que bordeaba los ochenta y que había vivido la transición. En su frente, arrugas profundas, pero en sus ojos claridad intacta.
“¿Por qué estos recuerdos, Heber? Puedes elegir cualquier realidad sensorial.”
“La memoria de la escasez me da propósito,” musitó él. “Antes, luchábamos por agua limpia, un pan, una habitación entera para uno mismo. Ahora, la lucha se diluyó. ¿Cómo encontrar sentido sin privación, Yara?”
Lo miró largo rato antes de responder. El dilema era universal, el núcleo de la pos-escasez: sin la sombra de la falta, el deseo perdía su filo, y el propósito su urgencia.
“La memoria es la escasez controlada,” le dijo. “Revives lo limitado, para amar lo ilimitado.”
3
Leo regresó a casa, silencioso y sin ganas de sumarse a la mesa redonda de impresiones familiares. Su padre leía un ensayo sobre la expansión hiperespacial de la conciencia; su hermana proyectaba mosaicos artísticos en el aire, impaciente por elogios. A Leo sólo le rondaba una pregunta:
—¿Por qué existía la Biblioteca de Carencia? ¿Por qué preservar recuerdos tan amargos?
Yara, sabiendo por instinto de madre dónde había estado el niño, le acarició la cabeza y respondió con sinceridad grave.
—Porque el olvido es peligroso. Olvidar la escasez sería olvidar quiénes fuimos, cómo llegamos aquí. Los ciclos podrían reiniciarse, de formas que no sospechamos. La abundancia sólo es segura mientras no la damos por hecha.
—Pero… —Leo tragó saliva— ¿y si nunca me siento lleno?
Su madre hizo una pausa, midiendo cada palabra.
—Lleno no es lo mismo que pleno. Ahora nos toca construir significados, encontrar propósito, no por carencia, sino por imaginación. En eso consiste nuestra nueva tarea.
4
Existen rumores —como ecos de una era pasada— de personas que rechazan la post-escasez. Aislados, forman microcomunidades en las antiguas Ruinas de Escasez: viejos edificios conservados, donde la luz es más tenue y los recursos sólo se entregan en cantidades deliberadamente medidas. No son criminales; son buscadores de autenticidad.
Un investigador, la doctora Claudia Vahl, dedicaba sus días a observar estos enclaves, a dialogar con quienes preferían el sabor agrio de lo limitado antes que la sopa tibia de la abundancia perpetua.
—No pueden sobrevivir sin interfaces automáticas —explicó Claudia ante una audiencia virtual— pero dentro de sus paredes escasea todo. No por necesidad, sino por decisión. Simulan la carencia, porque anhelan intensidad, significado… y una especie de dolor.
Alguien en la audiencia preguntó si no era una señal de locura.
—Quizá —dijo ella—, pero también es una forma de resistencia contra el vacío de lo evidente.
5
Mientras tanto, las Inteligencias Supervisores —los algoritmos centrales que monitoreaban la sostenibilidad del sistema— observaban a los humanos con una mezcla de benevolencia y prudencia. No intervenían, salvo en catástrofes de escala planetaria, pero sus informes anuales se llenaban de patrones nuevos: consumo de simulaciones de privación, aumento del turismo a zonas-limitadas, popularidad de los juegos de supervivencia realista donde podían fallar, sentir miedo y morir virtualmente.
El debate filosófico se agudizaba. ¿Era el deseo insaciable un error de diseño evolutivo, o la condición inevitable de la consciencia creativa? Los antiguos modelos económicos se habían vuelto piezas de museo, pero los conflictos, ahora, eran por sentido, no por sustento.
6
Leo, años después, regresó a la Biblioteca de Carencia. Esta vez su entrada no fue reproche ni desobediencia, sino continuidad. Allí, entre los archivos de épocas hambrientas, tocó una proyección háptica y se encontró en la piel de un niño del pasado, corriendo bajo una lluvia ácida, buscando sombra antes de que llegara el calor del verano. El sudor era real, el miedo convincente, la esperanza limitada.
Al salir, un último mensaje le esperaba, resumido en una sencilla línea impresa en el aire:
“El mayor recurso, ahora, es el propósito. Y en la post-escasez, también eso es infinitamente replicable. Pero la búsqueda debe ser auténtica.”
Leo sonrió: sospechaba que la era de la escasez externa había concluyó, pero que la del anhelo interior —vista desde la opulencia— apenas comenzaba.
Y que entender esa frontera, trazar ese umbral, sería la tarea definitiva de su generación.
FIN
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